Following ★★★★

Crítica de la película Following de Christopher Nolan

El inicio del sueño

Todo lo que Christopher Nolan iba a plantearnos en los últimos 20 años de su carrera, que parece acaba de comenzar, ya estaba aquí. Obsesiones, intenciones, narrativa, influencias… Following es un proyecto de estudiantes, prácticamente, pero al mismo tiempo es una declaración de intenciones sólidamente fundada de lo que va a ser una carrera artística plagada de éxitos y muy distinta al resto de directores del panorama cinematográfico actual, sobre todo a los de las grandes superproducciones. Una película rodada con apenas 6000 libras, que nadie o casi nadie vio en su momento pero que se ha convertido en película de culto con el paso del tiempo, buscada por muchos y con ediciones muy cuidadas en todo el mundo, para que cualquier seguidor del trabajo de Nolan pueda revisarla y apreciar cómo la semilla de su cine parte de una sencilla pero perversa idea. Rodada en un blanco y negro perfecto para ambientar la historia que desea, los ecos del cine negro ya retumban por las paredes de la pequeña habitación que ocupa el escritor protagonista de la historia. La semilla de Origen también está en cierta medida aquí, con el personaje de Cobb (Alex Haw), el ladrón trajeado. Aquí un simple allanador de moradas, pero evidentemente una idea, una imagen que el director trasladó a una de sus películas más carismáticas. Cobb es un personaje misterioso, atrayente, envuelto en el oscuro encanto del crimen de guante blanco, hasta que la verdad se revela para el protagonista. También tenemos una historia no lineal, que comienza por el final, por esa charla en la comisaría entre el Hombre Joven (Jeremy Theobald), que más tarde descubrimos que se llama Bill, y un policía, al que da vida John Nolan, el tío de Christopher y Jonathan (quien también trabajó como técnico en la película) quien es otro de los actores recurrentes para ambos hermanos, ya sea en la saga de El Caballero Oscuro o Dunkerque, o en la serie de Jonathan, Person of Interest donde dio vida a uno de los más recordados y peligrosos villanos. La película se rodó a lo largo de un año, debido a los problemas de agenda de los implicados, que tenían otros trabajos y solo podían rodar los sábados durante un limitado espacio de tiempo. No iba a ser sencillo sacar adelante el proyecto pese a la modestia de su presupuesto y pretensiones.

Rodada en blanco y negro, todos los resortes del cine negro son empleados en esta primera película que sirve también como declaración de intenciones para el director. Una estructura que vamos a ver repetirse y hacerse más compleja a lo largo de su carrera, y que aquí sirve para contar la historia que hace honor a su título, Following, pues tiene mucho que ver con seguir a la gente. Apenas 70 minutos de duración nos muestran la peripecia de Bill, aunque en los créditos figura como El Hombre Joven, un escritor sin ideas que comienza un peligroso juego, perseguir a gente por la calle intentando adivinar su vida, quiénes son, a qué se dedican. Con reglas muy importantes como no seguir nunca dos veces a la misma persona, buscando la inspiración. Pronto esas reglas salen por la ventana y Bill entra en un juego peligroso cuando conoce a uno de los sujetos a los que persigue, Cobb, del que intenta aprender cómo ser un ladrón, colándose en las casas, aprendiendo de la gente que allí vive. Su obsesión con una mujer (Lucy Russell) con la que se obsesiona y que esconde un turbio pasado y más de un secreto. Poco sabe Bill que en realidad está entrando en un juego mayor del que cree, tan peligroso que puede costarle la vida. De nuevo tenemos la sensación de encontrarnos ante un puzle que hay que recomponer para darle sentido, un juego del director desde su primera película, que nos hace encontrarnos con múltiples posibles soluciones que poco tienen que ver con la real al final. Aquí, el giro principal es descubrir que Cobb y la Rubia (así se llama el personaje en los créditos) están aliados, en una escena donde tenemos de nuevo uno de los protagonistas esenciales de los primeros trabajos del realizador, el teléfono, un comunicador excelente, imprescindible a día de hoy con los Smartphone, pero que en las películas del director cobran un nuevo giro debido a que muchas veces, como vemos en Memento, en Insomnio o aquí, es la única forma real que tiene los personajes para ser ellos mismos, para confesar sus secretos o para exponer sus preocupaciones. Aquí, la relación entre Cobb y Bill da un paso adelante quizá no para ellos, porque Bill sigue desconociendo la realidad, pero sí para el espectador que descubre que Bill no es más que una marioneta para Cobb.

Cobb se convierte así en el maestro de ceremonias del truco de magia al que vamos a enfrentarnos, un esfuerzo del director por volver a las claves básicas del género negro, que solía terminar mal para el protagonista, muchas veces engañado, o incapaz de escapar de su pasado. Aquí el engaño de Cobb es doble, y cuando parece que Bill ha descubierto el juego y la Rubia se confiesa, cuando volvemos a esa sala de interrogatorios donde el protagonista habla con la policía, descubrimos que el personaje ha caído en la trampa propuesta desde el inicio, y el espectador con él. A ello ayuda, como no, esa trama no lineal, ese laberinto que compone el realizador para llevarnos por el camino que él desea. Por ese camino vamos encontrando detalles más que interesantes sobre lo que nos define como seres humanos. Cobb se muestra como un enorme analista de la condición humana desde que cala al escritor, y le presenta la primera casa, donde de un plumazo nos analiza a los que allí viven. Pero el gran momento en ese sentido está en el viaje a casa del propio escritor. Bill propone a Cobb robar en una casa, que pretende es de un tipo ajeno, pero es la suya propia. En realidad quiere saber lo que el ladrón opina de él por cómo vive. Y se encuentra con la cruda realidad. Como le dice Cobb, Bill pretende ser escritor, no lo es. Bill es un engaño, no busca superar el bloqueo de escritor, busca encontrar una vida que vivir, porque en realidad todo lo que posee es pura pose. Postureo, con su máquina de escribir, sus cintas, su ambiente bohemio… Si fuese escritor escribiría como todo el mundo, no pretendería hacerlo. Tendría un procesador de texto. Como más tarde nos recordarían en Batman Begins, se nos conoce por nuestros actos. El joven no quiere ser escritor, quiere tener una vida, por eso sigue a los viandantes, para vivir. Por eso se transforma en Cobb, porque tiene todo aquello que él anhela y no consigue por sus propias limitaciones. Las que le impone ser un tipo gris que quiere vivir en la piel de otros. Ojo, que ya en esta película hay una premonición del futuro en esa misma escena, cuando vemos la puerta de la casa y encontramos… el logo de Batman… Quizá Nolan ya soñaba o deseaba ponerse al frente del murciélago.

La película guarda ciertos paralelismos con El Autor, película recientemente estrenada en 2017, de Manuel Martín Cuenca, el director de Caníbal, y protagonizada por Javier Gutiérrez. No es que El Autor haya tomado prestadas ideas de Nolan, sino más bien podría ser que la novela en que se basa la película española, El Móvil de Javier Cercas, publicada en los ochenta, tuviese alguna influencia en la historia de Nolan, con ese escritor bloqueado que empieza a seguir a gente y observarla para contar una historia, aunque lo que hace finalmente es en realidad vivir a través de otros lo que su vida gris no le permite. Lo menciono como una curiosidad más en la carrera de Nolan, que bien podría conocer la novela de Cercas debido a sus estudios. Recordemos que el director no estudió cine, sino que se graduó en la universidad en literatura inglesa. La película queda así como el inicio de lo que sería una portentosa carrera por ahora, y como una colaboración más entre Nolan y Jeremy Theobald, actor protagonista de la película, que aquí además actuó como productor, y que ya había protagonizado dos de los cortos anteriores de Nolan, Doodlebug y Larceny. También pudimos ver en pantalla a Emma Thomas, quien es la esposa del director, además de como uno de los técnicos a Jonathan Nolan, el hermano e imprescindible pieza para entender la carrera de ambos. Pero sobre todo queda como un inteligente ejercicio de suspense que nos que introduce muchas de las claves del director, con muchos elementos que van a definir su carrera durante los últimos 20 años. Cine negro para nuevas generaciones, algo recargado en sus pretensiones, pese a la modestia de su presupuesto, pero elegante y bien vestido para la ocasión. Por ejemplo con la música de David Julyan, que ya nos habla de lo que buscaba el director en sus bandas sonoras desde aquí a Dunkerque…

Jesús Usero

Este texto ha sido extraído del libro CHRISTOPHER NOLAN DOS VISIONES. Que podéis adquirir en nuestra editorial o en Amazon.

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Modificado por última vez en Domingo, 20 Enero 2019 22:53
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Jesús Usero

Periodista cinematográfico experto en televisión

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