Crítica de la película El creyente

Cédric Kahn construye un drama tedioso, superficial y doctrinal sobre la superación de los problemas mediante la espiritualidad.

Ganadora en la 68ª edición del Festival de Berlín del premio a Mejor Actor para el joven Anthony Bajon, El creyente presenta un primer acto con el que se entienden perfectamente los halagos recibidos. En él, Thomas, un joven de 22 años con problemas de drogodependencia, se une a una comunidad religiosa aislada en el monte en la que los jóvenes se rehabilitan gracias a la paz que encuentran en la oración y el apoyo mutuo. Todo lo que atañe al síndrome de abstinencia de Thomas y su inadaptación al centro está retratado de forma dura y veraz y es lo más interesante, pero es una ilusión que se desvanece una vez comienza el segundo acto y se descubren las verdaderas intenciones del director.

En el nudo, las distintas fases del proceso de desintoxicación se suceden demasiado rápido y la evolución del personaje es abrupta. La profundidad que pretendía el relato en sus primeros compases, con la lucha de Thomas contra sus demonios interiores y sus conversaciones con su compañero Pierre (Damien Chapelle) y el director de la institución Marco (Àlex Brendemühl), se pierden para dejar paso a una película centrada en la religión y el recogimiento espiritual repleta de oraciones y cánticos. Esto hace que el personaje principal y el resto de miembros de la comunidad se vuelvan cada vez más planos con el paso de los minutos y el verdadero foco de interés se termine apagando: lo que podría haber sido una emotiva reflexión sobre como la amistad y encontrar el sentido de tu vida te puede llevar de nuevo al camino recto deriva en otra muestra trivial de cine religioso que intenta captar nuevos adeptos al cristianismo y que los ya creyentes se reafirmen en su fe.

Entre plegarias y vacías sesiones de autoayuda surge la chispa del romance con el personaje de Sybille (Louise Grinberg), que establece el debate de si la salvación le ha llegado a Thomas por el camino de la fe o del amor; sin embargo, se trata de una relación que no termina de interesar por lo escasamente desarrollada que está (extraño teniendo en cuenta que hablamos del director de Pasión y remordimiento y Una vida mejor) y lo hierático que resulta su protagonista. Por ello, aunque el final no es el convencional en este tipo de cine, sí que resulta forzado cuando en el clímax han optado por darle tanta importancia a la montaña como alegoría del ascenso espiritual. Es la única vez en la que el director aprovecha el paisaje, si bien no al mismo nivel de Vida salvaje, y que intenta darle cierto aire místico a la película, pero tampoco convencerá a aquellos más devotos que busquen semejanzas con La cabaña de Stuart Hazeldine.

El creyente es excesivamente contemplativa y muy poco transcendente. Para un ateo resultará tan entretenida como escuchar una homilía porque al final no le importará si el protagonista logra salvar su alma si no conoce cómo ha sido su descenso a los infiernos. 

Alejandro Gómez

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Modificado por última vez en Martes, 11 Junio 2019 12:50
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