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Muñeco diabólico ★★★

Crítica de la película Muñeco diabólico

Hace bien todo lo que podría hacer mal. Mejor que el original. Grande Mark Hamill.

En todo aquello en lo que podrían haber fallado, aciertan. Y el resultado es que esta nueva versión de Muñeco diabólico es mejor que el original. Tiene más solidez en su propuesta y presentación de personajes, y trabaja muy bien la complicidad del público para sacar más jugo a la propuesta de mezcla de comedia con terror que es la más apropiada para este tipo de proyecto.

Por un lado es un homenaje a las claves esenciales del original, incluso en lo referido a su lenguaje visual, su fotografía, los colores de algunos planos, los encuadres y en el argumento el juego de los niños asociados con síndrome de Goonies enfrentados a la amenaza, elementos todos ellos extraídos del cine de los ochenta (seguimos con el revival iniciado con la serie Stranger Things y la película It). Por otro lado es una sátira sobre un acuciante problema de nuestros días, nuestra creciente adicción y dependencia de las ya no tan nuevas tecnologías. La película saca el máximo partido a este asunto y en su principio, buscando una explicación más sólida que la del original para poder jugar con la complicidad del público, incorpora en la misma una parodia de lo que está ocurriendo con la economía internacional y parodia los miedos y leyendas urbanas asociadas a los lugares lejanos donde se fabrican muchos de los productos de esa “nueva tecnología” que tenemos en nuestras manos. Es algo que siempre le sale bien a esta película: matar dos pájaros de un tiro.

En lo referido a subtramas, le funciona igualmente bien trabajar con lo que el público ya sabe sobre este tipo de relatos, sacando partido a la aceptación por parte del espectador del tópico, el lugar común, el cliché y el personaje-boceto. La madre, el amante, el vecino simpático, los compinches de aventuras, y el propio protagonista, encajan plenamente en ese uso del cliché, pero están abordados de manera que tras todos ellos habite siempre una pincelada de crítica o reflexión sobre el mundo en que vivimos. El protagonista que sigue aislado por mucha nueva tecnología que le pongan a mano, porque lo que necesita es afecto de carne y hueso, no placebos de afecto virtuales. Los adultos agobiados y agotados con sus vidas y trabajos que descuidan sus funciones como padres e intentan sustituirlas con regalos y gestos sin importancia -el propio muñeco defectuoso que la madre regala al hijo, las luces de navidad que retira un padre ausente-, el hombre adulto, soltero, que sigue pegado a las faldas de su madre y tiene problemas para comunicarse con el sexo opuesto, aunque sea un policía con placa, la madre posesiva y manipuladora, etcétera.

El guión le ajusta las cuentas a todos estos personajes en un tiempo récord, sin por crear lastres a la diversión, al contrario, convirtiendo esas pinceladas críticas en combustible para seguir haciendo avanzar la trama.

Y luego está el muñeco. Mark Hamill no solo consigue que no echemos de menos a Brad Dourif, sino que además nos mete de lleno en una reinvención del muñeco que va más allá de los físico y da mal rollo desde el principio. El punto siniestro que aporta el diseño se ve perfectamente complementado con el trabajo de Hamill poniendo la voz al monstruo, que es dignísimo heredero de los éxitos del actor poniendo sus cuerdas vocales al servicio de las versiones de animación de personajes como el Joker.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 02 Julio 2019 09:40
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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