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Crítica de la película Los muertos no mueren

Divertida parodia de las películas de zombis y sus códigos repetitivos.

Jim Jarmusch se ríe en bloque de toda la cultura popular de nuestro tiempo, haciendo especial hincapié en los hípsters, con una historia que respeta cuidadosamente cada paso de desarrollo y cada código de identidad de las películas sobre muertos vivientes, a las que igualmente somete a la sátira con la complicidad de un puñado de actores que le siguen el juego.

Sin embargo sospecho que muchos espectadores no van a pillar lo más divertido del sentido del humor del director, cosa que ya ocurrió cuando se dedico a parodiar las últimas modas de películas sobre vampirismo en Solo los amantes sobreviven, película que, hay que aclararlo, es superior en su conjunto a ésta, aunque en el fondo ambas están abordando algunos temas comunes y persiguen desde su empeño en la sátira poner en solfa esta sociedad tan superficial, absurda, cacofónica y repetitiva en la que vivimos.

El problema principal con el que se enfrenta Jarmusch en este trabajo es que él pretende hacer parodia para adultos sobre un tema o subgénero -zombis- que cada mes da lugar a tres o cuatro comedias gamberras para adolescentes, en una de las cuales, Zombieland, incluso está presente uno de sus protagonistas, Bill Murray. Su juego es otro, sus exigencias para el espectador también son otras, más maduras, menos directas y agresivas, más sutiles y más de reflexión, y el juego de humor que nos propone entra así en algunos momentos en dificultades. Pero eso no le resta valor o interés a su propuesta. Más bien al contrario. La revaloriza. Jarmusch no cede un ápice de terreno para contemporizar o ganar un solo espectador, sino que repite su habitual forma de trabajo, su estilo y su manera de entender el cine y la vida sin apartarse en ningún momento de las características, temas, inquietudes y propuestas que han marcado su carrera.

El resultado es una película que vuelve sobre el territorio que el director ha recorrido ya en muchas ocasiones, pero en este caso hinca los dientes con especial furia en las últimas modas de la cultura popular ejemplificadas en la invasión de películas de muertos vivientes.

El viaje de los personajes -protagonismo coral-, es un laberinto de lugares comunes voluntarios que repasa cada casilla de los argumentos de apocalipsis zombie en pequeñas localidades, y al mismo tiempo que rinde homenaje a los clásicos del asunto -George A. Romero y su película La noche de los muertos vivivientes, por ejemplo-, que se han convertido en clásicos de la cultura popular que tanto interés tiene para el director desde su primera película, incorpora sus propias bromas y giros de metaficción.

En pleno ejercicio autorreferencial, Jarmusch le da al personaje de Tilda Swinton una katana japonesa y la convierte al mismo tiempo con la música que aplica a su presentación en un eco del personaje interpretado por Uma Thurman en Kill Bill 1 dejando así al descubierto su opinión sobre la inspiración que forjó el personaje de Michonne interpretado por Danai Gurira en la serie The Walking Dead. Y unos minutos después resuelve el personaje de Swinton como si estuviera haciendo un guiño a El hombre que nunca estuvo allí, de los hermanos Coen. Del mismo modo, puede convertir al personaje de Adam Driver en un títere de su juego de autorreflexión convirtiéndole en una especie de testigo interior que revela la naturaleza de ficción de las situaciones que viven los personajes, o construyendo un bucle en torno a la misma frase que repiten todos los que ven los restos de las dos primeras víctimas de los zombis, uno de los cuales, dicho sea de paso, ha salido de una tumba cuya lápida lleva el nombre del director que fuera mentor de Jarmusch, Samuel Fuller. Eso entre otras muchas bromas y un sentido del humor cuya naturaleza queda definido por el sarcasmo, como en esa escena donde los zombis buscan conexión por wifi iluminando la noche con sus pantallas de los teléfonos móviles.

Lástima que esos momentos, esas interesantes propuestas y esa sólida lealtad a su propio estilo, no estén unidas a un mejor ritmo de desarrollo de la película, que decae hacia su ecuador y en cierto modo es víctima de su propio apego a los chistes y guiños repartidos en diálogos e imágenes, e incluso en los nombres de los personajes interpretados por Rosie Pérez y Selena Gómez.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 02 Julio 2019 09:40
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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