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Crítica de la película Un Verano en Ibiza

Blanda comedia francesa donde sólo se salva el reparto.

Porque la comedia francesa, de la que siempre oímos que es referente en Europa (aunque luego eso hay que demostrarlo en la pantalla y últimamente eso no sucede tan a menudo como debería), no es infalible, y mientras que propuestas como El Gran Baño cumplen y convencen, Un Verano en Ibiza queda lejos de aquello. Es un zafio y ramplón relato lejos de los mejores trabajos de su protagonista, Christian Clavier. Es más, lejos de los más divertidos, aunque no sean los mejores, como Dios Mío, ¿pero qué te hemos hecho? que estrena en breve secuela y que esperemos sea mejor que esta historia de viajes familiares que no funcionaría ni en una teleserie, la verdad.

Una familia poco convencional, con un hombre maduro, podólogo, enamorado de una mujer con dos hijos, que no le adoran precisamente. Ante la obsesión del hijo por encontrar a su amor perdido, que está en Ibiza, la familia entera decide viajar hasta la isla, lo que supone un intento del nuevo cabeza de familia por conquistar a los rebeldes hijos y por no perder a su atractiva esposa, que además se reencuentra con un novio de juventud. A partir de esa entrada, que además tiene un arranque lento y sin gracia, la película se convierte en un devenir de gags muchos de ellos sin mucho éxito, pero sin ningún interés por parte del guión por hilvanar una historia mínimamente coherente, con algún sentido para el espectador.

Así, desde que aparecen por Ibiza, los personajes van dando tumbos sin sentido, sin ton ni son, con personajes secundarios que aparecen y desaparecen a conveniencia del siguiente chiste, no de la historia, dejando continuamente cabos sin atar, historias sin completar y la sensación de que el guión nunca se terminó de construir y se hizo sobre la marcha. La puesta en escena es casi inexistente, con momentos realmente torpes, narrativamente, que se concretan en un final abrupto y sin sentido, en el que nos tienen que explicar la mitad del mismo (y muchos de los cabos sueltos) en las escenas que acompañan a los créditos. Entre todo eso hay chistes que funcionan, claro, como el momento DJ en el club. Pero son los menos…

Clavier hace lo que puede por salvar los muebles, y su simple aplomo frente a la cámara sirve de consuelo, además de añadir algún momento de humor (el hospital), lo mismo que lo consigue su compañera Mathilde Seigner, con un personaje que apenas está dibujado. Ellos dos llevan a rastras la película todo el camino y hacen lo que pueden, pero poco se puede hacer con el armazón tan endeble que les proporcionan. Como la llegada a cierta casa al final, con momento escatológico de por medio, donde uno atisba, más allá de la broma fácil (pero efectiva) que ahí residía la película, en el cruce entre esas dos familias, y no en el insulso devenir anterior, lleno de agujeros y de poca gracia. Algunos chistes y su reparto, la salvan de la quema absoluta… Y la presencia de Blanca Jara, que aunque breve es magnífico ver a la actriz en pantalla.

Jesús Usero

 

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Modificado por última vez en Miércoles, 14 Agosto 2019 12:29
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Jesús Usero

Periodista cinematográfico experto en televisión

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