Crítica de la película El crack cero

Precuela nostálgica dominada por el talento de Carlos Santos y Pedro Casablanc.

José Luis Garci vuelve sobre sus pasos, quizá en exceso, en un ejercicio que entra con frecuencia en el escabroso territorio de la cita y la autocita. En su empeño por hacer un homenaje a claves estéticas y visuales de la novela y el cine negro más clásicos resulta comparativamente mucho más fría y cerrada que los dos precedentes de las pesquisas del detective Germán Areta protagonizados por Alfredo Landa.

Garci resuelve su precuela de El Crack mayoritariamente en interiores, con mucho diálogo y algunos giros de la palabra que se resisten al oído del espectador. Ejerce su legítimo derecho a homenajear visualmente la sencillez de planificación del policiaco estadounidense de los cuarenta, pero busca el camino de la tragedia cotidiana en cada frase con demasiado empeño y unos diálogos que se les resisten a algunos de sus actores. Son víctimas de un intento de replicar los cuchillos afilados que hacían vibrar al espectador saltando de un lado a otro entre los personajes del cine negroclásico, pero que necesitan una puesta a punto.

Garci prescinde de la calle como escenario para su drama, limitando sus exteriores a la repetición de esos planos de Madrid en la noche que nos conquistaron en sus primeras películas y convirtieron a esta capital en un personaje más de sus historias y sobre todo de las dos primeras entregas de esta trilogía de El Crack que ahora se completa. Pero el paseo nocturno del Germán Areta interpretado por Santos al salir de la timba-burdel que regenta la madame apodada Mesalina nos hace pensar en lo mucho que necesitan los personajes de esta película tomar aire en los exteriores, nutrirse del pulso de las calles que marca la vida de la ciudad.

Una de las características más notables de El Crack era que nos llevaba al interior de esas oficinas y despachos de la Gran Vía madrileña, pero siempre partiendo del exterior de las calles en las que caminaban y conducían los personajes. Desvelaba así las entrañas del laberinto urbano con todos sus secretos y mentiras, materia prima que convierte a las historias de detectives en algo más que fábulas de intriga para que puedan ejercer su legítima función como historias de denuncia de la corrupción de su época.

En El Crack Cero se echa mucho en falta ese dibujo del laberinto urbano que configura esa piel de intriga tras la que se ocultan las vísceras de la culpa y la soledad que materializan los personajes del mundo de Germán Areta. Ese mundo aquí sigue siendo igual de interesante, aunque en algunos diálogos, algunas citas y sobre todo en los momentos más íntimos del personaje con las cuatro féminas que habitan con él la historia, en lo referido a las pinceladas de seducción y al romance principal, resulte más difícil de digerir. Se recupera cuando regresa plenamente el vigor del relato más negro en las secuencias que comparte el Germán Areta, alias el Piojo, que interpreta Carlos Santos, con la rejuvenecida versión del Abuelo interpretada por Pedro Casablanc. Cualquiera de las secuencias que comparten estos dos actores son lo mejor de la película, la refuerzan y la mantienen en pie. Nos meten de nuevo en la historia después de que hayamos casi salido de ella en otros momentos.

Santos le ha pillado perfectamente las vueltas a Areta. Casablanc es el Abuelo perfecto. El conflicto entre ambos al que alude brevemente una de las secuencias como uno esos ecos del pasado que en el cine negro siempre volvía para atrapar a los personajes en una lucha permanente con su culpa, tiene más poder para convertirse en el motor de la historia que la intriga de la muerte del sastre, resuelta de manera un tanto precipitada y forzada en el final del relato. O que esa otra variante de intriga surgida como subtrama pero no resuelta que queda como un fleco un tanto desconcertante por cuanto prometía tener un desarrollo de más peso en el desenlace.

Así que hay momentos puros del Garci que contribuyó de manera notoria a la recuperación de cine de género policíaco en España con El Crack y El Crack 2, pero al mismo tiempo hay una sensación de relato que necesita respirar más allá de la sombra y maneras del homenaje al cine negro clásico y salir de su encierro contraproducente. Por ejemplo el Areta de Carlos Santos merece mucha más licencia para explotar su encuentro con Cayetana Guillén-Cuervo, y menos plano de espaldas a la cámara frente al fantasma de un Bogart materializado en estatua en la secuencia donde se resuelve la intriga central de esta película. No obstante el plano final sobre Santos nos habla de un Areta y un Garci a los que me gustaría seguir encontrando en el cine o en la televisión.

Miguel Juan Payán

 

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Modificado por última vez en Viernes, 18 Octubre 2019 12:34
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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