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Crítica de la película Cuestión de justicia

Michael B. Jordan salva una repetitiva película de juicios

El cine de tribunales y hechos reales empieza a asomar las orejas en la cartelera como ocurre cada año en estas fechas cuando se cumple el tiempo límite para estrenar película que pueda optar a los premios del año y jugar la baza de la denuncia social como clave argumental para repetir fórmulas genéricas que van necesitando cierta renovación.

Cuestión de justicia es un buen ejemplo de ello. Es repetitiva y a ratos un puntito telefílmica, sino por ello dejar de ser sólida dentro de la repetición de la fórmula en la que se desarrolla. Esa solidez se la presta en primer lugar su protagonista, Michael B. Jordan, que demuestra que puede hacerse con todo tipo de papeles y reniega con fuerza de todo encasillamiento, demostrando que estamos ante un actor todoterreno que puede meterse en cualquier proyecto y darle brillo con su trabajo. Lo hemos visto ya en suficientes registros como para que eso quede puesto de manifiesto, pero su papel como el joven abogado de este largometraje, basado además en un personaje real, lo confirma.

Su trabajo es lo más interesante de la película. Y tiene mérito, porque a pesar de tratarse de un personaje real, está tratado como un tópico genérico previsible de manera abrumadora, y solo el actor -pienso en numerosas secuencias, pero por ejemplo el plano sobre su rostro en el momento de la ejecución o la salida del centro penitenciario tras la misma, son dos momentos en lo que el actor le pone al personaje más de lo que éste tiene en guión, aportándole una fuerza que desde un trabajo de mímesis no tendría.

Las limitaciones de guión pesan más sobre el personaje de Brie Larson, que queda totalmente desdibujado, y no le hacen ningún favor a Jamie Foxx. Mejor que ellos se las apaña Tim Blake Nelson para sacarle jugo a su papel con inteligencia, asumiendo de partida que tiene que trabajar con otro personaje no menos tópico por ser real.

El problema es que en lo referido a la pena de muerte, que era el tema más interesante, la película acaba por caer en el territorio cliché para acabar mas interesada en desarrollar un viaje del héroe del abogado totalmente previsible y muy lejano a otras propuestas que con intención de denuncia han abordado este asunto. Mientras veía este largometraje me resultaba difícil no pensar en otros muchos largometrajes que han sacado mas partido a la pena de muerte, pero ponerme en una línea más cercana de producto al que nos ocupa, sobre todo pienso en Pena de muerte (Tim Robbins, 1995), mucho más madura en su planteamiento. Ojo, si me centro en la pena de muerte, y no en el racismo, que también forma parte del abanico de tramas esgrimido por esta película, es porque el propio largometraje hace hincapié en sus créditos finales en centrarse en ese asunto exponiendo una serie de datos relacionados con la actividad real del protagonista llegando a la escalofriante conclusión de que de cada 10 ejecutados por pena de muerte, 1 es inocente. Si tiramos por el tema del racismo, está claro que esta película no es precisamente En el calor  de la noche, y tampoco Detroit o Queen and Slim, por poner un ejemplo más reciente.

El problema es que a pesar de abordar un caso real, la película se desarrolla como una variante de las adaptaciones de los best-seller de abogados escritos por John Grisham, estilo Tiempo de matar, de Joel Schumacher, que sin embargo es mucho mejor.

Miguel Juan Payán

 

 

 

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Modificado por última vez en Viernes, 28 Febrero 2020 13:22
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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