Crítica Hearts and Bones ★★★

Crítica de la película Hearts and Bones

Interesante y emotiva reflexión sobre la memoria de la violencia.

    Hugo Weaving se luce en un papel a la medida de su talento en el que todo es contención como ocurre en la propia película.

     Es el co-protagonista de este viaje por los senderos de la superación de la memoria de los supervivientes de un acto violento. Su compañero de viaje, y co-protagonista de la trama, Andrew Luri, completa con Weaving un dúo que orbita en toda la película en torno al dolor, pero con un buen respaldo visual.

    El tema de Hearts and Bones es la memoria que se mezcla con el estrés postraumático y la manera que tienen los supervivientes de los actos violentos de superar su complejo de culpa por haber sobrevivido y la pérdida de sus seres queridos.

     Siempre desde la sencillez y la máxima cercanía, la película elige la cámara a mano para meternos en una reunión de supervivientes con estés postraumático en la que con la cámara al hombro y desde la presentación de los integrantes del grupo, se nos traza un mapa de la multiculturalidad maltratada, de un mundo sumido en la violencia, tejido en torno a actos de barbarie: Sudán, Guinea, Zimbabue, Congo, Etiopía, Sudáfrica, Siria, se dan cita en el rostro y la mirada de sus supervivientes, abriendo este viaje en el que una masacre fotografiada por un reportero de guerra australiano treinta años atrás se convierte en el epicentro de la fábula cuando un superviviente de la aldea retratada le pide que no incluya las fotos de la masacre en la exposición que prepara.

    A pesar del tiempo transcurrido, la violencia sigue despertando ecos en esta historia que nos muestra dos maneras radicalmente distinta de contemplar ese pasado violento según la implicación directa en el hecho mismo, y de paso revela la visión que tenemos desde occidente de esa violencia desataca en otros lugares lejanos, cuyas tragedias nos impresionan, pero con las cuales y en lo verdaderamente importante, quizá empatizamos menos de lo que creemos, o queremos creer. ¿Somos curiosos? ¿Turistas del dolor ajeno?

     Esa duda sobrevuela la película desde el principio, mientras los dos protagonistas, tan distintos aparentemente, pero en el fondo enfrentados a su día a día, sus miedos, sus debilidades, van desvelando sus historias del pasado desde un presente dibujado con habilidad y sencillez. La película maneja con madurez las secuencias más tópicas. Dibuja el mundo del periodista australiano en esa casa entre sombras, con esa ropa de colores fríos y un espacio en el que el pasado, la memoria, se oculta en cajas. Mientras la casa en la que vive Sebastian, el superviviente de la aldea masacrada, con su esposa embarazada y su hijo, está envuelta en tonos cálidos, es estrecha, lo que propicia que sus habitantes estén siempre cerca, sobreviviendo y saliendo adelante con sus varios trabajos para poder tirar pero siempre muy juntos. Las secuencias del taxista Sebastian recogiendo a su hijo y a su esposa después de una larga jornada, y su mirada a la esposa agotada, dormida, desde el retrovisor, contrastan con las que siguen de la compañera embarazada del periodista asistiendo sola, separada del resto por un vacío significativo, a la sesión de preparación al parto.

    Son momentos tópicos, pero están muy bien resueltos visualmente, en una película cuyas imágenes son complementarias de esa reflexión sobre la memoria materializada en las fotos que van a exponerse, en las canciones de los supervivientes que intentan mantener las tradiciones, y sobre todo en los recuerdos de los protagonistas.

 

Miguel Juan Payán

HEARTS AND BONES se puede ver en Movistar+

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Modificado por última vez en Sábado, 06 Junio 2020 11:39
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática