Greenland: El último refugio ★★★

Septiembre 23, 2020

Crítica de la película Greenland: El último refugio

Cine de catástrofe reconvertido en eficaz drama de intriga.

      Greenland es más cine “con” catástrofe que cine “de” catástrofe. La catástrofe es el pretexto para poner en marcha una intriga de supervivencia en situación límite que el director consigue hacer muy cercana y resulta así más sólidas de las ofertas habituales del género.

      Hay acción. Hay catástrofe en pincelada, porque en definitiva esta otra propuesta de apocalipsis con meteorito es la clave para arrancar la película, pero en todo momento el director no despega la mirada de sus personajes y activa la empatía del público de una manera más cercana y menos entregada a la pirotecnia del efecto visual. Los efectos visuales nunca se ponen por delante de los personajes y de los actores que los interpretan.

      Es la versión seria y más sólida de un argumento que tirando de estallido visual y puro blockbuster disparatado ya empleó Rolan Emerich en El día de mañana o en 2012. Pero aquí el argumento, los personajes y los conflictos se mantienen con los pies más en el suelo, sin abusar de la credibilidad del espectador. En todo momento el intento de ser verosímil y meter al espectador en esa situación de caos se impone y da como resultado una película mejor. Más creíble. Sobre todo porque algunas de las situaciones que plantea, como las del saqueo en el supermercado, son gemelas de algunas de las situaciones que estamos viendo cada día en los noticiarios de televisión en relación a la situación de inestabilidad social que se vive en Estados Unidos y en otros lugares como consecuencia de la pandemia de la COVID-19.

 

      La escala de la catástrofe es afortunadamente distinta, pero en nuestro mundo de pandemia, lo que nos propone este largometraje demuestra ser mucho más respetuoso con la realidad del espectáculo pirotécnico que suele ser el cine de catástrofe, y eso es una muestra de seriedad y madurez en su planteamiento frente al tipo de productos que normalmente suele ofrecernos el género catastrófico.

      Es por tanto menos espectacular y escapista que otras propuestas similares. Descarta el alarde aventurero de las mismas. Descarta todo intento de hacer épica de la catástrofe. Se beneficia de ambas cosas centrándose en lo que realmente importa: la gente. Y lo que le pasa a esa gente. Además no subraya melodramáticamente nada. Ni en los momentos de violencia. Ni en los momentos de angustia. Ni en el momento en que el personaje de Butler empieza a andar su camino de vuelta después del infierno cuando finalmente se sacrifica por ayudar a otro.

      De una manera sutil, va introduciendo una idea que no remacha innecesariamente para que el propio espectador la atrape. Y en los tiempos que vivimos, es una idea interesante: podemos limitarnos a sobrevivir de forma egoísta -la salida de la urbanización, el sálvese quien pueda de la primera parte de la película, el oportunismo, la violencia, todo ello generado por el miedo-, o podemos empezar a echar una mano.

      Creo que la película retrata, sin subrayarlas innecesariamente, las distintas fases del viaje desde el falso orden al caos real e imprevisible por las que pasan los protagonistas, y sobre todo Butler. Creo que resuelve muy bien la inmersión en el caos, situándose en eso mas cerca de Lo imposible que de 2012. Y pienso que sabe jugar con el espectador haciendo que pasemos a nuestra vez por distintas fases de complicidad con el protagonista en su propio viaje. En ese sentido es un gran acierto del guión utilizar como motor de la trama las pulseras de los elegidos frente a las reacciones de los “no elegidos”.

      Ric Roman Waugh ya hizo algo parecido en su película más cercana a esta, El mensajero, donde, como en este caso, tomó un tema comercial tipo blockbuster con estrella de ese tipo de productos y buscó dar otra vuelta de tuerca al asunto para sacarle algo más a la historia. Los tópicos del género están ahí, pero manejados con más madurez.

      Además está bien de ritmo. Dura dos horas y realmente no se notan.

     Conviene no caer en la trampa cínica de pensar que la enfermedad del niño o el hecho de que el matrimonio esté en crisis y cómo evoluciona en la catástrofe su situación son tópicos oportunistas y previsibles. Lo son, lo han sido, en muchas películas de catástrofe, pero aquí funcionan mejor, son más sólidos y verosímiles. Y en todo caso la época de pandemia y confinamientos en la que estamos nos aporta la posibilidad de mirar con menos cinismo estas cuestiones si están tratadas son sobriedad, como es el caso.

Miguel Juan Payán

 

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Modificado por última vez en Viernes, 25 Septiembre 2020 16:45
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática