El año que dejamos de jugar ★★★

Noviembre 13, 2020

Crítica de la película El año que dejamos de jugar

Caroline Link elabora una adaptación algo plana, de la célebre novela Cuando Hitler robó el conejo rosa, de Judith Kerr.

      Los tintes dramáticos, mediados por las experiencias de una niña de diez años, que enmarcan la trama de la novela Cuando Hitler robó el conejo rosa han seducido a miles de lectores, desde su publicación en 1971. En este texto juvenil y alentador, la autora Judith Kerr narró parte de sus vivencias como refugiada, durante la complicada época en que su familia y ella viajaron por el Viejo Continente, para escapar de la amenaza y el terror propagado por el ascenso al poder del Tercer Reich.

      Este relato libertario e imaginativo caló hondo en la sensibilidad artística de la directora germana Caroline Link (En un lugar de África); motivo por el que decidió convertir la historia de la pequeña Anna Kemper en una película. Sin embargo, la admiración de la cineasta hacia la obra de Kerr es uno de los lastres más significativos de cara a la elaboración del film; ya que la excesiva  fidelidad hacia el libro impide un mayor riesgo artístico por parte de la cineasta teutona, del que muestra en esta correcta adaptación cinematográfica.

      El argumento de la película arranca en Berlín, con los prolegómenos de las elecciones de 1933. En esos comicios, Hitler y sus seguidores se posicionaban como los favoritos en las urnas, merced a la campaña de terror y sobornos que habían llevado a cabo previamente. Esta posible victoria de los seguidores de la esvástica llena de pavor a Arthur Kemper: un intelectual que había expresado públicamente su malestar por las tesis nazis. Semejante realidad provoca que Kemper y su familia tengan que huir de Alemania, para refugiarse en Suiza. Entre los miembros del clan destaca la pequeña y despierta Anna Kemper, quien refleja con sorpresa e imaginación las diferentes culturas y lugares por los que transita con sus parientes (Suiza, Francia e Inglaterra), siempre en busca de un hogar donde asentarse.

      Caroline Link aborda el peregrinaje de los Kemper sin meterse en profundidad en el horror desplegado por Hitler y sus partidarios, y se contenta con simples conversaciones aisladas entre distintos personajes, para referirse a los bestiales métodos de los nazis hacia los contrarios a sus ideas. Esta ausencia de escenificaciones más contundentes sobre la amenaza del Tercer Reich genera una preocupante sensación de inverosimilitud, que el guion no consigue salvar con una recreación bastante decepcionante del contexto en el que transcurre la acción.

      La directora de En un lugar de África pasea la cámara por los distintos lugares en los que se instalan los Kemper, sin llegar a establecer los adecuados lazos sensibles. Un ejercicio desafortunado de ambientación, que no reproduce adecuadamente los tétricos momentos que se vivían en esos años. Tal fórmula genera un progresivo cansancio en la trama, al presentar el interminable viaje como una simple acumulación de residencias fallidas.

      Ante este problema, de falta de empatía o identificación con lo que transcurre en la película, Link fortalece el personaje de Anna Kemper, mediante la eficaz caracterización de Riva Krymalowsky. Precisamente, el trabajo de la joven actriz es lo que salva a la cinta de caer en el abismo de la desconexión emocional; ya que el resto de los tipos que deambulan por el largometraje se antojan como demasiado difuminados y esquemáticos.

Jesús Martín

 

 

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Modificado por última vez en Miércoles, 18 Noviembre 2020 13:01
Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación