Resistencia ★★

Noviembre 27, 2020

Crítica de la película Resistencia

Previsible recopilatorio de tópicos para un biopic forzado que no aporta al tema.

      El genocidio perpetrado por los nazis contra los judíos es recuperado en este largometraje como telón de fondo para la construcción de una imagen idealizada de heroísmo del personaje protagonista, el mimo Marcel Marceau, sin profundizar realmente en el personaje, quedándose en una superficie cómoda y para todos los públicos, en lugar de entrar en mayor interés y profundidad en los hechos reales que rodean esa etapa de la vida del protagonista.

      Desde el primer momento se hace evidente que el genocidio como tema es aquí un rehén del tipo de producto audiovisual que prolifera cada vez con mayor frecuencia en las plataformas de audiovisual para uso casero, caracterizado por una buena presentación visual que al mismo tiempo puede caer en el esteticismo y el artificio, por ejemplo en el tratamiento de la luz de algunos planos en este caso, tanto como en la contradicción, por ejemplo en la aparición en el principio del general Patton interpretado por Ed Harris sirviendo como introducción de la historia, curioso maestro de ceremonias que además de invocar nuevamente el idealizado papel de los Estados Unidos como “salvadores” en el conflicto, se despliega visualmente con unas claves  que bien podrían haber sido inspiradas por Leni Riefenstahl en su película para el partido nazi, El triunfo de la voluntad, o en todo caso recuerdan esa clave de militarismo que resulta tan contradictorio con lo que debería ser el verdadero sentido de lo que se nos quiere contar aquí y del propio diálogo de Patton-Harris sobre los héroes civiles del conflicto.

      Del mismo modo que los genocidios de ayer no pueden servir como bálsamo tranquilizador y escapista, desde el cómodo sillón de la sala de estar y desde el otro lado del telón del tiempo, para olvidar los genocidios de hoy, se hace raro que el héroe civil y humanista se nos presente con el ultra militarista general Patton.

      Queda claro que el genocidio es un tema demasiado serio y a estas alturas muy tratado en el audiovisual como para dejar que sea presa de los lugares comunes y caiga en la trampa de lo repetitivo. La presentación del antagonista, el nazi furibundo, de espaldas y estallando en ira salvaje mientras maltrata a otra minoría es otro apunte que dificulta al espectador entrar realmente en el largometraje con seriedad. Es casi caduco definir de forma tan obvia y maniquea a protagonista y antagonista. Y como ejemplo de un efecto más inquietante y más logrado, propongo el papel del oficial alemán interpretado por Daniel Brühl en La casa de la esperanza (Niki Caro, 2017), que además es un intento mucho más serio de abordar un argumento similar, también basado en hechos reales igualmente maquillados para el cine, pero maquillados con más seriedad, más habilidad y más respeto para el espectador.

      A ver, es que el nazi presentado en esta película es del nivel caricaturesco del tipo de las gafitas de En busca del Arca perdida, para que nos entendamos, y creo incluso que ese villano caricaturizado de la película de Spielberg es incluso más sobrio que el que aquí se nos presenta. Lo deseable para esta historia habría sido que el antagonista se hubiera acercado más al personaje de Amon Goeth interpretado por Ralph Fiennes en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993).

      Además tenemos el problema de Jesse Eisenberg como protagonista. Sigue apegado a papeles de joven rebelde pero ya no tiene la edad, y además en esos papeles no consigue convencerme porque siempre le veo ese rictus de principito pijo que parece estar olisqueando algo que le desagrada. Precisamente por ello su mejor trabajo sigue siendo La red social (David Fincher, 2010), donde el papel de Mark Zuckerberg le viene como anillo al dedo. Me resulta difícil no pensar en un Marcel Marceau mejor defendido por Jamie Bell.

      Secuencias como la de los prisioneros en la piscina y el Ave María cantado por el coro en el que está la niña con la que arranca la historia tienen un tonillo pretencioso que choca con su verdadera naturaleza morbosa de corte melodramático que parece lanzado tras la pista de la miniserie televisiva Holocausto. Es pretexto para construir un plano visualmente atractivo, con el picado y contrapicado de dominante azul, donde debería estar habitando lo inquietante. Ese esteticismo nos saca de la película en varias ocasiones, pero la de la piscina, justo cuando llegamos al ecuador de la película, cumpliendo la primera hora de las dos que constituyen su metraje, es un buen ejemplo.

      El diálogo de las teorías de la jefa de la resistencia sobre por qué no hay pintores judíos, la épica del pueblo judío, etcétera, podría ser la secuencia paradigmática de la película, aquella que resume todo el tema de la misma y la opinión que sobre el mismo nos ofrece el director, pero perece también víctima del tópico, con la forzada escucha del miembro negro de la resistencia y la frase de los esclavos emancipados revela la ingenuidad extrema de este largometraje cada vez que decide zambullirse en temas serios navegando solo en la superficie y sin profundizar en los mismos, quedándose muy cerca del territorio del panfleto.

Miguel Juan Payán

 

 

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Modificado por última vez en Miércoles, 09 Diciembre 2020 12:41
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática