Tiburón blanco ★★

Crítica de la película Tiburón blanco

No aporta nada al subgénero de ataques de tiburones.

         Cada año, cuando se acerca el verano, llegan las películas de tiburones. Lástima que la mayoría de los que se empeñan en seguir explotando el subgénero que eclosionó a mediados de los años setenta con la película Tiburón, de Steven Spielberg, no se tomen unos minutos para reflexionar y analizar seriamente por qué esa película es una de las mejores de la historia del cine. No les costaría mucho y seguro que conseguirían mejores resultados que, como en el caso de la película que nos ocupa, quedándose en lo más superficial de la propuesta, esto es: “un tiburón blanco se come gente”.

         Tiburón blanco, de guión flojo y dirección adicta al paisaje y los planos equilibrados pero con poca vida, repite de forma un tanto agotadora todos los lugares comunes de esta fórmula, pero sin gracia, y eso que tenía de arranque el interés de poder mezclar los ataques de tiburones, por llamarlo así, la “Tiburón-manía”, con una propuesta argumental en la línea de otro clásico del cine de intriga, Náufragos, de Alfred Hitchcock. Pero ni Spielberg ni Hitchcock han servido como referencias bien aprovechadas para sacar adelante este largometraje que no se complica demasiado la vida en su guión, eligiendo siempre el tópico y lo obvio por encima de cualquier otra posibilidad.

Tiburon Blanco 2

         El guión trabaja en perfil bajo, con mínimos, y casi parece empeñado en ser tan adicto a los lugares comunes y lo previsible que le niega al público la más mínima capacidad para dejarse llevar y al menos disfrutar de la película a modo de pasatiempo, aunque no tenga nada nuevo que aportar al asunto.

         Su presentación de personajes más que esquemática es desganada. Algunos diálogos introducen con calzador ligeras pinceladas para que tengan un ligero asomo de conflicto totalmente previsible y al que por otra parte tampoco le van a sacar mucho jugo posteriormente. Haber sido víctima de un ataque de tiburón, estar embarazada, ser una mujer sumisa ante el marido pero al mismo tiempo capaz de echarle miraditas al cocinero, o tenerle miedo al agua es todo lo que van a sacar los espectadores de profundización en la psicología del personaje.

         Fatal y reiterativo el recurso de flashback mental del protagonista recordando lo que le pasó hace años. Error el paisajismo digno de anuncio de agencia de viajes pero que no puede sustituir el desarrollo de personajes y conflictos de Tiburón (lo que viene siendo el contenido). Pésimos los inevitables guiños a la película de Spielberg, que ya ni sorprenden ni consiguen siquiera darle un buen susto al espectador. Y sobran esos planos de postal de la protagonista y su novio que parecen salidos de la portada de una revista promocional de esas series turcas que están enchufando a sus masoquistas espectadores-víctimas algunas cadenas de televisión.

         Aviso: si esperan hacer porra de quiénes van a ir palmando primero, no va a funcionar. En cuanto empieza la película queda claro quién va a ser el primer almuerzo del escualo, lo lleva escrito en la cara. Lo mismo vale para el segundo, y para el tercero. Vamos que es como si nos hubieran dado una carta del restaurante en el que almuerza el tiburón. Por cierto, para ser un experto en tiburones, el protagonista hace unas cosas realmente extrañas. Me da que no iba mucho a clase cuando estudió la carrera.

         Lo más rescatable, o al menos lo más divertido, son los ataques del tiburón. Problema: llegan tarde, se hace esperar. Y en cuanto a los planos cenitales, como en todo lo demás, lo poco agrada y lo mucho y repetido cansa.

                                                              Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Viernes, 07 Mayo 2021 10:00
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática