Un blues para Teherán ★★★

Junio 28, 2021

Crítica del documental Un blues para Teherán

Documental de viaje y catarsis a través de la música y la imagen.

         En estos tiempos de pandemia sin viajes que atravesamos, Un blues para Teherán abre una ventana para quitarnos la mugre de los prejuicios y aparcar el lastre de las expectativas previsibles respecto al cine que queremos ver. Toca arriesgarse para encontrar y disfrutar algo diferente en una película de itinerario que se marca como objetivo entrar en Irán desde la puerta de las tradiciones musicales, mostrando la fusión de estilos en las mismas como herramienta para mantener vivas las variantes musicales que corren riesgo de desaparecer en un país donde lo antiguo y lo moderno viven en un delicado equilibrio de supervivencia.

         El tema que nuestro guía en este viaje canta acompañando la música dentro del coche es toda una declaración de principios del director respecto a la manera en la que quiere conducir su propuesta. Valiente manteniendo el plano en un mundo donde nos movemos con un ritmo frenético, pero al mismo tiempo astuto sirviéndose de ese plano para imponer la idea del viaje a través de esa ciudad que vemos al otro lado de la ventanilla del coche, que añaden además un ritmo visual a la música. Esta será una constante de la película: la música como guía que nos conduce hacia unas imágenes donde la mirada del espectador se pierde en la inmensidad del paisaje, en una estrategia de inmersión del espectador que en los planos generales de exteriores y paisajes, dominantes en la primera hora de proyección, inducen a una actitud contemplativa que se traduce en una especie de inmersión en una paz visual en un cine con mayúsculas nacido tanto de la composición pictórica y la plástica necesariamente orquestada de la falsa espontaneidad del documental, género imprescindible del que el maestro Jean Renoir afirmaba que debería ser siempre la forja de los grandes directores.

Un Blues Para Teheran 2

         La idea de la música como guía predisponiendo favorablemente al espectador para abrirse sus sentidos y a las imágenes es una tradición del cine desde que la música de Prokofiev sirviera como guía de las imágenes de Alexander Nevsky (S.M. Eisenstein, 1938). Pienso que es una tradición amenazada por un uso más simple de la música como camino fácil para provocar emociones epidérmicas en el espectador a base de efectismo ha ido dejando a un lado. Y por eso me ha alegrado mucho tanto la propuesta que nos hace en este sentido Un blues para Teherán como la propia reflexión sobre la presencia de la música en el cine que introduce en la reveladora secuencia de la peluquería.

         Confieso que las imágenes de apertura y el peso del paisaje de Un blues para Teherán me han traído a la memoria el duelo de lo humano perdido en la inmensidad del paisaje en el comienzo de Alexander Nevsky tanto como las imágenes de las casas y las gentes de ese entorno rural, con protagonismo de la propia cámara incorporada al plano, me han recordado los documentales de Robert Flaherty padre del documental.

         Naturalmente ignoro si hay intencionalidad por parte del director de la película de rendir tributo con esas imágenes de prólogo al comienzo de su viaje a esas referencias cinematográficas que quizá sean solo fruto de mi inclinación cinéfila o mi confesada manía por buscar referentes del pasado en las propuestas recientes, que según he podido comprobar pone nerviosos a algunos directores, y en las que no obstante sigo insistiendo no por impertinencia sino simplemente pensando en mi obligación de facilitar pistas a la natural curiosidad de mis lectores, a los que me debo, para que, caso de no conocer dichos antecedentes puedan intentar localizarlos y emitir luego su propio parecer sobre el particular, o quizá incluso disfrutar de los mismos tantos como creo que pueden llegar a disfrutar, si se entregan sin prejuicios y totalmente, a la inmersión en Un blues para Teherán.

         Además de esa relación entre música y cine, un pulso apasionante de fiesta de los sentidos en algunos momentos de esta película, Un blues para Teherán incorpora a sus temas de reflexión el papel de la música como punto de encuentro más allá de las discrepancias, en su función de lenguaje y arte universal y expresión de sentimientos, en su despliegue como huella cultural amenazada continuamente extinción ante el avance de la modernidad. Este es el otro pulso expuesto por la película junto al de la música y la imagen es el de la tradición y la modernidad sofisticada, que encuentra su camino para expresarse en la película tanto con esa recuperación de la música clásica tradicional de Irán que está amenazada de desaparición en los temas tasnif y en ese concierto del tercer acto de la película grabado por móviles y cámaras de vídeo.

         Si alguna pega le puedo poner a este recomendable viaje musical y visual es su desenlace con la secuencia con los padres, que llega tarde para explicar al personaje que nos ha servido de acompañante en este viaje, efecto que se da también en esa conversación sobre el amor junto al árbol. Ambas me producen la sensación de una prolongación forzada y ajena a ese tema central de la música dominante en el resto de la película.

                                          Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Viernes, 02 Julio 2021 10:40
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática