Una canción irlandesa ★★★

Julio 13, 2021

Crítica de la película Una canción irlandesa

Comedia romántica simpática pero fácilmente olvidable.

      No resulta muy frecuente que la cinematografía japonesa reproduzca las bestialidades cometidas por el ejército nipón, contra las poblaciones de los territorios ocupados durante los años previos a la entrada del país del Sol Naciente en la Segunda Guerra Mundial. Un pasado cruel y genocida, que cineastas como el chino Zhang Yimou y el canadiense Roger Spottiswood sí se han encargado de escenificar, en Las flores de la guerra y Los niños de Huang Shi, respectivamente. Por eso es especialmente significativa esta obra grabada por Kiyoshi Kurosawa, quien recuerda el papel de aquellos compatriotas de Kenji Mizoguchi que intentaron contar lo que las tropas del emperador Hirohito estaban provocando en el conflicto entre China y Japón.

      Bajo semejantes premisas, el responsable de Pulse se acerca en La mujer del espía a los experimentos efectuados con armas químicas, que llevaron a cabo las tropas de Kwuantung para someter a la población de Manchuria. Dentro del infernal panorama de personas infectadas con la peste desplegado en la región conocida oficialmente como Dongbei Pingyuan, el empresario Yusaku Fukuhara (Issey Takahashi) y su sobrino se dedican a reunir documentos y testimonios, sobre los salvajes actos de las fuerzas de ocupación. Al regresar a Kobe (Japón), ambos se implican en una carrera a contrarreloj para trasladar la peligrosa información a Estados Unidos, y así favorecer a que la nación de las barras y estrellas actúe en el marco internacional contra Japón. Sin embargo, mientras Yusaku organiza su plan, este no puede evitar que su esposa Satoko (Yû Aoi) descubra el secreto que su marido quiere desvelar. Tras esto, la participación de Satoko resultará fundamental para sortear la persecución del tenaz Yashuharu Tsumori (Masahiro Higashide).


Una Cancion Irlandesa 2

      La cuidada puesta en escena, desarrollada mayoritariamente en interiores, apoya la solidez de un relato que atrapa por la capacidad interpretativa de los actores que nutren el metraje con su excelente trabajo colectivo. Un cuadro dramático en el que sobresale la expresividad de Yû Aoi, quien encarna a la aparentemente ingenua Satoko Fukuhara. La actriz nacida en Fukuoka brilla con insuperable intensidad en cada plano y secuencia, y eclipsa la más tenue aportación de sus compañeros masculinos. Ella es quien, con sus miradas y su indestructible alegría y optimismo, da sentido al argumento de La mujer del espía desde el punto de vista sentimental. En medio de un entresijo de determinaciones de carácter humano y personal, Yû hace verosímil la contradicción interna que siente su personaje, quien accede a ayudar a su esposo sin reservas, motivada por un deseo de denunciar los criminales planes de las tropas japonesas; pero también por un amor sincero hacia el hombre con el que contrajo matrimonio.

      Resulta desconcertante que el ingrediente romántico sea el menos aprovechado por Kurosawa. Pese a que parece someter a Satoko a una entrega absoluta por cuestiones sentimentales hacia su cónyuge, la potencia de algo así queda diluida por la fría caracterización de Issey Takahashi, como el poco apasionado Yusaku. Un vacío de emoción que igualmente contagia al papel de Masahiro Higashide, quien se hace cargo del pétreo Yasuharu Tsumori (el militar enamorado secretamente de Satoko, desde la niñez de ambos).

      No obstante, y con independencia de estos leves traspiés dramáticos, Kiyoshi Kurosawa realiza una película que mantiene la tensión hasta el final, y que engancha por el buen ensamblaje de su historia.

      Rodada con eficacia, sin excesos innecesarios, con el habitual plantel de rostros populares en cameos o papeles secundarios muy divertidos, la película necesita primero del carisma de su reparto y de que los niños sean capaces de transmitir lo que su aventura produce. El resultado es un cruce entre una película familiar y un tebeo de Ibáñez que funciona durante la proyección, y esa es su intención. No pretende nada más que entretener una tarde de verano. Ser una película divertida para toda la familia, sin complicaciones. Su sencillez es, al mismo tiempo, su mejor y peor baza. Alguno la atacará, sin duda. Pero quien sea, no ha estado muy atento a lo que nos ofrece y propone A Todo Tren. Porque da lo que promete.

                                            Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 20 Julio 2021 17:24
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática