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Wrong Turn: Sendero al infierno ★★★

Julio 20, 2021
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Crítica de la película Wrong Turn: Sendero al infierno

Película peleada consigo misma, mejora después de 47 minutos.

      Es una película, pero parecen dos. Me explico. La primera parte de la película: Hipsters senderistas en la naturaleza salvaje de los Apalaches, rodeados de hostilidad rural. ¿Apostarías por ellos? Yo no. No es premisa muy original, y se quedan lejos de las dos piezas más lograda de esta fórmula argumental: Defensa (John Boorman, 1972) y La presa (Walter Hill, 1981).

      ¿Qué podría salir mal? Pues todo, criaturas, todo. La película es en sus primeros 45 minutos de metraje otra hijastra del duelo civilización contra naturaleza propio del western traducido al terror en modo urbanitas conta población rural.

      Y, claro, en esa primera fase no aporta nada nuevo a la fórmula. Tenemos el muy convencional grupo de jóvenes intrépidos, pero a decir verdad no muy listos, que se internan en territorio salvaje con poca experiencia, tocan las narices a los lugareños para ponerse las cosas más difíciles y tiran para el monte a darse un paseo, con las consecuencias previsibles.

Wrong Turn 2

      Los creadores del asunto nos hacen esperar demasiado para llegar a la parte interesante, y por el camino se pierden y nos cansan, porque la película pone final al prólogo más prometedor con Matthew Modine haciendo un flashback que nos lleva seis semanas atrás para acompañar al grupo de jóvenes urbanitas que parecen haberse conjurado para encadenar un tópico detrás de otro, incluyendo todos los correspondientes a la tolerancia y la corrección política.

      Lo dicho, en los primeros 45 minutos de metraje es imposible empatizar con ellos o implicarse en la historia, porque no aportan nada nuevo, sino más de lo mismo. Cansan solo con aparecer en pantalla cambiando una rueda pinchada del coche, y de ahí en adelante lo único que le queda al espectador es hacer una porra consigo mismo apostando quiénes van a morir primero, y esperar que en los ataques haya algo más que la anodina repetición de lugares comunes que nos han servido hasta el momento. Y disfrutar del paisaje, eso sí, que es espectacular más allá de lo que haga la cámara y la composición del plano con él. Se vende solito.

      Adicta a la repetición de la fórmula crea una modorra en el espectador que nos convierte en turistas del morbo incapaces de empatizar con lo que pasa en la pantalla.

      Pongo un par de ejemplos. Primer ataque en el bosque contra los pardillos. Empieza bien, pero luego se queda en nada, en una muerte por despanzurramiento fuera de plano. Al menos nos muestran el efecto final del impacto en un amago de gore que nos hace pensar que todavía podremos salvar algo de este viaje. Pero en todo caso tampoco consiguen meternos en ese momento como nos metiera la caída por la montaña de El único superviviente (Peter Bergh, 2013), que sí era realmente impactante y estaba bien filmada. Ni siquiera dura lo suficiente para que nos pongamos en modo “montaña rusa”.

      Otro ejemplo: es tópica hasta en la realización, la manera de tratar visualmente algunos momentos clave de este tipo de películas, como la advertencia para no apartarse del sendero, que siempre nos sonará a Un hombre lobo americano en Londres, de John Landis: plano picado sobre la protagonista, para que quede clarita su identidad como futura víctima sacrificial para la satisfacción del morbo del “vulgo”, como decían Lope de Vega y Tirso de Molina cuando se referían al público. Ojo a los desenfoques tras el primer ataque cuando pasan de un personaje a otro, y la cámara meneándose por postureo (¡Cuánto daño ha hecho La maldición de la bruja de Blair!).

      Casi me explota la cabeza por el giro dramático de los acontecimientos cuando los pardillos descubren que no tienen cobertura en el móvil… en medio del bosque. ¡Guau! ¡Qué choprecha amigos! #antenasdetelefoníaenbosquesya, aunque solo sea para hacer que los guionistas se lo tengan que currar más cuando escriben estas cosas. Urge.

      Pero en la segunda hora de metraje la cosa se pone más interesante y la cosa resulta más entretenida de lo que debería para ser su primera parte tan floja y tópica. Si hubieran empezado por el minuto 35 en adelante pasando directamente a toda la parte de Matthew Modine igual les habría salido mejor la jugada.

      En su conjunto de ritmo anda muy irregular, porque habida cuenta del giro que da en esa segunda hora les ha salido un prólogo amodorrante de 45 minutos. Lo peor es que sospecho que buscaban precisamente ese giro como “sorpresa” para cambiar de rumbo confiando poco en la propuesta de argumento principal que es la que domina la última hora y diez minutos de película. Buena idea, mala ejecución.

      A la hora y ocho minutos de metraje, vuelven a la fórmula que realmente les interesa. O, dicho de otro modo: que tras ser cansinos y tópicos en los primeros 45 minutos, nos meten en otra película más curiosa con una fórmula diferente. ¿Es demasiado tarde para engancharnos? Hay que ver la película para descubrirlo, porque esto puede ser muy personal, pero a mí casi me pierden por el camino hasta que consiguen llegar a la hora y 11 minutos de metraje y empiezan a copiar otras dos películas que no puedo citar aquí para no reventar la “sorpresa”. Seguro que cuando vean la película a ustedes mismos se les ocurren los títulos correspondientes y por qué me suenan a una de M. Night Shyamalan y otra de Ari Aster, y alguna más que he citado al principio de este texto.

      Aunque el guion sigue siendo una chapuza crispante. Ejemplo: el cazador guía, que, por cierto, no es precisamente el Allan Quatermain de Las minas del rey Salomón, y como se demuestra de inmediato cobra más de lo que vale, dice: “Pisad por donde yo pise”, y en el siguiente plano vemos que camina en primer lugar su hijo, luego Matthew Modine, y, sí amigos… ¡El cazador el último!

      La segunda parte me entretuvo más que la primera, por las risas, aunque eché de menos a Nicolas Cage en el papel de Matthew Modine.

      ¿Aspiran a secuela? Tiene pinta.

                                            Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Martes, 20 Julio 2021 17:31
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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