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Crítica de la película Colette

Wash Westmoreland aprovecha una excelente ambientación histórica de la bohemia literaria parisina de finales del XIX y principios del XX, para encauzar este esmerado biopic sobre la vida de Sidonie-Gabrielle Colette.

La capital de Francia era una ciudad en continua ebullición a finales del siglo XIX y principios del XX. En sus calles se daban cita los escritores, los pintores, los escultores, los poetas, los dramaturgos y los creadores llamados a liderar las vanguardias de una época prodigiosa desde el punto de vista del arte. Dentro de semejante ola de talento, Colette supo entusiasmar a las masas, con sus historias de la pequeña Claudine y su despertar a la vida y a los placeres.

Crítica de la película Infiltrado en el KKKLAN

Spike Lee mantiene su estilo visual y escénico en esta cinta de alto compromiso social, en la que retrata las entrañas de una organización tan discriminatoria como la del Ku Klux Klan.

Unas imágenes de Lo que el viento se llevó, donde Scarlett O’Hara pasea por una estación de tren entre los heridos del ejército de los grises, sirve al cineasta de Malcolm X para encauzar el relato de su nueva obra. Una película que pronto cobra cuerpo de denuncia, ante las declaraciones en primer plano de un violento Alec Baldwin; en la piel del supremacista Dr. Kenneth Beauregard.

Baltasar Kormákur (Everest) dirige esta película basada en hechos reales, sobre la lucha por la supervivencia de una pareja de náufragos.

En la filmografía de Baltasar Kormákur existe una fuerte relación con respecto a las hazañas emprendidas por personajes aventureros, normalmente obsesionados con vencer las condiciones extremas que les impone la naturaleza. Everest, en 2015, mostraba cómo un grupo de escaladores debía afrontar su posible muerte, en una subida montañosa que se cobró la vida de la mayoría de los participantes. Y similares motores existenciales son los que se pueden localizar en A la deriva.

Nuevamente, una historia real inspira al cineasta islandés, para componer una película en la que la angustia por no perecer ante las adversidades se convierte en la principal protagonista.

El libro autobiográfico de Tami Ashcraft sirve de fiel guía argumental al responsable de Medidas extremas, para recrear la terrible experiencia sufrida por un par de jóvenes, mientras pretendían cubrir la distancia entre Tahití y San Diego, a bordo de un costoso yate.

El guion comienza con una chica herida, mientras las olas aporrean con violencia el costado de la nave en la que se encuentra. A partir de aquí, un flashback sitúa al espectador tiempo atrás, cuando la misma joven llega a Tahití. La muchacha, que se llama Tami, es una norteamericana con ganas de ver mundo; y, con el fin de pagarse su estancia, acepta un trabajo en el puerto de la localidad. Allí conoce a Richard Sharp: un navegante inglés, con el que la estadounidense comienza a desarrollar una apasionada relación amorosa.

Un día, unos amigos piden a Richard que lleve el barco que estos poseen a San Diego, a cambio de una suma de 10.000 dólares y dos billetes de vuelta. Tami y el marino británico aceptan el encargo, y se preparan para la complicada travesía. Lo que no saben es que será un viaje determinante en sus respectivas vidas. Kormákur escenifica la trágica aventura experimentada por Richard y Tami con continuos flashbacks, que no logran activar el cansino ritmo por el que transita la película. La sucesión de paisajes increíbles y puestas de sol a mar abierto tampoco minimizan la sensación de anquilosamiento de un guion demasiado reiterativo y ralentizado.

Pese a desplegar una técnica fotográfica que recuerda a la usada por Nestor Almendros para retratar los idílicos escenarios de El lago azul, la relación amorosa entre Tami y Richard resulta un tanto ligera y artificial; por lo que es incapaz de desencadenar la reacción sentimental que el drama debería generar. Un problema que no queda simulado ni con el exceso de energía interpretativa ejecutado por Shailene Woodley.

Este defecto de forma y contenido desde el punto de vista argumental hace que la parte de la supervivencia de los náufragos se perciba como congelada en el tiempo, aunque Kormákur pretenda potenciar el interés con flashbacks relativos a escenas de declaraciones amatorias, y nostálgicos besos sobre la arena de playas solitarias.

Aunque también existe una explicación plausible para el ritmo machacante y entrecortado del filme: mirado desde la perspectiva de la angustia en pos de la supervivencia, esos efectos de agotamiento casan bien con la ansiedad de los personajes por ser rescatados de la situación límite en la que estos se encuentran.

Jesús Martín

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Simpática comedia sobre la libertad en la elección sexual, durante una etapa tan complicada como la adolescencia. Nick Robinson realiza una brillante y efectiva interpretación, en la piel del angustiado Simon Spier.

La etapa escolar y de instituto suelen ser épocas en las que cualquier signo de distinción trae consigo la marginalidad y los insultos, normalmente propiciados por los compañeros que agreden toda opción que se aparta de lo que ellos consideran como socialmente correcto. Vestir de manera diferente, no poseer un físico lo suficientemente atractivo, no ser popular en los deportes, no acreditar un alto índice de éxitos amorosos, o declararse gay, lesbiana o transexual. Estos son solo algunos de los ejemplos por los que se produce el acoso en los recintos de enseñanza.

Precisamente, el último de los casos reseñados (el de que un chaval que descubre que es homosexual) es el que escogió la novelista Becky Albertalli para componer la historia de Con amor, Simon (texto editado en España por Puck). Y el resultado fue el de una narración en clave de comedia romántica, que se convirtió en un aclamado best-seller contra la persecución entre teenagers por cuestiones de preferencias sentimentales.

Greg Berlanti (El club de los corazones rotos) toma en sus manos el ingenioso argumento ideado por Albertalli, para crear una película que cumple a la perfección con el mensaje que pretende transmitir. En ella, el protagonismo absoluto de Simon Spier (al que encarna con notables efectos tragicómicos el sorprendente Nick Robinson) consigue guiar al espectador por la intrincada senda de un joven al que le da miedo “salir del armario”, y confesar su amor hacia un compañero del que desconoce la identidad.

La trama en cuestión arranca con un Simon Spier que parece el perfecto estudiante y colega. El muchacho gasta bromas con sus padres, se esfuerza por sacar buenas notas que le permitan acceder a una universidad de prestigio, es admirado por las chicas de su clase, y lidera una pandilla en la que la intelectualidad y los comentarios irónicos son la regla de cada día. Sin embargo, todo parece cambiar cuando Simon descubre el mensaje anónimo de un chaval, que confiesa su homosexualidad en el blog del instituto.

Simon comparte con el internauta la condición de ser gay; y, como él, no se atreve a desvelar sus preferencias por las personas de su mismo sexo. Pero, la posibilidad de chatear con un joven con el que tiene tantas cosas en común, anima al protagonista a comenzar una relación epistolar con el desconocido. Poco a poco, la amistad entre ambos cobra una fuerza inusitada, hasta el momento en que Simon toma la decisión de hacer público que es gay. Un anuncio que le traerá la ansiada liberación, aunque también un sinfín de problemas añadidos.

Berlanti completa la película con un agradable número de situaciones escenificadas con ingenio, en las que el plantel interpretativo se luce sin concesiones y con energía. Sin embargo, la parte relativa a la búsqueda del individuo que escribe los mensajes que activan a Simon no posee los mismos elementos de enganche, que los de las confusiones sentimentales del protagonista.

Un problema de contundencia romántica, que resta eficacia y frescura a esta estimable y entretenida película.

Jesús Martín

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Sorprendente película de debut del cineasta Ari Aster, con la que consigue crear una atmósfera de terror espeluznante y cortante.

Desde el inicio de Hereditary existe una sensación agobiante y malsana, que hace prever un desarrollo caracterizado por la bajada a los infiernos de unos personajes opacos y misteriosos. Con el elemento de la normalidad retorcida que experimenta una familia, el director Ari Aster introduce al espectador en el escalofriante universo de los Graham, cuando el clan tiene que afrontar la muerte de la inquietante y siniestra abuela.

Los datos aportados por la trama respecto a la personalidad de la citada señora son voluntariamente escasos, pero lo que sí deja entrever la historia es que la anciana fallecida era una mujer a la que todos temían. Ninguno de los Graham –y en especial su hija Annie- parece mostrar unos lazos de cariño o de tristeza sentimental hacia la difunta, y solo la pequeña de los Graham (la singular Charlie, a la que interpreta con increíbles resultados miméticos la joven Milly Shapiro) alberga un peculiar efecto de unión hacia su abuela recién enterrada.

Charlie, con su actitud callada y reservada, empieza a ver cosas extrañas en su escuela y en su hogar; al tiempo que dibuja en su cuaderno macabras escenas de animales desmembrados y en descomposición.

Sin embargo, y aunque la familia está sumida en un estado de shock emocional producido por cuestiones que permanecen en el más absoluto secretismo, la situación se complica cuando un ser muy querido fallece, éste hecho sume a Annie (Toni Collette) en una depresión tenebrosa, que la lleva a establecer peligrosos contactos con el Más Allá. Llamadas al reino de lo sobrenatural, que derivan en el resurgimiento de un ente diabólico de enorme poder destructivo.

Aster construye esta pesadilla sin renunciar a los habituales golpes de efecto de los filmes adscritos al género de terror, pero –a diferencia de muchos de los títulos con temática más o menos parecida- el director novel toma el camino de la verosimilitud y el realismo; lo que sitúa su película en un plano comparable al desarrollado por clásicos del estilo de La semilla del diablo, La profecía o La bruja.

Hereditary es ante todo una obra de atmósferas enloquecidas y tenebrosas, en la que la sobriedad con la que está rodada ayuda a beneficiar a que la movie confeccione con eficacia y verosimilitud el ejercicio fantasmagórico y electrizante que propone. A ello contribuye también el competente elenco interpretativo, dentro del que destacan los veteranos Gabriel Byrne y Toni Collette; a los que se suman los no menos sobresalientes Alex Wolff y la ya citada Milly Shapiro.

Jesús Martín

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Crítica de la película No dormirás

Gustavo Hernández consigue crear una película en la que la atmósfera y el espacio se convierten en las principales armas para generar terror y misterio.

Los psiquiátricos abandonados suelen dar un juego especial en el género del horror de naturaleza psicológica y gótica. Quizá, esa sea la razón principal por la que el cineasta uruguayo Gustavo Hernández ha decidido otorgar un protagonismo determinante a una de estas siniestras instituciones, para construir el fantasmagórico y efectivo decorado de No dormirás.

A modo de pesadilla constante, el guion del filme sigue los pasos de una actriz llamada Bianca (excelente Eva De Dominici, en la piel de un personaje que siempre está al límite de la locura). La chica intenta despegar en su carrera, aunque tener que cuidar a su padre –aquejado de una enfermedad mental- le resta la debida concentración para mantener el nivel de ambición de sus colegas. Una noche, mientras Bianca representa una obra en un papel secundario, la joven es citada para el casting del nuevo proyecto de Alma Böhm (Belén Rueda): una reputada creadora, famosa por sus trabajos de extrema exigencia. La protagonista piensa que no va a ser seleccionada, pero al final recibe la llamada del encargado de Alma, y le comunica que la directora está interesada en su incorporación al elenco interpretativo.

Sumidos en un absoluto secretismo, los miembros de la producción son trasladados a un antiguo manicomio, donde se les pone al corriente de que la historia va sobre una interna, que fue acusada de intentar dar muerte a su bebé. Alma exige a Bianca y a su amiga Cecilia (también elegida para competir por el papel principal) que no duerman en ningún momento, para llegar a un nivel en que los mecanismos actorales queden supeditados a la identificación total con el papel. Poco a poco, las horas de insomnio y la oscuridad reinante en el inmueble hacen mella en la salud mental de la protagonista, hasta el punto de ver extraños seres que amenazan su integridad física.

Gustavo Hernández acierta en la manera en que retrata los desangelados pasillos y habitaciones del psiquiátrico, manteniendo la intensidad en los giros de cámara y en la evolución del papel de Eva De Dominici. Los planos retratan con imaginación el tortuoso camino que emprende la joven, hasta perder cualquier signo de raciocinio. Estos elementos son los que poseen más fuerza en la historia, la cual se ve algo frenada en su precipitación hacia el anunciado abismo mental, con una trama tangencial que genera una cierta desconexión con el potente ejercicio audiovisual que se percibía al principio del filme.

Conforme se suceden las aclaraciones de lo que esconde el oscuro propósito de Alma y de su equipo, No dormirás se vuelve un tanto farragosa en su desarrollo. No obstante, Hernández se muestra hábil, al no permitir que los rocambolescos y artificiales giros del argumento perjudiquen totalmente a la atmósfera medioambiental desplegada a través de los fotogramas.

Un acierto de escenificación, más que de contundencia del guion, al que contribuyen sobremanera las esforzadas y convincentes caracterizaciones de las destacables Eva De Dominici y Natalia de Molina. Ellas logran que el interés no decaiga, incluso en los momentos menos brillantes del metraje. Labor en la que también pone su granito de arena Belén Rueda, pese a que su parte no posee tantos asideros dramáticos como las de De Dominici y De Molina.

Jesús Martín

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Charlize Theron realiza una brillante interpretación en esta ácida y extraña comedia existencial, en la que se nota el influjo de Jason Reitman y de Diablo Cody.

Desde su cambio de imagen en Monster, Charlize Theron demostró que la belleza natural que acredita no es ningún problema para asumir personajes que no se basan en la apariencia física para salir adelante. Una máxima que la antigua modelo sudafricana vuelve a explotar con sobresalientes resultados, para meterse en el cuerpo hormonado de la confusa Marlo: el personaje principal de Tully.

Sin maquillaje con el que ocultar el paso del tiempo y con kilos de sobra en su esbelta figura, la estrella de Mad Max firma una interpretación más que notable en su nueva colaboración con el director Jason Reitman, tras la excelente y alocada Young Adult.

Theron es el motor que arranca y hace evolucionar la historia de Tully; y lo consigue a través de la psique de una mujer perdida en una vida que ha quemado las antiguas metas que buscaba en su juventud. Embarazada en estado avanzado y con un marido que no le dedica el tiempo que la dama necesita, Marlo comienza a entablar una estrecha amistad con su niñera de noche, a la que contrata cuando nace el bebé que esta esperaba. Las dos se comprenden a la perfección, y se apoyan mutuamente para experimentar sensaciones que la protagonista y madre creía inexistentes en su etapa como adulta. Sin embargo, una terrible realidad se avecina para destruir el intenso afecto que muestra el rol de Theron hacia la chica que cuida a su pequeña, y que responde al nombre de Tully.

El ritmo pausado y reiterativo, casi rayano con la autocomplacencia, caracteriza a esta película; en la que el trabajo del elenco artístico al completo es lo más destacable, dentro del contexto de una historia escasa en verdaderos sobresaltos.

Reitman y la guionista Diablo Cody se esfuerzan porque una atmósfera de turbia tranquilidad inunde cada una de las secuencias, simplemente para transmitir con eficacia las sensaciones de cansancio que denota el papel de Marlo.

De esta manera, tanto el cineasta como la autora del libreto dejan claro que el argumento únicamente sigue la estela de la mujer de mediana edad a la que da vida Theron, sin por ello abandonar a su suerte al resto de los personajes. Esta operación de alto riesgo queda solventada por la historia, con el diseño de una protagonista heroica en su estela de modesta madre de familia; a la que es posible comprender en su plenitud desde la perspectiva de un espíritu que se resiste a renegar de su carácter rebelde, ni siquiera en beneficio de unas reglas sociales que intentan anularla.

Desde el inicio, el espectador sabe que Marlo no es una mujer fácil de vencer por los obstáculos burocráticos; y lo materializa con sus continuas luchas en el colegio de sus hijos, para que acepten a su vástago aquejado de un síndrome parecido al de Asperger. Y tal actitud de desafío sin tregua se perpetúa hasta que la fémina conoce a Tully; momento en que la protagonista desfoga un poco su rabia medioambiental, y comienza a tomar confianza a través del descanso.

Reitman acierta con el retrato de Marlo, aunque para ello tiene que someter la parte final del filme a una suerte de descubrimientos un tanto incomprensibles; los cuales se aprecian un tanto deslavazados y torpes.

Jesús Martín

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Massimiliano Bruno filma esta confusa comedia, en la que la existencia de numerosos puntos de fuga argumentales impide que el humor desplegado genere la adecuada sensación de hilaridad colectiva.

Poner a dos actores con características similares para desencadenar la comicidad en clave neurótica, mediante continuos golpes de efecto y verborrea abundante, no siempre produce el efecto deseado. Marco Giallini y Alessandro Gassman son los citados intérpretes, en los que el cineasta Massimiliano Bruno hace descansar el peso específico de esta excéntrica cinta; la cual salta con aparatosidad por temáticas que se agotan rápidamente.

Si hubiera que destacar un nexo común, o un pegamento efectivo para adherir cada una de las partes del guion de Bendita ignorancia, este sería el de la rivalidad que sienten mutuamente Ernesto (Marco Giallini) y Filippo (Alessandro Gassman): dos profesores de instituto, antiguos amigos enemistados tras enamorarse de la misma mujer.

Un punto de partida semejante habría sido suficiente acicate para avalar el diseño de la trama central, pero Bruno parece pensar que el asunto de la rivalidad es bastante trivial; por lo que le echa por encima el abrigo o disfraz de un problema propio del siglo XXI: el del choque del mundo analógico con la fiebre digital.

De esta manera, el filme comienza con testimonios relativos a la dependencia del ordenador, la tablet y el móvil; los cuales introducen una pelea difundida por Youtube, en la que aparecen Ernesto y Filippo insultándose en una clase de un centro de enseñanza secundaria, con la informática como piedra arrojadiza. Este enfrentamiento es bautizado por los internautas como Bendita ignorancia, y llama la atención de una aspirante a documentalista, que resulta ser la hija del antiguo amor que compartieron Ernesto y Filippo.

La chica propone a los dos hombres un reto que deben aceptar para dar cuerpo al experimento cinematográfico que ella quiere llevar a cabo: Ernesto tendrá que vivir por y para internet, mientras que Filippo estará sin conectarse lo que dure la grabación del documental. Este tema es elaborado por Bruno como un torpe mcguffin, ya que pronto queda apartado a un lado meramente circunstancial dentro del guion; y lo que toma el protagonismo absoluto es el progresivo cambio que genera en Ernesto y en Filippo la necesidad de vivir una realidad notablemente diferente a la que ellos solían considerar como válida.

De manera progresiva, el humor desenfrenado que prometía Bendita ignorancia queda aplacado por un mensaje familiar y de concordia sentimental demasiado endeble; lo que resta fuerza a las caracterizaciones de Giallini y de Gassman.

Los dos actores pierden un poco el hilo de la comicidad planteada al principio, ante un argumento que modifica diametralmente las reglas del juego; y que convierte a sus roles en un par de tipos que tampoco personifican posicionamientos tan antagónicos, como el filme había diagnosticado en su arranque.

Superado el escollo de las redes sociales y el mundo de la informática para relacionarse, Bruno alarga la historia de la película de manera un tanto artificial. Una determinación que anula el humor descerebrado que daba sentido a los personajes de Ernesto y Filippo; y que acaba hundiéndoles en un espectáculo facilón y previsible, el cual parece sacado de muchas de las comedias populares de los años setenta y ochenta de nacionalidad italiana y española.

Jesús Martín

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Natalie Dormer monopoliza con su interpretación este thriller algo turbio, el cual avanza con dificultad a través de una historia con demasiados giros. La actriz de Juego de tronos se convierte en lo mejor de una cinta que mantiene la tensión mientras se refugia en el universo opaco de la protagonista.

Pocas cosas son lo que parecen en Entre sombras. De eso se encarga el director Anthony Byrne, quien aprovecha sagazmente el elemento de la ceguera de la pianista a la que encarna su pareja Natalie Dormer, para introducir al espectador en un argumento lleno de trampas.

El comienzo del filme resulta atractivo y desconcertante, con Dormer en una actitud rígida y silenciosa, sumida en la invidencia de su personaje (una joven llamada Sofia). Mientras, en el piso de arriba, su vecina mantiene una relación distante con ella, pero no exenta de cierta carga sensual; notable en los fugaces encuentros de ambas en el descansillo y en el ascensor del edificio donde viven las dos. El suspense se mantiene en esos prolegómenos mediante atmósferas bien construidas, en las que vuela con eficacia la música clásica que conforma el paisaje en oscuridad de la singular y callada Sofia.

Y así continua hasta el instante en que la enigmática vecina cae al vacío desde su terraza. Suicidio o asesinato: esa es la dicotomía que da pie a la segunda parte del largometraje, en la que Byrne introduce los elementos de un supuesto criminal de la guerra de Los Balcanes, y el de un asesino con cuentas pendientes de lo sucedido en la extinta Yugoslavia.

A partir de tales revelaciones, la historia entra en una especie de viaje frenético en pos de marcar un crescendo algo torpe en la acción, el cual contribuye a borrar cualquier rastro del gusto escénico desarrollado en las primeras secuencias del filme.

El estilo un tanto perdido y bastante confuso que ejecuta el director hace que los giros determinantes de la trama se atisben como demasiado artificiales y algo manidos, en medio de una maraña de descubrimientos que, lejos de generar la ansiada sorpresa, provocan una especie de decepción respecto a las premisas del inicio.

Quizá, consciente de lo rocambolesco del argumento, Byrne descansa el peso de Entre sombras en el físico convincente y electrizante de Natalie Dormer. La actriz inglesa exhibe sus tablas dramáticas para diseñar una Sofia fuerte y vulnerable a la vez: una mujer que tiene que sobrevivir en un mundo donde la ceguera es una desventaja, y que se ve obligada a luchar con determinación, para no sucumbir ante la fiebre homicida que se presenta en su propia casa. Sin embargo, y pese a que la intérprete de Los Tudor aguanta el tipo hasta donde puede, Dormer es incapaz de esconder los puntos débiles de un guion que muestra una excesiva desidia por acabar por la vía rápida y estereotipada.

Lo que podría haber sido un producto cinematográfico heredero directo de la excelente Sola en la oscuridad, o de la no menos impactante La muerte y la doncella, queda lastrado por un desarrollo un tanto deslucido, montado sobre la esencia del mal. Un punto de vista que Byrne saca a colación con una subtrama de intercambio de identidades que no despierta la emoción pretendida.

Jesús Martín

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Dany Boon recurre nuevamente a las diferencias culturales e idiomáticas entre París y las regiones galas más alejadas de la capital, para elaborar esta comedia con escasa pegada humorística. El francés, como el español, es una lengua que capta los dejes de sus habitantes según las coordenadas geográficas en las que estos han nacido. De esta manera, un normando usa expresiones y palabras distintas a las de un marsellés, o un parisino es posible que no entienda lo que le comunica un bretón. Dany Boon se queda con esta última realidad, para construir este escasamente inspirado y deslucido retrato familiar. Al igual ya hiciera en Bienvenidos al norte (2008) y Nada que declarar (2010), el actor y director sitúa el grueso de su historia en los choques emocionales entre un hombre que ha abjurado de sus orígenes y su clan: un grupo de familiares que se enorgullece de sus acerbos bretones. Este es el punto de partida de Mi familia del norte, pero el elemento de la confrontación localista queda pronto agotado, y la fórmula de intentar exprimirlo al máximo pasa factura a un guion demasiado plano. A tal efecto, Boon somete la película a su absoluto protagonismo (tanto desde el punto de vista de la creación, como desde el aspecto interpretativo). De esta manera, el personaje de Valentin D. (que encarna el citado comediante francés) copa todo el metraje del filme, con sus problemas existenciales y sus confusiones situacionales. Bajo esa premisa, la historia sigue el encuentro de un elitista diseñador de muebles (el citado Valentin) con su madre, hermano, cuñada y sobrina: unos parientes que el protagonista nunca había reconocido como tales, de cara a los medios de comunicación y a los socios de su negocio. Sin embargo, la asunción de la mentira respecto a su árbol genealógico no es el único problema al que se enfrenta el diseñador, ya que a esto se suma un período de amnesia, propiciado por un atropello accidental. Estos ingredientes argumentales son los que alimentan una trama que se encuentra sumida en una especie de cansancio activo, como si lo que exhibe ya fuera material frecuentemente utilizado por títulos precedentes (como así es). Boon no consigue en ninguna parte de la historia ofrecer algo medianamente novedoso; y lo que es más preocupante, tampoco lo logra desde el aspecto de la chispa humorística. No obstante, aunque solo sea de forma puntual, sí hay escenas alentadoras; como la de las lecciones de acento bretón a las que se somete la pareja de Valentin (brillante interpretación de Laurence Arné, en el mencionado rol). Precisamente, quizá el mejor reclamo del filme sea su competente reparto, en el que sobresale la presencia de los veteranos Line Renaud, François Berléand y Pierre Richard (estos últimos parecen algo contagiados del desánimo colectivo que transmite la obra de Dany Boon). Es posible que el cine del país vecino siga explotando las diferencias culturales e idiomáticas como motor para inspirar películas de supuesto tirón taquillero, pero Mi familia del norte revela que –salvo renovación obligada- el tema ya no da más de sí.

Jesús Martín

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