Jesús Martín

Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Crítica de la película El silencio de la ciudad blanca

Daniel Calparsoro diseña con brillantez la adecuada atmósfera tenebrosa que requiere el filme, pero naufraga cuando intenta dotarla de un aura mucho más inquietante de lo que permite el guion.

Tras la adaptación de El guardián invisible, ahora le toca el turno a la primera entrega de la trilogía creada por Eva García Sáenz de Urturi: un relato de asesinatos rituales y salvajes, que transcurre en Vitoria Gasteiz. No resulta baladí comparar la versión cinematográfica de El guardián invisible con esta historia dirigida por Daniel Calparsoro; ya que ambas siguen una pauta más o menos coincidente, que tiene en el folclore autóctono su piedra angular.

La trama de El silencio de la ciudad blanca recrea la investigación llevada a cabo por Unai y su compañera Estíbaliz, para dar con el responsable de una serie de crímenes esotéricos que asolan la urbe de la Virgen Blanca. Estos asesinatos tienen por víctimas a parejas de distinto sexo, cuyos componentes acreditan la misma edad. Los elegidos llevan un intervalo ascendente de cinco años, y los nuevos cadáveres suponen el regreso de una serie de homicidios ocurridos veinte años atrás. De hecho, el encarcelado entonces (un misterioso escritor de familia rica) está a punto de ser puesto en libertad. Unai se encuentra perdido, y el asunto no mejora con la llegada de su nueva jefa: la subcomisaria Blanca.

Crítica de la película Amundsen

Sobrio y algo convencional biopic sobre la vida del explorador noruego Roald Amundsen, que dirige Espen Sandberg (Kon-Tiki).

Roald Amundsen era un hombre serio, parco en palabras y con un carácter un tanto singular. Sin embargo, su naturaleza se transformaba, cuando se ponía a surcar las superficies heladas del planeta. Esta obsesión por aventurarse hacia geografías desconocidas convirtió al primer humano acreditado en alcanzar el Polo Sur en una auténtica celebridad, dentro del reino de Noruega; pero los destellos estelares no parecían acompañarle en la parcela más íntima y sosegada de su existencia.

El cineasta Espen Sandberg (quien ya recreó las hazañas del también aventurero Thor Heyerdall, en Kon-Tiki) se acerca a la escurridiza y pétrea personalidad de Amundsen, desde una perspectiva un tanto opaca. La necesidad de quedarse en el envoltorio, y hurgar poco en las capas menos mediáticas de tan ilustre protagonista, lleva al director a mostrar un retrato algo frío, donde los conflictos con su hermano Leon están rebajados en intensidad, y en el que las peleas por sacar adelante las expediciones son meras anécdotas, eclipsadas por la grandeza de los proyectos emprendidos.

Bajo semejantes premisas, el actor Pål Sverre Hagen (que igualmente prestó su físico para encarnar al antes citado Thor Heyerdall, en Kon-Tiki) modifica sus facciones convenientemente, para parecer el envejecido individuo que se dio a conocer por su espectacular viaje al temido Paso del Noroeste (el mismo en el que encallaron los navegantes de la serie El Terror). Un trabajo que se aprecia mejor desde el punto de vista estético, ya que su caracterización no consigue traspasar en ningún momento la dura epidermis del aventurero nacido en Borge al que representa. De esta manera, el intérprete refleja la faz de un individuo atrapado en su propio universo, al que únicamente le mueve su pasión por ir donde los demás mortales aún no se habían atrevido a trasladarse.

Crítica de la película La familia Addams (2019)

Divertida versión animada del tétrico y humorístico clan, que alcanzó la fama televisiva en los años sesenta y arrasó en las taquillas cinematográficas en los noventa.

Un simple chasquido de dedos y unas teclas evocadoras de ambientes góticos fueron elementos suficientes para poner en el firmamento audiovisual a la familia liderada por Morticia y Gómez, desde su bautismo mediático a principios de los años sesenta. Desde entonces, las tiras cómicas creadas por Charles Addams (destinadas en un inicio a ser publicadas semanalmente) han dado para horas inolvidables de televisión en blanco y negro, a la par que para una saga en formato de celuloide; la cual hizo célebres a los siniestros Addams entre el público de los noventa.

Después de las citadas estaciones creativas, La familia Addams regresa con el apoyo de la animación por ordenador propia del tercer milenio, de la mano de Greg Tiernan y Conrad Vernon.

La trama de esta esperada vuelta a las pantallas arranca con una boda de tintes esotéricos y espiritualistas, protagonizada por unos jóvenes Morticia y Gómez. Un enlace que no hace felices a todos, ya que los aldeanos aprovechan la ocasión para enfrentarse a los extraños vecinos, y acabar con su estancia en la zona. Expulsados del lugar, los recién casados buscan un hogar en el que establecerse. Un sitio que encuentran por casualidad en un manicomio abandonado, que se eleva en lo alto de una apartada localidad de Nueva Jersey. Tras unos años en paz, Morticia y Gómez crían a sus dos hijos (Miércoles y Pugsley), dentro de un horror home convenientemente amueblado. Pero los antiguos recelos no tardan en aparecer, y los habitantes de la aldea más próxima empiezan a ver una amenaza en los Addams. Un problema que la ambiciosa vendedora de casas llamada Margaux está dispuesta a solventar, por las buenas o por las malas.

Crítica de la película Noche de bodas

Imaginativo aquelarre familiar, con el que Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett narran lo disparatada y gore que puede llegar a ser una celebración matrimonial.

Según las supersticiones populares, los cuchillos son concebidos como armas capaces de acabar prematuramente con las uniones maritales. Por eso, quien encuentre estos utensilios de cocina entre sus regalos de boda, debe dar una moneda (no se especifica la valía de la misma) a quien se haya atrevido a incluir semejantes artefactos en la lista de obsequios. De esta manera, este acto será concebido por los espíritus del amor eterno como una compra, y no como parte de los gifts nupciales. Este comportamiento puede parecer neurótico, pero tal vez habría restado algo de hemoglobina derramada, a la incauta protagonista de Noche de bodas.

Con cuchillos o sin ellos, Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett toman de manera literal lo del sangrado que supone un convite matrimonial, y lo convierten en una cacería humana de inusitadas consecuencias.

La trama arranca con la ilusionada Grace (Samara Weaving): una chica que está a punto de hacer efectivo su enlace con Alex Le Domas (Mark O’Brien), el benjamín de una poderosa y excéntrica familia estadounidense. El clan parece salido de un reality de Cuatro, con sus peleas internas y sus salidas de tono cercanas a la paranoia surrealista. Pero Grace está decidida a pasar por alto toda la parafernalia previa a la luna de miel. Sin embargo, tales preliminares ocultan un desenlace inesperado, cuando el patriarca de los Le Domas propone a la novia escoger un juego de distracción nocturna. Al parecer se trata de una tradición que mantienen desde los tiempos del fundador del clan, por lo que la ingenua mujer vestida de blanco accede a la propuesta. El lúdico pasatiempo que sale elegido por azar es el del escondite; algo que resulta un poco infantil a primera vista, pero que se convierte en una actividad peligrosa y macabra, cuando la chica descubre que los Le Domas se proponen acabar con su vida, en caso de que la encuentren antes del amanecer.

Crítica de la película Abuelos

Simpática y sentimental comedia de Santiago Requejo, con la que pretende defender el protagonismo social de los mayores de cincuenta y cinco años..

A primera vista, Abuelos puede parecer una película reivindicativa; destinada a luchar contra la marginación profesional que sufre el colectivo de los que ya peinan canas. Sin embargo, esta realidad queda pronto superada por un guion que toca temas diferentes, no siempre relacionados con el ámbito de la obsolescencia laboral.

La historia comienza con un comercial en paro, llamado Isidro (Carlos Iglesias). Este individuo siente que su mundo se ha acabado, y que sus habilidades en el campo de las ventas están oxidadas. Así lo experimenta en las extrañas entrevistas de trabajo a las que acude, donde la técnica del brainstorming es más importante que exponer los méritos curriculares. Este hecho lleva al angustiado y entristecido Isidro a solicitar la ayuda de sus amigos, Arturo (Roberto Álvarez) y Desiderio (Ramón Barea); y juntos deciden idear un negocio que suponen de éxito inmediato: una guardería que permita a los padres tener acceso a sus hijos en todo momento, al tiempo que desarrollan sus actividades laborales. Los tres se empeñan a fondo en su proyecto, pero las situaciones de Arturo y Roberto son muy diferentes a la de su compañero. Arturo es un novelista de éxito, que es considerado un experto en el universo femenino. Una pose que el escritor pierde momentáneamente, cuando una supuesta hija y su pequeña acuden a él, para pasar unos días en su apartamento. Por su parte, Desiderio es un jubilado que ansía profundamente ser abuelo, pero cuyo vástago se niega a concederle este simple anhelo.

Crítica de la película Untouchable

Ursula Macfarlane realiza un brillante documental en clave de película de terror, sobre las supuestas agresiones sexuales del productor Harvey Weinstein.

La mirada y las palabras cargadas de aparente sinceridad de la actriz Erika Rosenbaum abren la puerta al sórdido mundo creado por Harvey Weinstein, donde –según cuenta el documental- la violación a las aspirantes a estrellas del cine y a sus ayudantes más atractivas era la norma para él. A modo de thriller, la cineasta británica Ursula Macfarlane diseña una atmósfera que atrapa por la monstruosidad que despliega, y en la que la figura del depredador es retratada por las numerosas víctimas a las que violentó sexualmente.

La documentalista consigue establecer un ritmo narrativo sorprendente, que dibuja una clara línea de exposición, nudo y desenlace para tratar con rigor los espeluznantes hechos que toca. Para ello, Macfarlane toma la inteligente resolución de alejarse del eco mediático del juicio contra Weinstein, y procura ir paso a paso por su senda delictiva, desde sus inicios como productor musical en la ciudad de Búfalo.  Allí, la directora localiza el testimonio de una mujer, a la que convenció para viajar a Nueva York con fines profesionales. Una vez allí, en la habitación de hotel que ambos compartían, el entonces joven Harvey Weinstein abusó de su compañera, sin atender a la negativa de ella.

Este acto sirve para poner en antecedentes al espectador sobre la bestialidad de las agresiones sexuales que el cofundador de Miramax prolongó durante más de treinta años, y cuyas consecuencias fueron tapadas por bufetes de abogados y pagos millonarios a las víctimas. Una manera de silenciar las violaciones, que la documentalista enlaza directamente con el concepto de poder. Los testimonios de los protagonistas directos (tanto las mujeres de las que supuestamente abusó, como las personas que trabajaban a su lado) señalan al distribuidor americano de Cinema Paradiso como un tipo déspota y dictatorial, pese a su olfato para localizar buenos guiones y a su artificiosa cordialidad. Un individuo que se definía a sí mismo como el sheriff de la Meca del Cine.

Crítica de Playmobil: La película

Lino DiSalvo homenajea a los muñecos con los que han jugado millones de niños de cinco generaciones distintas.

Si las figuras de Lego y la sintética Barbie tienen sus propias obras cinematográficas, ¿por qué los entrañables “clicks” no iban a merecer la misma distinción? Lino DiSalvo se hizo la misma pregunta, cuando encontró por casualidad a sus compañeros infantiles de horas interminables, guardados en una caja, olvidada en su antigua casa. Y de ahí surgió el esqueleto de esta película, que no es más que un figurado playground escolar, con múltiples universos encuadrados en una historia más o menos compacta (no confundir con verosímil).

La trama de Playmobil comienza en el mundo de los humanos. Allí, Marla (Anya Taylor-Joy) y su hermano Charlie (Gabriel Bateman) sueñan con dotar a sus respectivas vidas de la misma magia que imprimen a sus muñecos de Playmobil. Sin embargo, todo cambia cuando los padres de los chicos perecen en un accidente de coche. Entonces, Marla se convierte en una persona excesivamente protectora para con Charlie, quien echa de menos a su divertida sister de antaño. Una noche, el crío se escapa de casa, y se refugia en unos grandes almacenes, donde se está preparando una enorme exposición de Playmobil. Marla se asusta, y sigue a su brother hasta ese lugar. Una vez dentro, ambos discuten; y, casi como un hechizo, los dos son transportados al cosmos de plástico de los clicks. Transformados en un par de quecos (él, como vikingo, y ella, como una dama con malas pulgas), Marla tendrá que emprender una intensa búsqueda para dar con el paradero de Charlie, y regresar juntos  a su existencia humana.

Crítica de la película Padre no hay más que uno

Santiago Segura utiliza con destreza los elementos habituales de las comedias familiares, en donde las gracias de los niños y los chistes de fácil lectura suponen su mayor acierto.

El subgénero de los clanes numerosos, y de los problemas que conlleva hacerse cargo de una populosa prole, suele ser bastante agradecido de cara a la taquilla. Uno de sus mayores puntales comerciales estriba en que familias al completo suelen disfrutar con el humor light y moralizante que desarrollan tales películas. De La familia y uno más a Padre no hay más que dos, el cine español es prolijo en títulos de la citada naturaleza. Catálogo muestral, al que Santiago Segura le saca el debido partido, con esta cinta que sigue la tradición de los líos consanguíneos entre un padre desquiciado y unos vástagos descontrolados, que no hacen otra cosa de meterse en problemas.

El argumento refleja la situación de Javier (Santiago Segura): un tipo obsesionado con su trabajo en una empresa informática, al que su esposa siempre le reprocha que no encuentre tiempo para ella y para sus hijos en común. Un día, después de que el protagonista comunicara a su pareja que no podía ir al viaje de aniversario que tenían programado, la mujer decide escapar al Caribe, acompañada de su alocada cuñada. Esto obliga a Javier a cuidar de sus cinco churumbeles, hasta que la madre regrese a España. La misión de controlar y realizar las actividades de la casa supera al incauto informático y desarrollador de apps, quien comprueba en sus propias carnes lo difícil que es manejar con soltura el rol de su esposa en el hogar.

Crítica de la película Súper Empollonas

Imaginativa comedia gamberra, con la que debuta como directora de largometrajes la actriz Olivia Wilde.

Desde hace más de tres décadas, las películas relacionadas con las graduaciones estudiantiles son sinónimo de despiporre colectivo y surrealista. Un hecho que se multiplica por mil, si la película en cuestión posee la nacionalidad norteamericana. Esta norma, marcada a fuego por la industria del celuloide, prende con fuerza en la mente de Olivia Wilde para su primera obra como directora.

La actriz de Tron toma como protagonistas de su ópera prima a dos chicas que se han pasado el instituto preparándose para ir a una universidad de élite. Estas jóvenes son Amy y Molly: dos amigas que se insuflan mutuamente la estima que los demás no les otorgan. El día de fin de curso de acerca, y las muchachas están preocupadas por lo que sucederá en un futuro próximo. Tras unas charlas un tanto nerviosas con Amy, Molly entra en el servicio unisex del instituto, y escucha cómo tres de sus compañeros se refieren a ella como a una perdedora. La inteligente teenager se enfrenta a ellos echándoles en cara su supuesto rol de perdedores; pero todo su mundo se derrumba, cuando los tres chavales (que ella siempre había concebido como descerebrados) le confiesan las impresionantes universidades que han aceptado sus respectivas solicitudes. El descubrimiento llena de desazón a Molly; ya que se da cuenta de que no ha servido de nada haber pasado toda la etapa de secundaria estudiando para los exámenes e implicándose en las actividades extraescolares. Esto lleva a la joven a embaucar a su colega Amy, para que ambas acudan a la megafiesta que da uno de los alumnos más populares del centro. La única pega es que desconocen la dirección del anfitrión de la party.

Crítica de la película Utoya. 22 de julio

Escalofriante recreación de Erik Poppe, de la matanza indiscriminada que perpetró el ultraderechista Anders Breivik, el 22 de julio de 2011.

Unas imágenes exhiben la estruendosa explosión en un edificio de oficinas del gobierno, en Oslo (Noruega). Estas secuencias, tomadas de manera confusa y un tanto amateur, dan paso al  nervioso movimiento de una cámara, que sigue a una chica llamada Kaja; la cual pasa un tiempo de relax y confraternización juvenil en la noruega isla de Utoya, al lado de su hermana pequeña. La adolescente muestra preocupación por lo ocurrido en la capital, y habla de ello con su madre y sus amigos; cuando de repente se escuchan unas detonaciones a lo lejos. Al principio, los chicos piensan que son petardos; pero todo se vuelve oscuro y neurótico, en el momento en que los adolescentes ven a un grupo de compañeros corriendo despavoridos a ponerse a salvo. A partir de esta escena, Erik Poppe introduce al espectador en la pesadilla real que experimentaron los chavales que estaban de campamento en la citada localización, el fatídico 22 de julio de 2011.

El cineasta nórdico opta por una estructura casi de documental, con personajes que, pese a estar inventados en sus respectivas identidades, guardan una correlación fiel con gran parte de las víctimas del sádico Anders Breivik.

Utoya. 22 de julio toma el estilo audiovisual de la impactante Elephant (Gus Van Sant, 2003), y lo mezcla con ciertos toques de El proyecto de la bruja de Blair (Eduardo Sánchez, Daniel Myrick, 1999); todo para generar un producto directo y descarnado, en el que no existe banda sonora, y donde los planos parecen gestionados por la urgencia y el miedo que padecen los muchachos que huyen de la muerte.

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