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Jesús Martín

Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Max Giwa y Dania Pasquini ponen a bailar al personal con algunos de los temas más reconocibles del pop y el rock de los ochenta. Una feel good movie en toda regla donde el elenco interpretativo brilla tanto como las versiones de las célebres canciones.

Taylor (Hannah Arterton) viaja a una zona costera de Italia para asistir a la boda de su hermana mayor, Maddie (Annabel Scholey). La chica ya conocía el sitio de antes, cuando estuvo de vacaciones y se enamoró de un lugareño llamado Raf (Giulio Berruti). Conmovida por los recuerdos, la protagonista toma la decisión de contactar nuevamente con el joven, e invitarle a la ceremonia. Lo que no supone es que el futuro esposo de su sister coincide en identidad y físico con el muchacho al que plantó tiempo atrás.

Tal es el argumento central de Walking On Sunshine, una película concebida para divertir desde la primera escena; y que mezcla con soltura la naturaleza de los karaokes de altura con los resortes de la comedia romántica clásica.

Heredero de Mamma Mia! y de Amanece en Edimbrugo, este musical (cuyo título copia el de la homónima tonada del grupo Katrina and the Waves) derrocha energía por cada fotograma, y cromatismo escénico en cada giro de cámara. Todo un engranaje que provoca que el público asistente participe de las desventuras y amoríos de los personajes, quienes narran sus penas y alegrías al son de baladas extraídas del repertorio de Cindy Lauper, Depeche Mode, Cher o Huey Lewis and the News.

Una apuesta coreográfica que, no obstante, está integrada por un cuadro dramático cuyos miembros no son en su mayoría ni verdaderos cantantes ni bailarines. Sin embargo, la efectiva complicidad con los directores hace que el elenco brille en funciones ajenas a su habitual desarrollo profesional. Labor en la que destacan los atractivos Giulio Berruti y Hannah Arterton. El protagonista romano de El halcón y la paloma (a quien también se pudo ver en el largo Bon Apetit) saca todo el jugo al galán confuso bautizado Raf, mientras que la hermana pequeña de Gemma Arterton hace lo propio con la cabal y aparentemente segura Taylor.

Aunque, a nivel mediático, sea el debut en la pantalla de la potente Leona Lewis la mejor carta de presentación internacional de la movie. La estrella de Factor X atenúa las lagunas interpretativas con sus excelentes dotes para los gorgoritos, aunque su personaje esté un tanto diluido (algo que, a la postre, resulta incluso productivo).

Dentro del casting es justo mencionar la gamberra caracterización de Greg Wise (la pareja de Emma Thompson, que saltó a la fama en Sentido y sensibilidad). El espigado actor da todo un recital tunero para montar al calavera de Doug; y, de paso, se marca un número de Faith que habría convencido al propio George Michael.

Con sencillez y alegría, Walking On Sunshine consigue su objetivo: que los espectadores salgan del cine con la sensación de haber repasado muchos de los hits que marcaron sus vidas. Además de recibir ideas para triunfar en las sesiones de karaoke con los amigos y la parentela…

Jesús Martín

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Louis Clichy y Alexandre Astier recuperan el espíritu original de los cómics de Goscinny y Uderzo, a través de esta inspirada cinta de animación.

Después de la última aventura de Astérix y Obélix en su versión de carne y hueso (encuadrada bajo el título de Al servicio de su majestad), la cosa quedó clara: a los galos de la pócima mágica no les sentaba particularmente bien el mundo de los actores con rostros reconocibles. Y eso que Gérard Depardieu se había acomodado bastante bien dentro de las orondas hechuras de Obélix.

Quizá esa sea la causa por la que Clichy, responsable de parte de los dibujos de Wall.E y Up, planteó la recuperación del universo diseñado por René Goscinny y Albert Uderzo en el terreno que más se ajustaba al auténtico espíritu de las viñetas: el de la animación. Una apuesta que, a tenor de los resultados cinematográficos, resulta coherente y acertada.

Bajo esas premisas conceptuales y artísticas, La residencia de los dioses consigue reproducir con cierta fidelidad la espectacular e inacabable imaginación de las historietas de papel. Algo que los seguidores de los legendarios personajes encontrarán especialmente interesante.

La frescura del guion y la gracia de muchas de las situaciones y de los diálogos ayudan sobremanera en esa línea, y trabajan a destajo para que la película no pierda el hilo de la diversión y el entretenimiento. Coordenadas esenciales para el enganche de todo tipo de público, las cuales se ven reforzadas por el inteligente planteamiento de la escenografía y del guion.

Ingeniosa y fácil de entender, la trama del filme mete en juego el tema de la colonización turística, para enlazarlo con la lucha de los romanos contra los galos. Postura que lidera Julio César, quien está más que harto de que los bárbaros bigotudos salgan victoriosos cada vez que se enfrentan cuerpo a cuerpo con sus legiones. Por eso, el emperador atisba ganarse a los tipos con la construcción de un recinto de ocio y esparcimiento. Aunque, en realidad, este método esconde el ataque sin tregua una vez obtenida la confianza de sus enemigos.

Este sencillo hilo temático le sirve a la pareja de realizadores para montar un espectáculo destinado a toda la familia; en el que no faltan los chascarrillos esenciales, la presentación de una galería de secundarios rica en matices y guiños cómicos, el despliegue del humor absurdo y deslumbrante marca de la casa de Goscinny y Uderzo, y una ambientación en la que brilla el espíritu de los míticos cómics.

Todo esto confluye en una cinta que se ve con una agradable sensación de nostalgia hacia la infancia perdida. Un período que queda enfatizado con una banda sonora en la que incluso suena la balada setentera Será porque te amo, interpretada en italiano por el grupo Richie e Poveri.

No obstante, pese a tantos parabienes, La residencia de los dioses adolece de un mayor peso activo de los inigualables Astérix y Obélix; ya que, según la caracterización que se hace de ellos en la movie, ambos son superados con creces por otros roles del nutrido reparto.

Jesús Martín

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Kevin James despliega todo su histrionismo y su arsenal de chistes de un único sentido, en esta secuela creada a la medida del gesticulante humorista estadounidense.

Situada en el segundo puesto del prestigioso box office made in USA durante el primer fin de semana desde su estreno –tan solo superada por Fast & Furious 7-, Superpoli en Las Vegas aterriza en las salas españolas avalada por el moderado éxito obtenido hace seis años por Superpoli de centro comercial (Steve Carr, 2009). Dos cintas que parecen calcadas la una de la otra, y que únicamente se distinguen por las diferencias situacionales y algún que otro retoque en cuanto a la realidad vital de sus protagonistas (hay que ofrecer algo nuevo para justificar la secuela).

En esta continuación, Paul Blart (el orondo agente de seguridad al que pone físico Kevin James) es invitado con su hija Maya (Raini Rodriguez) a una convención en Las Vegas. Toda una oportunidad para que el frustrado defensor de la ley con placa de pega ponga en jaque al personal del hotel, y de paso desenmascare una red de ladrones de obras de arte que planea dar un golpe de muchos millones de dólares.

Andy Fickman (La montaña embrujada) dirige esta cinta con el pulso un tanto torcido; aunque el auténtico artífice y motor del producto sea el estomagante Mr. James (el actor ejerce como guionista, productor e intérprete principal). De esta manera, todo el metraje del filme traspira la omnipresencia del citado gracioso nacido en Nueva York, quien se empeña una y otra vez en explotar una faceta simpática absolutamente inexistente en su caracterización.

El que fuera compañero de Will Smith en Hitch: Especialista en ligues suda lo suyo para apelar a la complicidad del público mediante metidas de pata a mansalva, tropezones artificiosos, salidas absurdas de tono, verborrea insaciable y exageración hasta el límite de lo soportable.

Dentro de ese repertorio de gags fallidos, al intérprete no le funcionan ni los bailoteos de telecomedia ochentera; algo que hunde al filme en un despropósito continuo, al que se suman la endeblez de la trama y el casi nulo aprovechamiento del resto del elenco.

No obstante, los beneficios obtenidos por el largometraje en las taquillas yanquis certifican que Superpoli en Las Vegas ha llamado la atención de un gran número de espectadores; dato que apunta hacia el poder de convocatoria de esta clase de movies, centradas exclusivamente en regalar humor light sin efectos secundarios.

Quizá, la capacidad para ser comprensible por todo el mundo –sin dobleces o miedo a la sorpresa- sea donde resida la mayor virtud de esta película. Un vehículo de entretenimiento ideal para los que se entusiasman con los chascarrillos de naturaleza infantil, diseñados para arrancar la hilaridad de familias domingueras.

Probablemente, Kevin James sea todo un ídolo de la escena en la nación de las barras y estrellas; pero su apuesta cinematográfica se atisba como demasiado forzada e ingenua. Visto lo visto: Andrés Pajares, Fernando Esteso, Martes y Trece, Santiago Segura o Los Morancos no tienen nada que envidiar a estos nuevos gurús de la risa fácil importados del otro lado del charco.

Jesús Martín

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Los responsables de la interesante Tú eres el siguiente (el director Adam Wingard y el guionista Simon Barret) vuelven a juntarse en esta divertida película, en la que convergen influencias de buena parte del cine de terror de los setenta, ochenta y noventa.

Un soldado víctima de un experimento regresa a la vida civil después de licenciarse. Sin mucho más que hacer, el tipo -cuyo supuesto nombre es David- decide visitar a la familia de un compañero muerto. Sin embargo, nada es lo que parece; y el ex militar resulta ser un arma mortífera, preparada genéticamente por el gobierno. Este argumento, entre la ciencia ficción y el slasher puro y duro, es el que cuenta The Guest. Un largometraje que sus responsables entienden como una oportunidad para homenajear solapadamente el cine de hace unos lustros.

Para empezar, la trama remite a una mezcla extraña entre Soldado universal, El héroe y el terror y El padrastro. La primera, por el lado de los experimentos secretos para crear el combatiente perfecto. La segunda, por el asesino que amenaza con su invulnerabilidad criminal a los “buenos”. Y la tercera comparte el lado del gusto del psicópata por acabar con una familia aparentemente normal.

Pero la película de Wingard y Barret también tiene sitio para rememorar otros títulos del grito palomitero, tales como Prom Night, La noche de Halloween y la saga de Scream. Una obsesión en clave de homenaje en la que igualmente caben guiños a The Jackal (la movie de Michael Caton-Jones, con Richard Gere y Bruce Willis) y a En la línea de fuego.

En definitiva, todo un zumo de cine de género que las mentes de Tú eres el siguiente unen con imaginación y buenas dosis de adrenalina. Aunque, en medio de esa alquimia, es más que justo destacar el trabajo del británico Dan Stevens; el cual resulta vital para que funcione la cosa. El otrora rubio aristócrata de Downton Abbey cumple perfectamente en la piel del desquiciado David. Y eso que el ex narcotraficante de Caminando entre las tumbas no es un armario ropero de músculos.

A su lado, el resto del elenco empalidece por la poca chicha de sus roles. Ni siquiera la heroína encarnada por Maika Monroe consigue hacer sombra al eficaz matarife, que cumple con su estatus como estrella.

Ante tal filón a explotar, Wingard carga las tintas en la caracterización de Stevens, y hace que todo gire en torno a él. Así construye un libreto del que importa poco su falta de verosimilitud; ya que lo realmente atrayente es la sucesión de sustos carniceros, en los que la hemoglobina salta al gallinero sin el menor asomo de disculpa.

Por cierto, y a tenor de las influencias, en The Guest aparece una escena en la que el asesino escapa a través de un montón de ropa tendida. Algo que recuerda vagamente a una de las entregas de Viernes 13 y a la mítica La noche de Halloween.

Lo dicho: cine de antes con la eficacia de los viejos tiempos, en los que reinaban en las salas tipos tan retorcidos como John Carpenter, Tobe Hooper y Wes Craven. Jesús Martín

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La crisis económica y la falta de valores sociales que imperan en la actualidad inspiran esta comedia alocada y carente de lógica, en la que la sensación de lo absurdo toma el auténtico protagonismo.

En 1972, Antonio Mercero puso en la balanza de los análisis mordaces al mundo contemporáneo, en su corto La cabina. La obra del director de Lasarte narraba la pesadilla de un angustiado José Luis López Vázquez, quien mostraba su incapacidad para escapar de una simple cabina de teléfonos.

Veintiún años después, Joel Schumacher volvió a poner en tela de juicio a la sociedad moderna, en la claustrofóbica cinta Un día de furia. Aunque en el caso del cineasta neoyorquino, el punto de vista era mucho más violento que el exhibido por el responsable de Farmacia de guardia.

Iñaki Lacuesta (Los condenados, La leyenda del tiempo) parece haber juntado las tesis rectoras de estos dos trabajos, para montar el guion de Murieron por encima de sus posibilidades: una auténtica sátira dotada de la exageración voluntaria, en la que cualquier momento de tregua queda subyugado a la contundencia de una temática abiertamente destroyer.

La crisis económica e institucional que asola España, y por ende a Europa, sirve de pretexto argumental al realizador para levantar una ácida movie, en la que el protagonismo se lo reparten cinco individuos escapados de un manicomio. Los hombres están internados por asesinar a diferentes personas relacionadas con su entorno cotidiano. Una vez fuera del centro, los tipos forman la banda de los Osos Panda, y empeñan sus esfuerzos en secuestrar al presidente del Banco Central; todo con el fin de reivindicar un planeta más solidario.

Frente a un guion tan delirante, el largo solo funciona cuando lo hacen las gracias de los protagonistas. Por esta razón, Lacuesta entrega el engranaje de la película –sin reserva alguna- a la capacidad humorística del quinteto principal; compuesto por Albert Pla, Raúl Arévalo, Jordi Vilches, Iván Telefunken y Julián Villagrán. Ellos son lo más destacado de un filme que hace aguas por los cuatro costados, y que solo mantiene el tipo en el universo absurdo y surrealista que proyecta.

Pese a nutrirse de parte de lo más florido de la escena nacional (por la cinta pasan José Sacristán, Imanol Arias, José Coronado, Bárbara Lennie, Sergi López, Carmen Machi, Ariadna Gil, Emma Suárez, Ángela Molina, Eduard Fernández, Josep María Pou, Luis Tosar…), el filme naufraga por el grueso trazo de una ironía sin sustancia. Una tierra de nadie, en la que se suceden sin el menor ingenio situaciones tan poco edificantes como la de un grupo de ministros desmembrándose mutuamente; o las ridículas e infantiles lecciones del papel del presidente del Banco Central (Josep María Pou), quien recibe a su ejecutor en una sauna camuflada dentro de un barco pesquero. Triste cadena de despropósitos, cuya guinda la pone una troika que hace buenos los gags de los espacios televisivos más casposos del Fin de Año televisivo.

No obstante, y a pesar de sus problemas artísticos, la cinta de Lacuesta tiene en su favor la envolvente banda sonora que la acompaña, a la que pone voz y tintero Albert Pla.

Jesús Martín

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Russell Crowe debuta en la dirección con una película de sorprendente calado dramático, en la que es posible atisbar la huella de cineastas como Peter Weir y Bruce Beresford.

Pese a su apariencia de tipo hosco y rocoso, el protagonista de Gladiator es un hombre con una aguda sensibilidad, aparte de acreditar un excelente gusto para narrar historias desde el punto de vista humano. Por lo menos, esas sensaciones son las que transmite esta ópera prima del actor neozelandés, quien ha huido de los grandes presupuestos para debutar detrás de la cámara con una producción pequeña, centrada en los valores que unen a las personas.

Con la batalla de Galípoli como telón de fondo (ese sangriento enfrentamiento entre otomanos y oceánicos que se saldó con 250.000 bajas, durante la Primera Guerra Mundial), Crowe monta un escenario en el que las banderas quedan supeditadas a los individuos que las portan, y donde los patriotismos unidireccionales son diluidos por la comprensión hacia los familiares de los caídos en ambos bandos.

Bajo estas consignas argumentales, el intérprete de Master and Commander centra el guion en la odisea experimentada por un padre (al que encarna el propio Russell), cuando parte de su Australia natal para recuperar los cuerpos de sus tres hijos, desaparecidos en Galípoli.

Así comienza El maestro del agua; pero pronto cambia de tercio, para mostrar el dolor de los hombres y mujeres que perdieron a alguien en la fatídica contienda. Dentro de este planteamiento, el protagonista (el zahorí Connor) se mete poco a poco en la realidad del pueblo turco, y descubre que no hay diferencias sustanciales entre el llanto de sus supuestos enemigos y el de sí mismo.

A través de su relación con una viuda llamada Ayshe (Olga Kurylenko), del hijo de esta y del antiguo oficial turco que comandó las tropas en la batalla de Galípoli; Connor (identidad del papel de Crowe) abre su mente con el objetivo de entender a los que le privaron de su descendencia, aunque esto no aplaque su amargura.

Llama la atención la hondura planteada por el actor nacido en Wellington, a la hora de enfrentarse a un proyecto tan complejo y poliédrico. Sin duda, RC ha sacado un excelente provecho de su colaboración con algunos de los mejores directores de las últimas décadas; y lo ha plasmado en este largometraje, donde exhibe un conocimiento preciso de los ingredientes cinematográficos. En este sentido, resulta más que estimulante la parte rodada en la granja australiana. A lo largo de las secuencias que componen este segmento, es fácil distinguir la huella dejada en el ADN del creador isleño por el cine de Weir y Beresford: una herencia que el debutante realizador ejercita con soltura, mediante los juegos de luz y los ritmos mortecinos. Tales reflejos de calidad quedan también latentes en el rodaje llevado a cabo en Estambul, con la construcción de los personajes de Ayshe (notable caracterización de Olga Kurylenko) y del Mayor Hasan (Yilmaz Erdogan). Sin embargo, el buen pulso desplegado se tuerce un poco conforme Russell avanza hacia el desenlace. Con más prisa de la acostumbrada, el neozelandés estigmatiza con simpleza el conflicto entre Turquía y Grecia, y termina por tambalear las agradables sensaciones precedentes con un desenlace acelerado y un poco creíble.

Jesús Martín

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Helen Mirren vuelve a ofrecer una clase magistral de interpretación, en la piel de una emigrante austriaca que reclama la devolución del patrimonio artístico de su familia.

Este año se cumplen setenta aniversarios del final de la Segunda Guerra Mundial; sin duda alguna, el conflicto bélico más sangrante de la era contemporánea a nivel planetario. Millones de personas perdieron la vida en los combates y bombardeos, pero un número equivalente lo hicieron en los campos de exterminio montados por la maquinaria genocida de los nazis. Dentro de esa obsesión por acabar con los llamados enemigos del Tercer Reich, los judíos se convirtieron en el blanco más directo de los asesinatos cometidos por los esbirros del régimen nacionalsocialista. Una aniquilación programada desde las instancias más altas, que conllevó al saqueo sin medida de las posesiones de los acusados de practicar la religión hebrea.

Simon Curtis se hace cargo de esta herida aún abierta a través de la historia de Maria Altmann: una mujer que luchó con uñas y dientes para recuperar los cuadros que les fueron sustraídos a sus familiares por los seguidores de la cruz gamada, pinturas entre las que estaba la célebre imagen La dama de oro, de Gustav Klimt.

Narrada en dos tiempos distintos, la película del responsable de Mi semana con Marilyn cumple adecuadamente con el objetivo de ilustrar los problemas –tanto emocionales como burocráticos- a los que se enfrentó la heroína a la que da vida Helen Mirren. A tal efecto, el director británico acierta al no prestar excesiva importancia al marco legal en el que se desarrollaron las acciones para poder recuperar el legado de la Sra. Altmann; ya que lo que realmente le importa es la parte afectiva y sensible de la historia.

Con semejante propósito, Curtis establece el cuadro de La dama de oro como eje central del guion; y al personaje de la tía de Maria (la bella y enigmática Adele Bloch Bauer, que fue la modelo que posó para Gustav Klimt en la citada lámina sobre tabla) como timón del mismo. La obra maestra del autor de El beso sustenta pues el argumento del filme, y sirve de puerta principal para alternar el pasado y el presente con la simple contemplación de su dorado fondo.

Tal esquema de sutiles trazos le da pie a Helen Mirren para desarrollar un trabajo que está a la altura habitual de los que suele ofertar. Aunque en esta ocasión, el alter ego cinematográfico de la reina británica Isabel II pueda enriquecer su envidiable gestualidad con sus dotes para la dicción intermitente entre el inglés americano y el alemán.

Estos parabienes se contagian al resto del elenco, donde Ryan Reynolds y Daniel Brühl sobresalen por la importancia de sus colaboraciones en el discurrir del relato.

Sin embargo, las buenas impresiones del equipo actoral no se transmiten en igual medida al tono general del libreto, el cual se mueve con demasiada ligereza por acontecimientos terribles, y cuya visión tenía que ser diametralmente más dramática que la que exhibe la cámara del contenido Curtis. En este sentido, a la acción le falta la fiereza y la rabia de alguien que tiene que despejar el miedo ancestral hacia un pasado tan terrible.

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John Madden regresa con determinación a la residencia india, donde halló fama y sorprendentes resultados en las taquillas del planeta.

Cuando en 2012 un grupo de ancianos lideraron el box office con el filme El exótico Hotel Marigold, pocos se podían creer el triunfo de una película en la que no había dorsos de acero, pechos operados y silicona hasta en las cortinas. Sin embargo, los espectadores se rindieron al poder emocional de un grupo de personajes de carne y hueso, con achaques y arrugas en el rostro.

Una aventura que el director John Madden pretende volver a evocar con esta secuela un tanto descafeinada, respecto a la entrega precedente. Una gesta que pierde fuelle por un hecho patente y obvio: el cineasta y su equipo ya no cuentan con el elemento de sorpresa que inspiró la primera parte.

Consciente de ello, el responsable de Shakespeare enamorado encomendó a Ol Parker la elaboración de un guion cargado con situaciones extravagantes y diálogos chispeantes.

Para intentar activar un poco la trama, Madden introduce como motor del libreto la próxima boda entre Sonny Kapoor (Dev Patel) y Sunaina (Tina Desai). Acontecimiento que se ve torpedeado por el supuesto afecto que la chica muestra hacia un amigo de su hermano (el guaperas Kushal) y por los ambiciosos planes de incorporar El Marigold a una cadena hotelera de nacionalidad estadounidense.

Aunque, en el terreno de las novedades, la más llamativa sea la colaboración made in Hollywood de Richard Gere, quien da vida a un introspectivo hombre de espíritu nómada, que se enamora de la madre de Sonny.

En medio de este esquema argumental, los intérpretes deambulan con una cierta sensación de ligereza, como si la atmósfera mágica de La India fuera capaz por sí misma de regalar el peso específico a una cinta que carece de una historia medianamente atractiva y con enganche.

Pese a la concepción coral de la película, Madden no consigue extraer la emoción necesaria inherente a los amores de los huéspedes del Marigold, razón por la que el largometraje decae en intensidad con inusitada rapidez.

Ante esta precipitación a los abismos del limbo cinematográfico, el director isleño tiene la genial idea de sacar el suficiente partido a su equipo artístico: un material de factura impecable, en el que destaca la magistral colaboración de Maggie Smith. La protagonista de Los mejores años de Miss Brodie es suficiente aval para lubricar cualquier mecanismo fílmico, por muy agotado que esté de combustible. Una esencial labor de gestos y dicción en la que la aristócrata de Downton Abbey tiene la ayuda de Judi Dench (excelente contrapunto de sensatez a la tiranía de Smith), Bill Nighy, Ronald Pickup (muy notable la exageración con la que viste al beodo Norman Cousins), Lillete Dubey y Richard Gere (su mesura es como una especie de bálsamo entre tanta retranca geriátrica), entre otros.

Al final, casi como en el caso de la entrega inaugural del díptico, el reparto es el encargado de sacar las castañas del fuego a los melifluos augurios de un relato desenfocado entre los magníficos decorados de La India. Algo comprensible, cuando se cuenta con parte de la flor y nata de una generación portentosa en la escena británica.

Jesús Martín

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Kenneth Branagh presenta una brillante y sorprendente adaptación del relato que hizo célebre la pluma de Charles Perrault.

Lejos de las versiones un tanto edulcoradas (Mirror, Mirror) y de las actualizaciones según el formato de los cómics de raigambre teen (Blancanieves y la leyenda del cazador, Caperucita roja), el camino que toma el actor de Enrique V resulta cuanto menos más sincero y respetuoso con el espíritu de los cuentos originales. Sin ánimo de innovar a lo loco o de proponer humor caduco y enlatado, Branagh se preocupa por narrar la historia desde un punto de vista de seriedad impostada, lo que da a la película verosimilitud y credibilidad.

Con el modelo siempre patente en cada fotograma de la cinta animada de Disney (la elaborada en 1950), el responsable de Iron Man se mete en faena para escenificar las piruetas existenciales de una ingenua joven llamada Ella, y que acaba siendo bautizada como Cenicienta.

El ex de Emma Thompson no cambia casi nada en la esencia del relato original. De esta manera, la movie arranca con la vida de la protagonista mientras es una niña feliz y dichosa, al lado de sus progenitores. Un lapso de paz que acaba cuando fallece la madre, y el padre vuelve a contraer matrimonio con la maquiavélica Lady Tremaine.

A partir de ese trágico hecho, la rutina de la muchacha se convierte en un auténtico infierno, que se agrava cuando su dad perece en un naufragio. Condenada a servir a sus nuevos parientes (la madrastra, sus dos hijas y el odioso gato que portan), la gachí verá la salvación al conocer accidentalmente al joven príncipe del lugar.

El esquema del libreto firmado por Chris Weitz no se sonroja al seguir casi con fidelidad enfermiza el largometraje de dibujos de la factoría Disney. Una decisión coherente y acertada, a la que Branagh únicamente añade la incorporación de una ambientación histórica que parece ubicarse en el siglo XIX. Y aquí, el cineasta comete uno de los mayores errores del proyecto. Este fallo viene propiciado por la imposibilidad de definir el espacio geográfico, y localizarlo en la Europa de los grandes imperios. Lo que genera una cierta incomprensión en los espectadores.

Sin embargo, esa sensación de hallarse en una zona inventada sin mucho acierto se pierde con rapidez ante el apabullante ejercicio de efectos visuales, y frente a la exhibición de un reparto capaz de soportar cualquier fantasía al uso.

Lily James cumple con creces en la parte de la vulnerable sirvienta conocida como Cenicienta, mientras que Cate Blanchett saca petróleo de maldad con su caracterización de Lady Tremaine. Al lado de estas dos damas, el resto del elenco queda un tanto empalidecido. Bueno, todos salvo la siempre pizpireta Helena Bonham Carter, quien extrae la necesaria savia energética al personaje del Hada Madrina.

Por el lado contrario, Richard Madden hace lo que puede en la piel del príncipe de un relato que nunca ha sido especialmente benévolo con el héroe masculino.

No obstante, y dentro de esos elementos un tanto resbaladizos del argumento, la trama del Gran Duque es lo más flojo de un filme que reclama con dignidad un lugar en las carteleras para los cuentos de siempre.

Jesús Martín

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Jennifer Lopez vive una pasión prohibida y adúltera con su vecino de diecinueve tacos. Lo que no sabe la mujer con el trasero más caro del mundo es que el chaval esconde una psicopatía galopante.

Profesora de buen ver y adulta. Chico rebelde con músculos hasta en la nuez. Ambos se juntan en una de esas noches locas de verano. Ella se halla muy vulnerable por el engaño de su esposo con una gachí de su trabajo, y el joven empieza a tocar donde no debe. La cosa termina como se puede imaginar el lector. Y ahí reside el mayor problema de esta película dirigida por el veterano Rob Cohen (A todo gas): que todo transcurre como parece que va ir.

El responsable de títulos tan activos como xXx parece haberse bajado una versión vip del programa screenwriter, para teclear la búsqueda “thriller sexual con teenager y dama treintañera”.

Y lo que le ha salido al cineasta estadounidense es esta historia, que bien podría colarse entre las que suelen programar los canales televisivos españoles en las tardes de los sábados y domingos.

Sin sobresaltos excesivos, el argumento de Obsesión narra con celeridad y tensión de laboratorio la relación básicamente hormonal entre Claire Peterson (Jennifer Lopez) y Noah Sandborn (Ryan Guzman). Una apuesta por la aceleración secuencial que no se atisba mala del todo, si no fuera por el hecho de que las escenas se suceden sin sorpresas ni descubrimientos impactantes. Un déjà vu cinematográfico, que reproduce un tema con casi tantos en títulos en su haber como el del hombre maduro que cae en las redes de una lolita con veneno en la piel.

Llegados a este punto, algo tiene que haber animado a Cohen para ponerse al frente de esta obra, más allá del mero interés dinerario. Y el motivo más evidente parece estar en la posibilidad de sacar partido a la pareja protagonista: la formada por la sensual Jennifer Lopez y el cada vez más solicitado Ryan Guzman. Ellos son los que sostienen el guion, mientras los secundarios solo se contentan con comparecer como víctimas propicias del criminal con acné.

Lopez muestra que a sus cuarenta y cinco veranos no le sobra ni un gramo de grasa, y deja claro que su cuerpo sigue siendo la envidia de todo bicho viviente. La actriz está convincente en las escenas en las que se abandona a su relación imposible, con una caracterización que parece inspirada en la ejercida por la sólida Diane Lane para Infiel. Por su lado, Guzman está convenientemente exagerado en la mirada y en sus actitudes, al tiempo que cumple como extraño objeto del deseo.

Sin embargo, lejos de los escarceos de cama y las batallas fogosas, el resto de la trama queda como sometida a un continuo proceso de reiteración cansina e inverosímil, sin capacidad para alzar el vuelo ni siquiera en los momentos en los que la película debería acercarse a alguna clase de clímax.

Cohen intenta mermar tales problemas con golpes de efecto, enfrentamientos violentos y pasados tormentosos. Sin embargo, las lagunas del libreto firmado por Barbara Curry resultan demasiado evidentes.

Por cierto, queda mucho mejor el título original de la movie: El chico de la puerta de al lado.

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