Jesús Martín

Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Empeñado en quitarse la etiqueta de Harry Potter, el veinteañero de la otrora cicatriz en la frente ha sometido su talento interpretativo al terror gótico (La mujer de negro), los dramas existencialistas sobre huérfanos rebeldes (December Boys) y las biografías de literatos tocados con la varita de la tragedia (Kill Your Darlings). Aunque, entre tanta variedad no había una comedia que llevarse al paladar. Algo que Daniel Radcliffe ha solucionado, tras encabezar el reparto de The F Word: crónica sentimental en clave contemporánea, que muestra una imagen más desenfadada de la estrella isleña.

Rodada en Canadá, la película sigue los vértices argumentales de la obra teatral elaborada por T. J. Dawe y Mike Rinaldi, cuyo título original es el de Toothpaste and Cigars. Y lo que narra es un enamoramiento de los de balada ochentera, de esas en las que las relaciones platónicas toman el protagonismo más absoluto.

En concreto, el guion (que firma Elan Mastai, The Samaritan) dibuja los vaivenes de un par de corazones, que encajan a la perfección nada más hallarse en medio de una fiesta. Órganos sensibles que responden a las identidades de Wallace (Daniel Radcliffe) y de Chantry (papel que encarna la norteamericana Zoe Kaza, conocida en estos lares por su colaboración en filmes del pelaje de Revolutionary Road y No es tan fácil). Él es un muchacho ingenuo y cargado de timidez, mientras que ella se define como un espíritu libre (una muchacha imposible de permanecer atada a las piedras emocionales).

La pareja no presenta conexiones evidentes; pero, cuando ambos coinciden en una lectura de poesía, no pueden evitar hacerse tilín. Al principio, todo comienza como una simple amistad. Los chicos hablan de cualquier tema que se les ocurre: de las películas preferidas, de los regalos horribles e inservibles que han recibido en las fiestas navideñas, de las canciones y los libros que han marcado su camino… Tiempo de relax que sirve para que los dos noten cómo crece la semilla de los gustos compartidos.

Sin embargo, ¿es aconsejable arruinar la amistad por ir más allá a nivel afectivo? Esto es lo que se plantea Wallace conforme progresa la acción, quien observa la intensa dependencia que experimenta hacia su girlfriend secreta. No obstante, un elemento con el que el héroe no contaba hace acto de presencia en la historia. Este invitado -no de piedra, precisamente- es Paul: el novio de Chantry.

Y, por si la revelación no fuera suficiente para tambalear la seguridad de Wallace, el asunto se complica tras la declaración de su enamorada platónica relativa a la intención de seguir a Paul a Europa, dejando al ingenuo papel de Daniel descompuesto y sin alicientes en su hogar canadiense.

Así padece el ya crecido Harry Potter en este largometraje que dirige Michael Dowse (autor de la saga Fubar); y que pudo ser visto en el pasado Festival de Cine de Toronto, donde obtuvo una acogida agradable por parte del público y la crítica.

Con respecto a su estreno mundial, la productora ha anticipado la primavera de 2014 como la temporada más probable para el arranque planetario de The F Word (por cierto, el nombre no tiene nada que ver con la homónima revista gastronómica).

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Tras haber sido la musa de Colin Farrell en Triage (Danis Tanovic, 2009), acribillar la mirada lujuriosa del enmascarado de The Spirit (Frank Miller, 2008), y ser objeto de deseo por la acción de Jada Pikett Smith (la esposa de Will la dirigió en Bajo la piel); la sevillana más sexy de Hollywood recala en la ciudad destruida por la lava volcánica durante el siglo I d.C.; y lo hace con una película titulada, obviamente, Pompeii.

Paz Vega (Andalucía, 1976) es una de las estrellas, y son varias, que componen el casting de la nueva producción del británico Paul W. S. Anderson (el tipo que se encargó de reinventar Los tres mosqueteros, y que se hizo célebre al calor de la saga de Resident Evil y Alien vs. Predator). Pese a que aún se sabe poco de los entresijos argumentales de la empresa, lo que sí ha trascendido es que la española tiene asignado un papel en el que podrá exhibir ampliamente sus encantos, dentro de una línea semejante a como hizo la mítica Lesley-Anne Down, en la no menos legendaria grabación para la pequeña pantalla Los últimos días de Pompeya.

El individuo que ideó Downton Abbey

Lejos de las novelas escritas por Edward George Bulwer y Robert Harris, el argumento de esta visita a la antigua urbe cercana a Nápoles gira en torno a un esclavo, el cual tiene que esperar en el peligroso enclave con la misión de salvar de la servidumbre a un amigo y a la mujer que ama. Sin embargo, en ese centro cosmopolita y adinerado, el protagonista deberá hacer frente a multitud de situaciones peliagudas, todo para no morir antes de la erupción del Vesubio.

Como se puede atisbar por la sinopsis publicitada, la originalidad de esta cinta centra su interés en un panorama similar al mostrado por series del pelaje de Spartacus. Trabajo de evidentes toques a lo Gladiator que goza del toque del egipcio Julian Felowes. El autor del libreto de Downton Abbey lidera así un nutrido equipo de guionistas, entre los que destacan igualmente Janet Scott Batchler, Lee Batchler y Michael Robert Johnson.

Ellos son los encargados de dotar de cuerpo a los personajes, sumidos en los prolegómenos de una época (la correspondiente al año 79 d. C.) donde el despilfarro, la violencia y el sexo emborrachaban los salones y las alcobas. Paisaje en el que Paz despliega sus virtudes físicas y artísticas, talentos que últimamente ha podido apuntalar con obras del calado de Grace Of Monaco, de Olivier Dahan (largo en el que la sureña aparece caracterizada como María Callas).

Pero la colega de Penélope Cruz no es el único reclamo de la movie de Anderson; ya que en sus filas también lucen su palmito reventón Carrie-Anne Moss, Emily Browning, Kiefer Sutherland, Jared Harris y Ben Lewis.

Aún queda más de medio año para que Pompeii llegue a las salas (según las noticias, no lo hará antes del 21 de febrero de 2014); aunque los motores de la curiosidad ya se encuentran convenientemente alimentados. Máxime cuando la adaptación sobre el mismo escenario pensada por Ridley Scott, con el libro Pompeya de Robert Harris como brújula creativa, no acaba de arrancar.

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Olivier Megaton (Venganza: Conexión Estambul, Colombiana), Louis Leterrier (Transporter), Pierre Morel (Desde París con amor), Camille Delamarre (Brick Mansions)… La lista de los directores damnificados con el poder autoral y productor de Luc Besson empieza a ser tan extensa como la guía de teléfonos. Una escuela de tipos con cámara al hombro, en la que lo único que se exige para entrar es poseer un olfato especial, con el que rodar las escenas más arriesgadas y espectaculares (siempre pensando en su posterior enganche taquillero).

Dentro de ese grupo de pupilos becados por el parisino, el estadounidense Joseph McGinty Nichol (más conocido como McG) ha sido el último en ser fichado: un filmmaker del que el responsable de El quinto elemento ha podido degustar (entre otras gestas) la revisión de Nikita que ha elaborado el norteamericano (tributo de uno de los largos más exitosos firmados por el realizador francés de Juana de Arco, que el de Michigan ha convertido en una de las series televisivas de la actual temporada).

Adrenalina y estrellas internacionales

Three Days To Kill (Tres días para matar) es el sugerente título de la aventura europea del creador de Terminator Salvation, en la que el también dire de Los ángeles de Charlie echa el resto, asentado en escenarios tan atractivos como el de la Ciudad de la Luz.

El argumento de la movie (que llegará a las salas el próximo mes de febrero de 2014) sigue la gesta de un agente del servicio secreto, sentenciado a una muerte segura. Sin embargo, el esforzado espía deberá hacer frente a una misión de finiquito; trabajo donde se juega la vida a su hija. Y, entre medias, el arco escénico se completa con un número sustancioso de secuencias de acción, bien ensambladas por Besson y su colega Adi Hasak (con quien ya colaboró en Desde París con amor).

No obstante, uno de los aspectos más llamativos de este thriller se encuentra en su nutrido reparto, que encabeza el felizmente recuperado Kevin Costner. El que fuera uno de los mayores sex symbols de los ochenta y parte de los noventa demuestra que aún retiene la esencia rompedora con la que reinó hace unas décadas. Apego al feeling de los espectadores que, en esta ocasión, va por la senda de duro a lo Liam Neeson, más que por el terreno romántico de El guardaespaldas. Una caracterización aparentemente deudora de Clint “Harry el Sucio” Eastwood, para la que el otrora ligón de pantalla goza de la compañía de la bella Amber Heard (Furia ciega), la esbelta Connie Nielsen (Gladiator) y la joven Hailee Steinfeld (Romeo y Julieta).

Tal vez, a alguno le llamará la atención que un defensor tan visceral de la Marca Francia, como se declara Besson, se haya decantado por McG para esta empresa audiovisual ambientada en el Viejo Continente. Sin embargo, el cerebro de El gran azul no es tan chauvinista como pudiera parecer a simple vista. No en vano, la película más reciente de LB (Malavita) cuenta con iconos made in USA al cien por cien: estrellas que responden a los nombres de Robert de Niro y Michelle Pfeiffer.

Jesús Martín

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El último Darth Vader/Anakin Skywalker de la saga de Star Wars empuña ahora una hoja de metal; arma no perteneciente a una galaxia muy lejana que, en este caso, está templada con el sudor atlético de un herrero de los de fragua, bien horneada para la ocasión y con las connotaciones medievales correspondientes. Por lo menos, así es como se presenta el antiguo esposo de Padmé/ Amidala en Outcast: un blockbuster con capital estadounidense y chino, cuya grabación vivió su jornada inaugural el pasado 9 de septiembre, en la urbe de la Gran Muralla.

Ambientada en escenarios únicos de la región de Pekín y Yunnan, la película está dirigida por el aún poco conocido Nick Powell; y cuenta en su reparto –además de con la presencia de Hayden Christensen (Vancouver, Columbia Británcia, Canadá, 1981) en calidad de protagonista- con el hiperactivo Nicolas Cage; quien –según sus propias declaraciones tras su paso por el Festival de Venecia- se incorporará al rodaje el próximo 23 de septiembre (donde permanecerá durante unas tres semanas).

Amor y aventuras

La trama del largometraje corre pareja a una especie de recapitulación del exotismo a lo Marco Polo, con guerreros procedentes del Viejo Continente huidos a los paisajes orientales para escapar de la violencia de su tierra natal. Uno de estos cruzados sin patria a la que regresar es el personaje al que da vida Christensen, el joven Arken: un caballero sin escudo, que se halla en un momento de duda existencial.

En esta realidad de confusión continua, el soldado recibe un mensaje procedente del heredero al trono: una misiva en la que le ordena proteger a su hermana. Tras aceptar el encargo, el militar se convierte en el guardaespaldas de la princesa, sin poder evitar caer en las redes amorosas de una mujer de elevada gradación seductora.

Pero éste no será el único largometraje que traerá a la actualidad a la rubia estrella de Jumper. Después de un tiempo en silencio, el chaval de la serie Tierras altas aprovechó el verano para sacar adelante el primer proyecto de su nueva productora cinematográfica: Glacier Films. En concreto, se trata de un remake de la cinta Asalto al banco de St. Louis (Charles Guggenheim, John Stix, 1959), movie que dio fama y prestigio a un entonces casi debutante Steve McQueen. Para esta revisión, Christensen y su brother y socio Tove han contando con la colaboración del director armenio Sarik Adreasyan; en lo que los tres han definido como “una cinta trabajada al estilo clásico de Hollywood, aunque con los elementos del siglo XXI”.

Narrada en clave de thriller, American Heist (Atraco americano) ha sido confeccionada como una historia con las tornas de un guion sobre delincuentes y policías, en la que los personajes principales son dos hermanos a los que encarnan el propio Christensen (el menor de ellos) y Adrien Brody. Clan que hace de las suyas por las calles de Nueva Orleáns, y al que se une la atractiva panameña Jordana Brewster (a la que se ha podido ver hace unos meses en Fast & Furious 6).

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Veintisiete hijos en común, y un patrimonio de varios billones de dólares, no han bastado para que una de las parejas profesionales más estables de Hollywood haya tirado su contrato de unión creativa a la alcantarilla del olvido. Muchos dicen que la culpa la tienen los constantes desastres financieros de sus últimas aventuras cinematográficas; pero, independientemente de las verdaderas razones, lo cierto es que –según Variety- Jerry Bruckheimer y Walt Disney han roto su sociedad.

A pesar de que el productor de C.S.I. puso en bandeja a los estudios de Mickey Mouse una de las franquicias más exitosas en décadas (la de Piratas del Caribe); la pela es la pela, y los derrumbes comerciales de El llanero solitario, Aprendiz de brujo, Price Of Persia: Las arenas del tiempo y G-Force han pesado más que los triunfos pretéritos. Sin embargo, ¿se trata sólo de eso?

Análisis de un divorcio

Ni el mastodóntico imperio de películas infantiles, ni el empresario de la carretera con truenos sobre el asfalto: ambos por igual han sido los causantes del agotamiento de la fogosidad de los primeros años (ya lo decía Rocío Jurado en una canción, aunque lo que la citada pareja usó demasiado fue el apego a los billetes verdes).

Por la parte de Disney, todo el mundo sabe que las alianzas mantenidas con otros amantes económicos eran numerosas y más o menos sólidas. Hace poco, incluso corrió peligro su relación con Pixar. Pero, en este último año, un lover inesperado había venido a ocupar el lugar del defenestrado financiero de Pearl Harbor y Armageddon: el emergente y nuevo rey de Hollywood J. J. Abrams. Mientras se hundían las gestas de JB, el niño de oro de Perdidos firmaba un contrato con el imperio del Pato Donald de los que quitan el hipo, todo para hacerse cargo de la resurrección de la saga de Star Wars (movimiento sin precedentes en el que el sello de Dumbo se dejó una pasta gansa para comprar los derechos de Lucasfilm). Visto el percal, Jerry supo que su matrimonio estaba más finiquitado que las herraduras de un caballo en una carrera de Fórmula 1.

Así, el reputado exmarido fiel cogió sus bártulos y dejó su puesto a Abrams y a los poderosos mandamases de la Marvel. Y, cual Sal Paradise en On The Road, el septuagenario nacido en Michigan partió en busca de horizontes más enriquecedores. No obstante, aún mantendrá el contacto con su antigua casa para dar empaque a la quinta entrega de Piratas del Caribe y a la tercera parte de La búsqueda (aunque los papás se digan adiós, los vástagos en camino no tienen que sufrir).

Llegado a este punto, seguro que el lector estará estrujando pañuelos mojados en lágrimas por el pobre de Bruckheimer. Sin embargo, que no cunda la congoja; ya que al tipo aún le quedan balas suficientes como para que su cuenta corriente no baje ni un solo dígito (es más, probablemente aumentará considerablemente). Pólvora explosiva que componen la secuela de Top Gun, la cinta de acción Beware Of The Night y la tercera parte de Bad Boys. Y eso a pesar de que sus novias futuras se llamen Paramount y Sony.

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Si William Shakespeare hubiera escrito Romeo y Julieta en la época actual, probablemente ahora tendríamos una saga de varios volúmenes explicando los orígenes de la malograda pareja, más las consiguientes vidas de los Capuleto y los Montesco que sobrevivieron a los célebres enamorados. Pero el bardo nacido en Stratford-upon-Avon falleció en 1616, mucho antes de la era de los superventas editoriales y de las franquicias cinematográficas. Algo que J. K. Rowling no ha podido evitar.

Los millones de seguidores de su serie novelada sobre Harry Potter (tanto lectores como espectadores) han hecho que la narradora británica se haya visto atrapada en una red de triunfalismo literario que, lejos de permitirle afrontar nuevas aventuras creativas, le pide más historias relacionadas con Howgarths. Y, como there’s no business like showbusiness, Warner Bross ha convencido a la escritora para hacerse cargo de un spin off inspirado en las crónicas de los magos juveniles.

Al parecer, según el comunicado emitido a medias entre la writer y la productora cinematográfica, el asunto versa sobre el autor del figurado manual escolar Animales fantásticos y dónde encontrarlos, que aparecía en las siete películas de HP en formato de libro de texto. La mencionada guía de aprendizaje fue pergeñada en 1927 por Newton Artemis Fido Scamander: un erudito de sangre mestiza, definido como humano, alumbrado en 1897, y cuyo árbol genealógico incluye como nieto a Rolf (el esposo de la singular Luna Lovegood).

“Aunque estará ambientada en la comunidad internacional de brujas y magos donde fui muy feliz durante diecisiete años, el proyecto no es ni una precuela ni una continuación de la saga de Harry Potter, sino una extensión del mundo fantástico que describía”, asegura Rowling en el parte oficial emitido, no sin antes recordar que la relación profesional con su héroe más famoso finalizó tras Las reliquias de la muerte.

Por el momento, las noticias son escasas; sin embargo sí ha trascendido que será la propia creadora de The Cuckoo’s Calling (recopilación de cuentos que J. K. publicó bajo el pseudónimo de Robert Galbraith) la que dará empaque al guion original.

Un bestiario que sigue los pasos de Tolkein

La trascendencia generacional de las historias de los alumnos de Howgarths y de su lucha contra Lord Voldemort ha querido que la senda iniciada remita ligeramente a la mítica serie de El señor de los anillos, más que nada por el ansia de construir un verismo plagado de imaginación y sentido épico. No se puede asegurar que Rowling haya pretendido alguna vez emular al genio de El Hobbit, pero algo de similitud de intenciones (siempre a groso modo, y con el índice mainstream como leitmotiv) se puede localizar entre El silmarilion y Animales fantásticos y donde encontrarlos.

No obstante, independientemente de las consecuencias y de los propósitos, lo que sí queda de manifiesto es el evidente tirón que posee Joanne entre los adolescentes y los niños; mucho más que entre los adultos (dato que se extrae de la comparación crematística entre los siete libros del crío de la varita y el senior book Una vacante imprevista).

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Los llanos manchegos de Castilla tienen cuerpo de arruga soleada a través de la tupida barba de este albaceteño de pro, mientras luce figuradas alpargatas esculpidas por caminos machadianos, rotas con piedras capaces de rasgar la piel de sus callos. José Luis Cuerda (Albacete, 1947) es un hombre de verbo fácil y mente despierta, que acomoda su discurso al vehículo que acoge sus pensamientos (aunque en algunas ocasiones la cosa vaya al revés). Así ha parido un texto extraño a base de tuits (casi un ovni literario o ensayístico) titulado humorísticamente “Si amaestras a una cabra, llevas mucho ganado (MR Ediciones); excusa perfecta para charlar con este hombre de proteica sombra hogareña: un señor de extensa carrera en el Séptimo Arte, al que se deben obras tan emblemáticas como “Amanece, que no es poco”, “La lengua de las mariposas”, “La marrana” o “Los girasoles ciegos”.

Aislado de los acordes primaverales, sentado en una sala sin eco y con estilo calcado al despacho de un director de colegio, el veterano director recibe a Acción; engullido por las fauces madrileñas del sello Planeta, y con el cansancio de los que llevan varios días departiendo con periodistas y rellenando respuestas (muchas de ellas vestidas de comodines repetitivos). No obstante, por su cercanía, uno pensaría en la exclusividad reflexiva de cada disertación: luz de gas milimétrica que sólo los genios pueden concitar.

Cuando en 2012 Omar Sy (Trappes, Yvelines, Francia, 1978) se hizo con el César de Mejor Actor, por su caracterización como el vitalista acompañante de Intocable, algo cambió en la carrera de este emotivo intérprete. Hasta protagonizar el mencionado taquillazo dirigido por Olivier Nakache y Eric Toledano, la senda ante las cámaras del espigado Driss se había desarrollado en torno a secundarios más o menos sustanciosos. Sin embargo, el inesperado reconocimiento a su labor dramática ha puesto -desde entonces- en el candelero a este luchador incansable, quien estrena este viernes en España la activa cinta Incompatibles (De l’autre côté du périph): largo de electricidad constante donde encarna a un agente de la ley de métodos un tanto peculiares, que debe compartir un caso de asesinato y corrupción con un compañero que es su antítesis en el cuerpo (mientras uno representa los barrios bajos, el otro es el referente de los enchufados de altas esferas).

La perfección técnica, musical, escenográfica y circense no tiene necesariamente que traducirse de igual manera cuando la conversión conlleva transformar un espectáculo propio del vivo y el directo en una película de cine. Y algo de esto subyace en el número en 3D que monta la compañía responsable del excelente Quidam, para mostrar sus visiones sobre mundos paralelos. Un pretexto argumental un tanto leve, como es el del amor platónico y sin palabras entre una joven y un artista que trabaja en una feria ambulante, sirve al director neozelandés Andrew Adamson (realizador de las dos primeras entregas de Las crónicas de Narnia y Shrek) para exhibir la fuerza contorsionista de la compañía canadiense, con todas sus variantes en torno a los elementos de la Naturaleza (de entre los que sobresale la presencia permanente del agua).

El hecho de que la propuesta de Cirque du Soleil trascienda de los márgenes del séptimo arte no se debería entender, no obstante, como un posicionamiento negativo; sino como una realidad que protagoniza cada imagen y secuencia, como si se tratara de un vehículo donde los bailarines y la banda sonora toman el testigo dramático; muy por encima de las posibilidades de los intérpretes que encarnan a la pareja aparentemente principal en el guion (Mia y The Aerialist).

El cineasta oceánico comprende a las mil maravillas las limitaciones constitutivas del cuadro de nadadores, equilibristas y payasos que alimentan los trabajos de los norteamericanos; por lo que deja las líneas narrativas abandonadas en una isla desierta, diseñada a base de un barroquismo que no desentonaría en una cinta pergeñada por ejemplo por Peter Greenaway o Lindsay Anderson.

Así, Worlds Away no podría digerirse con un análisis clásico de una obra cinematográfica al uso; ya que de lo que va el asunto es de una conjunción sensitiva en la que el desparrame cromático y arquitectónico es de tal ensamblaje que funciona como un mecanismo de relojería suiza. Nada sobra o está descompensado en los cerca de noventa minutos que dura el largometraje (denominación errónea, ya que más bien cabría en la categoría de grabación de una representación de ballet); lo que hace adquirir al resultado un peso específico en el que queda el gusto de una sucesión continua de fotogramas a cual más bello, independientemente de explicaciones racionales más o menos coherentes.

Y eso que la movie comienza de una manera bastante trillada en el género fantástico sobre ferias de pueblo. Este inicio lleva la retina del espectador a un paisaje desértico, en el que una chica de nombre Mia (Erice Linz) se adentra tras los carteles luminosos de un circo. A partir de que la heroína penetra voluntariamente en el número del llamado The Aerialist (Igor Zaripov), la trama se vuelve una especie de híbrido entre Alicia en el país de las maravillas y una transmutación extraña de la historia mitológica de Orfeo y Eurídice. Adamson identifica los papeles de la chica y el equilibrista con los mencionados personajes de la tradición clásica griega (aunque en el filme sea la nueva Eurídice la que baje a los infiernos en busca de Orfeo, perdido en el insondable abismo de los demonios y de las figuraciones fantasmagóricas).

La riqueza escenográfica de origen asiático y orientalista es la que toma rápidamente el timón de un viaje en el que los vuelos sin motor de los miembros de Cirque du Soleil (siempre sujetos debidamente con tiras elásticas y cables que se maquillan para que no los note el público) se suceden con una rapidez pasmosa, engrasados con batallas frontales de tonos étnicos y de teclas de percusiones ensordecedoras.

Sin embargo, la pretendida novedad de Worlds Away bien puede remitir directamente a maestros del calado del David Lynch de Twin Peaks; la ambivalencia macabra de la Parada de los monstruos, de Tod Browning; o las piscinas interminables de Los libros de Próspero, del ya citado Peter Greenaway. La sabiduría impresa por estos antecesores de talante cinematográfico otorgan un ideario que Cirque du Soleil reproduce con notoria habilidad, siempre acomodados a las exigencias de los circuitos del terreno acrobático, en el que suelen cimentar sus titánicas estaciones curriculares.

Como si un laberinto de espejos se adueñara de la pantalla, el atribulado espectador asiste con determinación a un acto casi litúrgico, en el que la conductora es la ingenua Mia, quien intenta desesperadamente salvar de las entrañas de la tierra al desconocido The Aerialist. La pareja vive desencuentros frecuentes y repetidos por ese inframundo plagado de disfraces de máscaras, movimientos insinuantes, calibanes pintados hasta en las pestañas y espíritus con una predisposición realmente asombrosa para mover el esqueleto.

Dentro de ese esquema por recrear la grandeza atronadora de colores y formas, el tramo dedicado a Las Vegas es uno de los más logrados; con música a lo Elvis Presley y unos individuos saltando sobre camas elásticas al más puro estilo de la ciudad del juego. Aunque igualmente sería de justicia resaltar la belleza onírica de la parte de la Luna, con una gimnasta buceando sensualmente en una pecera de aspecto selenita.

No obstante, una de las cosas que más dinamismo demuestra es la ruptura sinfónica y escenográfica, auténticamente rotunda, que se marca Adamson en claro homenaje a The Beatles. La manera en que el neozelandés tiene de interpretar canciones legendarias como Get Back o Lucy in The Sky With Diamonds es simplemente genial. En este sentido, el ejercicio de coreografía que lleva a cabo el compatriota de Peter Jackson es de los que coronan los vítores de las audiencias entregadas; pléyades masificadoras que con Cirque du Soleil son de las que se dejan llevar de la mano y de la retina sin rechistar, auxiliadas en todo momento por estos magos de las carpas del futuro.

Ahora cabe preguntarse si este tipo de grabaciones son las que dotan de significado a la utilización del tan denotado 3D. Y la respuesta a tal cuestión, a tenor de lo que se puede ver en la pantalla, es que la tecnología luce mucho más en este género de obras que en cintas comerciales con actores de tirón hollywoodiense, en las que las tres dimensiones son bastante prescindibles… y además dan dolor de cabeza.

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¿Es posible jugar a las muñecas rusas con las tramas de un guion? El actor Brian Klugman y el screenwriter Lee Sternthal demuestran que lo expresado en la cuestión es absolutamente viable, y lo ejercitan con rigor helenístico en su debut como directores de largometrajes: una película laberíntica, donde la realidad y la ficción se confunden conforme avanza el desarrollo de las múltiples historias que componen su argumento.

La utilización de una falsa voz en off para iniciar el filme (timbre al que la pareja de creadores identifica con el rostro de Dennis Quaid) ya revela al espectador el campo en el que el dueto de realizadores va a desplegar su armamento dramático. La figura del escritor veterano y exitoso ante una sala llena de seguidores ansiosos de recibir la lectura de su última novela (Palabras) supone así una toma de conciencia clara, diáfana y continua hasta el the end, de la que los márgenes del libreto no se salen más que de forma tangencial, como mcguffins anclados en un centro de gravedad bastante inestable, por cierto.

Esos antecedentes o prolegómenos del intelectual en pose triunfal dan las pinceladas necesarias para adentrarse en la existencia de un joven aspirante a John Fante, que sueña con ver publicadas sus obras en edición de lujo, y comandar las listas de best-sellers. De esta manera, entra en escena el personaje de Rory Jansen (Bradley Cooper), en la piel de ese narrador emergente con muchas cosas que decir y pocos contactos para alzar la cabeza en el siempre elitista mercado de la industria libresca. La guía del papel de Quaid hace percibir a este protagonista como un héroe con defectos de persona humana, que es capaz de lo mejor y lo peor. Entre lo más loable se hallan sus ideales de libertad creativa; mientras que, entre lo más deleznable, está la acción de robar un manuscrito que no es de su autoría.

Y en esas tesituras, nuevamente el bueno de Dennis mete en el partido al rol de Jeremy Irons: el anciano que se siente maltratado por Cooper, al ver su texto firmado por otro. Pero este señor, a su vez, tiene otra historia que contar: la de un incauto soldado (Ben Barnes) que en la Segunda Guerra Mundial conoce a una chica francesa de la que se enamora; y con la que se casa, tiene una hija, la niña se muere… y se separan.

Hasta aquí todas las tramas se ponen a lanzar mensajes; emitiendo información sesgada que los directores procuran dosificar en una supuesta justa medida, para generar un mantenimiento deseable de las cuotas de interés. Sin embargo, un asunto completamente distinto es que consigan acertadamente llevar a cabo su plan. Klugman y Sternthal coquetean con algo bastante peligroso en empresas de este tipo; y ese elemento no es otro que el de la pluralidad de discursos. Diversificar trae consecuencias raras en la percepción de los trabajos que alardean de la multiplicidad de aristas; y eso es lo que ocurre con El ladrón de palabras.

Tres desarrollos temáticos esquematizados, con diferentes intensidades e irregularidades en los criterios selectivos respecto a su evolución, marcan el devenir de una película con un tono general de agradable sobriedad, e interpretaciones más que meritorias del elenco artístico (en estas tesituras, Bradley Cooper y Zoe Saldana son de los más destacables). Pero algo provoca que la narración quede lastrada por una falta de contundencia en lo que cuenta, sin atisbos de una toma de posicionamiento realmente arriesgada, o medianamente alentadora de frescura, que eleve a la movie por encima de otros títulos marcados por la previsibilidad.

Así, el aparentemente sorpresivo inicio con el personaje de Quaid en plan orador abre las retinas -y la mente- hacia universos que los cineastas debutantes parecen desaprobar en cuanto dejan de intuir su ya citado centro de gravedad permanente. Y eso que el visionado de la historia de Cooper, cuando éste era sólo un escritor con sueños de éxito, goza de un prometedor sentido de la agilidad. Sin embargo, en cuanto el aspirante a autor plagia el relato que encuentra en una desgastada bolsa olvidada en París, el largometraje empieza a tornarse plomizo y moralizador, alambicado en una serie de acontecimientos desligados de la anunciada profundidad con que habían sido presentados.

A partir de ese momento, en que Rory Jansen triunfa y entra en la pantalla el ultrajado anciano al que le ha robado sus palabras, el guion se vuelve un tanto farragoso y reiterativo, con unos papeles de cartón piedra cautivos de la artificialidad maniquea con la que los realizadores los alimentan.

En este ecosistema a lo botella de bebida refrescante que pierde el gas al destaparse, el episodio que debía representar el eje más determinante del largo queda diluido como un azucarillo por la banalidad de sus materiales de construcción. Tras haber echado el resto en los segmentos anteriores, el correspondiente a Ben Barnes es un flashback sin la suficiente pasión, como para que el personal comprenda el motivo de que un tema tan escasamente alentador se haya transformado en un exitoso best-seller. Aparte, la escenificación de las desgracias del joven matrimonio en el París de la posguerra ni siquiera goza de la ambientación adecuada. Ante tales decisiones, la película cae enteros en su misión de mantener la atmósfera general, antes misteriosa.

Una vez se conoce el nudo argumental, el tríptico queda mortalmente cojo de una pata, y afecta a las historias de Cooper y Quaid (bueno, más a la de la estrella de El equipo A que a la del ex de Meg Ryan; ya que la de éste nunca había estado excesivamente dibujada en el croquis general).

No obstante, y pese a lo explicado anteriormente, El ladrón de palabras es un filme que se sitúa en una escala de calidad superior a la de muchas de las obras que pululan por la cartelera actual. Sin embargo, también es un trabajo extraño que se alarga en exceso, con cuestionamientos morales mal reflejados y un ritmo cadencioso, que al final no llega a ningún puerto.

Jesús Martín

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