Jesús Martín

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Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Russell Crowe debuta en la dirección con una película de sorprendente calado dramático, en la que es posible atisbar la huella de cineastas como Peter Weir y Bruce Beresford.

Pese a su apariencia de tipo hosco y rocoso, el protagonista de Gladiator es un hombre con una aguda sensibilidad, aparte de acreditar un excelente gusto para narrar historias desde el punto de vista humano. Por lo menos, esas sensaciones son las que transmite esta ópera prima del actor neozelandés, quien ha huido de los grandes presupuestos para debutar detrás de la cámara con una producción pequeña, centrada en los valores que unen a las personas.

Con la batalla de Galípoli como telón de fondo (ese sangriento enfrentamiento entre otomanos y oceánicos que se saldó con 250.000 bajas, durante la Primera Guerra Mundial), Crowe monta un escenario en el que las banderas quedan supeditadas a los individuos que las portan, y donde los patriotismos unidireccionales son diluidos por la comprensión hacia los familiares de los caídos en ambos bandos.

Bajo estas consignas argumentales, el intérprete de Master and Commander centra el guion en la odisea experimentada por un padre (al que encarna el propio Russell), cuando parte de su Australia natal para recuperar los cuerpos de sus tres hijos, desaparecidos en Galípoli.

Así comienza El maestro del agua; pero pronto cambia de tercio, para mostrar el dolor de los hombres y mujeres que perdieron a alguien en la fatídica contienda. Dentro de este planteamiento, el protagonista (el zahorí Connor) se mete poco a poco en la realidad del pueblo turco, y descubre que no hay diferencias sustanciales entre el llanto de sus supuestos enemigos y el de sí mismo.

A través de su relación con una viuda llamada Ayshe (Olga Kurylenko), del hijo de esta y del antiguo oficial turco que comandó las tropas en la batalla de Galípoli; Connor (identidad del papel de Crowe) abre su mente con el objetivo de entender a los que le privaron de su descendencia, aunque esto no aplaque su amargura.

Llama la atención la hondura planteada por el actor nacido en Wellington, a la hora de enfrentarse a un proyecto tan complejo y poliédrico. Sin duda, RC ha sacado un excelente provecho de su colaboración con algunos de los mejores directores de las últimas décadas; y lo ha plasmado en este largometraje, donde exhibe un conocimiento preciso de los ingredientes cinematográficos. En este sentido, resulta más que estimulante la parte rodada en la granja australiana. A lo largo de las secuencias que componen este segmento, es fácil distinguir la huella dejada en el ADN del creador isleño por el cine de Weir y Beresford: una herencia que el debutante realizador ejercita con soltura, mediante los juegos de luz y los ritmos mortecinos. Tales reflejos de calidad quedan también latentes en el rodaje llevado a cabo en Estambul, con la construcción de los personajes de Ayshe (notable caracterización de Olga Kurylenko) y del Mayor Hasan (Yilmaz Erdogan). Sin embargo, el buen pulso desplegado se tuerce un poco conforme Russell avanza hacia el desenlace. Con más prisa de la acostumbrada, el neozelandés estigmatiza con simpleza el conflicto entre Turquía y Grecia, y termina por tambalear las agradables sensaciones precedentes con un desenlace acelerado y un poco creíble.

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Helen Mirren vuelve a ofrecer una clase magistral de interpretación, en la piel de una emigrante austriaca que reclama la devolución del patrimonio artístico de su familia.

Este año se cumplen setenta aniversarios del final de la Segunda Guerra Mundial; sin duda alguna, el conflicto bélico más sangrante de la era contemporánea a nivel planetario. Millones de personas perdieron la vida en los combates y bombardeos, pero un número equivalente lo hicieron en los campos de exterminio montados por la maquinaria genocida de los nazis. Dentro de esa obsesión por acabar con los llamados enemigos del Tercer Reich, los judíos se convirtieron en el blanco más directo de los asesinatos cometidos por los esbirros del régimen nacionalsocialista. Una aniquilación programada desde las instancias más altas, que conllevó al saqueo sin medida de las posesiones de los acusados de practicar la religión hebrea.

Simon Curtis se hace cargo de esta herida aún abierta a través de la historia de Maria Altmann: una mujer que luchó con uñas y dientes para recuperar los cuadros que les fueron sustraídos a sus familiares por los seguidores de la cruz gamada, pinturas entre las que estaba la célebre imagen La dama de oro, de Gustav Klimt.

Narrada en dos tiempos distintos, la película del responsable de Mi semana con Marilyn cumple adecuadamente con el objetivo de ilustrar los problemas –tanto emocionales como burocráticos- a los que se enfrentó la heroína a la que da vida Helen Mirren. A tal efecto, el director británico acierta al no prestar excesiva importancia al marco legal en el que se desarrollaron las acciones para poder recuperar el legado de la Sra. Altmann; ya que lo que realmente le importa es la parte afectiva y sensible de la historia.

Con semejante propósito, Curtis establece el cuadro de La dama de oro como eje central del guion; y al personaje de la tía de Maria (la bella y enigmática Adele Bloch Bauer, que fue la modelo que posó para Gustav Klimt en la citada lámina sobre tabla) como timón del mismo. La obra maestra del autor de El beso sustenta pues el argumento del filme, y sirve de puerta principal para alternar el pasado y el presente con la simple contemplación de su dorado fondo.

Tal esquema de sutiles trazos le da pie a Helen Mirren para desarrollar un trabajo que está a la altura habitual de los que suele ofertar. Aunque en esta ocasión, el alter ego cinematográfico de la reina británica Isabel II pueda enriquecer su envidiable gestualidad con sus dotes para la dicción intermitente entre el inglés americano y el alemán.

Estos parabienes se contagian al resto del elenco, donde Ryan Reynolds y Daniel Brühl sobresalen por la importancia de sus colaboraciones en el discurrir del relato.

Sin embargo, las buenas impresiones del equipo actoral no se transmiten en igual medida al tono general del libreto, el cual se mueve con demasiada ligereza por acontecimientos terribles, y cuya visión tenía que ser diametralmente más dramática que la que exhibe la cámara del contenido Curtis. En este sentido, a la acción le falta la fiereza y la rabia de alguien que tiene que despejar el miedo ancestral hacia un pasado tan terrible.

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John Madden regresa con determinación a la residencia india, donde halló fama y sorprendentes resultados en las taquillas del planeta.

Cuando en 2012 un grupo de ancianos lideraron el box office con el filme El exótico Hotel Marigold, pocos se podían creer el triunfo de una película en la que no había dorsos de acero, pechos operados y silicona hasta en las cortinas. Sin embargo, los espectadores se rindieron al poder emocional de un grupo de personajes de carne y hueso, con achaques y arrugas en el rostro.

Una aventura que el director John Madden pretende volver a evocar con esta secuela un tanto descafeinada, respecto a la entrega precedente. Una gesta que pierde fuelle por un hecho patente y obvio: el cineasta y su equipo ya no cuentan con el elemento de sorpresa que inspiró la primera parte.

Consciente de ello, el responsable de Shakespeare enamorado encomendó a Ol Parker la elaboración de un guion cargado con situaciones extravagantes y diálogos chispeantes.

Para intentar activar un poco la trama, Madden introduce como motor del libreto la próxima boda entre Sonny Kapoor (Dev Patel) y Sunaina (Tina Desai). Acontecimiento que se ve torpedeado por el supuesto afecto que la chica muestra hacia un amigo de su hermano (el guaperas Kushal) y por los ambiciosos planes de incorporar El Marigold a una cadena hotelera de nacionalidad estadounidense.

Aunque, en el terreno de las novedades, la más llamativa sea la colaboración made in Hollywood de Richard Gere, quien da vida a un introspectivo hombre de espíritu nómada, que se enamora de la madre de Sonny.

En medio de este esquema argumental, los intérpretes deambulan con una cierta sensación de ligereza, como si la atmósfera mágica de La India fuera capaz por sí misma de regalar el peso específico a una cinta que carece de una historia medianamente atractiva y con enganche.

Pese a la concepción coral de la película, Madden no consigue extraer la emoción necesaria inherente a los amores de los huéspedes del Marigold, razón por la que el largometraje decae en intensidad con inusitada rapidez.

Ante esta precipitación a los abismos del limbo cinematográfico, el director isleño tiene la genial idea de sacar el suficiente partido a su equipo artístico: un material de factura impecable, en el que destaca la magistral colaboración de Maggie Smith. La protagonista de Los mejores años de Miss Brodie es suficiente aval para lubricar cualquier mecanismo fílmico, por muy agotado que esté de combustible. Una esencial labor de gestos y dicción en la que la aristócrata de Downton Abbey tiene la ayuda de Judi Dench (excelente contrapunto de sensatez a la tiranía de Smith), Bill Nighy, Ronald Pickup (muy notable la exageración con la que viste al beodo Norman Cousins), Lillete Dubey y Richard Gere (su mesura es como una especie de bálsamo entre tanta retranca geriátrica), entre otros.

Al final, casi como en el caso de la entrega inaugural del díptico, el reparto es el encargado de sacar las castañas del fuego a los melifluos augurios de un relato desenfocado entre los magníficos decorados de La India. Algo comprensible, cuando se cuenta con parte de la flor y nata de una generación portentosa en la escena británica.

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Kenneth Branagh presenta una brillante y sorprendente adaptación del relato que hizo célebre la pluma de Charles Perrault.

Lejos de las versiones un tanto edulcoradas (Mirror, Mirror) y de las actualizaciones según el formato de los cómics de raigambre teen (Blancanieves y la leyenda del cazador, Caperucita roja), el camino que toma el actor de Enrique V resulta cuanto menos más sincero y respetuoso con el espíritu de los cuentos originales. Sin ánimo de innovar a lo loco o de proponer humor caduco y enlatado, Branagh se preocupa por narrar la historia desde un punto de vista de seriedad impostada, lo que da a la película verosimilitud y credibilidad.

Con el modelo siempre patente en cada fotograma de la cinta animada de Disney (la elaborada en 1950), el responsable de Iron Man se mete en faena para escenificar las piruetas existenciales de una ingenua joven llamada Ella, y que acaba siendo bautizada como Cenicienta.

El ex de Emma Thompson no cambia casi nada en la esencia del relato original. De esta manera, la movie arranca con la vida de la protagonista mientras es una niña feliz y dichosa, al lado de sus progenitores. Un lapso de paz que acaba cuando fallece la madre, y el padre vuelve a contraer matrimonio con la maquiavélica Lady Tremaine.

A partir de ese trágico hecho, la rutina de la muchacha se convierte en un auténtico infierno, que se agrava cuando su dad perece en un naufragio. Condenada a servir a sus nuevos parientes (la madrastra, sus dos hijas y el odioso gato que portan), la gachí verá la salvación al conocer accidentalmente al joven príncipe del lugar.

El esquema del libreto firmado por Chris Weitz no se sonroja al seguir casi con fidelidad enfermiza el largometraje de dibujos de la factoría Disney. Una decisión coherente y acertada, a la que Branagh únicamente añade la incorporación de una ambientación histórica que parece ubicarse en el siglo XIX. Y aquí, el cineasta comete uno de los mayores errores del proyecto. Este fallo viene propiciado por la imposibilidad de definir el espacio geográfico, y localizarlo en la Europa de los grandes imperios. Lo que genera una cierta incomprensión en los espectadores.

Sin embargo, esa sensación de hallarse en una zona inventada sin mucho acierto se pierde con rapidez ante el apabullante ejercicio de efectos visuales, y frente a la exhibición de un reparto capaz de soportar cualquier fantasía al uso.

Lily James cumple con creces en la parte de la vulnerable sirvienta conocida como Cenicienta, mientras que Cate Blanchett saca petróleo de maldad con su caracterización de Lady Tremaine. Al lado de estas dos damas, el resto del elenco queda un tanto empalidecido. Bueno, todos salvo la siempre pizpireta Helena Bonham Carter, quien extrae la necesaria savia energética al personaje del Hada Madrina.

Por el lado contrario, Richard Madden hace lo que puede en la piel del príncipe de un relato que nunca ha sido especialmente benévolo con el héroe masculino.

No obstante, y dentro de esos elementos un tanto resbaladizos del argumento, la trama del Gran Duque es lo más flojo de un filme que reclama con dignidad un lugar en las carteleras para los cuentos de siempre.

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Jennifer Lopez vive una pasión prohibida y adúltera con su vecino de diecinueve tacos. Lo que no sabe la mujer con el trasero más caro del mundo es que el chaval esconde una psicopatía galopante.

Profesora de buen ver y adulta. Chico rebelde con músculos hasta en la nuez. Ambos se juntan en una de esas noches locas de verano. Ella se halla muy vulnerable por el engaño de su esposo con una gachí de su trabajo, y el joven empieza a tocar donde no debe. La cosa termina como se puede imaginar el lector. Y ahí reside el mayor problema de esta película dirigida por el veterano Rob Cohen (A todo gas): que todo transcurre como parece que va ir.

El responsable de títulos tan activos como xXx parece haberse bajado una versión vip del programa screenwriter, para teclear la búsqueda “thriller sexual con teenager y dama treintañera”.

Y lo que le ha salido al cineasta estadounidense es esta historia, que bien podría colarse entre las que suelen programar los canales televisivos españoles en las tardes de los sábados y domingos.

Sin sobresaltos excesivos, el argumento de Obsesión narra con celeridad y tensión de laboratorio la relación básicamente hormonal entre Claire Peterson (Jennifer Lopez) y Noah Sandborn (Ryan Guzman). Una apuesta por la aceleración secuencial que no se atisba mala del todo, si no fuera por el hecho de que las escenas se suceden sin sorpresas ni descubrimientos impactantes. Un déjà vu cinematográfico, que reproduce un tema con casi tantos en títulos en su haber como el del hombre maduro que cae en las redes de una lolita con veneno en la piel.

Llegados a este punto, algo tiene que haber animado a Cohen para ponerse al frente de esta obra, más allá del mero interés dinerario. Y el motivo más evidente parece estar en la posibilidad de sacar partido a la pareja protagonista: la formada por la sensual Jennifer Lopez y el cada vez más solicitado Ryan Guzman. Ellos son los que sostienen el guion, mientras los secundarios solo se contentan con comparecer como víctimas propicias del criminal con acné.

Lopez muestra que a sus cuarenta y cinco veranos no le sobra ni un gramo de grasa, y deja claro que su cuerpo sigue siendo la envidia de todo bicho viviente. La actriz está convincente en las escenas en las que se abandona a su relación imposible, con una caracterización que parece inspirada en la ejercida por la sólida Diane Lane para Infiel. Por su lado, Guzman está convenientemente exagerado en la mirada y en sus actitudes, al tiempo que cumple como extraño objeto del deseo.

Sin embargo, lejos de los escarceos de cama y las batallas fogosas, el resto de la trama queda como sometida a un continuo proceso de reiteración cansina e inverosímil, sin capacidad para alzar el vuelo ni siquiera en los momentos en los que la película debería acercarse a alguna clase de clímax.

Cohen intenta mermar tales problemas con golpes de efecto, enfrentamientos violentos y pasados tormentosos. Sin embargo, las lagunas del libreto firmado por Barbara Curry resultan demasiado evidentes.

Por cierto, queda mucho mejor el título original de la movie: El chico de la puerta de al lado.

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Hayden Christensen recupera parte de la agilidad física que mostró en Star Wars, en esta entretenida película que dirige el debutante Nick Powell.

Aventuras de capa y espada, paisajes exóticos, soldados marcados por luchas interiores y amores prohibidos… Todos estos elementos conforman el guion escrito por el británico James Dormer, y que traslada a imágenes el antiguo especialista Nick Powell. Un aprendizaje por el camino de la acción sin tregua que se deja notar desde la primera escena de Desterrado, y que arropa con determinación la evolución de la historia.

Ante una propuesta semejante, el cineasta novel tiene el acierto de escoger como protagonista a Hayden Christensen: un actor capaz de mezclar en adecuadas dosis la coordinación en los combates, y la amargura intensa de un papel marcado por los fantasmas del pasado. El joven Darth Vader consigue crear una interpretación bastante verosímil de un cruzado en busca de un poco de redención, lastrado por su afición al opio y con problemas para olvidar toda la sangre derramada por mandato de la Iglesia.

Junto a él, Nicolas Cage ayuda a enfatizar el carácter introspectivo de un filme destinado a entretener, más allá de consideraciones filosóficas e incluso de realismo histórico.

Ambientada en el siglo XII, la trama de la cinta de Powell sigue las vicisitudes de un guerrero católico, al que la muerte de un grupo de mujeres y niños en una de sus batallas le abre un profundo sentimiento de culpa. Perdido en sus divagaciones mentales, Jacob (Hayden Christensen) viaja a China, donde encuentra a una princesa y a su hermano, mientras son perseguidos por el ejército del pariente que ha usurpado el trono.

Sin saber por qué, el occidental pone su espada al servicio del legítimo rey y de su sister, que huyen para salvar la vida. Y los tres unidos experimentan una odisea en la que todos hallan algunas de las respuestas que estaban anhelando desentrañar al principio de la película.

Grabada en escenarios naturales, Desterrado es una obra que mantiene al espectador pegado a la butaca, desde los títulos de crédito hasta el final; y lo hace sin excesivos giros ni trampas argumentales, y con una facilidad narrativa en pos de la diversión.

A tal efecto, Christensen recupera parte del arsenal de movimientos aprendidos tras su participación en Star Wars, y los expone sin problemas en la piel de Jacob, al que construye con un conjunto de sentimientos encontrados, en los que no falta el enamoramiento hacia la princesa Lian (encarnada convincentemente por la veinteañera Yifei Liu).

Por su lado, Nicolas Cage ofrece una actuación algo más contenida de lo habitual, aunque su gestualidad un tanto excesiva no se nota demasiado ante la consistencia del complemento activo del filme.

Estos presupuestos convierten a Desterrado en una movie con aroma a cine pretérito, cuando los cruzados campaban por las pantallas para enseñar sus heridas y la incomprensión frente a la idea de matar por una supuesta salvación de almas.

No obstante, y pese a sus eficaces resultados, resulta extraño que el largometraje haya sido estrenado en tan pocas salas. Un defecto de la exhibición en España demasiado habitual en los últimos tiempos.

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Pierce Brosnan regresa al espionaje por todo lo alto. Aunque, en este caso, las poses elegantes del otrora James Bond queden ocultas por la veteranía de un agente amargado y carente del humor socarrón de 007.

La cara de póquer y una actitud retadora en todo momento son los elementos utilizados por Pierce Brosnan para encarnar a uno de los últimos héroes de la literatura estadounidense, el creado por Bill Granger para su saga de best sellers interpretada por November Man. Características que envuelven a un personaje demasiado granítico, y poco dado a la empatía.

Roger Donaldson es el responsable de esta adaptación de la novela There Are No Spies, en la que refleja los problemas interiores de un héroe con muchos puntos oscuros, y quien encuentra la redención de una manera un tanto forzada y artificiosa.

Ambientada en la Rusia de la era Putin, y en la Europa del Este posterior a la época soviética, la película sigue las aventura de un agente retirado de la CIA, que responde al nombre de Peter Devereaux; y quien regresa al servicio para salvar de la muerte a la mujer con la que tuvo una hija en el pasado. Sin embargo, en su vuelta al trabajo, el hombre es traicionado por sus superiores, y deberá enfrentarse a su antiguo pupilo: David Mason (Luke Bracey).

Donaldson narra la historia a dos bandas. Primero, la que corresponde a la realidad del papel de Brosnan: un hombre cansado de asesinar por los intereses gubernamentales, que quiere poner punto y final a su actividad como espía. Y por otro, se halla la relación con su antiguo alumno; el cual se ha convertido en una máquina de cumplir órdenes, aunque estas vayan en contra de cualquier moralidad o ética latente.

Entre estas tesituras, la historia discurre con una cierta agilidad, con escenas bien rodadas de persecuciones y descubrimientos sorpresivos. Sin embargo, el asunto queda un tanto embarrado por la imposibilidad del director para aportar la necesaria profundidad a los personajes que pueblan la trama. De los que solo el de de Devereaux puede considerarse medianamente trabajado.

Brosnan demuestra que es un actor con suficientes tablas como para hacer creíble incluso a un tipo tan pétreo como el que le ha caído en suerte, aunque en algunos de los aspectos más emocionales se perciba como un poco superado ante la ausencia de agarraderas dramáticas suficientemente definidas.

En esa indefinición del guion, Luke Bracey es quien se lleva la peor parte. Su papel es esquemático y previsible, aparte de que se mueve por impulsos imprecisos. Un terreno pantanoso en el que también se ve inmersa Olga Kurylenko, quien hace lo que puede para que no se noten demasiado las lagunas respecto a la historia que tiene que contar. No obstante, y pese a todo, Donaldson logra mantener la tensión a través de un grupo de secuencias bien rodadas, con acción al más puro estilo de Hollywood. Sin embargo, la sensación de entretenimiento exhibe sus carencias ante una trama poco creíble y ligera en conspiraciones de etiqueta.

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Actualización a medio gas del musical escrito por Thomas Meehan, a partir de los dibujos de Harold Gray. Will Gluck (Rumores y mentiras) confecciona un espectáculo algo vacío pero vistoso, con canciones conocidas y derroche de cromatismo.

La huérfana más famosa de Broadway regresa a la gran pantalla. Entre sus armas se halla una banda sonora capaz de tocar la fibra sensible con estribillos memorables, y en la que suenan cortes tan conocidos como It’s the Hard-Knock Life y Tomorrow. Tralla rítmica que no consigue amortiguar los plúmbeos efectos de un guion carente de la chispa necesaria.

Annie viene a ser para el show business made in USA como la heredera argumental y neoyorquina del huérfano por antonomasia: Oliver Twist. Con ese espíritu fueron percibidas las viñetas de Harold Gray; y en el mismo fuego identificativo se horneó el musical posterior. Sin embargo, pese a los hilos consanguíneos, la inspiración en cuanto al libreto sinfónico no va tan pareja a la obra manuscrita por Charles Dickens, sino que sigue abiertamente el camino de Oliver: la cinta que firmó Carol Reed, en 1968.

Bajo esos márgenes conceptuales, la niña de los rizos desarrolla su historia en una ciudad un tanto dura (Nueva York, en sustitución del Londres original). Un hábitat violento y desmoralizador donde la chica quiere localizar a sus padres, y en el que cae presa de las garras de una mujer un tanto explotadora.

John Huston fue el primero en adaptar las aventuras de Annie al formato cinematográfico. Empresa que granjeó al veterano director un sinfín de parabienes por parte de la crítica y el público; gracias –sobre todo- al excelente trabajo de la desconocida Aileen Quinn, quien se metió a los espectadores en el bolsillo a través de su frescura y su garganta privilegiada.

Precisamente, ahí estriba uno de los mayores problemas de esta revisión del clásico contemporáneo. Quvenzhané Wallis es una actriz más que meritoria, y su técnica interpretativa empieza a llamar a las puertas de la madurez prematura. Pero sus tablas crean una sensación de inverosimilitud respecto a la evidente ingenuidad de Annie. La protagonista de Bestias del sur salvaje despliega su arsenal de gestos, para construir a la heroína de pelo cardado con más retranca sabihonda que simpatía en el semblante; y lo que logra es alejarse de la sencillez de una cría de 11 años alimentada con sueños.

QW canta razonablemente bien, baila con soltura y se mueve de manera decidida ante la cámara. No obstante, le falta esa actitud infantil de la que sí gozaba la ochentera Aileen Quinn. Todo esto merma credibilidad al relato, por mucho que los saltos y las acrobacias intenten desviar la atención.

En similar línea se mueve el resto elenco. Jamie Foxx Rose Byrne, Bobby Cannavale y Cameron Diaz tienden a llenar los vacíos de sus papeles con la exageración y la comicidad de gruesos tonos. Algo que evidencia el histrionismo colectivo que inunda el largometraje.

No obstante, y a pesar de sus fallos estructurales, este caramelo de colores cegadores que responde al título de Annie disfraza sus carencias con coreografías bien trabajadas, arreglos melódicos de altura (a cargo de Charles Strouse) y una dirección artística sin muchos borrones.

Después de presenciar la sesión de invisible dramatismo que propone la película, lo que no se le puede negar a Gluck es su habilidad para revivir trovas tan imperecederas como Tomorrow. Sea con el timbre de Wallis, o con la dicción de su álter ego española: la joven María Parrado (ganadora de la última edición del programa de Mediaset La Voz Kids).

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El italiano Giulio Ricciarelli cuenta la historia poco conocida de los procesos de la R.F.A contra la cúpula dirigente del partido nazi, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando terminaron los juicios de Núremberg (efectuados entre 1945 y 1946) parecía que el mundo ya había acabado con las sentencias contra los máximos garantes del genocidio provocado por las hordas hitlerianas. Sin embargo, aún quedaba mucha leña que cortar. Entre la población germana, un número bastante alto de los antiguos asesinos se había mimetizado con los ciudadanos aparentemente normales, con el fin de olvidar y llevar una vida sin espejos retrovisores, sin condenas a sus actos criminales realizados durante la contienda bélica.

El silencio fue la norma que aplicaron los organismos institucionales en la década posterior a 1945, con respecto a los antiguos militantes de la temida Gestapo. Pero el abogado de la fiscalía Johann Radmann no estaba dispuesto a pasar página.

Ricciarelli toma la figura de este héroe -aderezado con las connotaciones de los caballeros andantes- para la elaboración del filme, con el objetivo de escenificar los pasos seguidos realmente por el periodista Thomas Gnielka. Y lo hace a través de un hombre joven con ideales de inocencia, que descubre la oscuridad de unos compatriotas demasiado involucrados con las matanzas programadas desde los campos de concentración.

A través de la faz de este letrado (que interpreta con convicción Alexander Fheling), el espectador toma constancia del desconocimiento absoluto de lo que ocurría tras las alambradas de Auschwitz, y de las brutalidades a las que se veían sometidos los prisioneros que acababan en el mencionado enclave.

El sentido documental de la película toma así una importancia primordial en el relato de Ricciarelli, mientras que la parte de empatía se efectúa mediante un discurso de denuncia latente, que pone al público al lado de Radmann y de las víctimas (centralizadas en un pintor atormentado por los recuerdos) desde la primera escena.

No obstante, el guion se antoja un tanto desequilibrado entre la contundencia evidente de los hechos que monotorizan la acción y la vida privada de los personajes que pueblan el metraje. En esta balanza, las aportaciones más personales parecen muy volátiles, y no acaban de funcionar a la hora de mostrar los sentimientos del fiscal respecto a la pertenencia de su padre al partido nazi o la apuntada culpa del periodista Thomas Gnielka, cuando este tuvo que cumplir un reclutamiento forzoso en Auschwitz a los diecisiete años.

Un error dramático que se traslada incluso a una de las tangentes argumentales más llamativas del libreto, y que tiene que ver con la comprensible obsesión de Radmann por atrapar al sádico doctor Josef Mengele.

En estos asuntos, el debutante cineasta transalpino hace visible su impericia, la cual se acrecienta si se compara sobre todo con los resultados obtenidos por Franklin Schaffner, en la magnífica Los niños del Brasil (quien sí fue capaz de trasladar a la pantalla el carácter diabólico del mencionado Mengele).

Sin embargo, y pese a la aparente frialdad documental en la que parece perderse La conspiración del silencio, la cinta gana puntos desde la perspectiva de refrescar el pasado reciente; al clarificar un proceso tan poco aireado como el de los juicios germanos de los años sesenta. No todos callaron.

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Contundente y desmoralizadora película sobre los efectos de la traición. Andrey Zvyagintsev narra los estragos de la depresión de una familia, sin lugar para posturas optimistas.

Tras ganar el Globo de Oro a la Mejor Película de Habla No Inglesa y obtener la candidatura en la misma categoría para los Oscar, esta cinta rusa ha comenzado a despertar la atención del público, y eso a pesar de no pertenecer a la categoría del cine de masas.

Leviatán no es una obra fácil de consumir, incluso puede generar un cierto rechazo en los espíritus que buscan actitudes receptivas a la bondad de los individuos. Casi todo es oscuro –salvo por algunas secuencias de humor político- en el filme del responsable de El regreso, y la luz es tan gélida como la historia que esta enfoca.

Rodada en los agrestes paisajes de una zona deprimida hasta en el canto de las ballenas, la movie retrata la desastrada vida de Nikolai: tipo que se enfrenta a un desahucio. Este hombre deposita toda su confianza en Dmitriy, el amigo de la juventud llegado de Moscú con el título de abogado; el cual pretende sacar dinero al mafioso alcalde que quiere hacerse con los terrenos de su colega. Sin embargo, todo se tuerce cuando la esposa de Nikolai (Lilya) tiene una relación sexual con el letrado.

Estos ingredientes confeccionan un guion que evoluciona con ritmo aletargado y marcadamente reflexivo. Un pretexto para prolongar la acción, que le sirve a Zvyagintsev para dibujar la totalidad de las aristas que conforman el relato, con todo lujo de detalles y connotaciones.

Pero, conforme avanza la trama, lo que queda patente es que el realizador de Elena carece de las profundidades psicológicas de Krzysztof Kieslowski, o de los matices subliminales del generoso Aleksandr Sokurov. Leviatán no resiste los análisis en profundidad sobre su esqueleto dramático, y pronto evidencia sus aspectos más criticables.

Dentro de estos brochazos un tanto burdos en medio del hiperrealismo reinante, uno de los elementos que aparece peor hilado es el de la relación adúltera mantenida por Lilya y Dmitryi. Las abundantes elipsis y los mortales silencios con los que el director aborda este frío affaire favorecen a la incomprensión del mismo, ya que no se explica en ningún momento qué ha desencadenado la atracción entre la pareja.

En similar plano de artificiosa elaboración, el personaje del alcalde (el antagonista principal) parece actuar por impulsos violentos, cargados de exageración y escasamente verosímiles. Pese al oficio del genial Roman Madyanov, el papel del político corrupto se percibe -dentro de la trama- bastante diluido, y defectuoso en efectividad. Sensación que no mejora ni con su supuesta implicación en el asesinato de Lilya.

No obstante, e independientemente de estas sombras inherentes al discurso de Leviatán, Andrey Zvyagintsev demuestra un envidiable pulso para ilustrar el tema de la imposible salvación de los oprimidos. Parabienes de talento que engrandecen la decepción ante los errores del creador ruso, y que se concentran en la parte más prosaica de la historia: la que corresponde a los comportamientos humanos.

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