Jesús Martín

Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Jennifer Lopez vive una pasión prohibida y adúltera con su vecino de diecinueve tacos. Lo que no sabe la mujer con el trasero más caro del mundo es que el chaval esconde una psicopatía galopante.

Profesora de buen ver y adulta. Chico rebelde con músculos hasta en la nuez. Ambos se juntan en una de esas noches locas de verano. Ella se halla muy vulnerable por el engaño de su esposo con una gachí de su trabajo, y el joven empieza a tocar donde no debe. La cosa termina como se puede imaginar el lector. Y ahí reside el mayor problema de esta película dirigida por el veterano Rob Cohen (A todo gas): que todo transcurre como parece que va ir.

El responsable de títulos tan activos como xXx parece haberse bajado una versión vip del programa screenwriter, para teclear la búsqueda “thriller sexual con teenager y dama treintañera”.

Y lo que le ha salido al cineasta estadounidense es esta historia, que bien podría colarse entre las que suelen programar los canales televisivos españoles en las tardes de los sábados y domingos.

Sin sobresaltos excesivos, el argumento de Obsesión narra con celeridad y tensión de laboratorio la relación básicamente hormonal entre Claire Peterson (Jennifer Lopez) y Noah Sandborn (Ryan Guzman). Una apuesta por la aceleración secuencial que no se atisba mala del todo, si no fuera por el hecho de que las escenas se suceden sin sorpresas ni descubrimientos impactantes. Un déjà vu cinematográfico, que reproduce un tema con casi tantos en títulos en su haber como el del hombre maduro que cae en las redes de una lolita con veneno en la piel.

Llegados a este punto, algo tiene que haber animado a Cohen para ponerse al frente de esta obra, más allá del mero interés dinerario. Y el motivo más evidente parece estar en la posibilidad de sacar partido a la pareja protagonista: la formada por la sensual Jennifer Lopez y el cada vez más solicitado Ryan Guzman. Ellos son los que sostienen el guion, mientras los secundarios solo se contentan con comparecer como víctimas propicias del criminal con acné.

Lopez muestra que a sus cuarenta y cinco veranos no le sobra ni un gramo de grasa, y deja claro que su cuerpo sigue siendo la envidia de todo bicho viviente. La actriz está convincente en las escenas en las que se abandona a su relación imposible, con una caracterización que parece inspirada en la ejercida por la sólida Diane Lane para Infiel. Por su lado, Guzman está convenientemente exagerado en la mirada y en sus actitudes, al tiempo que cumple como extraño objeto del deseo.

Sin embargo, lejos de los escarceos de cama y las batallas fogosas, el resto de la trama queda como sometida a un continuo proceso de reiteración cansina e inverosímil, sin capacidad para alzar el vuelo ni siquiera en los momentos en los que la película debería acercarse a alguna clase de clímax.

Cohen intenta mermar tales problemas con golpes de efecto, enfrentamientos violentos y pasados tormentosos. Sin embargo, las lagunas del libreto firmado por Barbara Curry resultan demasiado evidentes.

Por cierto, queda mucho mejor el título original de la movie: El chico de la puerta de al lado.

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Hayden Christensen recupera parte de la agilidad física que mostró en Star Wars, en esta entretenida película que dirige el debutante Nick Powell.

Aventuras de capa y espada, paisajes exóticos, soldados marcados por luchas interiores y amores prohibidos… Todos estos elementos conforman el guion escrito por el británico James Dormer, y que traslada a imágenes el antiguo especialista Nick Powell. Un aprendizaje por el camino de la acción sin tregua que se deja notar desde la primera escena de Desterrado, y que arropa con determinación la evolución de la historia.

Ante una propuesta semejante, el cineasta novel tiene el acierto de escoger como protagonista a Hayden Christensen: un actor capaz de mezclar en adecuadas dosis la coordinación en los combates, y la amargura intensa de un papel marcado por los fantasmas del pasado. El joven Darth Vader consigue crear una interpretación bastante verosímil de un cruzado en busca de un poco de redención, lastrado por su afición al opio y con problemas para olvidar toda la sangre derramada por mandato de la Iglesia.

Junto a él, Nicolas Cage ayuda a enfatizar el carácter introspectivo de un filme destinado a entretener, más allá de consideraciones filosóficas e incluso de realismo histórico.

Ambientada en el siglo XII, la trama de la cinta de Powell sigue las vicisitudes de un guerrero católico, al que la muerte de un grupo de mujeres y niños en una de sus batallas le abre un profundo sentimiento de culpa. Perdido en sus divagaciones mentales, Jacob (Hayden Christensen) viaja a China, donde encuentra a una princesa y a su hermano, mientras son perseguidos por el ejército del pariente que ha usurpado el trono.

Sin saber por qué, el occidental pone su espada al servicio del legítimo rey y de su sister, que huyen para salvar la vida. Y los tres unidos experimentan una odisea en la que todos hallan algunas de las respuestas que estaban anhelando desentrañar al principio de la película.

Grabada en escenarios naturales, Desterrado es una obra que mantiene al espectador pegado a la butaca, desde los títulos de crédito hasta el final; y lo hace sin excesivos giros ni trampas argumentales, y con una facilidad narrativa en pos de la diversión.

A tal efecto, Christensen recupera parte del arsenal de movimientos aprendidos tras su participación en Star Wars, y los expone sin problemas en la piel de Jacob, al que construye con un conjunto de sentimientos encontrados, en los que no falta el enamoramiento hacia la princesa Lian (encarnada convincentemente por la veinteañera Yifei Liu).

Por su lado, Nicolas Cage ofrece una actuación algo más contenida de lo habitual, aunque su gestualidad un tanto excesiva no se nota demasiado ante la consistencia del complemento activo del filme.

Estos presupuestos convierten a Desterrado en una movie con aroma a cine pretérito, cuando los cruzados campaban por las pantallas para enseñar sus heridas y la incomprensión frente a la idea de matar por una supuesta salvación de almas.

No obstante, y pese a sus eficaces resultados, resulta extraño que el largometraje haya sido estrenado en tan pocas salas. Un defecto de la exhibición en España demasiado habitual en los últimos tiempos.

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Pierce Brosnan regresa al espionaje por todo lo alto. Aunque, en este caso, las poses elegantes del otrora James Bond queden ocultas por la veteranía de un agente amargado y carente del humor socarrón de 007.

La cara de póquer y una actitud retadora en todo momento son los elementos utilizados por Pierce Brosnan para encarnar a uno de los últimos héroes de la literatura estadounidense, el creado por Bill Granger para su saga de best sellers interpretada por November Man. Características que envuelven a un personaje demasiado granítico, y poco dado a la empatía.

Roger Donaldson es el responsable de esta adaptación de la novela There Are No Spies, en la que refleja los problemas interiores de un héroe con muchos puntos oscuros, y quien encuentra la redención de una manera un tanto forzada y artificiosa.

Ambientada en la Rusia de la era Putin, y en la Europa del Este posterior a la época soviética, la película sigue las aventura de un agente retirado de la CIA, que responde al nombre de Peter Devereaux; y quien regresa al servicio para salvar de la muerte a la mujer con la que tuvo una hija en el pasado. Sin embargo, en su vuelta al trabajo, el hombre es traicionado por sus superiores, y deberá enfrentarse a su antiguo pupilo: David Mason (Luke Bracey).

Donaldson narra la historia a dos bandas. Primero, la que corresponde a la realidad del papel de Brosnan: un hombre cansado de asesinar por los intereses gubernamentales, que quiere poner punto y final a su actividad como espía. Y por otro, se halla la relación con su antiguo alumno; el cual se ha convertido en una máquina de cumplir órdenes, aunque estas vayan en contra de cualquier moralidad o ética latente.

Entre estas tesituras, la historia discurre con una cierta agilidad, con escenas bien rodadas de persecuciones y descubrimientos sorpresivos. Sin embargo, el asunto queda un tanto embarrado por la imposibilidad del director para aportar la necesaria profundidad a los personajes que pueblan la trama. De los que solo el de de Devereaux puede considerarse medianamente trabajado.

Brosnan demuestra que es un actor con suficientes tablas como para hacer creíble incluso a un tipo tan pétreo como el que le ha caído en suerte, aunque en algunos de los aspectos más emocionales se perciba como un poco superado ante la ausencia de agarraderas dramáticas suficientemente definidas.

En esa indefinición del guion, Luke Bracey es quien se lleva la peor parte. Su papel es esquemático y previsible, aparte de que se mueve por impulsos imprecisos. Un terreno pantanoso en el que también se ve inmersa Olga Kurylenko, quien hace lo que puede para que no se noten demasiado las lagunas respecto a la historia que tiene que contar. No obstante, y pese a todo, Donaldson logra mantener la tensión a través de un grupo de secuencias bien rodadas, con acción al más puro estilo de Hollywood. Sin embargo, la sensación de entretenimiento exhibe sus carencias ante una trama poco creíble y ligera en conspiraciones de etiqueta.

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Actualización a medio gas del musical escrito por Thomas Meehan, a partir de los dibujos de Harold Gray. Will Gluck (Rumores y mentiras) confecciona un espectáculo algo vacío pero vistoso, con canciones conocidas y derroche de cromatismo.

La huérfana más famosa de Broadway regresa a la gran pantalla. Entre sus armas se halla una banda sonora capaz de tocar la fibra sensible con estribillos memorables, y en la que suenan cortes tan conocidos como It’s the Hard-Knock Life y Tomorrow. Tralla rítmica que no consigue amortiguar los plúmbeos efectos de un guion carente de la chispa necesaria.

Annie viene a ser para el show business made in USA como la heredera argumental y neoyorquina del huérfano por antonomasia: Oliver Twist. Con ese espíritu fueron percibidas las viñetas de Harold Gray; y en el mismo fuego identificativo se horneó el musical posterior. Sin embargo, pese a los hilos consanguíneos, la inspiración en cuanto al libreto sinfónico no va tan pareja a la obra manuscrita por Charles Dickens, sino que sigue abiertamente el camino de Oliver: la cinta que firmó Carol Reed, en 1968.

Bajo esos márgenes conceptuales, la niña de los rizos desarrolla su historia en una ciudad un tanto dura (Nueva York, en sustitución del Londres original). Un hábitat violento y desmoralizador donde la chica quiere localizar a sus padres, y en el que cae presa de las garras de una mujer un tanto explotadora.

John Huston fue el primero en adaptar las aventuras de Annie al formato cinematográfico. Empresa que granjeó al veterano director un sinfín de parabienes por parte de la crítica y el público; gracias –sobre todo- al excelente trabajo de la desconocida Aileen Quinn, quien se metió a los espectadores en el bolsillo a través de su frescura y su garganta privilegiada.

Precisamente, ahí estriba uno de los mayores problemas de esta revisión del clásico contemporáneo. Quvenzhané Wallis es una actriz más que meritoria, y su técnica interpretativa empieza a llamar a las puertas de la madurez prematura. Pero sus tablas crean una sensación de inverosimilitud respecto a la evidente ingenuidad de Annie. La protagonista de Bestias del sur salvaje despliega su arsenal de gestos, para construir a la heroína de pelo cardado con más retranca sabihonda que simpatía en el semblante; y lo que logra es alejarse de la sencillez de una cría de 11 años alimentada con sueños.

QW canta razonablemente bien, baila con soltura y se mueve de manera decidida ante la cámara. No obstante, le falta esa actitud infantil de la que sí gozaba la ochentera Aileen Quinn. Todo esto merma credibilidad al relato, por mucho que los saltos y las acrobacias intenten desviar la atención.

En similar línea se mueve el resto elenco. Jamie Foxx Rose Byrne, Bobby Cannavale y Cameron Diaz tienden a llenar los vacíos de sus papeles con la exageración y la comicidad de gruesos tonos. Algo que evidencia el histrionismo colectivo que inunda el largometraje.

No obstante, y a pesar de sus fallos estructurales, este caramelo de colores cegadores que responde al título de Annie disfraza sus carencias con coreografías bien trabajadas, arreglos melódicos de altura (a cargo de Charles Strouse) y una dirección artística sin muchos borrones.

Después de presenciar la sesión de invisible dramatismo que propone la película, lo que no se le puede negar a Gluck es su habilidad para revivir trovas tan imperecederas como Tomorrow. Sea con el timbre de Wallis, o con la dicción de su álter ego española: la joven María Parrado (ganadora de la última edición del programa de Mediaset La Voz Kids).

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

El italiano Giulio Ricciarelli cuenta la historia poco conocida de los procesos de la R.F.A contra la cúpula dirigente del partido nazi, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando terminaron los juicios de Núremberg (efectuados entre 1945 y 1946) parecía que el mundo ya había acabado con las sentencias contra los máximos garantes del genocidio provocado por las hordas hitlerianas. Sin embargo, aún quedaba mucha leña que cortar. Entre la población germana, un número bastante alto de los antiguos asesinos se había mimetizado con los ciudadanos aparentemente normales, con el fin de olvidar y llevar una vida sin espejos retrovisores, sin condenas a sus actos criminales realizados durante la contienda bélica.

El silencio fue la norma que aplicaron los organismos institucionales en la década posterior a 1945, con respecto a los antiguos militantes de la temida Gestapo. Pero el abogado de la fiscalía Johann Radmann no estaba dispuesto a pasar página.

Ricciarelli toma la figura de este héroe -aderezado con las connotaciones de los caballeros andantes- para la elaboración del filme, con el objetivo de escenificar los pasos seguidos realmente por el periodista Thomas Gnielka. Y lo hace a través de un hombre joven con ideales de inocencia, que descubre la oscuridad de unos compatriotas demasiado involucrados con las matanzas programadas desde los campos de concentración.

A través de la faz de este letrado (que interpreta con convicción Alexander Fheling), el espectador toma constancia del desconocimiento absoluto de lo que ocurría tras las alambradas de Auschwitz, y de las brutalidades a las que se veían sometidos los prisioneros que acababan en el mencionado enclave.

El sentido documental de la película toma así una importancia primordial en el relato de Ricciarelli, mientras que la parte de empatía se efectúa mediante un discurso de denuncia latente, que pone al público al lado de Radmann y de las víctimas (centralizadas en un pintor atormentado por los recuerdos) desde la primera escena.

No obstante, el guion se antoja un tanto desequilibrado entre la contundencia evidente de los hechos que monotorizan la acción y la vida privada de los personajes que pueblan el metraje. En esta balanza, las aportaciones más personales parecen muy volátiles, y no acaban de funcionar a la hora de mostrar los sentimientos del fiscal respecto a la pertenencia de su padre al partido nazi o la apuntada culpa del periodista Thomas Gnielka, cuando este tuvo que cumplir un reclutamiento forzoso en Auschwitz a los diecisiete años.

Un error dramático que se traslada incluso a una de las tangentes argumentales más llamativas del libreto, y que tiene que ver con la comprensible obsesión de Radmann por atrapar al sádico doctor Josef Mengele.

En estos asuntos, el debutante cineasta transalpino hace visible su impericia, la cual se acrecienta si se compara sobre todo con los resultados obtenidos por Franklin Schaffner, en la magnífica Los niños del Brasil (quien sí fue capaz de trasladar a la pantalla el carácter diabólico del mencionado Mengele).

Sin embargo, y pese a la aparente frialdad documental en la que parece perderse La conspiración del silencio, la cinta gana puntos desde la perspectiva de refrescar el pasado reciente; al clarificar un proceso tan poco aireado como el de los juicios germanos de los años sesenta. No todos callaron.

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Contundente y desmoralizadora película sobre los efectos de la traición. Andrey Zvyagintsev narra los estragos de la depresión de una familia, sin lugar para posturas optimistas.

Tras ganar el Globo de Oro a la Mejor Película de Habla No Inglesa y obtener la candidatura en la misma categoría para los Oscar, esta cinta rusa ha comenzado a despertar la atención del público, y eso a pesar de no pertenecer a la categoría del cine de masas.

Leviatán no es una obra fácil de consumir, incluso puede generar un cierto rechazo en los espíritus que buscan actitudes receptivas a la bondad de los individuos. Casi todo es oscuro –salvo por algunas secuencias de humor político- en el filme del responsable de El regreso, y la luz es tan gélida como la historia que esta enfoca.

Rodada en los agrestes paisajes de una zona deprimida hasta en el canto de las ballenas, la movie retrata la desastrada vida de Nikolai: tipo que se enfrenta a un desahucio. Este hombre deposita toda su confianza en Dmitriy, el amigo de la juventud llegado de Moscú con el título de abogado; el cual pretende sacar dinero al mafioso alcalde que quiere hacerse con los terrenos de su colega. Sin embargo, todo se tuerce cuando la esposa de Nikolai (Lilya) tiene una relación sexual con el letrado.

Estos ingredientes confeccionan un guion que evoluciona con ritmo aletargado y marcadamente reflexivo. Un pretexto para prolongar la acción, que le sirve a Zvyagintsev para dibujar la totalidad de las aristas que conforman el relato, con todo lujo de detalles y connotaciones.

Pero, conforme avanza la trama, lo que queda patente es que el realizador de Elena carece de las profundidades psicológicas de Krzysztof Kieslowski, o de los matices subliminales del generoso Aleksandr Sokurov. Leviatán no resiste los análisis en profundidad sobre su esqueleto dramático, y pronto evidencia sus aspectos más criticables.

Dentro de estos brochazos un tanto burdos en medio del hiperrealismo reinante, uno de los elementos que aparece peor hilado es el de la relación adúltera mantenida por Lilya y Dmitryi. Las abundantes elipsis y los mortales silencios con los que el director aborda este frío affaire favorecen a la incomprensión del mismo, ya que no se explica en ningún momento qué ha desencadenado la atracción entre la pareja.

En similar plano de artificiosa elaboración, el personaje del alcalde (el antagonista principal) parece actuar por impulsos violentos, cargados de exageración y escasamente verosímiles. Pese al oficio del genial Roman Madyanov, el papel del político corrupto se percibe -dentro de la trama- bastante diluido, y defectuoso en efectividad. Sensación que no mejora ni con su supuesta implicación en el asesinato de Lilya.

No obstante, e independientemente de estas sombras inherentes al discurso de Leviatán, Andrey Zvyagintsev demuestra un envidiable pulso para ilustrar el tema de la imposible salvación de los oprimidos. Parabienes de talento que engrandecen la decepción ante los errores del creador ruso, y que se concentran en la parte más prosaica de la historia: la que corresponde a los comportamientos humanos.

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Angelina Jolie firma una emotiva película, construida a partir de un guion escrito por Ethan y Joel Coen (quienes se han basado en la homónima novela de Laura Hillenbrand).

La figura de Louis Zamperini (Nueva York, 1917- Los Ángeles, 2014) llegó a ser una especie de Superman, para la mayoría de los estadounidenses nacidos durante la primera mitad del siglo XX. Este hombre de 1,75 de estatura no solo fue capaz de rebañar una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1936, celebrados en el Berlín de Hitler; sino que también sobrevivió a un sinfín de privaciones, tras ser capturado por las tropas japonesas en la Segunda Guerra Mundial.

Con tales argumentos, resulta más que lógico que Angelina Jolie se muestre como canibalizada por el mito de Zamperini, al que otorga la omnipresencia de los héroes sin mácula alguna. Un homo sapiens que escapa a la aparente normalidad con la que la esposa de Brad Pitt intenta explicar su ascenso a las alturas de la resistencia, y que acaba sucumbiendo ante un retrato algo vacío de contenido.

La aún poco fogueada directora narra la existencia del protagonista a base de continuos flashbacks, en los que el espectador toma constancia de la manera en que comenzó a forjarse el espíritu de este corredor de fondo, al que dota de físico el inglés Jack O’Connell (300: El origen de un imperio). Sin embargo, las pinceladas no escarban en el interior del italoamericano, y caen en los almibarados matices de los estereotipos de granito.

Por tales motivos, e independientemente del ritmo algo cansino con el que la cineasta de En tierra de sangre y miel dibuja al atleta y soldado, lo que realmente lastra la evolución del guion es la ausencia de singularidad en la construcción de los personajes.

Sin posibilidad de distinguir individualidades dentro de la galería de compañeros que sufren con Zamperini, Jolie opta por enfatizar en demasía los obstáculos que debe superar el joven Louis. Barreras cargadas de emoción que se concretan en la zona media del metraje a través de la rivalidad -casi en clave a lo Feliz Navidad Mr. Lawrence- que el neoyorquino sostiene con el encargado del penal militar (un tipo sádico y borroso, al que se conoce como El pájaro).

Muchos se acercarán a ver Invencible por los posibles vasos comunicantes (más bien estimulados por la coincidencia de la situación y el periodo histórico) con la mítica cinta El puente sobre el río Kwai; pero la obra de Angelina no goza de la facilidad con la que Lean podía excitar los sentidos. Aunque, si hubiera que buscar un par de películas con las que hermanar esta epopeya bélica basada en hechos reales, estas bien podrían ser las recientes Un largo viaje (la crónica de Jonthan Tepliptzky rodada en 2013, e interpretada por Colin Firth) y Rescate al amanecer (largo elaborado por el alemán Werner Herzog en 2006, relativo a la odisea de un piloto estadounidense, que casi pierde la vida en su obsesión por huir de un campo de prisioneros situado en una isla de Japón).

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Fiel adaptación del best seller adolescente firmado por Blue Jeans. El director gallego Carlos Sedes traslada con cuidado las tramas teen, que han animado a miles de jóvenes a adentrarse en el universo literario propuesto por el escritor sevillano.

Los problemas que vienen asociados con la edad del acné y la explosión de las hormonas han convertido al andaluz Francisco de Paula Fernández González (más conocido como Blue Jeans) en uno de los autores más leídos por los chavales que pueblan las aulas en los institutos. Un hecho generacional que el realizador de Velvet ha querido preservar en la versión cinematográfica de Buenos días, princesa; uno de los títulos más exitosos de una saga con semejante pegada multitudinaria –además de similar ADN prosístico- a la de los textos del italiano Federico Moccia.

Precisamente, esa característica de ser un producto adecuado –y casi exclusivo- para un tipo de espectador por debajo de la mayoría de edad es lo que confluye en cada uno de los fotogramas de El club de los incomprendidos. Cierto es que los traumas sufridos en la escuela secundaria suelen quedar en el subconsciente de todo bicho viviente, pero también es igualmente obvio que su visión en pantalla grande pierde enteros cuando se contempla desde la etapa adulta.

Así, el público que pertenece a la misma o a semejante franja de edad a la de los protagonistas de la historia puede verse claramente identificado con las vicisitudes de Bruno, Valeria o Rodrigo. Algo que se torna imposible si se toman como ejemplo los personajes más talluditos que aparecen en el filme, los cuales están desdibujados y borrosos, como si fueran simples figurines sin peso específico en el argumento.

En sintonía con el modelo impreso, Sedes hace de la rebeldía estudiantil una bandera que enarbola a través de estereotipos fácilmente identificables, sin necesidad de buscar reflejos más personales o profundos. De esta manera, el libreto despliega -como en procesión narrativa- papeles tan mimetizados por los colectivos educativos como el del chaval que es blanco de todas las burlas, la muchacha que se hiere a sí misma y que se arropa en una falsa apariencia de femme fatale, el boy que ha perdido a su padre demasiado pronto, la gachí que no tiene muy clara su definición sexual, la nena que anhela ser la perfección andante para todo el mundo… En definitiva, una maqueta de tipos humanos que resulta poco novedosa desde el punto de vista fílmico, aunque el tema de la distinción no sea especialmente importante para nutrir la historia de esta movie con intereses mainstream (es más, esa naturaleza centrada en lo previsible es lo que aporta las vitaminas necesarias al guion).

Sin duda, los under age se sentirán plenamente colmados con el desfile de nuevas estrellas con aspecto de teenager que copan la película, tales como Charlotte Vega (conocida por su intervención en series del tirón de El secreto de Puente Viejo), Patrick Criado (Águila roja), Álex Maruny (Luna, el misterio de Calanda) o Jorge Clemente (La pecera de Eva). Una pasarela de rostros sin arrugas ni bótox en la epidermis que cumple con el propósito planteado; y que baila al son del ritmo de una banda de relumbrón adolescente, como Auryn (el single Saturday I’m In Love es el tema central).

Elementos que imprimen un cuadro pintado convenientemente con los colores de Blue Jeans…

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Crítica de la película Musarañas

Atrayente cinta entre el misterio y el terror, que dirigen Juanfer Andrés y Esteban Roel. En ella, Macarena Gómez y Nuria de Santiago mantienen un duelo interpretativo de notable carga dramática.

Ambientada en la España de la posguerra, Musarañas narra la historia de un par de hermanas, las cuales viven en el domicilio familiar tras la muerte de la madre y la desaparición del padre. Montse (Macarena Gómez) es la mayor: una modista aquejada de una extraña agorafobia que la impide salir del piso. La mujer ha tenido que hipotecar su juventud para cuidar de su sister menor (Nadia de Santiago), una gachí con el miedo en el cuerpo de la que se desconoce el nombre (guiño mitómano y novelístico que puede remitir a Rebeca).

Mike Leigh se pone en la perspectiva de uno de los mejores paisajistas de la Historia, para mostrar los demonios interiores de un individuo visionario y superlativo.

No se debería contemplar un cuadro de Joseph Mallord William Turner con los ojos del intelectualismo y la tradición, aposentado sobre los catálogos de la docencia de escuadra y cartabón. Las obras del pintor inglés reclaman la comprensión de la naturaleza salvaje, de las acuosas marismas, de las neblinas sensibles e hirientes, y de los vendavales que enrojecen la nariz y agrietan los huesos. A este parapeto de nobles intenciones es al que se ha subido el director Mike Leigh, siempre portando el candil de su cámara para intentar dilucidar las luces y las sombras de uno de los maestros de los pinceles más opacos y escurridizos.

El responsable de Secretos y mentiras despliega su trabajo sobre la consciencia de que Turner no poseía el donaire cortesano de Velázquez, ni el tormentoso arrobamiento contra las injusticias de Goya, ni siquiera la profunda tristeza medioambiental de Van Gogh. La personalidad del autor de La batalla de Trafalgar era volcánica por ADN y por aguerrido comportamiento social, pero su fuego quedaba amortiguado frente al caballete. Realidad que marcó sus relaciones privadas de un cierto mutismo avinagrado, rugiente y nunca fácil de traducir.

El responsable de Secretos y mentiras despliega su trabajo sobre la consciencia de que Turner no poseía el donaire cortesano de Velázquez, ni el tormentoso arrobamiento contra las injusticias de Goya, ni siquiera la profunda tristeza medioambiental de Van Gogh. La personalidad del autor de La batalla de Trafalgar era volcánica por ADN y por aguerrido comportamiento social, pero su fuego quedaba amortiguado frente al caballete. Realidad que marcó sus relaciones privadas de un cierto mutismo avinagrado, rugiente y nunca fácil de traducir.

Con el fin de penetrar en esa coraza, Leigh ha confiado la labor de interpretar al orondo creador a un tipo tan pétreo como Timothy Spall. El ilustre secundario de Sweeney Todd (quien ya había colaborado con ML) es quien lleva literalmente las riendas del filme. El es la brújula que da dirección a la movie, y mantiene el control con decisión a lo largo de veinticinco años que contienen la trama.

Al lado del protagonista, el resto del elenco se deja seducir por la figurada pincelada de Spall, y comparece en escena como si fuera el modelo colectivo de un héroe vulnerable. Un señor capaz de denostar sin miramiento alguno a su esposa, a sus dos hijas y a su nieta; al tiempo que acoge en sus brazos a una viuda desconocida a la que pretende amar.

Sin embargo, la parte cotidiana del personaje es un simple esbozo de espátula en la tela del filme; mientras que en el guion sale mejor parada la dedicada al don del artista que usaba incluso su propia saliva para perfeccionar los lienzos.

El Turner de Spall tiene muchos vasos comunicantes con el Rembrandt que recreó Charles Laughton para Alexander Korda, en 1936. Ambos están poseídos por esa llama incandescente que les hace seres por encima del vulgo anónimo, pero también se presentan ante el público como hombres canibalizados por su virtuosismo visual.

Bajo esas premisas, Timothy diseña una caracterización de asombrosas connotaciones, en constante unidad con el pintor al que dota de vida. Un ejercicio de transmutación voluntaria para el que el británico obtiene la inestimable ayuda de gente como Dick Pope BSC (Director de Fotografía), Jacqueline Durran (Encargada del vestuario) y Christine Blundell (Maquillaje y peluquería).

Jesús Martín

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Revista mensual que te ofrece la información cinematográfica de una forma amena y fresca. Todos los meses incluye reportajes de los estrenos de cine, analisis de las novedades televisivas, entrevistas, pósters y fichas coleccionables tanto de cine clásico como moderno.

     

Contacto

 
91 486 20 80
Fax: 91 643 75 55
 
© NOREA Y ALOMAN EDICIONES, S.L.
c/ La Higuera, 2 - 2ºB
28922 Alcorcón (Madrid) NIF: B85355915
 
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

En caso de duda para pedidos, suscripciones, preguntas al Correo del lector o cualquier otra consulta escríbenos por WhatsApp