Jesús Martín

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Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Angelina Jolie firma una emotiva película, construida a partir de un guion escrito por Ethan y Joel Coen (quienes se han basado en la homónima novela de Laura Hillenbrand).

La figura de Louis Zamperini (Nueva York, 1917- Los Ángeles, 2014) llegó a ser una especie de Superman, para la mayoría de los estadounidenses nacidos durante la primera mitad del siglo XX. Este hombre de 1,75 de estatura no solo fue capaz de rebañar una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1936, celebrados en el Berlín de Hitler; sino que también sobrevivió a un sinfín de privaciones, tras ser capturado por las tropas japonesas en la Segunda Guerra Mundial.

Con tales argumentos, resulta más que lógico que Angelina Jolie se muestre como canibalizada por el mito de Zamperini, al que otorga la omnipresencia de los héroes sin mácula alguna. Un homo sapiens que escapa a la aparente normalidad con la que la esposa de Brad Pitt intenta explicar su ascenso a las alturas de la resistencia, y que acaba sucumbiendo ante un retrato algo vacío de contenido.

La aún poco fogueada directora narra la existencia del protagonista a base de continuos flashbacks, en los que el espectador toma constancia de la manera en que comenzó a forjarse el espíritu de este corredor de fondo, al que dota de físico el inglés Jack O’Connell (300: El origen de un imperio). Sin embargo, las pinceladas no escarban en el interior del italoamericano, y caen en los almibarados matices de los estereotipos de granito.

Por tales motivos, e independientemente del ritmo algo cansino con el que la cineasta de En tierra de sangre y miel dibuja al atleta y soldado, lo que realmente lastra la evolución del guion es la ausencia de singularidad en la construcción de los personajes.

Sin posibilidad de distinguir individualidades dentro de la galería de compañeros que sufren con Zamperini, Jolie opta por enfatizar en demasía los obstáculos que debe superar el joven Louis. Barreras cargadas de emoción que se concretan en la zona media del metraje a través de la rivalidad -casi en clave a lo Feliz Navidad Mr. Lawrence- que el neoyorquino sostiene con el encargado del penal militar (un tipo sádico y borroso, al que se conoce como El pájaro).

Muchos se acercarán a ver Invencible por los posibles vasos comunicantes (más bien estimulados por la coincidencia de la situación y el periodo histórico) con la mítica cinta El puente sobre el río Kwai; pero la obra de Angelina no goza de la facilidad con la que Lean podía excitar los sentidos. Aunque, si hubiera que buscar un par de películas con las que hermanar esta epopeya bélica basada en hechos reales, estas bien podrían ser las recientes Un largo viaje (la crónica de Jonthan Tepliptzky rodada en 2013, e interpretada por Colin Firth) y Rescate al amanecer (largo elaborado por el alemán Werner Herzog en 2006, relativo a la odisea de un piloto estadounidense, que casi pierde la vida en su obsesión por huir de un campo de prisioneros situado en una isla de Japón).

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Fiel adaptación del best seller adolescente firmado por Blue Jeans. El director gallego Carlos Sedes traslada con cuidado las tramas teen, que han animado a miles de jóvenes a adentrarse en el universo literario propuesto por el escritor sevillano.

Los problemas que vienen asociados con la edad del acné y la explosión de las hormonas han convertido al andaluz Francisco de Paula Fernández González (más conocido como Blue Jeans) en uno de los autores más leídos por los chavales que pueblan las aulas en los institutos. Un hecho generacional que el realizador de Velvet ha querido preservar en la versión cinematográfica de Buenos días, princesa; uno de los títulos más exitosos de una saga con semejante pegada multitudinaria –además de similar ADN prosístico- a la de los textos del italiano Federico Moccia.

Precisamente, esa característica de ser un producto adecuado –y casi exclusivo- para un tipo de espectador por debajo de la mayoría de edad es lo que confluye en cada uno de los fotogramas de El club de los incomprendidos. Cierto es que los traumas sufridos en la escuela secundaria suelen quedar en el subconsciente de todo bicho viviente, pero también es igualmente obvio que su visión en pantalla grande pierde enteros cuando se contempla desde la etapa adulta.

Así, el público que pertenece a la misma o a semejante franja de edad a la de los protagonistas de la historia puede verse claramente identificado con las vicisitudes de Bruno, Valeria o Rodrigo. Algo que se torna imposible si se toman como ejemplo los personajes más talluditos que aparecen en el filme, los cuales están desdibujados y borrosos, como si fueran simples figurines sin peso específico en el argumento.

En sintonía con el modelo impreso, Sedes hace de la rebeldía estudiantil una bandera que enarbola a través de estereotipos fácilmente identificables, sin necesidad de buscar reflejos más personales o profundos. De esta manera, el libreto despliega -como en procesión narrativa- papeles tan mimetizados por los colectivos educativos como el del chaval que es blanco de todas las burlas, la muchacha que se hiere a sí misma y que se arropa en una falsa apariencia de femme fatale, el boy que ha perdido a su padre demasiado pronto, la gachí que no tiene muy clara su definición sexual, la nena que anhela ser la perfección andante para todo el mundo… En definitiva, una maqueta de tipos humanos que resulta poco novedosa desde el punto de vista fílmico, aunque el tema de la distinción no sea especialmente importante para nutrir la historia de esta movie con intereses mainstream (es más, esa naturaleza centrada en lo previsible es lo que aporta las vitaminas necesarias al guion).

Sin duda, los under age se sentirán plenamente colmados con el desfile de nuevas estrellas con aspecto de teenager que copan la película, tales como Charlotte Vega (conocida por su intervención en series del tirón de El secreto de Puente Viejo), Patrick Criado (Águila roja), Álex Maruny (Luna, el misterio de Calanda) o Jorge Clemente (La pecera de Eva). Una pasarela de rostros sin arrugas ni bótox en la epidermis que cumple con el propósito planteado; y que baila al son del ritmo de una banda de relumbrón adolescente, como Auryn (el single Saturday I’m In Love es el tema central).

Elementos que imprimen un cuadro pintado convenientemente con los colores de Blue Jeans…

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Crítica de la película Musarañas

Atrayente cinta entre el misterio y el terror, que dirigen Juanfer Andrés y Esteban Roel. En ella, Macarena Gómez y Nuria de Santiago mantienen un duelo interpretativo de notable carga dramática.

Ambientada en la España de la posguerra, Musarañas narra la historia de un par de hermanas, las cuales viven en el domicilio familiar tras la muerte de la madre y la desaparición del padre. Montse (Macarena Gómez) es la mayor: una modista aquejada de una extraña agorafobia que la impide salir del piso. La mujer ha tenido que hipotecar su juventud para cuidar de su sister menor (Nadia de Santiago), una gachí con el miedo en el cuerpo de la que se desconoce el nombre (guiño mitómano y novelístico que puede remitir a Rebeca).

Mike Leigh se pone en la perspectiva de uno de los mejores paisajistas de la Historia, para mostrar los demonios interiores de un individuo visionario y superlativo.

No se debería contemplar un cuadro de Joseph Mallord William Turner con los ojos del intelectualismo y la tradición, aposentado sobre los catálogos de la docencia de escuadra y cartabón. Las obras del pintor inglés reclaman la comprensión de la naturaleza salvaje, de las acuosas marismas, de las neblinas sensibles e hirientes, y de los vendavales que enrojecen la nariz y agrietan los huesos. A este parapeto de nobles intenciones es al que se ha subido el director Mike Leigh, siempre portando el candil de su cámara para intentar dilucidar las luces y las sombras de uno de los maestros de los pinceles más opacos y escurridizos.

El responsable de Secretos y mentiras despliega su trabajo sobre la consciencia de que Turner no poseía el donaire cortesano de Velázquez, ni el tormentoso arrobamiento contra las injusticias de Goya, ni siquiera la profunda tristeza medioambiental de Van Gogh. La personalidad del autor de La batalla de Trafalgar era volcánica por ADN y por aguerrido comportamiento social, pero su fuego quedaba amortiguado frente al caballete. Realidad que marcó sus relaciones privadas de un cierto mutismo avinagrado, rugiente y nunca fácil de traducir.

El responsable de Secretos y mentiras despliega su trabajo sobre la consciencia de que Turner no poseía el donaire cortesano de Velázquez, ni el tormentoso arrobamiento contra las injusticias de Goya, ni siquiera la profunda tristeza medioambiental de Van Gogh. La personalidad del autor de La batalla de Trafalgar era volcánica por ADN y por aguerrido comportamiento social, pero su fuego quedaba amortiguado frente al caballete. Realidad que marcó sus relaciones privadas de un cierto mutismo avinagrado, rugiente y nunca fácil de traducir.

Con el fin de penetrar en esa coraza, Leigh ha confiado la labor de interpretar al orondo creador a un tipo tan pétreo como Timothy Spall. El ilustre secundario de Sweeney Todd (quien ya había colaborado con ML) es quien lleva literalmente las riendas del filme. El es la brújula que da dirección a la movie, y mantiene el control con decisión a lo largo de veinticinco años que contienen la trama.

Al lado del protagonista, el resto del elenco se deja seducir por la figurada pincelada de Spall, y comparece en escena como si fuera el modelo colectivo de un héroe vulnerable. Un señor capaz de denostar sin miramiento alguno a su esposa, a sus dos hijas y a su nieta; al tiempo que acoge en sus brazos a una viuda desconocida a la que pretende amar.

Sin embargo, la parte cotidiana del personaje es un simple esbozo de espátula en la tela del filme; mientras que en el guion sale mejor parada la dedicada al don del artista que usaba incluso su propia saliva para perfeccionar los lienzos.

El Turner de Spall tiene muchos vasos comunicantes con el Rembrandt que recreó Charles Laughton para Alexander Korda, en 1936. Ambos están poseídos por esa llama incandescente que les hace seres por encima del vulgo anónimo, pero también se presentan ante el público como hombres canibalizados por su virtuosismo visual.

Bajo esas premisas, Timothy diseña una caracterización de asombrosas connotaciones, en constante unidad con el pintor al que dota de vida. Un ejercicio de transmutación voluntaria para el que el británico obtiene la inestimable ayuda de gente como Dick Pope BSC (Director de Fotografía), Jacqueline Durran (Encargada del vestuario) y Christine Blundell (Maquillaje y peluquería).

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Javier Fesser repite experiencias profesionales, con el universo caótico e hilarante de la pareja de agentes creados por el genial Francisco Ibáñez. No obstante, el filme no logra transmitir la riqueza de matices humorísticos que concitaban las inolvidables historietas.

Hace once años, Javier Fesser dio rienda suelta a sus sueños infantiles, y puso en marcha una producción titulada La gran aventura de Mortadelo y Filemón. Con actores de carne y hueso y unos efectos fieles a los tebeos originales, el cineasta contó un argumento lleno de nostalgia desbordada, compuesto por una comicidad surrealista y explosiva. A pesar de que la identificación de los personajes de dibujos con los rostros de Benito Pocino (Mortadelo) y Pepe Viyuela (Filemón) no consiguió enraizar especialmente fuerte entre los seguidores de Ibáñez, sí que animó a muchos espectadores a visionar la traslación de los libros de FI; efecto que contribuyó al éxito comercial de la cinta.

Debido a los cuantiosos beneficios en taquilla, los responsables probaron con una secuela cinco inviernos después, bautizada Mortadelo y Filemón. Misión: Salvar la Tierra. Sin embargo, Fesser no repitió en la segunda entrega, y su puesto lo ocupó Miguel Bardem. Por su parte, Viyuela sí que regresó en la piel de Filemón, mientras que Mortadelo exhibió el físico de Edu Soto. Pero aquí sí que se notó la pérdida de feeling entre las tiras cómicas y su traducción al cine de personas reales.

Tras estas experiencias, Fesser parecía tener claro que la nueva cinta de los desastrosos agentes de la TIA debía ir por el terreno de la animación. Y así, el director apostó por un lavado de cara a base de tecnología propia del siglo XXI, capaz de recuperar el espíritu impreso en la obra de don Francisco. En este aspecto, el responsable de la eléctrica y entretenida El milagro de P. Tinto acertó de lleno, y eso se puede notar nada más sentarse en la butaca para degustar Mortaledo y Filemón contra Jimmy El Cachondo: cinta que sale beneficiada de la estética extravagante, que tantos buenos momentos ha hecho –y sigue haciendo- pasar a miles de lectores.

Javier Fesser es consciente de que su estilo se amolda a la perfección con los argumentos ideados por Ibáñez, pero su error está en estirar demasiado el molde; en quedarse en una simple concitación de sensaciones pretéritas, sin apoyarla con una aventura a la altura de unos espías tan estimables y divertidos.

Salvo algunos chistes realmente brillantes (la parodia de Mercedes Milá es de lo mejor de la película), el largometraje no consigue montar el necesario espectáculo. JF realiza piruetas circenses en una sucesión continua de ruido, chascarrillos hilarantes, golpetazos a mansalva y situaciones cómicas previsibles y descafeinadas; lo que conlleva a una sensación de cansancio acumulado.

Pese a contar con una fauna variada y colorista (Jimmy El Cachondo, El Tronchamulas, el incompetente jefe de la TIA, los gemelos siameses, el alocado Bacterio…), el filme no consigue emular el contagioso humor made in Spain de su modelo en papel.

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Amarga crónica sobre las consecuencias del terrorismo en España, que firma el veterano guionista Luis Marías. En ella, José Coronado realiza uno de los mejores trabajos de su carrera.

Pese a que los filmes relativos a la violencia de ETA en el País Vasco no son muy frecuentes en la cartelera, la casualidad ha hecho que casi coincidan en las salas Lasa y Zabala y esta cinta, más centrada en el sufrimiento de las víctimas anónimas que en los casos conocidos por los periódicos y los noticiarios. Posicionamientos distintos para una situación coincidente en cuanto a geografía humana.

Fuego no pretende en ningún caso ser un documento -más o menos fiel- de realidades concretas, sino que imagina el día a día en la existencia de un individuo incapaz de olvidar el daño que le produjo una bomba adosada a los bajos de su automóvil.

Carlos (José Coronado) es ese hombre con el ánima en llamas candentes, quien no puede seguir con su vida después de la explosión del artefacto con el que ETA asesinó a su esposa. Además, producto del mismo, su hija Alba (Aida Folch) permanece condenada a una silla de ruedas.

Por eso, el protagonista decide volver a la localidad del siniestro, para hacer lo mismo a la familia del asesino que ejecutó a su cónyuge y arruinó su presente y su futuro. El plan que concibe el ex policía es el de hacerse pasar por un escritor que necesita una traductora de euskera, todo para acercarse a la esposa del terrorista: una mujer llamada Ohiana (Leyre Berrocal) que desea abandonar el sangriento pasado junto a su hijo, un muchacho con síndrome de Down que responde al nombre de Aritz (Gorka Zufiaurne).

Marías concibe su historia con los detalles necesarios para construir una galería de personajes potentes, y con la suficiente fuerza escénica para que sean ellos los que muevan la trama. En este sentido, el papel central (el de Carlos) queda dibujado con la precisión de los retratos prolijos en rasgos definitorios; lo que ayuda a que su relación de amor fingido que experimenta con Ohiana sea percibida con interés y desasosiego por parte del espectador.

Aunque en el propósito de la veracidad carnal, el director recibe la comprensión sin límites del elenco interpretativo al completo. Todos los componentes del cuadro dramático se mueven con soltura a través del guion, siendo más que meritorias las caracterizaciones de Coronado, Leyre Berrocal, Aida Folch y Gorka Zufiaurne.

Sin embargo, la pasión con que el autor trata el trabajo de los actores hace que la historia mantenga un extraño efecto de hipertrofia evolutiva. Algo que se nota demasiado cuando llega el momento de la venganza programada: parte en la que los acontecimientos empiezan a sucederse con una cierta torpeza.

El filme funciona más con el cuerpo a cuerpo concebido a base de engaños que con el ejercicio de la violencia desbocada. La crudeza sutil de los prolegómenos queda así mucho más contundente que la fiereza literal; la cual no es especialmente creíble, pese a estar prevista desde el principio.

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Inteligente guion sobre la investigación de un periodista de raza llamado Gary Webb. La película es como un manual activo sobre los problemas de un informador para sacar adelante una historia demasiado polémica.

Ver el nombre del neoyorquino Michael Cuesta encabezando los títulos de crédito de este filme no resulta nada extraño. El director de la serie Homeland es un experto en levantar reflexiones sobre las manipulaciones de los organismos gubernamentales, y la historia de Gary Webb fue básicamente eso.

Enrolado en el poco glamuroso San José Mercury News por distintos tumbos y conflictos con jefes de redacción apoltronados en sus despachos, Webb era un trabajador incansable, con un instinto para la noticia muy por encima de sus compañeros de cabeceras de tiradas millonarias, tales como The L.A. Times o The Washington Post. Así dio con el scoop aparentemente inofensivo, y sin peso para la mayoría de sus colegas, de un narcotraficante en cuyo juicio había implicaciones sospechosas de la C.I.A.

A partir de ahí, Gary consiguió establecer una relación bastante complicada entre el tráfico de drogas en Estados Unidos y la agencia de espionaje norteamericana más importante de la nación. En concreto, sus sospechas establecían que las autoridades compraban grandes cantidades de heroína y cocaína para introducirlas en el territorio de las barras y estrellas. Operación que proveía de dinero negro para la compra de cargamentos de armas con destino a la Contra nicaragüense.

Cuesta afronta los hechos desde la perspectiva de un thriller montado como si fuera un fastuoso mecano de revelaciones sorprendentes, en el que cada pieza es esencial para componer la figura resultante. Sin obsesionarse con identificar documentalmente todos los pasos seguidos por el protagonista, la película funciona en la misma línea en la que lo hacían producciones del estilo de Todos los hombres del presidente y El informe Pelícano. Siempre avalada por una trama altamente emocional, en donde la conexión con el periodista solitario es tan sólida como una roca.

En este terreno, la adrenalítica interpretación de Jeremy Renner (quien encarna a Gary Webb) se atisba como necesaria para establecer la demandada empatía con el espectador. La estrella de El legado de Bourne diseña un personaje en continuo movimiento, espoleado por sus ansias en la búsqueda de la verdad (o lo más parecido a ella). Aunque el resto del elenco también contribuye para que la tarea del protagonista llegue a las metas planteadas. Un cuadro dramático que incluye nombres tan carismáticos como el de Paz Vega, Andy Garcia, Michael Sheen o Ray Liotta.

Sin embargo, un elemento contribuye a que los efectos de Matar al mensajero se queden por debajo de otros títulos con similar factura. Y este se centra en la imposibilidad del libreto para dotar de peso efectivo a los papeles secundarios. Dentro del organigrama proyectado por Cuesta, queda muy claro que Webb es el auténtico leitmotiv, pero no habría estado de más que prestara mayor atención a la galería de implicados; ya que esa suele ser la fórmula ideal para lograr una obra mucho más contundente y demoledora.

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Craig Johnson compone una película de sorprendente calado afectivo, en la que el trabajo de los actores está muy por encima de un relato aparentemente trivial.

Después del éxito cosechado en el pasado Festival de Cine de Sundance (donde ganó el premio al Mejor Guion), llega a las carteleras el segundo largometraje del interesante director de True Adolescents, un hombre interesado en mostrar los resortes ocultos de unos personajes normalmente aprisionados por su propia realidad.

De esa manera es como se presentan ante el público los gemelos de los esqueletos tatuados en su piel (The Skeleton Twins), un par de hermanos incomunicados durante diez años, hasta que el intento de suicidio de uno de ellos les vuelve a poner en contacto.

Así es como comienza la acción de la cinta, con Milo (Bill Harder) intentando morir en su bañera por un desengaño amoroso. Sin parientes más próximos que su gemela (Maggie, a la que pone físico la estimulante Kristen Wiig), los responsables médicos se ponen al habla con ella; motivo por lo que esta viaja desde su casa para rescatar a su familiar.

Ante la situación que encuentra Maggie en Los Ángeles, la mujer toma la decisión de alojar por un tiempo a Milo en su casa de Nueva York (la cual comparte con su esposo Lance). Y allí, en la ciudad donde crecieron los twins, estos empezarán a ver cómo surgen los asuntos del pasado que creían perdidos en los abismos de los secretos nunca confesos.

Una estructura simple y atrayente le sirve a Craig Johnson para elaborar un trabajo cargado de diálogos chispeantes, en los que se crecen -como alumnos aventajados del Actor’s Studio- Kristen Wiig y Bill Hader. Parece que el libreto está concebido para ellos dos, para que ambos luzcan sus obvias virtudes profesionales ante una cámara de cine. Y, precisamente, es por la labor de la pareja protagonista por la que engancha esta crónica negra sobre las infancias extrañas y disfuncionales.

Siempre parapetado tras la comprensión (Johnson en ningún momento juzga moralmente a sus personajes), el realizador construye un tragicomedia a base de situaciones pintorescas, como sacadas del diario de cualquier adulto con la rebeldía de los outsiders por bandera. Escenas que le sirven a CJ para narrar un relato repleto de puntos oscuros, a los que el espectador accede de manera gradual.

El cineasta echa mano del universal tema de los pretéritos enquistados en la existencia de los individuos, y lo exprime convenientemente mediante secuencias tan efectivas como la del karaoke del Nothing Gonna Stop Us Now, de la Jefferson Starship; o la del chute con oxigeno que se marcan Milo y Maggie en la clínica dental. Sin embargo, esa sensación de laisser faire vital, con la que el autor de True Adolescents embadurna la movie, llega a exasperar conforme evoluciona el largometraje.

Johnson acierta con el tono argumental, pero no redondea los resultados al olvidar establecer los debidos puntos de fuga: esenciales en toda creación con ganas de reflejar las tensiones existenciales de seres al borde del suicidio, programados desde el cansancio que provoca la rutina.

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Paul Haggis firma una confusa y algo extenuante película, donde el tema central es el de las relaciones personales. Tres relatos aparentemente inconexos conforman esta obra, en la que el elenco interpretativo y los distintos paisajes son los elementos más llamativos.

Un tono casi litúrgico preside el esperado largometraje del director de Crash, como si fuera un frondoso tapiz de insinuaciones varias. Tela de colores sombríos que comienza con Michael (Liam Neeson), un escritor que está encerrado en un hotel de París para recobrar la inspiración. En esa torre de marfil pronto aparece una joven periodista, que se presenta como su amante y protegida (papel que encarna Olivia Wilde).

A estas pinceladas bastante oscuras y misteriosas les siguen dos narraciones más. La primera sigue los pasos de un comprador poco legal de modelos de ropa (Adrien Brody), quien se queda prendado de una mujer rumana a la que conoce en un bar de Roma (Moran Atias), la cual a su vez intenta recuperar a su hija (secuestrada por una banda de tráfico de personas). Mientras que la segunda pone en jaque a una joven madre (Mila Kunis), que se enfrenta a un juicio por la custodia de su vástago después de un terrible accidente.

A través de estas líneas imprecisas, Haggis muestra sus cartas, pero lo hace con el misterio por bandera, sin mostrar demasiado sus intenciones ni propósitos. De esta manera, el espectador va descubriendo que el escritor ha perdido a su hijo, que el ladrón de vestidos y trajes exclusivos también se ha visto privado de su pequeño tras ahogarse en una piscina, y que la mamá que anhela poder quedarse con su querubín estuvo a punto de atentar contra la vida del niño.

Con tales pistas, el público puede concretar que el denominador común es la muerte de algún descendiente importante para los protagonistas. Pero en este punto, el veterano director y guionista saca de la manga un comodín, y comienza a preguntarse: ¿de quién se trata?

A partir de ese instante, el filme entra en una estética cercana a la pesadilla, con escenas de carga onírica a lo anuncio televisivo y revelaciones supuestamente sorpresivas. Recursos que quedan dan pie a la superposición de los escenarios. De repente, los que estaban en Nueva York aparecen en París, y los que estaban en la urbe del Sena pasean por Roma.

Llegados a esta parte de la evolución dramática, el novelista empieza a definirse como la figura unamuniana que da sentido al guion. Un hecho que sentencia el origen de otra tesis argumental, relativa a si lo que expuesto hasta el momento es realidad o fruto de la mente del literato. Al final, tantos giros y descubrimientos consiguen generar una lamentable y gradual pérdida de interés, el cual se mantiene solo gracias al solvente trabajo de los actores. Con especial mención para el casi siempre efectivo Liam Neeson, la carnal Mila Kunis, la emergente Moran Atias, las recuperadas Maria Bello y Kim Basinger y la electrizante Olivia Wilde (quizás, lo mejor de la cinta).

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Johnny Depp vuelve a coger la metralleta en un filme de gánsteres que dirige Scott Cooper.

El crimen organizado en el sur de Boston durante los años setenta tuvo en la figura de Whitey Bulger a su máximo representante. El hermano del entonces Presidente del Senado de Massachusetts (Bill Bulger) era el enemigo público número uno de las fuerzas del orden, hasta que en 1975 pasó a formar parte de plana mayor de informadores infiltrados del FBI. No obstante, la larga lista de delitos cometidos por el autoproclamado Robin Hood de la zona no pudo borrarse de un plumazo, pese a los servicios prestados por el maleante para encarcelar a un peligroso clan mafioso de ascendencia italiana.

Ahora, James Joseph “Whitey” Bulger cumple una condena de dos cadenas perpetuas en el penal de máxima seguridad de Tucson, Arizona. Sentencia que bien podría quedar conmutada por la avanzada edad del reo (nació en 1929). En caso de que así fuera, es posible que el otrora delincuente sea capaz de acercarse a un cine para disfrutar con una película sobre su vida, filme que anda en la fase de rodaje en estos momentos, y que porta el título de “Black Mass”.

El homónimo libro publicado por los periodistas Dick Lehr y Gerarld O’Neill ha servido de base al guion elaborado por el director Scott Cooper, para crear una historia con ribetes de cuento épico, donde los tonos grises del comportamiento humano gozan de un protagonismo escénico de primera línea.

JOHNNY DEPP, DE ROBO EN ROBO EN NUEVA INGLATERRA

Ambientada en los locos años de los pantalones campana y las patillas a lo bandolero penitente, la movie del responsable de “Corazón rebelde” centra su trama en la relación mantenida entre dos antiguos amigos: uno de ellos desde el lado de la criminalidad (Whitey), y el otro como representante impoluto del FBI (John Connolly). La pareja no vive momentos coincidentes en sus respectivas carreras: mientras Bulger no tiene más opción que la de convertirse en un topo dentro de una familia de capos, Connolly acredita un alza sorprendente en el departamento, al que ha destinado sus esfuerzos por arrasar la corrupción del lugar donde se crió. Una cruzada en la que los otrora colegas unen sus sendas existenciales, y en la que se verá implicado el senador estrella de Massachusetts (Bill Bulger).

Johnny Depp, caracterizado con determinación como Whitey (un tipo envejecido con calvicie más que visible y problemas de tripa cervecera), encabeza el reparto de esta intensa producción, la cual goza de un cuadro artístico más que notable. Equipo en el que sobresalen las actuaciones de Benedict Cumberbatch (Bill Bulger); Juno Temple (Deborah Hussey); Dakota Johnson (Lindsay Cyr), Kevin Bacon (Charles McGuire), Sienna Miller (Catherine Greig); y Joel Edgerton (John Connolly), entre otros.

Un plantel de rostros famosos que someten su glamur a las exigencias de un relato donde la bondad tiene el efecto deformante de las exigencias vitales, y en el que el maniqueísmo estructural del comportamiento se deforma ante las variantes carentes de nitideces diamantinas.

Depp regresa de esta manera al mundo del hampa, que tan excelentes resultados taquilleros le dio con “Enemigos públicos”; y de paso refresca uno de los personajes más relevantes de la crónica negra estadounidense de los últimos tiempos. Un individuo cuya existencia bien puede resumirse a base de titulares, e investigaciones periodísticas aún con aroma a máquina impresora.

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