Jesús Martín

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Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Javier Fesser repite experiencias profesionales, con el universo caótico e hilarante de la pareja de agentes creados por el genial Francisco Ibáñez. No obstante, el filme no logra transmitir la riqueza de matices humorísticos que concitaban las inolvidables historietas.

Hace once años, Javier Fesser dio rienda suelta a sus sueños infantiles, y puso en marcha una producción titulada La gran aventura de Mortadelo y Filemón. Con actores de carne y hueso y unos efectos fieles a los tebeos originales, el cineasta contó un argumento lleno de nostalgia desbordada, compuesto por una comicidad surrealista y explosiva. A pesar de que la identificación de los personajes de dibujos con los rostros de Benito Pocino (Mortadelo) y Pepe Viyuela (Filemón) no consiguió enraizar especialmente fuerte entre los seguidores de Ibáñez, sí que animó a muchos espectadores a visionar la traslación de los libros de FI; efecto que contribuyó al éxito comercial de la cinta.

Debido a los cuantiosos beneficios en taquilla, los responsables probaron con una secuela cinco inviernos después, bautizada Mortadelo y Filemón. Misión: Salvar la Tierra. Sin embargo, Fesser no repitió en la segunda entrega, y su puesto lo ocupó Miguel Bardem. Por su parte, Viyuela sí que regresó en la piel de Filemón, mientras que Mortadelo exhibió el físico de Edu Soto. Pero aquí sí que se notó la pérdida de feeling entre las tiras cómicas y su traducción al cine de personas reales.

Tras estas experiencias, Fesser parecía tener claro que la nueva cinta de los desastrosos agentes de la TIA debía ir por el terreno de la animación. Y así, el director apostó por un lavado de cara a base de tecnología propia del siglo XXI, capaz de recuperar el espíritu impreso en la obra de don Francisco. En este aspecto, el responsable de la eléctrica y entretenida El milagro de P. Tinto acertó de lleno, y eso se puede notar nada más sentarse en la butaca para degustar Mortaledo y Filemón contra Jimmy El Cachondo: cinta que sale beneficiada de la estética extravagante, que tantos buenos momentos ha hecho –y sigue haciendo- pasar a miles de lectores.

Javier Fesser es consciente de que su estilo se amolda a la perfección con los argumentos ideados por Ibáñez, pero su error está en estirar demasiado el molde; en quedarse en una simple concitación de sensaciones pretéritas, sin apoyarla con una aventura a la altura de unos espías tan estimables y divertidos.

Salvo algunos chistes realmente brillantes (la parodia de Mercedes Milá es de lo mejor de la película), el largometraje no consigue montar el necesario espectáculo. JF realiza piruetas circenses en una sucesión continua de ruido, chascarrillos hilarantes, golpetazos a mansalva y situaciones cómicas previsibles y descafeinadas; lo que conlleva a una sensación de cansancio acumulado.

Pese a contar con una fauna variada y colorista (Jimmy El Cachondo, El Tronchamulas, el incompetente jefe de la TIA, los gemelos siameses, el alocado Bacterio…), el filme no consigue emular el contagioso humor made in Spain de su modelo en papel.

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Amarga crónica sobre las consecuencias del terrorismo en España, que firma el veterano guionista Luis Marías. En ella, José Coronado realiza uno de los mejores trabajos de su carrera.

Pese a que los filmes relativos a la violencia de ETA en el País Vasco no son muy frecuentes en la cartelera, la casualidad ha hecho que casi coincidan en las salas Lasa y Zabala y esta cinta, más centrada en el sufrimiento de las víctimas anónimas que en los casos conocidos por los periódicos y los noticiarios. Posicionamientos distintos para una situación coincidente en cuanto a geografía humana.

Fuego no pretende en ningún caso ser un documento -más o menos fiel- de realidades concretas, sino que imagina el día a día en la existencia de un individuo incapaz de olvidar el daño que le produjo una bomba adosada a los bajos de su automóvil.

Carlos (José Coronado) es ese hombre con el ánima en llamas candentes, quien no puede seguir con su vida después de la explosión del artefacto con el que ETA asesinó a su esposa. Además, producto del mismo, su hija Alba (Aida Folch) permanece condenada a una silla de ruedas.

Por eso, el protagonista decide volver a la localidad del siniestro, para hacer lo mismo a la familia del asesino que ejecutó a su cónyuge y arruinó su presente y su futuro. El plan que concibe el ex policía es el de hacerse pasar por un escritor que necesita una traductora de euskera, todo para acercarse a la esposa del terrorista: una mujer llamada Ohiana (Leyre Berrocal) que desea abandonar el sangriento pasado junto a su hijo, un muchacho con síndrome de Down que responde al nombre de Aritz (Gorka Zufiaurne).

Marías concibe su historia con los detalles necesarios para construir una galería de personajes potentes, y con la suficiente fuerza escénica para que sean ellos los que muevan la trama. En este sentido, el papel central (el de Carlos) queda dibujado con la precisión de los retratos prolijos en rasgos definitorios; lo que ayuda a que su relación de amor fingido que experimenta con Ohiana sea percibida con interés y desasosiego por parte del espectador.

Aunque en el propósito de la veracidad carnal, el director recibe la comprensión sin límites del elenco interpretativo al completo. Todos los componentes del cuadro dramático se mueven con soltura a través del guion, siendo más que meritorias las caracterizaciones de Coronado, Leyre Berrocal, Aida Folch y Gorka Zufiaurne.

Sin embargo, la pasión con que el autor trata el trabajo de los actores hace que la historia mantenga un extraño efecto de hipertrofia evolutiva. Algo que se nota demasiado cuando llega el momento de la venganza programada: parte en la que los acontecimientos empiezan a sucederse con una cierta torpeza.

El filme funciona más con el cuerpo a cuerpo concebido a base de engaños que con el ejercicio de la violencia desbocada. La crudeza sutil de los prolegómenos queda así mucho más contundente que la fiereza literal; la cual no es especialmente creíble, pese a estar prevista desde el principio.

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Inteligente guion sobre la investigación de un periodista de raza llamado Gary Webb. La película es como un manual activo sobre los problemas de un informador para sacar adelante una historia demasiado polémica.

Ver el nombre del neoyorquino Michael Cuesta encabezando los títulos de crédito de este filme no resulta nada extraño. El director de la serie Homeland es un experto en levantar reflexiones sobre las manipulaciones de los organismos gubernamentales, y la historia de Gary Webb fue básicamente eso.

Enrolado en el poco glamuroso San José Mercury News por distintos tumbos y conflictos con jefes de redacción apoltronados en sus despachos, Webb era un trabajador incansable, con un instinto para la noticia muy por encima de sus compañeros de cabeceras de tiradas millonarias, tales como The L.A. Times o The Washington Post. Así dio con el scoop aparentemente inofensivo, y sin peso para la mayoría de sus colegas, de un narcotraficante en cuyo juicio había implicaciones sospechosas de la C.I.A.

A partir de ahí, Gary consiguió establecer una relación bastante complicada entre el tráfico de drogas en Estados Unidos y la agencia de espionaje norteamericana más importante de la nación. En concreto, sus sospechas establecían que las autoridades compraban grandes cantidades de heroína y cocaína para introducirlas en el territorio de las barras y estrellas. Operación que proveía de dinero negro para la compra de cargamentos de armas con destino a la Contra nicaragüense.

Cuesta afronta los hechos desde la perspectiva de un thriller montado como si fuera un fastuoso mecano de revelaciones sorprendentes, en el que cada pieza es esencial para componer la figura resultante. Sin obsesionarse con identificar documentalmente todos los pasos seguidos por el protagonista, la película funciona en la misma línea en la que lo hacían producciones del estilo de Todos los hombres del presidente y El informe Pelícano. Siempre avalada por una trama altamente emocional, en donde la conexión con el periodista solitario es tan sólida como una roca.

En este terreno, la adrenalítica interpretación de Jeremy Renner (quien encarna a Gary Webb) se atisba como necesaria para establecer la demandada empatía con el espectador. La estrella de El legado de Bourne diseña un personaje en continuo movimiento, espoleado por sus ansias en la búsqueda de la verdad (o lo más parecido a ella). Aunque el resto del elenco también contribuye para que la tarea del protagonista llegue a las metas planteadas. Un cuadro dramático que incluye nombres tan carismáticos como el de Paz Vega, Andy Garcia, Michael Sheen o Ray Liotta.

Sin embargo, un elemento contribuye a que los efectos de Matar al mensajero se queden por debajo de otros títulos con similar factura. Y este se centra en la imposibilidad del libreto para dotar de peso efectivo a los papeles secundarios. Dentro del organigrama proyectado por Cuesta, queda muy claro que Webb es el auténtico leitmotiv, pero no habría estado de más que prestara mayor atención a la galería de implicados; ya que esa suele ser la fórmula ideal para lograr una obra mucho más contundente y demoledora.

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Craig Johnson compone una película de sorprendente calado afectivo, en la que el trabajo de los actores está muy por encima de un relato aparentemente trivial.

Después del éxito cosechado en el pasado Festival de Cine de Sundance (donde ganó el premio al Mejor Guion), llega a las carteleras el segundo largometraje del interesante director de True Adolescents, un hombre interesado en mostrar los resortes ocultos de unos personajes normalmente aprisionados por su propia realidad.

De esa manera es como se presentan ante el público los gemelos de los esqueletos tatuados en su piel (The Skeleton Twins), un par de hermanos incomunicados durante diez años, hasta que el intento de suicidio de uno de ellos les vuelve a poner en contacto.

Así es como comienza la acción de la cinta, con Milo (Bill Harder) intentando morir en su bañera por un desengaño amoroso. Sin parientes más próximos que su gemela (Maggie, a la que pone físico la estimulante Kristen Wiig), los responsables médicos se ponen al habla con ella; motivo por lo que esta viaja desde su casa para rescatar a su familiar.

Ante la situación que encuentra Maggie en Los Ángeles, la mujer toma la decisión de alojar por un tiempo a Milo en su casa de Nueva York (la cual comparte con su esposo Lance). Y allí, en la ciudad donde crecieron los twins, estos empezarán a ver cómo surgen los asuntos del pasado que creían perdidos en los abismos de los secretos nunca confesos.

Una estructura simple y atrayente le sirve a Craig Johnson para elaborar un trabajo cargado de diálogos chispeantes, en los que se crecen -como alumnos aventajados del Actor’s Studio- Kristen Wiig y Bill Hader. Parece que el libreto está concebido para ellos dos, para que ambos luzcan sus obvias virtudes profesionales ante una cámara de cine. Y, precisamente, es por la labor de la pareja protagonista por la que engancha esta crónica negra sobre las infancias extrañas y disfuncionales.

Siempre parapetado tras la comprensión (Johnson en ningún momento juzga moralmente a sus personajes), el realizador construye un tragicomedia a base de situaciones pintorescas, como sacadas del diario de cualquier adulto con la rebeldía de los outsiders por bandera. Escenas que le sirven a CJ para narrar un relato repleto de puntos oscuros, a los que el espectador accede de manera gradual.

El cineasta echa mano del universal tema de los pretéritos enquistados en la existencia de los individuos, y lo exprime convenientemente mediante secuencias tan efectivas como la del karaoke del Nothing Gonna Stop Us Now, de la Jefferson Starship; o la del chute con oxigeno que se marcan Milo y Maggie en la clínica dental. Sin embargo, esa sensación de laisser faire vital, con la que el autor de True Adolescents embadurna la movie, llega a exasperar conforme evoluciona el largometraje.

Johnson acierta con el tono argumental, pero no redondea los resultados al olvidar establecer los debidos puntos de fuga: esenciales en toda creación con ganas de reflejar las tensiones existenciales de seres al borde del suicidio, programados desde el cansancio que provoca la rutina.

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Paul Haggis firma una confusa y algo extenuante película, donde el tema central es el de las relaciones personales. Tres relatos aparentemente inconexos conforman esta obra, en la que el elenco interpretativo y los distintos paisajes son los elementos más llamativos.

Un tono casi litúrgico preside el esperado largometraje del director de Crash, como si fuera un frondoso tapiz de insinuaciones varias. Tela de colores sombríos que comienza con Michael (Liam Neeson), un escritor que está encerrado en un hotel de París para recobrar la inspiración. En esa torre de marfil pronto aparece una joven periodista, que se presenta como su amante y protegida (papel que encarna Olivia Wilde).

A estas pinceladas bastante oscuras y misteriosas les siguen dos narraciones más. La primera sigue los pasos de un comprador poco legal de modelos de ropa (Adrien Brody), quien se queda prendado de una mujer rumana a la que conoce en un bar de Roma (Moran Atias), la cual a su vez intenta recuperar a su hija (secuestrada por una banda de tráfico de personas). Mientras que la segunda pone en jaque a una joven madre (Mila Kunis), que se enfrenta a un juicio por la custodia de su vástago después de un terrible accidente.

A través de estas líneas imprecisas, Haggis muestra sus cartas, pero lo hace con el misterio por bandera, sin mostrar demasiado sus intenciones ni propósitos. De esta manera, el espectador va descubriendo que el escritor ha perdido a su hijo, que el ladrón de vestidos y trajes exclusivos también se ha visto privado de su pequeño tras ahogarse en una piscina, y que la mamá que anhela poder quedarse con su querubín estuvo a punto de atentar contra la vida del niño.

Con tales pistas, el público puede concretar que el denominador común es la muerte de algún descendiente importante para los protagonistas. Pero en este punto, el veterano director y guionista saca de la manga un comodín, y comienza a preguntarse: ¿de quién se trata?

A partir de ese instante, el filme entra en una estética cercana a la pesadilla, con escenas de carga onírica a lo anuncio televisivo y revelaciones supuestamente sorpresivas. Recursos que quedan dan pie a la superposición de los escenarios. De repente, los que estaban en Nueva York aparecen en París, y los que estaban en la urbe del Sena pasean por Roma.

Llegados a esta parte de la evolución dramática, el novelista empieza a definirse como la figura unamuniana que da sentido al guion. Un hecho que sentencia el origen de otra tesis argumental, relativa a si lo que expuesto hasta el momento es realidad o fruto de la mente del literato. Al final, tantos giros y descubrimientos consiguen generar una lamentable y gradual pérdida de interés, el cual se mantiene solo gracias al solvente trabajo de los actores. Con especial mención para el casi siempre efectivo Liam Neeson, la carnal Mila Kunis, la emergente Moran Atias, las recuperadas Maria Bello y Kim Basinger y la electrizante Olivia Wilde (quizás, lo mejor de la cinta).

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Johnny Depp vuelve a coger la metralleta en un filme de gánsteres que dirige Scott Cooper.

El crimen organizado en el sur de Boston durante los años setenta tuvo en la figura de Whitey Bulger a su máximo representante. El hermano del entonces Presidente del Senado de Massachusetts (Bill Bulger) era el enemigo público número uno de las fuerzas del orden, hasta que en 1975 pasó a formar parte de plana mayor de informadores infiltrados del FBI. No obstante, la larga lista de delitos cometidos por el autoproclamado Robin Hood de la zona no pudo borrarse de un plumazo, pese a los servicios prestados por el maleante para encarcelar a un peligroso clan mafioso de ascendencia italiana.

Ahora, James Joseph “Whitey” Bulger cumple una condena de dos cadenas perpetuas en el penal de máxima seguridad de Tucson, Arizona. Sentencia que bien podría quedar conmutada por la avanzada edad del reo (nació en 1929). En caso de que así fuera, es posible que el otrora delincuente sea capaz de acercarse a un cine para disfrutar con una película sobre su vida, filme que anda en la fase de rodaje en estos momentos, y que porta el título de “Black Mass”.

El homónimo libro publicado por los periodistas Dick Lehr y Gerarld O’Neill ha servido de base al guion elaborado por el director Scott Cooper, para crear una historia con ribetes de cuento épico, donde los tonos grises del comportamiento humano gozan de un protagonismo escénico de primera línea.

JOHNNY DEPP, DE ROBO EN ROBO EN NUEVA INGLATERRA

Ambientada en los locos años de los pantalones campana y las patillas a lo bandolero penitente, la movie del responsable de “Corazón rebelde” centra su trama en la relación mantenida entre dos antiguos amigos: uno de ellos desde el lado de la criminalidad (Whitey), y el otro como representante impoluto del FBI (John Connolly). La pareja no vive momentos coincidentes en sus respectivas carreras: mientras Bulger no tiene más opción que la de convertirse en un topo dentro de una familia de capos, Connolly acredita un alza sorprendente en el departamento, al que ha destinado sus esfuerzos por arrasar la corrupción del lugar donde se crió. Una cruzada en la que los otrora colegas unen sus sendas existenciales, y en la que se verá implicado el senador estrella de Massachusetts (Bill Bulger).

Johnny Depp, caracterizado con determinación como Whitey (un tipo envejecido con calvicie más que visible y problemas de tripa cervecera), encabeza el reparto de esta intensa producción, la cual goza de un cuadro artístico más que notable. Equipo en el que sobresalen las actuaciones de Benedict Cumberbatch (Bill Bulger); Juno Temple (Deborah Hussey); Dakota Johnson (Lindsay Cyr), Kevin Bacon (Charles McGuire), Sienna Miller (Catherine Greig); y Joel Edgerton (John Connolly), entre otros.

Un plantel de rostros famosos que someten su glamur a las exigencias de un relato donde la bondad tiene el efecto deformante de las exigencias vitales, y en el que el maniqueísmo estructural del comportamiento se deforma ante las variantes carentes de nitideces diamantinas.

Depp regresa de esta manera al mundo del hampa, que tan excelentes resultados taquilleros le dio con “Enemigos públicos”; y de paso refresca uno de los personajes más relevantes de la crónica negra estadounidense de los últimos tiempos. Un individuo cuya existencia bien puede resumirse a base de titulares, e investigaciones periodísticas aún con aroma a máquina impresora.

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Junto a Penélope Cruz, Javier Bardem, Paz Vega, Daniel Brühl, Elena Anaya, Antonio Banderas y Eduardo Noriega; Jordi Mollà es uno de los intérpretes españoles más consolidados en la industria hollywoodiense. Dos policías rebeldes, Blow, El Álamo, Elizabeth, Colombiana, Riddck… Largos como estos han contribuido para que el actor catalán se haya ganado un hueco en el difícil mundillo de la Meca del Cine, donde ha tenido la oportunidad de trabajar bajo las directrices de algunos de los creadores audiovisuales más reputados a nivel internacional.

Quizá, ese interés por nutrirse de la sabiduría de expertos cineastas sea el principal motivo (aparte de la ocasión para colaborar en una producción de características más que notables) por el que Jordi ha firmado su participación en In The Heart Of The Sea: obra en la que la batuta rectora la porta el fogueado Ron Howard. En la piel de un capitán español del siglo XIX, el protagonista de Los años bárbaros se encuentra en estos momentos en pleno rodaje de esta cinta montada por el responsable de Una mente maravillosa. Una movie cuya acción se retrotrae a noviembre de 1820, cuando un barco procedente de Nantucket (enclave situado cerca de Cape Code, en la zona costera de Massachusetts, en USA) partió rumbo al Océano Pacífico, con el fin de capturar un cargamento ballenero digno de cuantiosos beneficios.

Basado en hechos reales, el guion sigue la homónima novela escrita por Nathaniel Philbrick. Un intenso argumento que cuenta la tragedia ocurrida en el Essex: famosa embarcación hundida por la embestida de un cachalote con malas pulgas (probablemente, debido a la falta de conciencia ecológica de los marineros). Tras el naufragio, los veinte tripulantes tuvieron que sobrevivir subidos en tres pequeños botes. Y así, perdidos en mar abierto (sin agua ni comida), estos hombres se tiraron noventa días (fueron rescatados en febrero de 1821), periodo durante el que afloraron sus instintos más primitivos y salvajes.

Al lado de la colaboración de Mollà -y encabezando el reparto-, el australiano Chris Hemsworth (quien repite con Howard, tras su actuación en Rush) es el encargado de interpretar el rol del primero de a bordo: el marinero Owen Chase (precisamente, sus anotaciones sirvieron para dejar constancia del desastre). Mientras que el resto de los tripulantes contiene nombres tan famosos como los de Cilian Murphy (Matthew Joy) y Brendan Gleeson (El viejo Thomas Nickerson, narrador de los hechos). Por su parte, Ben Whishaw da vida al escritor Herman Melville (el cual se inspiró en el drama del Essex para concebir Moby Dick).

Pero la carrera más internacional de Jordi Mollà no sólo goza de actualidad por la vía de la grabación con Ron Howard; ya que el alter ego de Gil de Biedma en El cónsul de Sodoma también tiene en cartera un grupo de títulos donde el carácter extranjero campa a sus anchas. En primer lugar, está la alocada comedia I Brake For Gringos, que dirige el mexicano Fernando Lebrija; y en la que el barcelonés comparte pantalla con Teri Hatcher (Esposas desesperadas). Producción multiétnica a la que se suman Thursday (realizada por el húngaro Balazs Juszt) y Georgraphy Of The Heart (un atractivo proyecto de urbanidad coral surgido del cerebro de Alexandra Billington, y en el que JM aparece dentro del segmento dedicado a Nueva York, capítulo grabado por la china Rain Li y en el que tiene un papel la igualmente española Elena Anaya).

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Un árbol engalanado con bombillas de bajo consumo; mientras, frente a él, un grupo de conocidos singers encara un tema de Elvis Presley en versión de villancico extraterrestre, borrachos de polvorones y turrón… Tal sintonía se ha convertido en este 2013 en la fanfarria oficial para animar a la gente a recibir el 25 de diciembre con la pandereta y la zambomba; aunque, también puede causar el efecto contrario: que los espectadores salgan corriendo en busca de sensaciones un poco más estimulantes. No obstante, ¿es posible localizar esos vehículos de evasión a través de obras en formato de celuloide?

Hay muchos que aún guardan recuerdos entrañables al calor de Edmund Gwenn como el Santa Claus de De ilusión también se vive (George Seaton, 1947) y de Henry “Clarence” Travers en ¡Qué bello es vivir!; pero el séptimo arte igualmente ha colmado las ansias de los que disfrutaban viendo el lado más deleznable de Mr. Scrooge o la sangre borboteante al ritmo de la pluma de Agatha Christie, aparecida en las adaptaciones de Navidades trágicas. Para todos esos, que se lo pasaron en grande con Pesadilla antes de Navidad (Henry Selick, 1993), aquí va una selección de cinco largos que muestran la cara más oscura de la fecha en la que el orondo hombre llamado Noel reparte regalos a grandes y pequeños (siempre y cuando aún conserve la tarjeta de crédito en esta convulsa época de depresiones económicas).

Bad Santa (Terry Zwigoff, 2003)
El responsable de Ghost World dio todo un repaso al personaje del trineo, de los renos y la barba blanca. Mucho más destroyer que la visión de David el Gnomo enseñando el trasero a los niños (aún existen adultos que tienen pesadillas con el mencionado dibujo animado), Billy Bob Thornton dejó claro que no siempre es adecuado que los papás dejen a sus churumbeles sobre las rodillas de un Claus disfrazado.

Noche de paz, noche de muerte (Charles E. Sellier Jr., 1984)
También conocida como Killer Santa, esta película surgió para ser una competidora navideña de las sagas de Michael Myers (La noche de Halloween) y Jason Voorhees (Viernes 13). Pero la cosa no pasó de un título. Al parecer, la trama de un crío que ve cómo el antecesor en el calendario de los Reyes Magos se cargaba a toda su familia sin el menor miramiento, y que le persigue hasta que cumple los dieciocho años, no fue muy del gusto de audiencia. Incluso hubo países que prohibieron su exhibición en salas.

La jungla 2: Alerta roja (Renny Harlin, 1990)
Después de salvar a su parienta en el edificio Nakatomi, el detective John McClane y su currada camiseta pensaban que iban a tener una Navidad tranquila; sin embargo, el secuestro de un avión en el aeropuerto de Washington vuelve a poner en marcha a este policía neoyorquino. Bruce Willis no se relajaba ni para saborear el pavo y el champán.

Operación Reno (John Frankenheimer, 2000)
Mucho antes de ganar el Oscar como Mejor Película por Argo, Ben Affleck tuvo que lucir la barba blanca y el disfraz rojo tomate de Papá Noel en este thriller con trazas de atraco del siglo. A su lado, Charlize Theron y Gary Sinise se lo pusieron muy difícil al protagonista de Daredevil para que éste celebrara en paz el nacimiento de Cristo.

¡Socorro! Ya es Navidad (Jeremiah S. Chechik, 1989)
Y, para acabar con este repaso anti anuncio de villancico, bueno es echar el telón con una de esas comedias gamberras que tan bien se le daban al genial John Hughes. El responsable de la saga de The Breakfast Club, era el autor del libreto de esta cinta; en la que una familia de las de camisa de fuerza hacía lo posible para cargarse la cena del 25 de diciembre organizada por el resto de sus parientes. Muy divertida.

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Empeñado en quitarse la etiqueta de Harry Potter, el veinteañero de la otrora cicatriz en la frente ha sometido su talento interpretativo al terror gótico (La mujer de negro), los dramas existencialistas sobre huérfanos rebeldes (December Boys) y las biografías de literatos tocados con la varita de la tragedia (Kill Your Darlings). Aunque, entre tanta variedad no había una comedia que llevarse al paladar. Algo que Daniel Radcliffe ha solucionado, tras encabezar el reparto de The F Word: crónica sentimental en clave contemporánea, que muestra una imagen más desenfadada de la estrella isleña.

Rodada en Canadá, la película sigue los vértices argumentales de la obra teatral elaborada por T. J. Dawe y Mike Rinaldi, cuyo título original es el de Toothpaste and Cigars. Y lo que narra es un enamoramiento de los de balada ochentera, de esas en las que las relaciones platónicas toman el protagonismo más absoluto.

En concreto, el guion (que firma Elan Mastai, The Samaritan) dibuja los vaivenes de un par de corazones, que encajan a la perfección nada más hallarse en medio de una fiesta. Órganos sensibles que responden a las identidades de Wallace (Daniel Radcliffe) y de Chantry (papel que encarna la norteamericana Zoe Kaza, conocida en estos lares por su colaboración en filmes del pelaje de Revolutionary Road y No es tan fácil). Él es un muchacho ingenuo y cargado de timidez, mientras que ella se define como un espíritu libre (una muchacha imposible de permanecer atada a las piedras emocionales).

La pareja no presenta conexiones evidentes; pero, cuando ambos coinciden en una lectura de poesía, no pueden evitar hacerse tilín. Al principio, todo comienza como una simple amistad. Los chicos hablan de cualquier tema que se les ocurre: de las películas preferidas, de los regalos horribles e inservibles que han recibido en las fiestas navideñas, de las canciones y los libros que han marcado su camino… Tiempo de relax que sirve para que los dos noten cómo crece la semilla de los gustos compartidos.

Sin embargo, ¿es aconsejable arruinar la amistad por ir más allá a nivel afectivo? Esto es lo que se plantea Wallace conforme progresa la acción, quien observa la intensa dependencia que experimenta hacia su girlfriend secreta. No obstante, un elemento con el que el héroe no contaba hace acto de presencia en la historia. Este invitado -no de piedra, precisamente- es Paul: el novio de Chantry.

Y, por si la revelación no fuera suficiente para tambalear la seguridad de Wallace, el asunto se complica tras la declaración de su enamorada platónica relativa a la intención de seguir a Paul a Europa, dejando al ingenuo papel de Daniel descompuesto y sin alicientes en su hogar canadiense.

Así padece el ya crecido Harry Potter en este largometraje que dirige Michael Dowse (autor de la saga Fubar); y que pudo ser visto en el pasado Festival de Cine de Toronto, donde obtuvo una acogida agradable por parte del público y la crítica.

Con respecto a su estreno mundial, la productora ha anticipado la primavera de 2014 como la temporada más probable para el arranque planetario de The F Word (por cierto, el nombre no tiene nada que ver con la homónima revista gastronómica).

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Tras haber sido la musa de Colin Farrell en Triage (Danis Tanovic, 2009), acribillar la mirada lujuriosa del enmascarado de The Spirit (Frank Miller, 2008), y ser objeto de deseo por la acción de Jada Pikett Smith (la esposa de Will la dirigió en Bajo la piel); la sevillana más sexy de Hollywood recala en la ciudad destruida por la lava volcánica durante el siglo I d.C.; y lo hace con una película titulada, obviamente, Pompeii.

Paz Vega (Andalucía, 1976) es una de las estrellas, y son varias, que componen el casting de la nueva producción del británico Paul W. S. Anderson (el tipo que se encargó de reinventar Los tres mosqueteros, y que se hizo célebre al calor de la saga de Resident Evil y Alien vs. Predator). Pese a que aún se sabe poco de los entresijos argumentales de la empresa, lo que sí ha trascendido es que la española tiene asignado un papel en el que podrá exhibir ampliamente sus encantos, dentro de una línea semejante a como hizo la mítica Lesley-Anne Down, en la no menos legendaria grabación para la pequeña pantalla Los últimos días de Pompeya.

El individuo que ideó Downton Abbey

Lejos de las novelas escritas por Edward George Bulwer y Robert Harris, el argumento de esta visita a la antigua urbe cercana a Nápoles gira en torno a un esclavo, el cual tiene que esperar en el peligroso enclave con la misión de salvar de la servidumbre a un amigo y a la mujer que ama. Sin embargo, en ese centro cosmopolita y adinerado, el protagonista deberá hacer frente a multitud de situaciones peliagudas, todo para no morir antes de la erupción del Vesubio.

Como se puede atisbar por la sinopsis publicitada, la originalidad de esta cinta centra su interés en un panorama similar al mostrado por series del pelaje de Spartacus. Trabajo de evidentes toques a lo Gladiator que goza del toque del egipcio Julian Felowes. El autor del libreto de Downton Abbey lidera así un nutrido equipo de guionistas, entre los que destacan igualmente Janet Scott Batchler, Lee Batchler y Michael Robert Johnson.

Ellos son los encargados de dotar de cuerpo a los personajes, sumidos en los prolegómenos de una época (la correspondiente al año 79 d. C.) donde el despilfarro, la violencia y el sexo emborrachaban los salones y las alcobas. Paisaje en el que Paz despliega sus virtudes físicas y artísticas, talentos que últimamente ha podido apuntalar con obras del calado de Grace Of Monaco, de Olivier Dahan (largo en el que la sureña aparece caracterizada como María Callas).

Pero la colega de Penélope Cruz no es el único reclamo de la movie de Anderson; ya que en sus filas también lucen su palmito reventón Carrie-Anne Moss, Emily Browning, Kiefer Sutherland, Jared Harris y Ben Lewis.

Aún queda más de medio año para que Pompeii llegue a las salas (según las noticias, no lo hará antes del 21 de febrero de 2014); aunque los motores de la curiosidad ya se encuentran convenientemente alimentados. Máxime cuando la adaptación sobre el mismo escenario pensada por Ridley Scott, con el libro Pompeya de Robert Harris como brújula creativa, no acaba de arrancar.

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