Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

Crítica de la película Yucatán

Comedia de enredo elegante bien resuelta por director y actores.

Aprecio siempre, y en esta ocasión también, el buen trabajo de recuperación del cine clásico y las claves de los géneros que lo habitaron que viene haciendo Daniel Monzón a lo largo de su carrera como director y que ya dejó planteada también como guionista en Desvío al paraíso. Monzón tuvo el valor de afrontar ese empeño de abordar lo genérico sin renunciar a sus inquietudes autorales como narrador ya desde su primer trabajo en la silla del director, El corazón del guerrero, atreviéndose incluso con un subgénero tan difícil como el de Espada y Brujería, sin adulterarlo con un filtro de fantasía monjil como hacen otros. Ahí le echó un par y siempre le he admirado por ello y por su siguiente película, El robo más grande jamás contado, que forma un dúo de sus películas más flojas para la mayoría de los críticos pero tienen mucho más que rescatar de lo que algunos pretenden, y al mismo tiempo comparten mucho de ese afán de Monzón por hacer el cine que le gustaría ver y rendir homenaje a aquello que le ha divertido cuando era solo espectador. Agradecí en su momento esa especie de fuerza de impulsión inicial de lo que luego empezó a ser mejor valorado por la mayoría de mis colegas cuando el misil Monzón comenzó a despegar en una curva de creciente de reconocimiento de crítica y público con La caja Kovak y alcanzó su punto más alto en ese aspecto con Celda 211, cerrando la que podría ser una trilogía de buen hacer en el trato con el género cinematográfico de temática criminal, intriga, policíaco o como ustedes lo quieran llamar con El niño.

Todas las claves positivas que han caracterizado al cine de este director hasta el momento se mantienen, para bien, en su nueva asociación con su guionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarría, al que hay que atribuirle todo el mérito que tiene en la construcción de la filmografía que he repasado en las líneas anteriores, pues ha estado presente a la teclas escribiendo los guiones de El robo más grande jamás contado, La caja Kovak, Celda 211 y El niño y volvemos a encontrarlo tras este elaborado ejercicio de comedia sofisticada de enredo que es Yucatán, abierta con un arranque musical que recuerda tanto los títulos clásicos de este género en Hollywood como el uso del número musical que hiciera Steven Spielberg de ese mismo recurso en el arranque de Indiana Jones y el templo maldito.

Podríamos decir que en el ADN de Yucatán hay rasgos de homenaje a los recursos clásicos de la comedia estadounidense que pueden hacernos recordar momentos de Las tres noches de Eva de Preston Sturges y en otros momentos nos hacen pensar en California suite, de Hebert Ross, con guión de otro rereferente a tener muy en cuenta en este caso, Neil Simon, aunque finalmente en el conjunto del viaje que nos proponen sus creadores el crucero hacia Yucatán en el territorio que pisara Fernando Trueba en películas como Two Much, Sal Gorda o Sé infiel y no mires con quién.

¿Qué quiero decir con esto? Pues dos cosas. Que hay momentos en que por un lado Yucatán parece perseguir la elegancia y la sofisticación de unos clásicos y por otro, en algunos personajes más “castizos” que introduce en su fórmula argumental, se acerca a ese intento reiterado de hibridar lo clásico admirado por sus creadores con lo popular pensado como guiño al público autóctono que caracteriza algunas de las comedias de Fernando Trueba. En su conjunto es mejor película que la anterior abordada por Monzón y Guerricaechevarría, El robo más grande jamás contado. Pero pienso que la doble apuesta por los chistes de los cuñaos y el enredo de los timadores acaba siendo víctima de un giro previsible -no hay sorpresa, se veía venir- con sobredosis de fuego artificial emocional en el desenlace que nos saca del tono que parecía tener la película en su primer y segundo acto en manos de los timadores y los cuñaos, reubicando el protagonismo en un personaje que siendo sincero me recuerda a un capítulo de Vacaciones en el mar.

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Crítica de la película El Pacto

Belén Rueda se echa a las espaldas esta intriga con pinceladas de terror.

No es nada nuevo. Belén Rueda puede hacer que historias más o menos convencionales y tópicas salgan adelante simplemente estando ahí, ante la cámara, defendiendo su personaje y lo que se cuenta como una loba defendiendo a sus cachorros. Es lo que ocurre en este caso, donde además encuentra buen respaldo con el trabajo de Dario Grandinetti y la breve pero contundente aparición de Antonio Durán “Morris”, al que habría estado bien ver en más metraje de la historia, sobre todo porque su personaje se interesante pero entra demasiado tarde en el asunto, restando más peso a la trama de intriga.

Todo gira no obstante en torno a la presencia y el personaje de Belén Rueda, y eso en cierto modo presta cierto tono de endeblez a la trama en su conjunto. Solo otro personaje en la trama, el de Grandinetti, llega para ejercer como contrapeso y como resultado de este equilibrio la trama y la película ganan puntos. Queda desdibujado el personaje de la hija, interpretada por Mireia Oriol, que en una clave más ambiciosa para la historia habría tenido sin duda más desarrollo.

En cualquier caso, es elección del director y co-guionista cómo va a conducir su historia y su película, y hay que decir que El pacto funciona correctamente como producto de intriga, y si tiene alguna pega en todo caso responde a la ambigüedad sobre su verdadera naturaleza que pueda transmitirse al espectador a través del tráiler. Es un relato interesante, curioso a su manera, eficaz en su desarrollo, pero no es una película de terror como quizá puedan esperar algunos espectadores a tenor del tráiler que se ha difundido sobre la película. Tiene pinceladas de terror, pero su manera de desenvolverse en la mayor parte de su metraje la sitúa sobre todo en el territorio de la intriga. Quiero decir que la película en sí misma no engaña en ningún momento en ese sentido. Tiene muy claro lo que es y se desarrolla coherentemente por el camino que ha elegido. Pero la promoción puede jugarle una mala pasada llevando al espectador a buscar en ella otro registro narrativo que no posee.

De hecho, una de las cosas que me ha gustado de El pacto es precisamente esa capacidad para arriesgarse y tirar por el camino menos fácil a la hora de plantear su trama. Podría haber tirado por el espectáculo fantástico dominado por el terror y con pinceladas de intriga, pero invierte su carga genérica para buscar por un camino de intriga con pincelada de terror que la lleva por ejemplo a potenciar más el peso de la interpretación de sus actores y asentar su propuesta sobre el eficaz dúo Rueda-Grandinetti. Me parece una opción interesante, aunque ya he comentado que habría sido interesante desarrollar más algunas subtramas con personajes como el de la hija y el de Antonio Durán. En lo referido al argumento propiamente dicho, opta por la simplificación de la anécdota y por un perfil de rapidez y brevedad que lleva a los personajes a tener poco desarrollo más allá de lo imprescindible para que sirvan como herramientas de la trama. Por eso pienso que es tan destacable el trabajo de Belén Rueda y Darío Grandinetti, así como el de Antonio Durán: porque estamos ante uno de esos casos donde es el actor el que presta casi toda la “carne” al personaje, cuyo desarrollo esquemático en una trama bastante esquemática y que va al lío del asunto sin desviaciones ni subtramas puede producir la sensación de excesiva sencillez buscando la máxima eficacia. Quizá por eso El pacto me produce la sensación de tener prisa por contarnos su propuesta y no querer complicarse la vida, y pienso que desperdicia algunos elementos interesantes que incluye en su conjunto pero desdibujados como en un segundo plano.

No me parece mal del todo. Una industria que se precie tiene que producir este tipo de historias de género sencillas y eficaces, y en eso me ha recordado todo el tiempo el tipo de relatos con más intriga que terror que consumíamos en las revistas de cómics de terror tipo Creepy y Dossier Negro, relatos breves y contundentes a los que no cabe pedirles más que precisamente esa eficacia como vehículo de entretenimiento bien defendido por sus protagonistas y correctamente resuelto en lo visual.

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Crítica de la película El espía que me plantó

Un rato de evasión veraniega de perfil bajo mezcla de comedia y acción.

Quede claro desde el principio que es una especie de poco o nada sorprendente “cuento de hadas” en la misma línea y con los mismos elementos que abundaban en otras propuestas de comedia y acción que suelen aparecer por la cartelera en estas fechas veraniegas, producto muy habitual en la filmografía de Mila Kunis , por otra parte. En lo esencial es el mismo tipo de producto que nos propusieron hace dos veranos o así con Melissa McCarthy en Espías, y en su versión masculina con Ryan Reynolds en El otro guardaespaldas, aunque ambas eran algo más ambiciosas y acertadas en su resultado final, mientras que El espía que me plantó prefiere jugar más sobre seguro. Aún trabajándose el humor gamberro, sobre todo merced al personaje de Kate McKinnon, no acaba de apostar por él con tanta decisión y no la deja tan suelta y a su aire como McCarthy en Espías, además de contar con secuencias de acción menos resolutivas y espectaculares que las de El otro guardaespaldas y faltarle el nervio que a aquella aportaba el histriónico pero eficaz tío de Reynolds, Samuel L. Jackson y sobre todo Salma Hayek. Suele ocurrir por otra parte en este tipo de historias que en la turbulencia de la búsqueda de las risas fáciles se les escape construir más sólidamente personajes y situaciones, algo que impide que acaben desarrollando el verdadero potencial de sus elementos. En Espías lo mejor de la película era la interacción de Melissa McCarthy y Jason Statham. De manera que el personaje de Jude Law sobraba. En El otro guardaespaldas lo verdaderamente interesante y con potencial de disparate cómico era la asociación de Samuel L. Jackson y Salma Hayek. Y el personaje de Ryan Reynolds sobraba. Pues bien, en El espía que me plantó han tenido algo más de puntería a la hora de plantear el asunto centrándolo en el dúo Mila Kunis y Kate McKinnon. Lo que ocurre es que han equivocado la proporción y debería ser una propuesta con Kate McKinnon como protagonista y Mila Kunis como acompañante. Además le faltan más chistes como los de las “americanas estúpidas” que están ahí, y funcionan, pero no acaban de ser la verdadera materia prima del asunto, que sería lo más recomendable, porque la película parece verse obligada a desarrollar esa naturaleza como “cuento de hadas” para féminas urbanitas actuales con aspiraciones a empoderamiento pero sin sacarse de encima la dependencia del estigma de “príncipe azul” materializado por los personajes de Justin Theroux y Sam Heughan.

A pesar de todo ello, y aunque es cierto que se sostiene sobre tópicos y la fórmula, con el aditivo de algunas referencias al empoderamiento femenino que aborda más como pincelada de moda que como propuesta sólida en su argumento, lo cierto es que es coherente con sus objetivos, muy primarios: ser pasarratos veraniego más o menos aseado, aunque menos divertido de lo que pretende. Y, eso sí, transmitiéndonos la sensación de que todo lo que nos están contando ahí ya lo hemos visto antes, pero resulta moderadamente distraído, aunque en mi opinión se les ha ido un poco de metraje, y prolonga en exceso el chiste en su conjunto.

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Crítica de la película The Equalizer 2 

Mejor que la primera, con un Denzel Washington soberbio y en su salsa.

Antonie Fuqua y Denzel Washington le han pillado totalmente el pulso al personaje de Robert McCall en esta segunda película, y se nota que ambos están más cómodos para abordarlo, más relajados, con menos lastres de presentación de personaje, y acercándose a una trama donde mantienen varios “casos” a la vez en el aire, como malabaristas hábiles del cine de intriga salpicado ocasionalmente con secuencias de violencia rápida y brutal donde de paso encuentran y explotan cierto tono de autoparodia -el tema del reloj- sin por ello descascarillar la tensión.

Creo que en esta segunda película consiguen equilibrar mejor esas dos identidades que conviven en las historias de la serie The Equalizer tal como las han repensado para el cine. La alianza entre una forma de abordar la intriga que remite al tono de cine setentero con historias de conspiración se da aquí la mano mejor que en la primera película con la parte de acción trepidante. Y el encuentro de Denzel Washington con Pedro Pascal funciona bien, aunque sin grandes sorpresas. El juego de los actores en general es el mejor aliado de la película para salir adelante y hacer sólidas e interesantes las partes más frágiles del relato. Esa fragilidad deriva del hecho de que en realidad tampoco es que no estén contando nada nuevo. Es una película de acción e intriga sólida, solvente y resolutiva en su contenido, que como muchas de las que habitaron la cartelera en la etapa de clásicos del género en los años setenta sale adelante porque tiene un guión bien organizado y bien equilibrado en sus partes esenciales, porque Fuqua sabe cómo sacarle el máximo partido a Denzel Washington, su actor-fetiche, en este género -no se le dio tan bien en el flojo remake de Los siete magníficos, pero incluso en aquella las partes más sólidas derivaban de la química director actor entre Fuqua y Washington, una de las mejores asociaciones de director-actor del cine actual, como vienen demostrando desde Día de entrenamiento-, y porque sabe cómo reforzar a su protagonista con la contribución de un cuadro de actores de reparto en el que además de Pascal saca muy buen partido a las breves pero contundentes contribuciones de Melissa Leo y Ashton Sanders en papeles más relevantes, pero también, y esto es aún más llamativo y sin duda esencial para darle solidez y madurez a la propuesta, en contribuciones más breves pero esenciales de Bill Pullman, Orson Bean y Sakina Jaffrey para revestir de mayor solvencia las partes más de tránsito y acompañamiento de otros momentos más esenciales de la historia. Derivado de todo ello, esta segunda película tiene más personalidad que la primera, tiene un final de acción más interesante y dinámico, y en su conjunto todo está más conseguido. Además puede profundizar más en el pasado del personaje incorporando información sobre el mismo de manera dinámica a la trama, lo que le proporciona más base y desarrollo al trabajo de Washington dando como resultado un personaje más completo.

Se preguntarán ustedes por qué si todo esto está tan bien no le he atizado cuatro estrellas en lugar de tres. Pues porque ahí algunas cosas que me chirrían especialmente. Vamos con ellas. Primero ese “buenismo” cargante que impregna algunos momentos particularmente babosos de la película. A ver, tengo clarísimo, y lo advierto antes de que salga el listillo/a de turno a tirarse del tirante, que el tema del buenismo forma parte de la propia personalidad del personaje. Lo acepto, no me lo trago ni por un segundo, ojo, me crispa y me parece un lastre que se empeñen tanto en convertirlo en una especie de banderita de buen rollo, pero, como decían en el anuncio aquel de los juegos de mesa: aceptamos barco como animal de compañía. Me gustaría que el tema de la redención lo llevaran por un lado menos simplón, sobre todo porque me parece una manera de justificar que el menda se ponga las botas cada vez que se lía a repartir leña con consecuencias particularmente brutales y sangrientas. Da la sensación de que la previsible satisfacción sádica del espectador por ver tan expeditivo reparto de tollinas quedara liberada de toda responsabilidad o mal rollo por la vía del buen rollo. Me parece algo farisaico el asunto. Pero lo que me ha aniquilado en esta película es el desenlace del abuelete que busca el cuadro. Creo que ahí se les ha ido la mano. Mucho. Es un final de telefilme, modo “El equipo A” y creo que no pega nada con la interesante y narrativamente saludable amargura y tristeza que transpira todo el resto de la película. Tampoco me convence el “momento mensaje” metido con calzador entre Denzel y su joven vecino en el edificio de los camellos, pero al menos en ese caso lo bien que funcionan los actores hacen que lo pueda hacer pasar por la garganta y me lo trague a regañadientes sabiendo que es más falso que el alma del propio Judas. Otro arrebato de telefilme. Y, bueno, lo de ese Deus ex machina del golpe de viento en la torre ha conseguido que escuche incluso el mecanismo de poleas de guión como si estuviera rascándome la toga en un teatro griego mientras me tatúan en el antebrazo apò mekhanês theós. Esperaba que resolvieran ese interesante huerto de estrategia en el que se habían metido sin salirse por la tangente. Ah, y bueno, lo del pasajero con pinta chunga que, ¡sorpresa!, resulta ser un chungo, no puedo decir que me haya sorprendido especialmente. En general, la parte de intriga propiamente dicha, me ha sorprendido poco, principalmente porque pescan peces de plástico en el mismo barril de siempre y no arriesgan, pero tampoco voy a pedirle más a este tipo de producto que, insisto, en todo lo demás me parece bastante sólido y me ha proporcionado un buen rato de cine de acción e intriga, tomándose además el tiempo necesario para construir su historia abordando personajes y asuntos de carácter más secundario, cosa que es muy de agradecer.

Al contrario que otras películas de intriga y acción, The Equalizer 2 sí es una película, película. Y bastante completa.

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Crítica de la película Mentes poderosas

Entretenido relevo de la saga de El corredor del laberinto con superpoderes.

Todo parece indicar que esta película es el comienzo de una franquicia llamada a sustituir, en la oferta de productos de ocio audiovisual de Fox, a la saga de El corredor del laberinto, con la que tiene muchos puntos de contacto argumentales en propuesta de conflicto y personajes. Pero ya que estaban metidos en el lío, los responsables de este proyecto, adaptado de la novela de Alexandra Bracken, incorporan al mismo el tema de los superpoderes y revisten todo el asunto, siguiendo la pista del material original, de una especie de mensaje de integración racial y liberación con fémina empoderada como protagonista.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, no es difícil entender que estamos, ya desde el origen literario de la trama, ante una especie de traje fabricado en serie, eficaz para lo que ha sido fabricado, pero fruto de un proceso de creación cuidadosamente pautado por una fórmula que replica cuidadosamente los elementos presentes en otros productos anteriores de esa misma “especie” o “familia”, con poca posibilidad para la sorpresa.

Hay un factor de serialización en la fórmula que impide que pueda haber una sorpresa real en el espectador, y se observa una inevitable inclinación hacia lo previsible y la réplica de esquemas. Nada de ello impide que todo el asunto resulte eficaz como entretenimiento, aunque nos encontramos con más de lo mismo que hemos estado viendo en las sagas de Los juegos del hambre, Divergente, Percy Jackson, El corredor del laberinto, La quinta ola y alguna otra producción de ese mismo tipo. Naturalmente con diferencias en cuanto a resultados, porque está más cerca de La quinta ola que de Juegos del hambre o El corredor del laberinto, de las que está lejos en cuanto a espectáculo. La publicidad intenta vincular la película a otras propuestas que, independientemente de los trabajos anteriores de sus artífices, le pillan bastante más lejos, como la serie Stranger Things y La llegada. Es una lástima que realmente no esté más cerca de estas dos, sobre todo de la primera, que habría podido encajar bien en un planteamiento de alternativa a la fórmula de jóvenes adolescentes buscando su propia identidad en un mundo en el que se sienten traicionados por los adultos, tema recurrente en todas las sagas que he citado anteriormente. De haber tirado por el camino de Stranger Things, y considerando el cruce argumental con superpoderes el asunto podría haber tenido mayor interés acercándose al territorio de Chronicle, Josh Trank, pero en lugar de arriesgar por ese camino los responsables del proyecto han decidido ir a lo seguro, y al hacerlo creo que han cometido un error, porque la fórmula de Juegos del hambre y sus emuladoras está bastante sobrexplotada y la propuesta está bastante agotada. Es lástima que no hayan preferido jugar la baza de darle otra vuelta, al cine de superhéroes franquiciados desde fuera de las franquicias, aunque por lo demás cualquiera que haya leído tres cómics de X-Men o Nuevos mutantes sabe perfectamente que en lo esencial Mentes poderosas no es precisamente original o innovadora. Según veía la película pasaba ante mis ojos la oportunidad perdida de haber fabricado un híbrido con elementos de Cuenta conmigo y Stranger Things cruzados con superpoderes y arriesgando algo más estilo Chronicle, todo ello teniendo como referencia una aplicación de la fórmula de niños y adolescentes en una pesadilla de adultos que tan bien tratara Mark Twain en Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn… pero supongo que eso ya va a ser mucho pedir para los tiempos de reciclaje sistemático de propuestas que vive el cine estadounidense actualmente, así que toca conformarse con un moderado nivel de entretenimiento y repetición de la fórmula. El caso es que incluso en la repetición de la fórmula tiene algunos puntos flacos, como la falta de aprovechamiento de personajes como los del presidente interpretado por Bradley Whitford y la cazadora de recompensas Lady Jane interpretada por Gwendoline Christie. Dicho sea de paso es en esos personajes donde está lo verdaderamente interesante de la historia, pero incomprensiblemente son poco más que cameos para adornar una trama que en su primer y segundo acto, aun siendo presa de la repetición y la fórmula, sale adelante como historia de viaje y aventuras juveniles pero en su ecuador se convierte en una atropellada carrera hacia un desenlace en el que revela torpemente su verdadera naturaleza como historia de amor que se come casi todo lo demás, en una propuesta argumental que desde los libros posee elementos para resultar más entretenida y trepidante en su paso al cine.

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Crítica de la película Siberia

Fallido intento de cine de intriga con un guión disperso y trama poco solvente.

Hay un puñado de ideas interesantes en Siberia, pero sus artífices no han sabido gestionarlas adecuadamente y con coherencia y se quedan en la superficie de las mismas sin llegar a profundizar realmente ni en trama, ni en personajes, ni en conflictos.

Esta propuesta es, en muchos aspectos, víctima de la epidemia de “postureo” que invade nuestras existencias en los últimos tiempos. Solo rasca, y muy ligeramente, la superficie de lo que propone, de manera que todo está ahí como propuesta, pero en bruto, sin llegar a cultivarlo realmente para que de lugar a una historia interesante.

Por ejemplo: podría haber sido una muy interesante propuesta de cruce de la novela nórdica de intriga con el modelo más anglosajón de la novela negra, rematado todo ello con un enfrentamiento final de western. Pero una dirección más bien plana y con poco recurso o interés innovador o de exploración del lenguaje visual se limita a repetir en ese viaje una sucesión de tópicos, navegando por una zona previsible de lugares comunes que en ningún momento consiguen interesar al espectador realmente, porque todo aquello que se le ofrece es material ya muy gastado y en todo momento se presenta con un tono gris, como sin ritmo, confundiendo esa especie de distanciamiento gris entre los personajes y esa pose de existencialismo angustioso de su protagonista con el propio tono de presentación visual y la narración de la película. Que el personaje de Keanu Reeves sea un individuo poco comunicativo no debe confundirse con que la película deba meterse en ese mismo bucle de falta de comunicación con el espectador. Pongo un par de ejemplos para que quede más claro. El primero: vean la recomendable El silencio de un hombre, de Jean Pierre Melville, y comparen el personaje de Alain Delon con lo que pretenden hacer aquí con Keanu Reeves. El segundo: Fuego en el cuerpo, de Lawerence Kasdan, su capacidad para generar sensualidad con la incapacidad de implicarnos de los encuentros sexuales de Siberia. Son fríos como la estepa. Y en la secuencia supuestamente más dura de la película, clave para definir un giro en la relación de la pareja protagonista, me refiero a la de los “hermanos de sangre” al estilo ruso, piensen en que tendría que haber sido tan impactante como la de la violación de Perros de paja, de Sam Peckimpah, pero por el contrario es fría. Nuevamene cuestión de dirección fría, gélida, plana, distante. Otro tanto puede decirse de un guión que cae en las frases hechas, que pretende ser “profundo”, pero en lugar de eso resulta bastante superficial, simplón incluso.

Los actores tampoco ayudan mucho. Reeves parece tener puesto el piloto automático con las sobras de los gestos que le han quedado de las dos entregas de John Wick, y cuando la amante le pide a su personaje que diga el nombre de su esposa al copular la situación llega a ser ridícula. Aquí la mayoría de los actores construyen sus personajes desde la pose, antes que desde la autenticidad.

Esa dirección que desperdicia los elementos de intriga y la acción, cosa que se puede comprobar simplemente con el desenlace de la película, y un guión disperso, sin orientación clara, que no parece saber realmente lo que quiere contar y en qué quiere centrarse, es un lastre muy pesado para todo lo demás que pretende ofrecer esta propuesta.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Mision Imposible: Fallout

La mejor de las misiones imposibles de la 3 en adelante y muy cerca de la 1. Cruise se supera.

La sexta entrega de la franquicia de Misión imposible no da muestra alguna de agotamiento de la saga. Todo lo contrario. Completa el proceso de reinvención de la misma que se inició con la entrada en la franquicia de J.J. Abrams y pienso que de algún modo cierra un segundo ciclo tras el comienzo de cine más clásico de la primera película dirigida por Brian De Palma y el fallido resbalón de la segunda entrega, sin duda la peor de toda la saga. Esta película es la culminación de muchas claves que empezaron a manejar los artífices de la franquicia desde la tercera película y lo hace con una capacidad de autoparodia, un humor y un desarrollo de personajes en uno de los mejores guiones de toda la serie que consigue batir sin problemas a la última entrega de James Bond, Espectra, por poner un ejemplo de producto similar en el cine de evasión y enretenimiento.

Por otra parte, en lo que se refiere precisamente a cine de evasión y entretenimiento, lo que nos ofrece esta nueva Misión imposible es precisamente la propuesta más apetecible del cine de blockbuster para el verano. Es la mejor entre los estrenos que han llegado a nuestras pantallas en las últimas semanas y además va a situarse sin problemas como una de las mejores películas de este año, una de las más eficaces en su banda de explotación del cine como herramienta de evasión y entretenimiento. Pero además es muy sólida como película. Aprovecha las claves de sus predecesoras pero funciona perfectamente en solitario sin necesidad de ver el resto, cosa de la que no pueden presumir la mayoría de las franquicias de nuestros días.

El guión de Fallout hace dos cosas interesantes. La primera es poner al personaje de Tom Cruise en una nueva posición más interesante. A ver, el hombre siempre ha sido un pupas, resolutivo y eficaz, pero siempre luchando en primer lugar contra la incompetencia de sus jefes, lo que le otorgaba cierto tono de clásico y trágico perdedor. En la fase iniciada por J.J. Abrams empezó a cultivarse una segunda personalidad para este personaje de antihéroe que ha ido fructificando en varias entregas y alcanza su forma más completa en ésta última. Encontramos así a un Ethan Hunt que ajusta cuentas con sus fantasmas del pasado pero al mismo tiempo es capaz de incorporar claves de humor como el propio guión, que parodia, homenajea y al mismo tiempo bromea con las claves de la serie –el tema de las máscaras, por ejemplo-, sin renunciar a la solidez de los personajes, tanto el principal como los secundarios que le rodean y están mejor desarrollados y utilizados que nunca. Me atrevo a decir que, sin perder su propia personalidad, aquí Ethan Hunt me ha recordado más que nunca el tono y estilo de antihéroe trepidante que caracterizara los mejores momentos del Indiana Jones de Spielberg y Harrison Ford, un tipo que se pasa la película improvisando y con un diálogo y personajes y actitudes que en más de una ocasión arrancaron sonrisas y carcajadas a los espectadores incluso en el pase de prensa.

Divertida, trepidante, con un ritmo que hace que llegues a las dos horas y pico de metraje pensando que sólo has estado una hora en el cine esta es sin duda la mejor y más completa propuesta de la saga. Además Tom Cruise se supera, está en su salsa y consigue meterse al público en el bolsillo desde el prólogo. La secuencia en la que se lesionó es buena prueba de la dedicación que tiene a su trabajo y ver cómo completa su plano tras hacerse polvo la pierna como si no ocurriera nada es un ejemplo a seguir para todo actor. No hay truco: él se sigue jugando el físico en sus secuencias de riesgo, y está en una forma física propia de un atleta de alta competición, más que de un actor. Es grato ver eso en una pantalla tratándose de una estrella del cine de acción.

Pero dejando al margen el despliegue del protagonista hay otros factores en el reparto a tener en cuenta. El primero es lo bien que encaja en el conjunto la entrada de Henry Cavill. Parece que hubiera estado en la saga desde la primera entrega, y compone una pareja de acción con Cruise con buena química. Además los personajes de Ving Rhames y Simon Pegg reciben el homenaje y mérito que merecen y tienen un buen puñado de momentos de protagonismo propio para lucirse. Sin poner en cuestión el protagonismo de Cruise, podríamos decir que esta es la entrega más coral de toda la saga. Dicho sea de paso, es también una de las que mejor maneja la parte femenina de la misma, con cuatro mujeres dominando parcelas clave de la trama de manera nutritiva para todo el conjunto. Por cierto, si alguien se está preguntando si se echa de menos a Jeremy Renner, tengo que contestar que no. De hecho casi es mejor para el actor y para el equilibrio de fuerzas y protagonismos del reparto de esta entrega que no esté. Renner merece tener más papel del que ha tenido en las entregas anteriores, pero para ello tenemos un problema, y es que no hay metraje para desarrollar ese protagonismo. Para tenerle a un nivel de no desarrollo de su personaje, con participación meramente cosmética, es preferible que no esté presente. Y Alec Baldwin, que tiene poco papel, está perfecto dando un toque de estilo que completa y mejora el de todos sus antecedentes en ese mismo rol de jefe del departamento de misiones imposibles. Finalmente, en cuanto a las secuencias de acción, está tan bien servida como las entregas anteriores.

Miguel Juan Payán

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Flojo y despersonalizado híbrido de El coloso en llamas y La jungla de cristal.

Repetición del cine de acción ochentero con poca personalidad y flojo guión, El rascacielos vuelve a demostrar que el guión siempre es la base para que nos enganchemos a la película, independientemente de que aquello que nos cuwente lo hayamos visto ya en multitud de ocasiones. Así funcionaba consiguiendo que el policía interpretado por Bruce Willis nos enganchara desde el primer momento en Jungla de cristal, y lo mismo ocurría con el despliegue de personajes-estrellas, Paul Newman, Steve McQueen y compañía, en El coloso en llamas. Lo que ocurre es que en El rascacielos no opera el guión más que como una repetición algo cansina de lugares comunes y propuestas de acción trepidante que hemos visto antes en multitud de títulos, sobre todo de acción ochentera, desde Máximo riesgo a Pánico en el túnel, Alerta máxima, e incluso algún que otro clásico como Operación Dragón de Bruce Lee. Hay repetición en exceso sin nada nuevo que aportar y con pocas posibilidades de que, por su carácter meramente imitativo, sin nervio ni personalidad propia, el guión pueda engancharnos a los personajes.

La película se limita a recorrer el camino ya recorrido por éstos y otros muchos largometrajes anteriores, sin crear su propia identidad. No aporta nada nuevo, y lo que repite de sus antecedentes es mera situación de acción trepidante con la carga dramática y el desarrollo de personajes reducido al máximo. De modo y manera que los protagonistas y antagonistas se quedan en boceto, casi mero recortable o marioneta lanzada a una sucesión de secuencias de acción espectacular más o menos distraída pero en ningún caso capaz de implicarnos en lo que ocurre en la pantalla.

Durante 103 minutos asistimos a una ceremonia de emulación fallida de los precedentes, hasta el punto que podemos identificar sin dificultad en qué momento la “inspiración” ha llegado al guión desde Jungla de cristal, desde Máximo riesgo, desde Pánico en el túnel o desde Operación dragón… Ese itinerario ya conocido hace difícil que se produzca una sorpresa que además el propio guión dinamita con su poco cuidadosa manera de intentar manipular la intriga, por ejemplo sembrando la solución final técnica del problema planteado incorporando un cebo en la conversación del matrimonio al principio, y que por otra parte sabotea la descuidada interpretación de los personajes secundarios que rodean al magnate asiático, que desde sus gestos y maneras telegrafían el golpe como un mal boxeador y dejando caer anticipadamente su máscara de traidores, de forma que la supuesta sorpresa de sus verdaderas intenciones no será tal. Lo cierto es que en lo referido a antagonistas la película es de lo más flojo. Son tan tópicos y repetitivos como el resto del material.

Además Dwayne Johnson está desaprovechado, y otro tanto puede decirse de Neve Campbell. La película no introduce un factor de corrección y equilibrio a través del humor y se toma demasiado en serio, algo que nunca hizo Jungla de cristal, y con seguridad el dúo Johnson-Campbell podría haber desarrollado mayor química con un guión interesado en explorar una construcción más sólida de sus personajes. Es algo que puede aplicarse igualmente a los niños y al resto de personajes.

Todo da la sensación de estar narrado con precipitación, y el intento de ir siguiendo con las cámaras la peripecia del protagonista podría haber sido un factor interesante para provocar la empatía del espectador, pero está igualmente desarrollado con precipitación y como para salir del paso, sin profundizar ni lo más mínimo en nada que pueda ayudarnos a entrar de verdad en la película. Miramos, pero no vemos.

Miguel Juan Payán

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Previsible ensayo biográfico en clave melodramática de la madre de Frankenstein.

Mary Shelley es el ejemplo perfecto de película bien ejecutada en sus distintos aspectos pero vacía de nervio y de sorpresa más allá de lo que puedan aportar a algunos planos y secuencia sus actores, y más concretamente en este caso Elle Fanning. Se encuentra aquí la actriz con una poco sorpresiva propuesta de secuestro de la figura de la escritora Mary Wolstonecraft convertida en carne para un guión plagado de tópicos cuyas buenas intenciones de recreación de época y personajes cristalizan en una sucesión de lugares comunes un tanto ingenuos. Un ejemplo es el uso de la música, acompañante forzado que acude raudo a realzar secuencias incluso cuando debería imponerse el silencio, con el resultado de sacarnos continuamente de las situaciones que viven los personajes, privados por otra parte de un guión y unos diálogos presas de lo declamatorio y tan postizos como el acompañamiento musical .

Tenemos así ante nosotros un “producto” construido de manera minuciosa en lo referido a vestuario y decorado y pulido más por sus actores que por sus guionistas, pero que carece de verdadera vida, verdadero pulso, verdadera identidad más allá de las claves más peregrinas del drama romántico, aplicadas con un empeño normativo y desapasionado que cansa con facilidad ya desde su primer acto. Ejemplo de lo previsible y de cómo el arrebato que nos quiere proponer es mero estereotipo lo tenemos en esa carrera de la protagonista en el arranque de la película, vista una y mil veces en este tipo de películas. Me viene a la cabeza, así a bote pronto, el arranque de la versión de Madame Bovary protagonizada en 2014 por Mia Wasikowska, con la que éste otro “producto”. Si alguna vez esa carrera fuera realmente apasionada y reivindicativa, perdió por la mera repetición y el abuso todo poder de evocación para el espectador. Lo mismo que ocurre con ese plano de la protagonista en la ventana. O esa voz en off que nos repite el consejo literario del padre. O esa música de torpe refuerzo emocional… Esta película desprecia el silencio y parece desconfiar de la capacidad de sus actores para expresar y transmitir toda la emoción con una mirada, un silencio, un gesto o una palabra, al mismo tiempo que desconfía de la capacidad y madurez del espectador para acompañar a esos personajes por su laberinto emocional sin llevarlos cogidos de la mano como a niños inmaduros e incapaces a través del acompañamiento musical, o interesar a su público desde una visión de tipo turístico de paisajes, planos de árboles y cielos, suntuosos o despojados interiores. Y previsibles obviedades en cada momento. Ejemplo: la protagonista le dice a su amante que está embarazada en el parque segundos antes de que se crucen con la esposa y la hija abandonada de éste.

En su conjunto la película es el equivalente a un best-seller literario de carácter oportunista que toma prestada la figura de Mary Shelley para conducirnos por una serie de estereotipos visuales sobre el acto de la creación, la literatura, la poesía, haciendo de figuras tan a priori interesantes como la propia protagonista, Lord Byron, Percy Shelley, Polidori, recortables para adornar una visión turística y apresurada de circunstancias que dejan de ser automáticamente interesantes cuando son secuestradas para alimentar un culebrón visual privado de verdadera identidad que deja a las más arrebatadoras fuerzas de la creación literaria que supuestamente retrata desprovistas de toda su arrebatadora fuerza de evocación y pierde así toda posible complicidad del espectador en el recorrido por este novelón próximo en su rendimiento al telefilme.

Más allá del cameo tontorrón de Maisie Williams, puro oportunismo, tendremos que esperar a la secuencia del primer cara a cara de Mary con la esposa de Shelley, al encuentro de padre e hija en el mercadillo donde él intenta vender los libros, para encontrar la autenticidad que le falta a esta película en el resto de su propuesta. Es significativo que el personaje de la hermana de la protagonista, con su esfuerzo por intentar encajar, sea más interesante a pesar de estar cuidadosamente castrado por su naturaleza de subtrama, que el de la propia Mary Shelley.

Lo que le falta a la película es verdad, autenticidad, pasión real de la visión hacia el abismo de la desbaratada fauna que la habita. Que los besos sean creíbles. Que los diálogos no parezcan mera declamación intentando crear grandeza donde no hay pasión. Me quedo con la visión de estos personajes que nos dejara Gonzalo Suárez en su Remando al viento en 1988 y con la novela fantástica de Tim Powers La fuerza de su mirada, que retrató y sacó mucho más jugo a estos mismos personajes.

Por cierto, si Fanning me convence como Mary Shelley incluso luchando contra los lastres que le pone el guión, las visiones de Percy Shelley y Lord Byron me parecen lamentables. Me produce la impresión de estar ante la recreación domesticada propia de alguien que nunca leyó o en todo caso si la leyó nunca entendió ni Frankenstein de Mary Shelley ni Cumbres borrascosas de Emily Brontë. Ya puestos les recomendaría que se miraran Soñadores, de Bernardo Bertolucci.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Es distraída, pero las purgas están ya agotadas. Estamos todos purgados.

Cierto cansancio se detecta, y es comprensible, en esta última entrega de la saga de La purga, que en mi opinión es claramente inferior a las anteriores y pura explotación de la fórmula con pocas ganas de innovar algo o añadir una nueva mirada al asunto. Eso ha sido una sorpresa en negativo, porque visto que se ponían en la clave de hacerse una precuela y regresar a la Primera Purga, pensaba que era con la intención de darle otro sesgo al asunto y sacar los argumentos del ciclo repetitivo de las entregas anteriores, pero no. Es justo lo contrario.

Desaprovechan la posibilidad de entrar en los orígenes del asunto a fondo, se quitan de encima precipitadamente y con una pincelada la subtrama conspiranoica de eliminación de las capas más necesitadas de la sociedad a manos de los más adinerados y la imposición de un régimen dictatorial criminal. Hacen que la psicóloga arquitecta del asunto, interpretada por Marisa Tomei, tenga curiosas perspectivas de desarrollo como personaje inicialmente como epicentro de esa posible subtrama de conspiración e intriga, pero luego se sacan ese personaje de encima de manera precipitada, desaprovechándolo. Ocurre lo mismo con el personaje del inquietante Skeletor, presentado desde el principio, en las entrevistas iniciales, como antagonista eficaz para el tipo de producto de acción y evasión con violencia que nos proponen. Pero luego, tras usarlo esporádicamente en el primer acto y en el principio del segundo acto, hacen que desaparezca de casi todo el resto de la película, rescatándolo al final, casi con calzador y como deus ex machina, con una resolución de su arco bastante precipitada y plana, sin sacarle todo el jugo. Y, hablando de jugo, ninguno de los protagonistas tienen jugo, ni carisma, ni siquiera el que tenía el protagonista de las dos entregas anteriores. Aquí sólo hay acción, repetitiva de muchos planos, situaciones y personajes que reiteran lo visto en las purgas 2 y 3, y totalmente lejano al tono más de intriga inquietante que tuvo la primera entrega de la saga, de la que esta sobrexplotación está cada vez más lejos.

Ese cansancio por reiteración de propuestas ya vistas, su falta de sentido del humor –excluyendo los chistes escatológicos de la vecina, que no funcionan-, y su nula capacidad para autoparodiarse a estas alturas de la saga, hacen que esta entrega sea de las más flojas y tenga el final más tontorrón de todas las entregas hasta el momento.

Por otra parte, el papel del traficante de drogas convertido en héroe contra pronóstico está inspirado claramente por los veteranos héroes del cine de blaxploitation de los años setenta, pero claramente no es ni Shaft ni Luke Cage. Es un esbozo, como un recortable primario, sin relieve, de esquemas y conductas vistas cien veces en las purgas pero sin llegar a contar con la entidad para liderar un vehículo de acción, por mucho que intente replicar, aparentemente, a Wesley Snipes.

Recursos argumentales y de propuesta muy limitados en la purga más floja de todas.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

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