Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

Es distraída, pero las purgas están ya agotadas. Estamos todos purgados.

Cierto cansancio se detecta, y es comprensible, en esta última entrega de la saga de La purga, que en mi opinión es claramente inferior a las anteriores y pura explotación de la fórmula con pocas ganas de innovar algo o añadir una nueva mirada al asunto. Eso ha sido una sorpresa en negativo, porque visto que se ponían en la clave de hacerse una precuela y regresar a la Primera Purga, pensaba que era con la intención de darle otro sesgo al asunto y sacar los argumentos del ciclo repetitivo de las entregas anteriores, pero no. Es justo lo contrario.

Desaprovechan la posibilidad de entrar en los orígenes del asunto a fondo, se quitan de encima precipitadamente y con una pincelada la subtrama conspiranoica de eliminación de las capas más necesitadas de la sociedad a manos de los más adinerados y la imposición de un régimen dictatorial criminal. Hacen que la psicóloga arquitecta del asunto, interpretada por Marisa Tomei, tenga curiosas perspectivas de desarrollo como personaje inicialmente como epicentro de esa posible subtrama de conspiración e intriga, pero luego se sacan ese personaje de encima de manera precipitada, desaprovechándolo. Ocurre lo mismo con el personaje del inquietante Skeletor, presentado desde el principio, en las entrevistas iniciales, como antagonista eficaz para el tipo de producto de acción y evasión con violencia que nos proponen. Pero luego, tras usarlo esporádicamente en el primer acto y en el principio del segundo acto, hacen que desaparezca de casi todo el resto de la película, rescatándolo al final, casi con calzador y como deus ex machina, con una resolución de su arco bastante precipitada y plana, sin sacarle todo el jugo. Y, hablando de jugo, ninguno de los protagonistas tienen jugo, ni carisma, ni siquiera el que tenía el protagonista de las dos entregas anteriores. Aquí sólo hay acción, repetitiva de muchos planos, situaciones y personajes que reiteran lo visto en las purgas 2 y 3, y totalmente lejano al tono más de intriga inquietante que tuvo la primera entrega de la saga, de la que esta sobrexplotación está cada vez más lejos.

Ese cansancio por reiteración de propuestas ya vistas, su falta de sentido del humor –excluyendo los chistes escatológicos de la vecina, que no funcionan-, y su nula capacidad para autoparodiarse a estas alturas de la saga, hacen que esta entrega sea de las más flojas y tenga el final más tontorrón de todas las entregas hasta el momento.

Por otra parte, el papel del traficante de drogas convertido en héroe contra pronóstico está inspirado claramente por los veteranos héroes del cine de blaxploitation de los años setenta, pero claramente no es ni Shaft ni Luke Cage. Es un esbozo, como un recortable primario, sin relieve, de esquemas y conductas vistas cien veces en las purgas pero sin llegar a contar con la entidad para liderar un vehículo de acción, por mucho que intente replicar, aparentemente, a Wesley Snipes.

Recursos argumentales y de propuesta muy limitados en la purga más floja de todas.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Mejor que la primera entrega, más sólida como historia y sacando partido a Evangeline Lilly.

Sigue siendo una de las propuestas que podríamos llamar “menores” dentro de la oferta que hace el universo cinematográfico de superhéroes Marvel, pero es más entretenida que la primera, más sólida como argumento que la primera, y tiene además mejores antagonistas, más sólidos en sus motivaciones y más interesantes en su desarrollo.

En mi opinión la película sale ganando por puntos a su predecesora. La primera era un buen entretenimiento y resultó una agradable sorpresa sobre todo por el buen uso de la contribución de Michael Douglas. Ésta segunda mantiene y administra bien a Douglas, le da entrada a Michelle Pfeiffer y le da más cancha a Evangeline Lilly y su papel como la Avispa. Ella es buena actriz, más carismática ante las cámaras que el repetitivo, previsible y algo cansino Paul Rudd. Lilly consigue no obstante hacer bien su trabajo y de paso ponerle algo de salsa y química al trabajo con su compañero de reparto. Se nota cómo en las secuencias en que ella lleva la voz cantante la película mejora, y en todas las que implican a Rudd en solitario o conduciendo la acción, la película cae en la trampa del más de lo mismo. Y es que, como ya ocurriera en la primera entrega, la propuesta de humor familiar y superhéroes que hizo Ant-Man y repite en algunos momentos Ant-Man y la Avispa está lastrada precisamente por la exigencia de ser familiar. De manera que veo a Rudd tan atrapado como a Lang en su casa, y casi sospecho que los propios guionistas son conscientes de ello. Rudd no puede tirar por el camino más gamberro de Deadpool y Deadpool 2, con las que tiene mucho en común. La diferencia es que Ryan Reynolds puede ir hasta el extremo pasando olímpicamente de calificaciones para todos los públicos, mientras que Rudd está coartado por esa etiqueta de calificación por edades. Por otro lado en lo referido a ejercer como personaje de superhéroe humorista, le ha batido la propuesta del nuevo y rejuvenecido Spiderman. Al menos ese peligro de caer en lo más moñas de la comedieta romántica con valores familiares que se asomaba un poco en la película anterior por el personaje y el conflicto con la “ex”, tan “made in Disney”, tan Cariño, he encogido a los niños, ha sido en mi opinión eficazmente exorcizado y reprimido en esta segunda película para dejar más espacio a lo que en casi todo su metraje es acción constante, con una carrera contra el tiempo en acciones paralelas que apenas deja lugar para que haya otra cosa en la película que una sucesión de eficaces y trepidantes viñetas en movimiento. Dichas viñetas –estamos nuevamente ante otra muestra de cinetebeo-, se nutren además en positivo frente a su antecedente de la ventaja de tener a los personajes principales ya presentados y poder jugar con ellos más libremente en un argumento más sólido y compacto. Ya no es una película “de orígenes” puesto que la Avispa fue prácticamente presentada en el largometraje anterior, y se permite el lujo de profundizar algo más en la claves definitorias del universo de los personajes, el universo cuántico, la primera Avispa desaparecida, una misión de rescate interrumpida, un nuevo antagonista más resolutivo, rescatando en breve y solo como pincelada para dar color y continuidad a los tres friquis que ejercen como asociados de Scott Lang, y manteniendo a un nivel más limitado y menos emocionalmente obvio la interactuación de Lang con su hija. Están ahí esos personajes, para garantizar cierto toque de continuidad, pero sin acomodarse a su presencia y dejar que se conviertan en lastres de lo que se supone que el público va a buscar en este largometraje: una bien calibrada mezcla de evasión y acción con más fantasía que ciencia ficción y la tradicional peripecia de superhéroes salvando el día. Pienso que aquí hay más acción del tipo Hombre-Hormiga y la Avispa, sin hacer de la misma algo que no debe ser. No debe ser un pretexto para contar de tapadillo una subtrama de familia rota, redención del padre ausente e irresponsable ante su hija (por cierto para eso les recomiendo que vean mejor la serie Happy de Netflix, creada por Grant Morrison y Brian Taylor), y sí debe ser lo que es: acción, persecución y peleas en las que funciona muy bien la nueva Avispa como figura femenina del cine de superhéroes Marvel.

Por lo demás, la construcción argumental es tan trasparente y pegada a la fórmula como siempre: por supuesto volvemos a encontrarnos con el recurrente tema de “pecados del padre” que es una constante en las producciones Disney, ya sea como pretexto para un dibujo animado o como pretexto para pasearnos por galaxias en guerra o como recurso para darle trasfondo al conflicto de los superhéroes. Los padres siempre están ahí para cagarla. Es algo que empieza a preocuparme seriamente como mensaje, porque además de sesgado y falso, es un tópico tan simplón como el mensaje de “persigue tus sueños”.

En lo negativo, el final feliz playero me tocaría las narices más de no ser porque lo equilibra y reescribe la primera secuencia post-créditos.

Eso sí, por lo que se refiere a la segunda secuencia post-créditos, esa que llega después de un millón de años de letritas en pantalla, blanco sobre negro, es una tomadura de pelo de la peor especie.

Más a favor el buen trabajo de rejuvenecimiento de los personajes de Pfeiffer y Douglas. Otros deberían tomar nota cuando se metan a barberos de bigotes rebeldes en rostro kryptoniano. Y no digo más que luego todo se sabe.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Crítica de la película Sicario: El día del soldado

Cinco estrellas de buen cine de acción e intriga, sólido y para adultos.

El público tendrá que ponerse otra vez el chip de estado adulto para poder reencontrarse con el cine de acción de calidad y madurez en esta segunda peripecia del sicario interpretado por Benicio Del Toro que dirige Stefano Sollima con mano firme, las cosas claras, personalidad y contundencia. No defrauda. Y quienes esperaban más de lo mismo, se equivocan. Sollima ha rodado una película según su propio criterio, respetando su precedente, sin faltar a la identidad trazada por Villeneuve en Sicario, pero sin depender de la misma para elaborar su propio discurso. Le agradezco enormemente eso, porque estoy harto del “más de lo mismo” en las películas de saga, trilogías, secuelas, etcétera. De hecho, me resisto a etiquetar y minusvalorar Sicario, el día del soldado, como una secuela. Aviso que puede verse sin haber visto la película de Villeneuve, y no pasa nada. Tiene mimbre de sobra este cesto para salir adelante por sí mismo y estoy seguro de que cuando repasemos toda la producción que llegará este año a nuestra cartelera, Sicario: el día del soldado estará entre las diez mejores.

Es justo y conveniente aplaudir uno de los mejores guiones de cine que vamos a disfrutar esta temporada. Taylor Sheridan se confirma como pieza esencial en el puzle de los maestros que cuentan historias para el cine y la televisión de nuestros días. Y además coincide que acaba de estrenar serie, Yellowstone, tan recomendable para los amantes del buen audiovisual como sus otros guiones para la pantalla grande: Sicario, Comanchería, Wind River y por supuesto Sicario: el día del soldado. En una etapa en la que el género policíaco necesita más que nunca adoptar nuevas estrategias de desarrollo, necesita arriesgarse y reforzarse con personajes y argumentos sólidos, Taylor Sheridan es hoy por hoy el valor más seguro para apostar sin dudar un segundo por todo lo que nos proponga en este territorio. Y en Sicario: el día del soldado, el rendimiento del guionista Sheridan con el director Sollima le da al aficionado a este género el máximo de satisfacción.

La palabra clave es sobriedad. Y para que quede más claro cómo trabajan el concepto de menos es más Sollima y Sheridan, les propongo que cuando vean la película, se fijen en la manera contundente y eficaz, y que me recuerda al buen cine de conspiraciones y policíaco de los años setenta, en que presentan a los personajes de Josh Brolin y Benicio Del Toro. Y cómo desde el momento en que se presenta la acción en el supermercado con esa madre y su hija en la puerta, empiezan a removernos en la clave de empatía por las motivaciones y la moral ambiguas de los personajes principales. En el caso de Sollima y Sheridan esa elección de simpatía o antipatía por los personajes nunca es fácil. Y tener a Brolin y a Benicio Del Toro agigantándose como actores en esta producción es un refuerzo de potencia extra para los resultados de la película. Otro ejemplo de la adusta sobriedad de western crepuscular y setentero que trabaja la película lo encontramos en la secuencia de la llegada de Benicio Del Toro e Isabela Moner a esa especie de rancho decrépito, y la charla con el propietario. Momento de pura magia del cine. Para terminar con las referencias al western, en este caso al western mediterráneo, en el que el padre del director, Sergio Sollima, fuera tan definitorio junto a Sergio Leone, quiero llamar la atención sobre la parte final del viaje que hace el personaje de Benicio Del Toro, que encaja perfectamente con la fase de martirio y crucifixión que seguían los antihéroes principales del western mediterráneo y además es toda una lección de cine en lo que se refiere a su puesta en escena.

Pero eso no es todo, porque Sicario: el día del soldado no se conforma con hacer las cosas bien, sino que persigue hacerlas mejor. De manera que además de liberarse con habilidad y elegancia de la nada desdeñable sombra y la estructura de su precedecesora para buscar su propia identidad como propuesta más centrada en el duelo de personajes de Brolin y Del Toro, haciendo de éste último el hilo conductor de la trilogía de películas sobre el asunto, y por tanto el principal protagonista de esta segunda producción, cultiva no sólo a sus actores y personajes principales, sino también a sus supuestos secundarios. Isabela Moner en el papel de Isabel Reyes, tiene papel y desarrollo dentro de esta película de itinerario para todos los personajes, lo mismo que el otro destacado más joven el reparto, Elijah Rodriguez. Ambos jóvenes son un apunte de lo que le espera a las generaciones del futuro a los dos lados de la frontera de Méjico con Estados Unidos cuya identidad y complejidad va más allá de lo meramente geográfico, como bien ha sabido ver y escribir Taylor Sheridan y ver y narrar visualmente Stefano Sollima. Introduciendo a los personajes de Moner y de Rodriguez, la película incorpora y completa las distintas visiones de distintas generaciones sobre el conflicto fronterizo, pero también cultural y psicológico entre ambos países. Los viajes de los personajes de Moner y Rodríguez a ambos lados de la frontera son el relato dentro del relato de toda una nueva generación condenada por los pecados de sus mayores. Y ese punto de vista enriquece el conjunto de la propuesta argumental de Sicario: el día del soldado, tanto más cuanto que las voces que suenan en el mismo no son solo las de los personajes principales. Otro par de apuntes sobre esa forma de construir con verosimilitud tanto en el primer plano del relato como en el segundo son los personajes de Matthew Modine y Catherine Keener, que aparecen poco, lo justo y suficiente para dejar una impronta esencial en el relato general y marcarlo con el tufo de la política maquiavélica del fin justifica los medios que pudre y afecta al resto de los personajes.

Miguel Juan Payán

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Mejor y argumentalmente más sólida que Jurassic World. Es más película.

Es más película. Es más spielbergiana. Es más cercana a lo que planteara en la novela Michael Crichton. Y además en la segunda parte del largometraje Juan Antonio Bayona ha conseguido arrimar el ascua a su sardina y conseguir que le dejaran acercar la saga a su territorio como con una trama que él mismo define como una historia de cuento de hadas, con princesa (la niña, por cierto, Isabella Sermon una máquina ante la cámara que según explicó el propio director en la rueda de prensa en Madrid no tenía experiencia previa ante las cámaras, ni siquiera en un anuncio), castillo (la mansión, que Bayona convierte hábilmente en un personaje más de la película desde la primera vez que aparece en la película) y un dragón (o mejor dicho, varios dragones, muchos, pero en forma de dinosaurios de todos los tamaños, aspectos y colores, para que no falte de nada). Dicho sea de paso, aunque no me he puesto a contarlos sospecho que, así en conjunto, esta podría ser la entrega de la saga iniciada con Parque jurásico que cuenta con más especies distintas de dinosaurios, y confío en que si me equivoco los más fricazos del tema tendrán a bien corregirme sin dilapidarme a tomatazos. Ya digo que no los he contado.

Pero más allá de su récord –o no- y de su variopinta fauna cretácica y jurásica, lo que me convence más de la película es que su propuesta consigue encontrar su propia identidad dentro de la saga y no es más de lo mismo. Posiblemente esto estaba ya más o menos claro por la identidad de su director, pero son ya muchos los realizadores a priori interesantes y con obra previa muy respetable que han perecido engullidos por las procelosas y tormentosas aguas de las franquicias de los grandes estudios norteamericanos como para que, llevado por mi natural escepticismo cínico frente a estas cosas del planeta blockbuster no tenga una natural tendencia a temerme lo peor. Afortunadamente, grata sorpresa, ese no es el caso en Jurassic World, el reino caído. Muy al contrario: si me obligaran a hacer lista de las entregas de la saga, de lo mejor a lo peor, no dudaría en poner ésta en segundo lugar después de la primera que dirigiera Spielberg, porque además creo que es la que más ha captado el espíritu que imprimió a la franquicia de los dinosaurios el director de Tiburón esquivando cierta perniciosa tendencia a la repetición de los mismos elementos que exhibiera incluso la segunda película de éste para la saga, El mundo perdido, así como la tercera y la cuarta entrega.

Ya desde su prólogo, en su arranque, y en lo que se refiere a tono de aventuras con pincelada de terror y ciencia ficción, la película de Bayona vuelve al origen, pero, ojo, no al origen de la película de Spielberg, sino al origen de la novela de Michael Crichton. Naturalmente el guión tiene mucho que ver con ello, no lo pongo en duda, pero la manera en la que el director español convierte ese guión en imágenes me parece más fiel a la novela original de la que partió toda esta franquicia incluso que el abordaje spielbergiano de la misma en Parque jurásico. Es más: aunque evidentemente en todo el metraje de Jurassic World, el reino caído se hace notar la influencia de Spielberg en la manera de planificar cada secuencia de Bayona, algunos momentos de este largometraje me han llevado a pensar que, llegado el caso, la versión Bayona de la novela de Chrichton rodada hoy quizá sería un poco más siniestra y ligeramente más oscura que la de Spielberg, porque el director español parece empeñado en no perder de vista el que para mí y supongo que para muchos otros espectadores sigue siendo el mejor momento de Parque jurásico, el verdadero “momento Tiburón”: el ataque nocturno y en la lluvia del Tiranosaurio Rex contra las furgonetas. La magia cinematográfica vertida plano a plano por Spielberg en aquella secuencia suscita numerosos ecos en Jurassic World: el reino caído. Por otra parte, y esto creo que hay que apuntarlo en la columna de aciertos de Colin Trevorrow en su trabajo de continuidad de cara a la tercera entrega de esta trilogía, Jurassic World, el reino caído, da un decidido paso hacia adelante ampliando el territorio narrativo y genérico tanto como el territorio geográfico de la franquicia para sacarlo de las islas y llevárselo al resto del planeta, utilizando astutamente como personaje de enlace que abre todo tipo de posibilidades no solo con su presencia sino también con su diálogo, el personaje interpretado por Jeff Goldblum.

Alguien podrá pretextar que ciertamente los personajes apenas tienen arco de desarrollo. Pero no debemos olvidar que estamos en territorio blockbuster y esa tendencia a trabajar con figuras esquemáticas como protagonistas forma parte además de la naturaleza de esta saga desde la segunda entrega de la misma dirigida por el propio Spielberg. Además ese es uno de los motivos de más peso por el que sigo opinando que entre todas la mejor sigue siendo Parque jurásico, en la que sin ir en contra de las exigencia del cine blockbuster de evasión y entretenimiento, Spielberg se las ingenió, como en –casi- todas sus películas (obviemos Mi amigo el gigante, por favor), para hacer que sus personajes consiguieran una solidez en tiempo récord y sin restar al metraje tiempo de carrera, persecución, carnicería y gritos. Eso no ha vuelto a ocurrir en la saga, pero ocurre en el personaje de la niña y todo el entorno que la rodea. El abuelo y esa cuidadora interpretada por la actriz-fetiche del director, la siempre bienhallada Geraldine Chaplin, así como la propia mansión, la subasta, y sobre todo el origen del personaje infantil, poseen un poder de evocación propia que les permite situarse como un punto y aparte en la habitual y tradicional peripecia de carrera-persecución con dinosaurios que suele ocupar la mayor parte del metraje de la saga.

M.J.P.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Menos de lo esperado en este Polanski menor en clave de intriga.

Contando con esas actrices, contando con esa historia y contando con esa base argumental, resulta extraño que la buena predisposición inicial mostrada por esta película no acabe encontrando las claves que han hecho siempre muy interesante el cine de Roman Polanski. Es extraño porque aproximadamente hacia el comienzo de su segundo acto, cuando los personajes están presentados y deberían empezar a crecer, todo lo que acaba brillando en la pantalla realmente interesante es el esfuerzo de sus dos protagonistas femeninas por salir a flote por encima de una sucesión de propuestas visuales y narrativas que resultan algo cansinas, sino directamente repetitivas, y que parecen mostrar el propio cansancio del director ante una historia que merecía más de su incuestionable talento.

Basado en hechos reales tiene varias cosas que solucionar. Por un lado el duelo entre las dos actrices está lejos de lo que podría y debería haber sido. Emmanuelle Seigner y Eva Green simplemente no tiene química. No llegan realmente a “encontrarse” en esta película. Ustedes pensarán: ¿a qué demonios se refiere este tipo? Y me alegra que se hagan esa pregunta precisamente cuando la casualidad me pone a tiro en la cartelera reciente un ejemplo perfecto que por comparación explicará mejor a qué me refiero con eso de que las dos protagonistas tengan química y se “encuentren” en la pantalla: Disobedience: Rachel Weisz y Rachel McAdams, estrenada el pasado viernes. El encuentro de actrices protagonistas en aquella es lo que debería haber sido aquí el encuentro de Seigner y Green. No es el caso. Green en plan elfa oscura con minifalda, depredadora previsible por otra parte, le gana ligeramente la partida a una Seigner que lamentablemente no es la de La Venus de las pieles, película que protagonizó para Polanski en 2013. Lástima. Ocasión perdida.

Pero quizá no es del todo culpa de ellas o de la dirección de sus actrices que pueda imprimir al conjunto el propio Polanski, que francamente no llego a explicarme qué estaba buscando en sus criatura de ficción en este caso. Quizá se trata de que la propia historia, tal como está conducida para el cine, no acaba de desvelar claves que le permitan ser algo más que un pálido reflejo de otros intentos desarrollados por este mismo camino.

No se trata de hacer comparaciones, pero llama la atención que con Seigner y Green en el barco Polanski no acabe de lograr lo que en su momento consiguiera con Kristin Scott Thomas y la propia Emmanuelle Seigner en Luna de hiel. Podría pensarse que es la propia sombra alargada de logros anteriores del director lo que se abate sobre esta película en forma de expectativas del espectador, pero lo cierto es que tampoco en lo que se refiere a la intriga propiamente dicha es que la fórmula que nos presentan tenga mucho que ofrecer. Hay varios Deus ex machina y los supuestos giros no sorprenden en absoluto, navegando todo el largometraje hacia resoluciones cada vez más previsibles, hasta que en su tercer acto la nave empieza zozobrar.

Es lástima, insisto, porque sobre el papel y en su primer acto, el asunto prometía mucho más, pero se va desinflando a medida que progresa hacia su desenlace.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Una de las mejores y más interesantes películas que veremos este año.

Choque de gigantas ante las cámaras en una de las películas que los aficionados al buen cine no deberían perderse este año. Miren, seamos claros: ya solo por ver el encuentro interpretativo de Rachel McAdams y Rachel Weisz merece la pena acercarse al cine a ver este largometraje. Pero hay más.

Lo primero que hay es que deben prescindir de las notas que le hayan enchufado en algunos ficheros y páginas de críticas. Me huelo que están retorcidas, viradas, intoxicadas por distintos intereses y preocupaciones por la imagen pública de determinado colectivo o instituciones. Pero no se alarmen: no hay nada que no pueda aplicarse a otros muchos colectivos e instituciones. Lo que viene a decirnos la película es que toda norma castradora de la intimidad y privacidad y de la libertad del individuo, de su propia naturaleza, de sus preferencias sexuales, sean cuales sean éstas, es un serio ataque contra la humanidad.

La película es un alegato contra una forma de condicionamiento y autoritarismo soterrado, silencioso, cotidiano, del día a día, que seguramente muchos no quieren identificar con instituciones concretas con las que de un modo u otro se identifican o de las que participan, pero lo cierto es que el bofetón a la farsa y el absurdo está ahí y no admite ni pactos ni componendas.

Desde el primer momento la película aborda el asunto central de su propuesta sin ningún tipo de maquillaje. Es una apuesta por la libertad del individuo frente a las normas impuestas por la tribu. Cualquier individuo. Cualquier tribu.

Pero además, lo realmente interesante, es la manera en la que guión y director abordan el desarrollo de este alegato sin entrar en el lodazal de las descalificaciones gratuitas y fáciles o el melodramatismo obvio. La reflexión pausada, equilibrada y madura preside cada plano y con su equilibrio y madurez no le deja mucho espacio al espectador para esquivar la necesidad de llegar a sus propias conclusiones. Pero, insisto: lo mejor es que ni hace propaganda ni descalifica. No es una película de buenos y malos. Y en muchas escenas estamos tan de parte del personaje de Rachel Weisz como nos ponemos críticos con su manera de entender las cosas, comprendiendo su forma de dolor y pesar por los propios errores más que por las exigencias normativas ajenas.

En Disobedience no hay salidas fáciles, conclusiones sencillas, obviedades de fábula perfecta, ni resoluciones cerradas. La manera en que se nos presenta el personaje del marido interpretado por Alessandro Nivola, su arco de desarrollo en un segundo plano, casi en silencio, con un pleno ejercicio de construcción del personaje en un mínimo de tiempo, desde la máxima sobriedad, es todo un ejemplo de con qué ritmo, mimbres y objetivos trabaja la película.

Algún despistado dará en decir y pensar que esta película le suena a telefilme. Error. Es cine. Buen cine. Un cine muy pensado al que desgraciadamente muchos están dejando de disfrutar: cine para adultos. Un cine en el que la cámara sigue a los personajes con solvencia y sin servirse de muletas ni adornos, hasta hacer que dejen de ser personajes para convertirse simplemente en personas.

Un cine que en sus planos consigue convertirnos en cómplices de las pasiones y desgarros de sus personajes sin tirar de las herramientas emocionales falsas que suelen prodigarse en este tipo de historias. No hay farsa emotiva, sino simplemente emociones.

En ese sentido es una de las películas más saludables de esta temporada, tanto para la mente como para el espíritu. Porque darle la espalda a la realidad o limitarse a empuñar banderas oportunistas que permiten maquillar los claroscuros de nuestra sociedad no es ni útil ni suficiente.

O quizá se trate simplemente de que desde el principio de esta historia he concluido, una vez más, que las personas están siempre por encima de todo lo demás, incluidas la normas, y que aunque necesitamos organizar nuestra convivencia, eso no nos autoriza a meternos a saco en la vida privada de la gente y mucho menos nos otorga potestad alguna para impartir lecciones, dar consejos o pretender que todos hemos de pensar lo mismo en todo momento solo para sentirnos superiores desde la seguridad de seguir el precepto ciegamente sin mirar a los ojos a la persona que tenemos enfrente.

Sebastián Lelio nos obliga a mirar a los ojos de sus personajes con una autoridad de director al que conviene tener muy en cuenta cada vez que se asome a la cartelera con un nuevo proyecto.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

A Juan Antonio Bayona ya no viene a verle un monstruo, sino un dinosaurio, bueno más bien una auténtica estampida de dinosaurios que se lanzan hacia el espectador al galope buscando coronarse como reyes de la taquilla internacional emulando a sus predecesores en la franquicia de Parque jurásico.

Jurassic World, el reino caído, es la más reciente y la más española de las películas que integran la saga basada en las novelas de Michael Crichton e iniciada con uno de los mayores éxitos comerciales de Steven Spielberg. El director y los dos protagonistas Bryce Dallas Howard y Chris Pratt, se han pasado por Madrid para presentar la película y asistir a una premiere en el WiZink Center a la que también asistieron los productores de la película, Belén Atienza, Colin Trevorrow, Frank Marshall y Patrick Crowley junto a la habitual colección de famosos reclutados para posado en la alfombra roja y rodeados de figuras de dinosaurios a tamaño real construidas con los bricks de LEGO.

Fallido intento en ritmo, espectacular en la acción pero con reparto discutible.

Ron Howard nos presenta una versión de la juventud de Han Solo en la que se aprecian los primeros síntomas de una sobrexplotación de la franquicia de Star Wars, y falla en trasladarnos esa épica de aventuras trepidantes que suele ser habitual en todas las películas de la saga, incluyendo los episodios I, II y III dirigidos por George Lucas.

Desde que se reinauguró la saga de la guerra de las galaxias, esta es la primera película que realmente pienso que no funciona en suficientes elementos de su concepción para que ni siquiera su pertenencia a la misma sea suficiente para que en uno u otro momento podamos agarrarnos a algo que nos devuelva esa sensación de salir al espacio a conocer mundos y personajes imposibles de la que pueden presumir, de uno u otro modo, con mejor o peor fortuna y acabado más o menos afinado, todas las demás películas de la saga. Pienso sinceramente que Ron Howard con Han Solo ha mostrado el verdadero talón de Aquiles de esta franquicia, que es la sobrexplotación y el canibalismo de sus propios contenidos en los títulos clásicos. Aclaro: como lector de cómics, creo que en lo referido a guión son muchas las propuestas que han salido en guiones para las viñetas que superan lo que nos propone esta película. Y pienso que el principal foco de fragilidad y fallo de esta película nace en el propio guión, una sucesión de momentos de acción visualmente bien resueltos y sin duda trepidantes que gravita en torno a una historia de amor, separación y reencuentro muy tópica y poco estimulante que lo es aún menos porque no hay realmente química entre Emilia Clarke y Alden Ehrenreich, en parte porque el guión no les da oportunidades a los actores para que la haya, y en parte porque los dos no acaban de desarrollar esa imprescindible complicidad que exhibieran Carrie Fisher y Harrison Ford. El hecho de que en no pocos momentos y no pocos gestos tanto el guión como la propia película pretenda, con insistencia pero sin llegar a conseguirlo, emular esa icónica pareja, y su fracaso en repetir esa química, marca uno de los puntos más flojos de esta película, señalándola como intento fallido. El empeño en hacer de esa relación sentimental un epicentro de la trama que devora todo lo demás, rivaliza a la hora de ser un lastre para la película con ese extraño empeño de mostrar a un Solo ingenuo, simplón, infantiloide en muchos de sus gestos, renunciando a las claves canallas que son las que realmente hicieron que el público “comprara” ese personaje en el pasado, cuando estaba en manos de Harrison Ford. Al lado de Ford, Ehrenreich es Bambi, eso ya lo sabíamos, pero al menos podrían haberse empeñado menos en poner al joven actor sonriendo estúpidamente en tantos planos que resultan francamente molestos. Error de casting sin duda. De hecho, Clarke por separado sí es interesante como personaje. Deberían haberse olvidado de Han Solo y hacer la película con ella y con el personaje de cameo que aparece casi al final de la historia. Habría sido una película con posiblidades de alcanzar el nivel de resolución y eficacia de Rogue One. Por el contrario, Han Solo está lejos de Rogue One, que era mucho mejor.

Otro aspecto negativo de la película es su dependencia de las icónicas figuras pretéritas de la saga, de las películas que la precedieron. El guión parece empeñado en hacer acopio de todos los momentos “míticos” del personaje de Harrison Ford, y se empeña en meterlos con calzador en este largometraje. En lugar de pasar olímpicamente de ellos, que habría sido mucho más inteligente. Queriendo complacer a los fans, quizá por aquello de borrar las críticas airadas contra algunos aspectos de Los últimos jedi, han caído justo en el error contrario: meter a rosca y con calzador todo aquello que los fans pudieran esperar: el encuentro Solo y Chewbacca, el encuentro de Solo, Chewbacca y Halcón Milenario, el encuentro Solo, Chewbacca y Lando Calrissian, etcétera. No es preciso que en cada momento nos estemos tropezando con algo aludido en los guiones de la trilogía clásica. Muy al contrario: al hacerlo así, y teniendo en cuenta que cada seguidor tiene su propia visión idealizada de esos momentos, inevitablemente no vas a complacer a casi nadie y vas a pincharle el globo a la mayoría. Mayor independencia en esas referencias a lo anterior, menos empeño en ese mostrar lo que se dijo, y mayor personalidad para encontrar su propio camino es lo que le falta a este largometraje, que para mí es paradójicamente el menos “Star Wars” de todos los de Star Wars. Y no lo digo porque la aparición del Imperio y los Stormtroopers sea más bien testimonial.

Además hay un desperdicio de talentos fichados en el reparto, principalmente los de Thandie Newton, Woody Harrelson y Paul Bettany. Es significativo que éste último, pintarrajeado y uniformado como el androide Visión, tenga más despliegue dramático y pueda exhibirse más como actor en Vengadores: Infinity War que en su tópico papel de Han Solo. Pero es igualmente significativo que cualquier encuentro de Emilia Clarke con Bettany tenga más interés y más química, si bien que siniestra y negativa, que los planos y bidimiensionales escarceos románticos que tiene con Ehrenreich a lo largo de toda la película. Newton deja claro al principio de la película que debería haber sido en su asociación con Harrelson una de las columnas vertebrales del asunto, pero los gestores del argumento no lo han visto así. Lástima. En cuanto a Lando Calrissian, esa otra muestra de que poco puede hacer el actor, en este caso Donald Glover, cuando no le dan casi ningún mimbre para construir el interés de su personaje. Y su momento dramático con el robot es uno de esos arrebatos que de repente te hacen exclamar ¡¡¡WTF!!!

El principal problema de la película es que no era necesaria una historia de orígenes de Han Solo, y menos aún sin Harrison Ford. Es como hacer tortilla de patatas sin huevos y sin patatas. No va a funcionar. Lo cual que deberían pensarse seguir por el camino de Rogue One, desarrollando personajes nuevos en lugar de intentar recuperar los clásicos.

Una pena: con lo bien que les habría quedado una película protagonizada por los cazadores de recompensas con Boba Fett como protagonista. En fin, otra vez será.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Mejora la primera, tiene más pasta, más personajes, más trama y más de todo.

Más cameos, más chistes, más seguridad, más entidad como película en lo argumental, frente a la construcción más de anécdota. Acción desatada y apabullante en el arranque para que no quepa dudad alguna de que en eso no va a decaer. Y luego una secuela que en muchos aspectos es más sólida que su predecesora y además sale beneficiada de la incorporación al conjunto de los personajes de Dominó y Cable.

Liberada de la obligación de presentar al personaje de toda película de orígenes, como era la primera, obligación que no obstante aquella supo manejar muy bien tirando de humor, esta segunda peripecia cinematográfica de Masacre (o Deadpool, si ustedes lo prefieren), sienta más firmemente los pies en lo cinematográfico sin dejar de echarle una buena mirada de repaso a las claves del cómic que no obstante convengamos en que no pueden pasar tal cual al cine directamente. Comprobado el éxito y la popularidad ganada por el personaje de Ryan Reynolds en el cine con Deadpool, esta segunda entrega puede sacar pecho, respirar a fondo y ganar en personalidad cinematográfica sin perder de vista que en su fórmula el chiste siempre es lo más importante, la risa es el objetivo principal y todo lo demás está en función de su capacidad para encadenar un diabólico guión que encadena y dispara bromas, guiños, cameos y otros disparates a velocidad tan trepidante que más vale estar muy atento a lo que ocurre en pantalla. El ritmo es de tal nivel, que impide que te entren ganas de bajar la vista al reloj, porque además sabes que como lo hagas, te pierdes algo fijo, lo que equivale a perderse una risa. El bombardeo de humor llega de todas partes, por lo verbal a través del diálogo, por lo visual, también a través de lo musical… y es como un laberinto que encierra chistes dentro de chistes, en una laboriosa tarea de ordeño de la sonrisa, la risa y la carcajada.

Acierta en mantener el mismo tono que la primera. Acierta en sacarle jugo a los medios más amplios que tiene sin que por ello se deje arrastrar a un despliegue visual que corte el rollo a lo esencial del asunto, sí, exacto, digámoslo de nuevo: la risa. Pero tengo la impresión de que si en la primera llevaba a cabo una esforzada labor para mantener el equilibrio entre la gamberrada y la acción, en esta segunda el juego que practica es hacer que la comedia absorba a la acción. De manera que hay secuencias trepidantes y espectaculares de peleas, tiroteos, decapitaciones, puñetazos y persecuciones, pero sin que en ningún momento nada de ello desplace a la comedia. Ocurría ya en la primera, pero en esta el maridaje entre acción y comedia es más fluido, y el ritmo lo marca más claramente la comedia. Asistimos en Deadpool 2 a un variopinto y siempre eficaz encadenado de gags verbales y visuales que bebe copiosamente de la cultura popular y la sátira hacia las fórmulas de explotación de ocio audiovisual en nuestros días. Hay leña para todos. De buen rollo, pero leña al fin y al cabo, de esa que desde la parodia nos hace pararnos a pensar en qué mundo vivimos y qué tipo de entretenimientos consumimos. Hay por supuesto palitos bien orquestados a lo políticamente correcto y cómo está influyendo como cortina de humo moral para tapar lo que realmente importa. El chiste con los niños acaba convirtiéndose en llamada de atención hacia los abusos, por ejemplo. De manera que no seamos simplistas: no todos los chistes que hay en Deadpool 2 tienen la intención de provocar la reflexión en segundo término del espectador ni aspira ésta a ser una comedia sesuda sobre los problemas de nuestro tiempo. Pero hay numerosas oportunidades en la película para reparar en por qué el humor es un síntoma de salud mental y una señal de inteligencia, empezando por la capacidad para reírse de uno mismo que exhibe el propio Ryan Reynolds a través de su personaje. Vean las secuencias extras después de los créditos y entenderán mejora qué me refiero.

Cierto es que este es el imperio del gag, hasta el punto de que si es necesario interrumpir la acción para aprovechar mejor un momento cómico, los artífices de la película no van a dudarlo ni un momento: interrumpen. Porque aquí los chistes son como los números musicales para el musical: la verdadera salsa de todo el asunto. Lo que le ocurre al personaje de Masacre es que ha crecido de Deadpool a Deadpool 2, para bien. Y de una forma que anuncia una larga vida en el cine si a sus promotores les viene en gana seguir con el asunto. Del original a la secuela no se nota desgaste. Han sabido superar la falta del factor sorpresa que era la primera con una mayor solidez en el planteamiento argumental y ampliando el número de convidados al festín. Han mejorado hacia la madurez el reto al que se enfrenta el protagonista, que no es ya el típico y tópico villano antagonista que vimos en la primera entrega, aunque allí supieran tratar bien el lugar común y lo previsible para convertirlo también en herramienta de humor. Aquí el reto tiene más interés, es menos tópico y sencillo.

El otro asunto que han sabido tratar muy bien es conseguir que el cargamento sentimentaloide de su trama no sea un lastre para la comedia y la acción. No lo es porque Morena Baccarin vende muy bien esa parte más emotiva manejando de forma más contenida que en la primera el papel de “novia” del antihéroe. Y no lo es porque la aparición de esos momentos emocionales está cuidadosamente milimetrada y rodeada de chistes y guiños que arropan tanto al personaje principal como a sus acompañantes, el grupo de superhéroes reunidos para la misión, ese Cable que tanto tiene en común con Terminator, esa Dominó que sirve como excusa para reflexionar y parodiar lo que vale para el lenguaje del cómic y lo que quizá no vale para el lenguaje del cine, o lo que es lo mismo, el trajín de metalenguaje que es uno de los caballos de batalla y está entre las principales herramientas de estas dos películas.

Miguel Juan Payán

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