Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

Drama romántico con base real muy bien resuelto por sus actores.

Los aficionados al cine clásico, a las estrellas de Hollywood, a Gloria Grahame, a las historias de ocaso y al argumento universal de lo viejo y lo nuevo, pueden encontrar muchas cosas a favor de este largometraje que en sus líneas generales se sustenta esencialmente por la personalidad de la estrella real implicada en la trama –Grahame, una de las mujeres más bellas del cine norteamericano-, y por la personalidad de sus actores. Y al decir esto último me refiero tanto a los dos protagonistas, Annette Bening y Jamie Bell, como a secundarios que les envuelven con una solidez y una resolución de singular elegancia y competencia, como Stephen Graham, Julie Walters, Vanessa Redgrave… Hay una esencia de cine clásico cruzándose con cine actual notable que sirve como eficaz motor de esta trama de romance otoñal entre Gloria Grahame y un joven aspirante a actor en la que Annette Bening interpretando a la protagonista sirve como motivo más que suficiente para atraer a cualquier amante del cine. Con Bening, como con tantas otras actrices, se cumple el axioma de que llegadas a cierta edad son sistemáticamente ninguneadas por una industria del ocio audiovisual cada vez más inclinada a las propuestas adolescentes y la glorificación de la juventud, tanto en sus historias como en sus repartos, algo que hace más mella en las mujeres que en los hombres. Lo femenino tiene una fecha de caducidad mucho más limitada y sin duda notablemente temprana en las propuestas del cine estadounidenses pero se extiende igualmente a otras cinematografías como una especie de infección maligna que nos priva sistemáticamente y día a día de disfrutar propuestas de historia con miras más amplias y personajes más maduros. No parece haber manera de impedir esa especie de ninguneo sistemático del talento de las actrices maduras, al que pocas o casi ninguna escapan, y la máquina de triturar juguetes rotos de Hollywood no cesa en su funcionamiento, imparable y devoradora en su visceral –y eminentemente comercial- afición por mandar al desguace cada vez con mayor premura, a sus actrices maduras, generando con ello un incuestionable empobrecimiento de la materia prima con la que se fabrican los sueños audiovisuales.

Y precisamente sobre ese proceso, sobre ese ocaso cotidiano y perpetuo y sobre la fabricación de esos sueños que se instalan en la memoria del espectador como parte de su pasado y por lo tanto de su vida, sobre lo que trata en realidad Las etrellas de cine no mueren en Liverpool, que si bien parte de un hecho real, previsiblemente adornado por las estrategias de la ficción para convertirse en drama romántico, está en realidad abordando ese proceso general del que hablaba más arriba tomando como ejemplo la peripecia emocional de una interesante hibridación entre Gloria Grahame y Annette Bening que da como resultado una especie de híbrido demoledor de ambas capaz de manifestar el carácter perpetuo de ese ocaso d de las grandes del cine, y que podríamos denominar Glorianette Grahamebening. Tal es la fusión entre la actriz retratada y la actriz que la retrata, o lo que es lo mismo, la reconstrucción de aquella en manos de ésta.

A ambas de las echa mucho de menos en un cine cada vez más simplón y menos seductor, más pirotécnico y menos emocional, más superficial y menos evocador.

Cierto es que la película puede acercarse en algunos momentos al tono de los dramas rodados para televisión, pero se le perdona, porque en su conjunto funciona con gran equilibrio y la química de los dos actores protagonistas consigue que acabes metiéndote de lleno en la historia, incluso cuando reconoces en la misma las pinceladas de la fábula. Tras un arranque que a algunos recordará El graduado, la propuesta acaba poniendo sobre el tapete claves narrativas de encuentro con la fama y la leyenda de probada eficacia como anécdota argumental de arranque en Notting Hill y Mi semana con Marilyn, pero afortunadamente no se queda ahí y consigue instalar en su esquema una especie de eco de la trama de ocaso que preside el clásico de Billy Wilder El crepúsculo de los dioses, apoyándose en una Annette Bening que sabe sacar partido de esta oportunidad y este reto.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Disparatada y floja propuesta de acción, argumento serie B con pretensiones de serie A.

A ver, soy un firme defensor del cine descerebrado, engorilado, parido para puro entretenimiento y evasión, y tengo que confesar que Serpientes en el avión es muy mala pero le tengo un cariño muy especial precisamente por ser tan chorras y tan chapuzas. Pero lamentablemente no puedo decir lo mismo de este intento fallido y descarado de cruzar elementos de cine de catástrofe con cine de acción y robos, y habiendo visto hace tres semanas más o menos Juego de ladrones, que es un muy recomendable y sólido policíaco, me parece aún más chocante que a la hora de tramar esta otra peripecia de robos con huracán incluido sus artífices hayan puesto tan poco cuidado en currarse trama, conflicto y personajes. No lo entiendo, sinceramente. Me deja a cuadros.

De partida, la idea de mezclar Twister con Heat, Fast and Furious y La tormenta perfecta puede ser buena, siempre que quieras sacar como conclusión de todo ello una parodia tipo Sharknado, o un pasarratos sin pretensiones como los que perpetra con alevosía y nocturnidad el cine de serie Z con no poca retranca y cachondeo. Pero tomándose en serio aquí no van a ninguna parte. Perecen, arrastrados por la huracanada insolvencia que parte de que esta película no parece reconocerse a sí misma como lo que es desde el principio, que tomaron prestado de Twister haciéndole un ligero tuneado.

El director, Rob Cohen, lleva toda su carrera tropezando en la misma piedra. Propone argumentos curiosos para sacar adelante una serie B, pero sistemáticamente se empeña en convertirlos en carne argumental de serie A. Si repasamos su más que irregular filmografía comprobaremos que esa jugada le ha salido más o menos bien en títulos como Dragonheart, Corazón de dragón, Dalight, pánico en el túnel, The Fast and the Furious, a todo gas, XXX, La mente del asesino, pero también veremos que ha sido el principal error de otras películas que llevan su firma como Dragón: la vida de Bruce Lee, The Skulls: sociedad secreta, La amenaza invisible: Stealth, Obsesión, y sin duda Operación: Huracán. La momia: la tumba del emperador Dragón creo que es el mejor ejemplo de lo que no funciona en el cine de Cohen, artesano tanto más eficaz cuanto más se aleja de las ambiciones de blockbuster y más se acerca a cultivar simplemente el entretenimiento y el pasarratos como objetivos de su filmografía.

Operación: huracán es floja y tiene el argumento de una entrega de Sharknado, pero sin incluir el cachondeo a costa de sí misma, cosa que sí hacía Serpientes en el avión, que además era más entretenida.

Pero, ojo, la película puede tener su interés desde otro punto de vista. No nos engañemos: es un boceto perfecto de todos los puntos flacos en que viene cayendo sistemáticamente el cine de acción con pretensiones trepidantes y de las partes más endebles del cine blockbuster. Es en esencia lo mismo que ocurre con Proyecto Rampage, que llegó también recientemente a nuestras pantallas.

Poco puede hacer Maggie Grace por habitar y construir un personaje con la exigua y tópica materia prima que le proporciona el guión. Y lo mismo vale para su compañero de reparto, Toby Kebbell, que debería replantearse cómo elige algunos de los proyectos en que trabaja, porque tiene tendencia a meterse en huertos como Ben-Hur, Warcraft, The Female Brain… Es mejor actor de lo que algunos de los guiones que acepta le permiten demostrar.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Biografía descafeinada que aborda como anécdota la creación de El guardián entre el centeno.

Las películas de biografía de personajes célebres, eso que en Hollywood denominan biopic, comparten siempre con aquellas otras que esgrimen cual florete la frase propagandística “basada en hechos reales” esa naturaleza molesta de cine vampiro, que chupa la sangre de la realidad a su modo y según sus caprichos, sin plantearse nunca profundizar demasiado en el personaje o asunto que abordan o planteándose un abordaje descaradamente manipulador de la realidad. Rebelde entre el centeno se sitúa a ratos muy cerca de esto último y está siempre en lo primero. Manipula algo, pero lo que desde luego está claro es que desperdicia la oportunidad de trazar una semblanza realmente interesante del escritor protagonista de la historia. O de la obra con la que consiguió convertirse en uno de los literatos más aplaudidos de todo el mundo y parte de cuyo títulos sirve a del propio largometraje.

Parte del problema es que por entregado que sea el trabajo de Nicholas Hoult, este actor no consigue construir una versión de J.D. Salinger con gancho y fuerza. Prueba de ello es que resultan mucho más interesantes los personajes del maestro interpretado por el repudiado, pero no por ello menos talentoso Kevin Spacey, la madre de Salinger a la que da vida Hope Davis o la representante a la que da vida Sarah Paulson. Basta ver las secuencias clave de cara a cara hijo-padre con Hoult y Victor Garber en el papel del progenitor, para entender a qué me refiero. Los dos se quedan muy por debajo en tensión dramática respecto a lo que deberían sacar adelante en esas escenas. Pero cuando Hoult está frente a Spacey, Davis o Paulson, son ellos los que brillan y le toman claramente la delantera, sin que llegue a convencernos Hoult en algún momento de que tiene algo que aportar o contar esencial sobre este interesante personaje que es un caramelo para cualquier actor pero él interpreta como si el enigma debiera seguir siéndolo para el espectador durante toda la trama de la película, manteniendo una falta de energía realmente crispante o totalmente previsible.

Para ser justos, hay que aclarar que esa falta de energía le llega al actor en buena parte como consecuencia de la falta de energía de la propia película, que se acomoda en un tono medio de telefilme en la mayor parte de su metraje dedicada aparentemente solo a comentar las anécdotas de la vida de su protagonista y hablar de lo mucho que sufre como creador sin que nunca lleguemos a ver y sentir realmente en la pantalla ese sufrimiento. Danny Strong parece confiar en que fichar a J.D. Salinger como protagonista y hablar de El guardián entre el centeno es ya suficiente, pero ambas cosas son solo el principio de lo que debería haber sido esta película. Y él, que es actor y además guionista y creador, debería haber aprovechado esta ocasión para hacer lo que ya hiciera Federico Fellini en Ocho y medio, la primera reflexión de un cineasta sobre las aristas, retos, dudas y conflictos a los que se enfrenta el creador cinematográfico, o Bob Fosse en All That Jazz: empieza el espectáculo, que hizo otro tanto pero en su caso sobre el trabajo del bailarín y coreógrafo. Strong debería haber aprovechado para intentar al menos mostrarnos esas aristas, retos, dudas y conflictos a que se enfrenta el escritor, pero se queda en la capa más superficial de la cebolla, en perfil bajo, añadiendo además un acompañamiento musical tipo muleta obvia. Falta que profundice más –pero repita menos- el juego de símbolos como el filete, que confíe más en el espectador para no dárselo todo masticado, que se arriesgue fuera de la zona de confort de la pose para zambullirse de verdad en el enigma Salinger, en lugar de convertir lo que podría haber sido una especie de Whiplash de la tecla en un puñado de momentos a modo de variante descafeinada de El club de los poetas muertos.

Esto podría haber sido el equivalente en literatura de lo que fuera Bird de Clint Eastwood para Charlie Parker y el jazz, pero no lo es. Es una domesticada e inocentona película-vampiro entretenida pero totalmente inofensiva.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Entretenido disparate sobre el tabú del sexo en clave gamberra.

Sexo y generaciones. Tema infalible para la comedia estadounidense. Imán por otra parte para todo tipo de tópicos. #Sexpact no se aparta ni un milímetro de lo esperado y de lo que anuncia su propio tráiler. Proporciona exactamente aquello que propone. Un rato divertido. Algunos chistes bien ejecutados. Otros simplemente perpetrados con alevosía y nocturnidad pero que aceptamos porque en su conjunto el asunto cumple como pasarratos. Y además, sabíamos dónde nos estábamos metiendo. De la mezcla de todo ello sale un rato entretenido, con algunos momentos más o menos divertidos, que te saca algunas risas, y en el que, sorprendentemente, John Cena le saca partido en clave autoparodia a un personaje que acaba por convertirse en un aceptable motor para algunos chistes. De hecho valoro más sus esfuerzos por entrar en esa clave de humor que el más previsible juego de comedia que se traen sus dos compañeros de aventuras, Leslie Man y Ike Barinholtz, y eso que éstos dos últimos están jugando en su propio campo trabajando en clave de comedia y Cena juega en campo contrario, o por lo menos a contracorriente de su imagen. El personaje de padre tontorrón que no se entera de nada y sufre un ataque sentimentaloide al pensar en el posible desvirgamiento de su hija le da mimbres suficientes como para proporcionar una simpática rociada de momentos absurdos que tienen cierta cualidad lisérgica e imponen cierto aire de escape de los más previsibles devaneos de la fauna adolescente de la trama y los aún más previsibles momentos sensibleros que nunca llegaré a entender qué demonios pintan en este tipo producto. Las dos emblemáticas antecesoras de este tipo de propuesta gamberraDesmadre a la americana y Porky´s , no tenían esos lastres emotivos que inevitablemente me provocan arcadas, porque les veo las cartas y en esas cartas hay un descarado intento de domesticar el caos, aligerar el cargamento más gamberro y más catártico por la vía de lo anárquico, que es lo que resulta únicamente válido en este tipo de propuestas. No nos interesa un carajo que se quieran. Queremos ver cómo se hacen la puñeta y echarnos unas risas. No queremos baba emocional. En ésta hay algo de esas emociones embotelladas y por catálogo, totalmente previsibles y prescindibles, donde al final descubren que en el fondo todos se quieren mucho. Pero su toxicidad no llega a mutilar del todo las partes de disparate y pirada de pinza, así que me doy por contento.

Me he reído. Cena me ha resultado simpático por el engorilamiento total de su personaje, y además la pareja de padres fornicadores formada por Gina Gershon y Gary Cole tienen algunos momentos rijosos particularmente eficaces. Pienso que esos personajes se merecen una película para ellos solos, pero sin moñadas, por favor, no les castren como al gato que entonces se echan a perder.

Eso sí, me sacan del asunto el pasteleo de la madre soltera y su hija y la cosa queda mucho mejor.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Buena aventura bélica como las que ya no se hacen. Disfrutarán los amigos de la acción.

Imagino que le van a caer palos por su contenido y porque es un tipo de película que en el tiempo que vivimos estará mirada con sospecha por algunos abanderados de la caverna buenrrollista, pero me niego a quitarle una sola estrella, porque me lo he pasado muy bien viéndola. Y crean que no es fácil convencerme en lo que se refiere a cine bélico, porque me he comido muchas pirulas de este palo y sospecho automáticamente de todas aquellas propuestas que creen que con poner a un puñado de tíos dándole alegría al gatillo y muchos bombazos arriba y abajo ya tienen todo hecho. No es eso, señores. Es que en ésta se han currado una construcción de personajes y situaciones de manera muy competente y les sale una película muy maja que además reúne una característica de mezcla del bélico con la épica del cine de aventuras, carga de la brigada ligera incluida. Y además no engaña. Pone bien a la vista su rollo de patriotero reclutamiento incluido, como no puede ser de otro modo en un producto que llega de Estados Unidos con esa segunda piel propagandística y llenacuarteles que tienen todas estas peripecias de hazañas bélicas basadas en hechos reales, donde el homenaje se utiliza como cebo para convencer a pardillos para que se alisten a defender la bandera de barras y estrellas en corrales ajenos. Pero es tan clara en eso, que resulta fácil pasar esa página tan molesta como inevitable para zambullirse en la parte más disfrutable del asunto, que es el periplo de un puñado de soldados en una misión imposible, casi suicida, en territorio enemigo, donde además los responsables de la película saben sacar buen partido al choque de los conceptos y la tecnología bélica más moderna enfrentado al espíritu más primario de la guerra, en un paisaje legendario que como afirma uno de los personajes ha sido siempre la tumba de grandes imperios. Caballos contra tanques, bombas lanzadas desde el aire contra guerrilleros, son la salsa de esta peripecia bélica que visita con eficacia los lugares comunes del género bélico y no se arrepiente de ser lo que es: esparcimiento de acción pura y dura con acción bien filmada y reparto que defiende la construcción de personajes básicos, pero no bidimensionales, llamados a protagonizar una película que se desplaza por su argumento con buen ritmo.

El tema del liderato y cómo ejercerlo y la lealtad entre combatientes forjan una base narrativa sólida y bien medida en todos sus pasos para llevar al protagonista, un competente Chris Hemsworth en clave John Wayne, a hacer un viaje del héroe previsible, sin grandes sorpresas, pero bien organizado para funcionar como eficaz entretenimiento sin más complicaciones que además sabe cómo parar a tiempo para no convertirse en una farsa o ponerse demasiado obvia en su fase de homenaje a los veteranos, caídos en combate y demás. Su gran acierto es no intentar disfrazarse ni tener complejos.

Esto es cine bélico. Punto.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Desbanca a la primera película de Vengadores como la mejor película de superhéroes de Marvel.

Era previsible. Lo habíamos dicho por activa y por pasiva: fuera como fuese, ocurriera lo que ocurriese, el cine de superhéroes, tal como lo conocemos, no iba a ser el mismo después de que se estrenara este tercer largometraje de la saga de los Vengadores de la Marvel. Y así ha sido. Los hermanos Russo han hecho alarde de equilibrio y cordura, han esquivado todos los obstáculos derivados de reunir a la mayor parte de los personajes de la galería de la Marvel en cine y ponen en pantalla un blockbuster épico a día de hoy inalcanzable por cualquier otro estudio que pretenda jugar en su misma liga en lo referido a superhéroes. No hay competencia posible para esta superproducción que supera a todos sus antecedentes en las producciones Marvel y a muchos de los intentos de otros estudios. Han marcado el territorio para unos cuantos años, poniendo el listón muy alto, tan alto, que se salen de la tabla. Calidad. Evasión. Ciento cincuenta y tantos minutos que pasan como un suspiro. Trepidación y espectáculo visual a tope, pero sin por ello renunciar a darle su momento a cada personaje (el momento Spiderman/Iron Man en el desenlace es una buena prueba de ello). Los hermanos Russo ponen en claro a otros estudios que ha llegado el momento de que busquen caminos alternativos y no intenten competir en el mismo terreno que la Marvel. Las alternativas son múltiples. Recordemos la trilogía del Caballero Oscuro de Nolan. Logan. Deadpool. Se trata de encontrar un estilo propio. Competir al mismo nivel es imposible. Ni sacando del armario todas las escenas cortadas de Zack Snyder para Liga de la Justicia. Ni reclutando mutantes hasta debajo de las piedras en Fox. Lo que plantea Vengadores: la guerra del infinito (me gusta mi idioma) no solo es el principio de un cierre de una etapa en Marvel con dos películas o movimientos (falta Vengadores 4), sino que de paso ha mandado un mensaje fuerte y claro a la industria y a sus competidores que éstos harían bien en recoger con madurez, preparándose para proponer e imponer su propio estilo alternativo en otra línea de trabajo. Hacer lo mismo se les ha puesto difícil. Y las comparaciones van a ser odiosas.

¿Qué han hecho bien los Russo? En primer lugar tener la gallardía de echarse para adelante e imponer una línea recta de trabajo que viene trazándose desde el primer Capitán América, como demuestra un guiño con la aparición de un personaje en este largometraje cuya identidad obviamente no voy a revelar. Tony Stark era el mascarón de proa, pero el corazón del asunto ha acabado estando en el Capitán América en manos de los Russo, y eso queda ya totalmente claro en este largometraje.

Segundo acierto notable de los directores y de esta película: marcar claramente el protagonismo para… el antagonista. Thanos es un adversario, cierto. Pero es el motor de este relato y siguiendo sus pasos por el mismo, queda claro que es el protagonista del mismo. Ha merecido la pena esperar. Si la película desbanca a la primera de Vengadores como la mejor de Marvel, Thanos desbanca a Loki como el mejor supervillano de la multifranquicia, término que por cierto se nos queda ya corto para definir lo muy parda que la han liado en este largometraje. Josh Brolin es el amo de la función con un personaje muy bien planteado, bien escrito, perfectamente respaldado por un guión sólido que le permite interactuar a un nivel diferente con distintos personajes clave. No creo que ningún lector de los comics de Marvel le pueda poner pegas a esta encarnación del personaje que creara Jim Starlin, porque incluso algunos de los momentos de la película son una perfecta y fiel recreación de viñetas particularmente carismáticas de su paso por los tebeos de la editorial.

Tercera cosa bien hecha que se deriva directamente de la anterior: poniendo a Thanos en el epicentro del asunto, otorgándole ese protagonismo del que hablo, la convocatoria de tantos personajes de superhéroes puede permitirse ser limitada en cuanto al tiempo que permanecen en pantalla los mismos, pero conocedores de esa limitación de presencia en el metraje total, los Russo han elaborado un guión y una presentación visual y desempeño de sus héroes en la trama cuidadosamente medida para otorgarles todo el tono épico de la película. Iron Man, el Capitán América, Thor, Spiderman, Pantera Negra, aparecen lo justo para dejar su huella. Consiguen llenar en la mayor parte de los casos, incluso en los personajes que aparecen en la secuencia post-créditos, aunque aparezcan poco. Todas sus intervenciones están a un nivel de épica notable en esta guerra total.

Quinto acierto: multiplicar los escenarios de batalla permite jugar con las asociaciones de los distintos personajes haciendo cruces que van a ser el top de los momentos brutalmente palomiteros del año. No puedo decir nada más concreto para no destriparla, lo que sería una gran faena. Pero confíen en mi palabra. El capi sale lo que sale, pero se impone. Y lo mismo el resto de sus compañeros.

Los villanos. He hablado de Thanos como protagonista. Pero sus colegas, y algún otro encuentro que tiene por ahí, funcionan perfectamente, mucho mejor que todo lo de Hela en Thor Ragnarok, o que los Elfos chungos de Thor: un mundo oscuro. Por cierto, Thor totalmente recuperado como el personaje que realmente debe ser en esta película. Hulk/Banner saliendo por un camino inesperado como personaje en lugar de repetir más de lo mismo. Loki siendo fiel a sí mismo. Etcétera, etcétera, etcétera. Se hace notar la fuerza que otorga a todo este universo de ficción el importante número de películas que tiene ya estrenadas. Y todos los personajes salen beneficiados de ese respaldo, independientemente de que hayan sido mejor o peor desarrollados en las películas precedentes. Muy interesante el trabajo que hacen los Russo con Spiderman, la manera en la que tiran de humor, pero con cuidado, equilibradamente, sin pasarse como se pasaron Guardianes de la Galaxia 2 y Thor: Ragnarok. Incluso le han devuelto peso épico a Groot, y eso sí que lo tenían difícil…

Sexto acierto: el cierre. Dejar la trama en un momento de cliffhanger siempre es difícil, resulta casi imposible que el espectador no salga del cine con la sensación de que la historia está incompleta. Los buenos cliffhanger te mantienen pegado en la butaca como si por un milagro te fueran a poner la siguiente película que ansías ver inmediatamente después. Ocurre pocas veces. Ocurrió en el desenlace de El imperio contraataca. Y aquí vuelve a ocurrir. Pero multipliquen por diez en este caso la sensación de quiero más y lo quiero ya de El imperio contraataca. Y lo curioso es que además la película cierra bien. Tiene un desenlace. Y ese desenlace además es un momento digno de los mejores cómics de superhéroes. El tipo de desenlace que te lleva a salir disparado al quiosco a buscar la siguiente grapa. Porque, amigos, estos tíos nos han dado además uno de los mejores traslados de las claves del lenguaje del cómic al cine, sin dejar de ser en ningún momento cine. Ojo a la dirección. Superan sus anteriores trabajos.

Dicho todo lo anterior, un detalle: quien escribe todo esto iba a ver la película con cierto escepticismo, un tanto saturado ya por tanta franquicia y tanta película de superhéroes y desanimado con la segunda de Guardianes de la galaxia y la tercera de Thor.

Y Vengadores: la guerra del infinito me ha convencido de que, en su liga, como blockbuster de evasión, es lo mejor que he visto desde hace mucho tiempo, y obliga a replantearse la manera de seguir explotando los superhéroes en el cine, vengan de la editorial que vengan y salgan de la productora que salgan.

Esto es otra liga, señores.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Wes Anderson en su película más política, mejor que El fantástico Mr. Fox.

Sorprende, en positivo, la manera en la que Wes Anderson traslada sus claves como cineasta con total flexibilidad y eficacia desde el cine en imagen real a la animación en Isla de perros, que en todos los aspectos me parece mejor y más completa que su anterior incursión en este mismo territorio,El fantástico Mr. Fox. Ello se debe, sospecho, sobre todo después de ver Isla de perros, a que en cierto modo sus películas de imagen real son en realidad películas con vocación de cine de animación. Los decorados, personajes y muchas secuencias de películas como Life Aquatic o El gran hotel Budapest, por citar solo dos de las más evidentes pruebas en este sentido, así lo testimonian. No es imposible en absoluto imaginarse a todos esos actores de carne y hueso transformados en criaturas de animación. Y del mismo modo, recíprocamente, no cuesta mucho imaginarse a cada uno de los perros que habitan su último trabajo con los rostros de los actores que han puesto mucho más que sus voces para darles vida. De modo que el concepto de trabajo con la animación es finalmente tan elocuentemente “de autor” en el caso de Wes Anderson como el resto de sus películas desplegadas en el territorio de las películas en imagen real. Tanto monta, monta tanto. En eso también ha conseguido diferenciarse el director de otros cineastas que cultivan la animación.

Entretenimiento de suspense pasable pero sin grandes sorpresas cinematográficas.

Quiero decir con lo anterior que, como por otra parte suele suceder con las versiones para el cine de las novelas de Agatha Christie, se confirma que hay dos tipos de adaptaciones: las que apuestan por otorgarse personalidad propia cinematográfica por encima de la fuente de inspiración, desarrollando claves visuales y estrategias narrativas del cine o la televisión que superan lo propuesto por la tejedora de intrigas literarias, y aquellas otras que prefieren con complicarse la vida y fían en que les baste con limitarse a ilustrar lo más fielmente posible las arteras mañas de fabricar juegos de enigmas en cuarto cerrado de la escritora británica, eso sí, aderezando su propuesta con un reparto de rostros más o menos conocidos que tengan cierto poder de atracción para levantar los por otra parte bastante tópicos y repetitivos personajes que habían las distintas variantes de la fórmula de intriga criminal que nos ocupa. La mejor exponente de la primera de estas posibilidades es la versión de Asesinato en el Orient Express dirigida por Sidney Lumet en 1974. En el segundo grupo formaría la versión de esa misma novela dirigida más recientemente por Kenneth Branagh, las películas protagonizadas por Peter Ustinov en el papel de Hercules Poirot, Muerte en el Nilo, El espejo roto, Muerte bajo el sol… y sin duda ésta producción que aquí nos ocupa, La casa torcida.

Buena película de intriga, acción tras las huellas de Heat, de Michael Mann.

Ojo a este largometraje porque puede ser una grata sorpresa para los aficionados al cine de intriga y acción, un género que está más desaparecido que nunca en la pantalla grande, devorado por las franquicias tipo Fast and Furious, Misión imposible, o las peripecias de superhéroes, pero que todavía nos depara oportunidades como este largometraje o también Brawl in Cell Block 99 que nos deja claro que tiene mucha vida, mucho que ofrecer, y no sólo en sus versiones de series de televisión, que ciertamente en los últimos tiempos tienen la tendencia a ser mejores que sus equivalentes en pantalla grande.

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