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Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

Una de las mejores y más interesantes películas que veremos este año.

Choque de gigantas ante las cámaras en una de las películas que los aficionados al buen cine no deberían perderse este año. Miren, seamos claros: ya solo por ver el encuentro interpretativo de Rachel McAdams y Rachel Weisz merece la pena acercarse al cine a ver este largometraje. Pero hay más.

Lo primero que hay es que deben prescindir de las notas que le hayan enchufado en algunos ficheros y páginas de críticas. Me huelo que están retorcidas, viradas, intoxicadas por distintos intereses y preocupaciones por la imagen pública de determinado colectivo o instituciones. Pero no se alarmen: no hay nada que no pueda aplicarse a otros muchos colectivos e instituciones. Lo que viene a decirnos la película es que toda norma castradora de la intimidad y privacidad y de la libertad del individuo, de su propia naturaleza, de sus preferencias sexuales, sean cuales sean éstas, es un serio ataque contra la humanidad.

La película es un alegato contra una forma de condicionamiento y autoritarismo soterrado, silencioso, cotidiano, del día a día, que seguramente muchos no quieren identificar con instituciones concretas con las que de un modo u otro se identifican o de las que participan, pero lo cierto es que el bofetón a la farsa y el absurdo está ahí y no admite ni pactos ni componendas.

Desde el primer momento la película aborda el asunto central de su propuesta sin ningún tipo de maquillaje. Es una apuesta por la libertad del individuo frente a las normas impuestas por la tribu. Cualquier individuo. Cualquier tribu.

Pero además, lo realmente interesante, es la manera en la que guión y director abordan el desarrollo de este alegato sin entrar en el lodazal de las descalificaciones gratuitas y fáciles o el melodramatismo obvio. La reflexión pausada, equilibrada y madura preside cada plano y con su equilibrio y madurez no le deja mucho espacio al espectador para esquivar la necesidad de llegar a sus propias conclusiones. Pero, insisto: lo mejor es que ni hace propaganda ni descalifica. No es una película de buenos y malos. Y en muchas escenas estamos tan de parte del personaje de Rachel Weisz como nos ponemos críticos con su manera de entender las cosas, comprendiendo su forma de dolor y pesar por los propios errores más que por las exigencias normativas ajenas.

En Disobedience no hay salidas fáciles, conclusiones sencillas, obviedades de fábula perfecta, ni resoluciones cerradas. La manera en que se nos presenta el personaje del marido interpretado por Alessandro Nivola, su arco de desarrollo en un segundo plano, casi en silencio, con un pleno ejercicio de construcción del personaje en un mínimo de tiempo, desde la máxima sobriedad, es todo un ejemplo de con qué ritmo, mimbres y objetivos trabaja la película.

Algún despistado dará en decir y pensar que esta película le suena a telefilme. Error. Es cine. Buen cine. Un cine muy pensado al que desgraciadamente muchos están dejando de disfrutar: cine para adultos. Un cine en el que la cámara sigue a los personajes con solvencia y sin servirse de muletas ni adornos, hasta hacer que dejen de ser personajes para convertirse simplemente en personas.

Un cine que en sus planos consigue convertirnos en cómplices de las pasiones y desgarros de sus personajes sin tirar de las herramientas emocionales falsas que suelen prodigarse en este tipo de historias. No hay farsa emotiva, sino simplemente emociones.

En ese sentido es una de las películas más saludables de esta temporada, tanto para la mente como para el espíritu. Porque darle la espalda a la realidad o limitarse a empuñar banderas oportunistas que permiten maquillar los claroscuros de nuestra sociedad no es ni útil ni suficiente.

O quizá se trate simplemente de que desde el principio de esta historia he concluido, una vez más, que las personas están siempre por encima de todo lo demás, incluidas la normas, y que aunque necesitamos organizar nuestra convivencia, eso no nos autoriza a meternos a saco en la vida privada de la gente y mucho menos nos otorga potestad alguna para impartir lecciones, dar consejos o pretender que todos hemos de pensar lo mismo en todo momento solo para sentirnos superiores desde la seguridad de seguir el precepto ciegamente sin mirar a los ojos a la persona que tenemos enfrente.

Sebastián Lelio nos obliga a mirar a los ojos de sus personajes con una autoridad de director al que conviene tener muy en cuenta cada vez que se asome a la cartelera con un nuevo proyecto.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

A Juan Antonio Bayona ya no viene a verle un monstruo, sino un dinosaurio, bueno más bien una auténtica estampida de dinosaurios que se lanzan hacia el espectador al galope buscando coronarse como reyes de la taquilla internacional emulando a sus predecesores en la franquicia de Parque jurásico.

Jurassic World, el reino caído, es la más reciente y la más española de las películas que integran la saga basada en las novelas de Michael Crichton e iniciada con uno de los mayores éxitos comerciales de Steven Spielberg. El director y los dos protagonistas Bryce Dallas Howard y Chris Pratt, se han pasado por Madrid para presentar la película y asistir a una premiere en el WiZink Center a la que también asistieron los productores de la película, Belén Atienza, Colin Trevorrow, Frank Marshall y Patrick Crowley junto a la habitual colección de famosos reclutados para posado en la alfombra roja y rodeados de figuras de dinosaurios a tamaño real construidas con los bricks de LEGO.

Fallido intento en ritmo, espectacular en la acción pero con reparto discutible.

Ron Howard nos presenta una versión de la juventud de Han Solo en la que se aprecian los primeros síntomas de una sobrexplotación de la franquicia de Star Wars, y falla en trasladarnos esa épica de aventuras trepidantes que suele ser habitual en todas las películas de la saga, incluyendo los episodios I, II y III dirigidos por George Lucas.

Desde que se reinauguró la saga de la guerra de las galaxias, esta es la primera película que realmente pienso que no funciona en suficientes elementos de su concepción para que ni siquiera su pertenencia a la misma sea suficiente para que en uno u otro momento podamos agarrarnos a algo que nos devuelva esa sensación de salir al espacio a conocer mundos y personajes imposibles de la que pueden presumir, de uno u otro modo, con mejor o peor fortuna y acabado más o menos afinado, todas las demás películas de la saga. Pienso sinceramente que Ron Howard con Han Solo ha mostrado el verdadero talón de Aquiles de esta franquicia, que es la sobrexplotación y el canibalismo de sus propios contenidos en los títulos clásicos. Aclaro: como lector de cómics, creo que en lo referido a guión son muchas las propuestas que han salido en guiones para las viñetas que superan lo que nos propone esta película. Y pienso que el principal foco de fragilidad y fallo de esta película nace en el propio guión, una sucesión de momentos de acción visualmente bien resueltos y sin duda trepidantes que gravita en torno a una historia de amor, separación y reencuentro muy tópica y poco estimulante que lo es aún menos porque no hay realmente química entre Emilia Clarke y Alden Ehrenreich, en parte porque el guión no les da oportunidades a los actores para que la haya, y en parte porque los dos no acaban de desarrollar esa imprescindible complicidad que exhibieran Carrie Fisher y Harrison Ford. El hecho de que en no pocos momentos y no pocos gestos tanto el guión como la propia película pretenda, con insistencia pero sin llegar a conseguirlo, emular esa icónica pareja, y su fracaso en repetir esa química, marca uno de los puntos más flojos de esta película, señalándola como intento fallido. El empeño en hacer de esa relación sentimental un epicentro de la trama que devora todo lo demás, rivaliza a la hora de ser un lastre para la película con ese extraño empeño de mostrar a un Solo ingenuo, simplón, infantiloide en muchos de sus gestos, renunciando a las claves canallas que son las que realmente hicieron que el público “comprara” ese personaje en el pasado, cuando estaba en manos de Harrison Ford. Al lado de Ford, Ehrenreich es Bambi, eso ya lo sabíamos, pero al menos podrían haberse empeñado menos en poner al joven actor sonriendo estúpidamente en tantos planos que resultan francamente molestos. Error de casting sin duda. De hecho, Clarke por separado sí es interesante como personaje. Deberían haberse olvidado de Han Solo y hacer la película con ella y con el personaje de cameo que aparece casi al final de la historia. Habría sido una película con posiblidades de alcanzar el nivel de resolución y eficacia de Rogue One. Por el contrario, Han Solo está lejos de Rogue One, que era mucho mejor.

Otro aspecto negativo de la película es su dependencia de las icónicas figuras pretéritas de la saga, de las películas que la precedieron. El guión parece empeñado en hacer acopio de todos los momentos “míticos” del personaje de Harrison Ford, y se empeña en meterlos con calzador en este largometraje. En lugar de pasar olímpicamente de ellos, que habría sido mucho más inteligente. Queriendo complacer a los fans, quizá por aquello de borrar las críticas airadas contra algunos aspectos de Los últimos jedi, han caído justo en el error contrario: meter a rosca y con calzador todo aquello que los fans pudieran esperar: el encuentro Solo y Chewbacca, el encuentro de Solo, Chewbacca y Halcón Milenario, el encuentro Solo, Chewbacca y Lando Calrissian, etcétera. No es preciso que en cada momento nos estemos tropezando con algo aludido en los guiones de la trilogía clásica. Muy al contrario: al hacerlo así, y teniendo en cuenta que cada seguidor tiene su propia visión idealizada de esos momentos, inevitablemente no vas a complacer a casi nadie y vas a pincharle el globo a la mayoría. Mayor independencia en esas referencias a lo anterior, menos empeño en ese mostrar lo que se dijo, y mayor personalidad para encontrar su propio camino es lo que le falta a este largometraje, que para mí es paradójicamente el menos “Star Wars” de todos los de Star Wars. Y no lo digo porque la aparición del Imperio y los Stormtroopers sea más bien testimonial.

Además hay un desperdicio de talentos fichados en el reparto, principalmente los de Thandie Newton, Woody Harrelson y Paul Bettany. Es significativo que éste último, pintarrajeado y uniformado como el androide Visión, tenga más despliegue dramático y pueda exhibirse más como actor en Vengadores: Infinity War que en su tópico papel de Han Solo. Pero es igualmente significativo que cualquier encuentro de Emilia Clarke con Bettany tenga más interés y más química, si bien que siniestra y negativa, que los planos y bidimiensionales escarceos románticos que tiene con Ehrenreich a lo largo de toda la película. Newton deja claro al principio de la película que debería haber sido en su asociación con Harrelson una de las columnas vertebrales del asunto, pero los gestores del argumento no lo han visto así. Lástima. En cuanto a Lando Calrissian, esa otra muestra de que poco puede hacer el actor, en este caso Donald Glover, cuando no le dan casi ningún mimbre para construir el interés de su personaje. Y su momento dramático con el robot es uno de esos arrebatos que de repente te hacen exclamar ¡¡¡WTF!!!

El principal problema de la película es que no era necesaria una historia de orígenes de Han Solo, y menos aún sin Harrison Ford. Es como hacer tortilla de patatas sin huevos y sin patatas. No va a funcionar. Lo cual que deberían pensarse seguir por el camino de Rogue One, desarrollando personajes nuevos en lugar de intentar recuperar los clásicos.

Una pena: con lo bien que les habría quedado una película protagonizada por los cazadores de recompensas con Boba Fett como protagonista. En fin, otra vez será.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Mejora la primera, tiene más pasta, más personajes, más trama y más de todo.

Más cameos, más chistes, más seguridad, más entidad como película en lo argumental, frente a la construcción más de anécdota. Acción desatada y apabullante en el arranque para que no quepa dudad alguna de que en eso no va a decaer. Y luego una secuela que en muchos aspectos es más sólida que su predecesora y además sale beneficiada de la incorporación al conjunto de los personajes de Dominó y Cable.

Liberada de la obligación de presentar al personaje de toda película de orígenes, como era la primera, obligación que no obstante aquella supo manejar muy bien tirando de humor, esta segunda peripecia cinematográfica de Masacre (o Deadpool, si ustedes lo prefieren), sienta más firmemente los pies en lo cinematográfico sin dejar de echarle una buena mirada de repaso a las claves del cómic que no obstante convengamos en que no pueden pasar tal cual al cine directamente. Comprobado el éxito y la popularidad ganada por el personaje de Ryan Reynolds en el cine con Deadpool, esta segunda entrega puede sacar pecho, respirar a fondo y ganar en personalidad cinematográfica sin perder de vista que en su fórmula el chiste siempre es lo más importante, la risa es el objetivo principal y todo lo demás está en función de su capacidad para encadenar un diabólico guión que encadena y dispara bromas, guiños, cameos y otros disparates a velocidad tan trepidante que más vale estar muy atento a lo que ocurre en pantalla. El ritmo es de tal nivel, que impide que te entren ganas de bajar la vista al reloj, porque además sabes que como lo hagas, te pierdes algo fijo, lo que equivale a perderse una risa. El bombardeo de humor llega de todas partes, por lo verbal a través del diálogo, por lo visual, también a través de lo musical… y es como un laberinto que encierra chistes dentro de chistes, en una laboriosa tarea de ordeño de la sonrisa, la risa y la carcajada.

Acierta en mantener el mismo tono que la primera. Acierta en sacarle jugo a los medios más amplios que tiene sin que por ello se deje arrastrar a un despliegue visual que corte el rollo a lo esencial del asunto, sí, exacto, digámoslo de nuevo: la risa. Pero tengo la impresión de que si en la primera llevaba a cabo una esforzada labor para mantener el equilibrio entre la gamberrada y la acción, en esta segunda el juego que practica es hacer que la comedia absorba a la acción. De manera que hay secuencias trepidantes y espectaculares de peleas, tiroteos, decapitaciones, puñetazos y persecuciones, pero sin que en ningún momento nada de ello desplace a la comedia. Ocurría ya en la primera, pero en esta el maridaje entre acción y comedia es más fluido, y el ritmo lo marca más claramente la comedia. Asistimos en Deadpool 2 a un variopinto y siempre eficaz encadenado de gags verbales y visuales que bebe copiosamente de la cultura popular y la sátira hacia las fórmulas de explotación de ocio audiovisual en nuestros días. Hay leña para todos. De buen rollo, pero leña al fin y al cabo, de esa que desde la parodia nos hace pararnos a pensar en qué mundo vivimos y qué tipo de entretenimientos consumimos. Hay por supuesto palitos bien orquestados a lo políticamente correcto y cómo está influyendo como cortina de humo moral para tapar lo que realmente importa. El chiste con los niños acaba convirtiéndose en llamada de atención hacia los abusos, por ejemplo. De manera que no seamos simplistas: no todos los chistes que hay en Deadpool 2 tienen la intención de provocar la reflexión en segundo término del espectador ni aspira ésta a ser una comedia sesuda sobre los problemas de nuestro tiempo. Pero hay numerosas oportunidades en la película para reparar en por qué el humor es un síntoma de salud mental y una señal de inteligencia, empezando por la capacidad para reírse de uno mismo que exhibe el propio Ryan Reynolds a través de su personaje. Vean las secuencias extras después de los créditos y entenderán mejora qué me refiero.

Cierto es que este es el imperio del gag, hasta el punto de que si es necesario interrumpir la acción para aprovechar mejor un momento cómico, los artífices de la película no van a dudarlo ni un momento: interrumpen. Porque aquí los chistes son como los números musicales para el musical: la verdadera salsa de todo el asunto. Lo que le ocurre al personaje de Masacre es que ha crecido de Deadpool a Deadpool 2, para bien. Y de una forma que anuncia una larga vida en el cine si a sus promotores les viene en gana seguir con el asunto. Del original a la secuela no se nota desgaste. Han sabido superar la falta del factor sorpresa que era la primera con una mayor solidez en el planteamiento argumental y ampliando el número de convidados al festín. Han mejorado hacia la madurez el reto al que se enfrenta el protagonista, que no es ya el típico y tópico villano antagonista que vimos en la primera entrega, aunque allí supieran tratar bien el lugar común y lo previsible para convertirlo también en herramienta de humor. Aquí el reto tiene más interés, es menos tópico y sencillo.

El otro asunto que han sabido tratar muy bien es conseguir que el cargamento sentimentaloide de su trama no sea un lastre para la comedia y la acción. No lo es porque Morena Baccarin vende muy bien esa parte más emotiva manejando de forma más contenida que en la primera el papel de “novia” del antihéroe. Y no lo es porque la aparición de esos momentos emocionales está cuidadosamente milimetrada y rodeada de chistes y guiños que arropan tanto al personaje principal como a sus acompañantes, el grupo de superhéroes reunidos para la misión, ese Cable que tanto tiene en común con Terminator, esa Dominó que sirve como excusa para reflexionar y parodiar lo que vale para el lenguaje del cómic y lo que quizá no vale para el lenguaje del cine, o lo que es lo mismo, el trajín de metalenguaje que es uno de los caballos de batalla y está entre las principales herramientas de estas dos películas.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Drama romántico con base real muy bien resuelto por sus actores.

Los aficionados al cine clásico, a las estrellas de Hollywood, a Gloria Grahame, a las historias de ocaso y al argumento universal de lo viejo y lo nuevo, pueden encontrar muchas cosas a favor de este largometraje que en sus líneas generales se sustenta esencialmente por la personalidad de la estrella real implicada en la trama –Grahame, una de las mujeres más bellas del cine norteamericano-, y por la personalidad de sus actores. Y al decir esto último me refiero tanto a los dos protagonistas, Annette Bening y Jamie Bell, como a secundarios que les envuelven con una solidez y una resolución de singular elegancia y competencia, como Stephen Graham, Julie Walters, Vanessa Redgrave… Hay una esencia de cine clásico cruzándose con cine actual notable que sirve como eficaz motor de esta trama de romance otoñal entre Gloria Grahame y un joven aspirante a actor en la que Annette Bening interpretando a la protagonista sirve como motivo más que suficiente para atraer a cualquier amante del cine. Con Bening, como con tantas otras actrices, se cumple el axioma de que llegadas a cierta edad son sistemáticamente ninguneadas por una industria del ocio audiovisual cada vez más inclinada a las propuestas adolescentes y la glorificación de la juventud, tanto en sus historias como en sus repartos, algo que hace más mella en las mujeres que en los hombres. Lo femenino tiene una fecha de caducidad mucho más limitada y sin duda notablemente temprana en las propuestas del cine estadounidenses pero se extiende igualmente a otras cinematografías como una especie de infección maligna que nos priva sistemáticamente y día a día de disfrutar propuestas de historia con miras más amplias y personajes más maduros. No parece haber manera de impedir esa especie de ninguneo sistemático del talento de las actrices maduras, al que pocas o casi ninguna escapan, y la máquina de triturar juguetes rotos de Hollywood no cesa en su funcionamiento, imparable y devoradora en su visceral –y eminentemente comercial- afición por mandar al desguace cada vez con mayor premura, a sus actrices maduras, generando con ello un incuestionable empobrecimiento de la materia prima con la que se fabrican los sueños audiovisuales.

Y precisamente sobre ese proceso, sobre ese ocaso cotidiano y perpetuo y sobre la fabricación de esos sueños que se instalan en la memoria del espectador como parte de su pasado y por lo tanto de su vida, sobre lo que trata en realidad Las etrellas de cine no mueren en Liverpool, que si bien parte de un hecho real, previsiblemente adornado por las estrategias de la ficción para convertirse en drama romántico, está en realidad abordando ese proceso general del que hablaba más arriba tomando como ejemplo la peripecia emocional de una interesante hibridación entre Gloria Grahame y Annette Bening que da como resultado una especie de híbrido demoledor de ambas capaz de manifestar el carácter perpetuo de ese ocaso d de las grandes del cine, y que podríamos denominar Glorianette Grahamebening. Tal es la fusión entre la actriz retratada y la actriz que la retrata, o lo que es lo mismo, la reconstrucción de aquella en manos de ésta.

A ambas de las echa mucho de menos en un cine cada vez más simplón y menos seductor, más pirotécnico y menos emocional, más superficial y menos evocador.

Cierto es que la película puede acercarse en algunos momentos al tono de los dramas rodados para televisión, pero se le perdona, porque en su conjunto funciona con gran equilibrio y la química de los dos actores protagonistas consigue que acabes metiéndote de lleno en la historia, incluso cuando reconoces en la misma las pinceladas de la fábula. Tras un arranque que a algunos recordará El graduado, la propuesta acaba poniendo sobre el tapete claves narrativas de encuentro con la fama y la leyenda de probada eficacia como anécdota argumental de arranque en Notting Hill y Mi semana con Marilyn, pero afortunadamente no se queda ahí y consigue instalar en su esquema una especie de eco de la trama de ocaso que preside el clásico de Billy Wilder El crepúsculo de los dioses, apoyándose en una Annette Bening que sabe sacar partido de esta oportunidad y este reto.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Disparatada y floja propuesta de acción, argumento serie B con pretensiones de serie A.

A ver, soy un firme defensor del cine descerebrado, engorilado, parido para puro entretenimiento y evasión, y tengo que confesar que Serpientes en el avión es muy mala pero le tengo un cariño muy especial precisamente por ser tan chorras y tan chapuzas. Pero lamentablemente no puedo decir lo mismo de este intento fallido y descarado de cruzar elementos de cine de catástrofe con cine de acción y robos, y habiendo visto hace tres semanas más o menos Juego de ladrones, que es un muy recomendable y sólido policíaco, me parece aún más chocante que a la hora de tramar esta otra peripecia de robos con huracán incluido sus artífices hayan puesto tan poco cuidado en currarse trama, conflicto y personajes. No lo entiendo, sinceramente. Me deja a cuadros.

De partida, la idea de mezclar Twister con Heat, Fast and Furious y La tormenta perfecta puede ser buena, siempre que quieras sacar como conclusión de todo ello una parodia tipo Sharknado, o un pasarratos sin pretensiones como los que perpetra con alevosía y nocturnidad el cine de serie Z con no poca retranca y cachondeo. Pero tomándose en serio aquí no van a ninguna parte. Perecen, arrastrados por la huracanada insolvencia que parte de que esta película no parece reconocerse a sí misma como lo que es desde el principio, que tomaron prestado de Twister haciéndole un ligero tuneado.

El director, Rob Cohen, lleva toda su carrera tropezando en la misma piedra. Propone argumentos curiosos para sacar adelante una serie B, pero sistemáticamente se empeña en convertirlos en carne argumental de serie A. Si repasamos su más que irregular filmografía comprobaremos que esa jugada le ha salido más o menos bien en títulos como Dragonheart, Corazón de dragón, Dalight, pánico en el túnel, The Fast and the Furious, a todo gas, XXX, La mente del asesino, pero también veremos que ha sido el principal error de otras películas que llevan su firma como Dragón: la vida de Bruce Lee, The Skulls: sociedad secreta, La amenaza invisible: Stealth, Obsesión, y sin duda Operación: Huracán. La momia: la tumba del emperador Dragón creo que es el mejor ejemplo de lo que no funciona en el cine de Cohen, artesano tanto más eficaz cuanto más se aleja de las ambiciones de blockbuster y más se acerca a cultivar simplemente el entretenimiento y el pasarratos como objetivos de su filmografía.

Operación: huracán es floja y tiene el argumento de una entrega de Sharknado, pero sin incluir el cachondeo a costa de sí misma, cosa que sí hacía Serpientes en el avión, que además era más entretenida.

Pero, ojo, la película puede tener su interés desde otro punto de vista. No nos engañemos: es un boceto perfecto de todos los puntos flacos en que viene cayendo sistemáticamente el cine de acción con pretensiones trepidantes y de las partes más endebles del cine blockbuster. Es en esencia lo mismo que ocurre con Proyecto Rampage, que llegó también recientemente a nuestras pantallas.

Poco puede hacer Maggie Grace por habitar y construir un personaje con la exigua y tópica materia prima que le proporciona el guión. Y lo mismo vale para su compañero de reparto, Toby Kebbell, que debería replantearse cómo elige algunos de los proyectos en que trabaja, porque tiene tendencia a meterse en huertos como Ben-Hur, Warcraft, The Female Brain… Es mejor actor de lo que algunos de los guiones que acepta le permiten demostrar.

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Biografía descafeinada que aborda como anécdota la creación de El guardián entre el centeno.

Las películas de biografía de personajes célebres, eso que en Hollywood denominan biopic, comparten siempre con aquellas otras que esgrimen cual florete la frase propagandística “basada en hechos reales” esa naturaleza molesta de cine vampiro, que chupa la sangre de la realidad a su modo y según sus caprichos, sin plantearse nunca profundizar demasiado en el personaje o asunto que abordan o planteándose un abordaje descaradamente manipulador de la realidad. Rebelde entre el centeno se sitúa a ratos muy cerca de esto último y está siempre en lo primero. Manipula algo, pero lo que desde luego está claro es que desperdicia la oportunidad de trazar una semblanza realmente interesante del escritor protagonista de la historia. O de la obra con la que consiguió convertirse en uno de los literatos más aplaudidos de todo el mundo y parte de cuyo títulos sirve a del propio largometraje.

Parte del problema es que por entregado que sea el trabajo de Nicholas Hoult, este actor no consigue construir una versión de J.D. Salinger con gancho y fuerza. Prueba de ello es que resultan mucho más interesantes los personajes del maestro interpretado por el repudiado, pero no por ello menos talentoso Kevin Spacey, la madre de Salinger a la que da vida Hope Davis o la representante a la que da vida Sarah Paulson. Basta ver las secuencias clave de cara a cara hijo-padre con Hoult y Victor Garber en el papel del progenitor, para entender a qué me refiero. Los dos se quedan muy por debajo en tensión dramática respecto a lo que deberían sacar adelante en esas escenas. Pero cuando Hoult está frente a Spacey, Davis o Paulson, son ellos los que brillan y le toman claramente la delantera, sin que llegue a convencernos Hoult en algún momento de que tiene algo que aportar o contar esencial sobre este interesante personaje que es un caramelo para cualquier actor pero él interpreta como si el enigma debiera seguir siéndolo para el espectador durante toda la trama de la película, manteniendo una falta de energía realmente crispante o totalmente previsible.

Para ser justos, hay que aclarar que esa falta de energía le llega al actor en buena parte como consecuencia de la falta de energía de la propia película, que se acomoda en un tono medio de telefilme en la mayor parte de su metraje dedicada aparentemente solo a comentar las anécdotas de la vida de su protagonista y hablar de lo mucho que sufre como creador sin que nunca lleguemos a ver y sentir realmente en la pantalla ese sufrimiento. Danny Strong parece confiar en que fichar a J.D. Salinger como protagonista y hablar de El guardián entre el centeno es ya suficiente, pero ambas cosas son solo el principio de lo que debería haber sido esta película. Y él, que es actor y además guionista y creador, debería haber aprovechado esta ocasión para hacer lo que ya hiciera Federico Fellini en Ocho y medio, la primera reflexión de un cineasta sobre las aristas, retos, dudas y conflictos a los que se enfrenta el creador cinematográfico, o Bob Fosse en All That Jazz: empieza el espectáculo, que hizo otro tanto pero en su caso sobre el trabajo del bailarín y coreógrafo. Strong debería haber aprovechado para intentar al menos mostrarnos esas aristas, retos, dudas y conflictos a que se enfrenta el escritor, pero se queda en la capa más superficial de la cebolla, en perfil bajo, añadiendo además un acompañamiento musical tipo muleta obvia. Falta que profundice más –pero repita menos- el juego de símbolos como el filete, que confíe más en el espectador para no dárselo todo masticado, que se arriesgue fuera de la zona de confort de la pose para zambullirse de verdad en el enigma Salinger, en lugar de convertir lo que podría haber sido una especie de Whiplash de la tecla en un puñado de momentos a modo de variante descafeinada de El club de los poetas muertos.

Esto podría haber sido el equivalente en literatura de lo que fuera Bird de Clint Eastwood para Charlie Parker y el jazz, pero no lo es. Es una domesticada e inocentona película-vampiro entretenida pero totalmente inofensiva.

Miguel Juan Payán

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Entretenido disparate sobre el tabú del sexo en clave gamberra.

Sexo y generaciones. Tema infalible para la comedia estadounidense. Imán por otra parte para todo tipo de tópicos. #Sexpact no se aparta ni un milímetro de lo esperado y de lo que anuncia su propio tráiler. Proporciona exactamente aquello que propone. Un rato divertido. Algunos chistes bien ejecutados. Otros simplemente perpetrados con alevosía y nocturnidad pero que aceptamos porque en su conjunto el asunto cumple como pasarratos. Y además, sabíamos dónde nos estábamos metiendo. De la mezcla de todo ello sale un rato entretenido, con algunos momentos más o menos divertidos, que te saca algunas risas, y en el que, sorprendentemente, John Cena le saca partido en clave autoparodia a un personaje que acaba por convertirse en un aceptable motor para algunos chistes. De hecho valoro más sus esfuerzos por entrar en esa clave de humor que el más previsible juego de comedia que se traen sus dos compañeros de aventuras, Leslie Man y Ike Barinholtz, y eso que éstos dos últimos están jugando en su propio campo trabajando en clave de comedia y Cena juega en campo contrario, o por lo menos a contracorriente de su imagen. El personaje de padre tontorrón que no se entera de nada y sufre un ataque sentimentaloide al pensar en el posible desvirgamiento de su hija le da mimbres suficientes como para proporcionar una simpática rociada de momentos absurdos que tienen cierta cualidad lisérgica e imponen cierto aire de escape de los más previsibles devaneos de la fauna adolescente de la trama y los aún más previsibles momentos sensibleros que nunca llegaré a entender qué demonios pintan en este tipo producto. Las dos emblemáticas antecesoras de este tipo de propuesta gamberraDesmadre a la americana y Porky´s , no tenían esos lastres emotivos que inevitablemente me provocan arcadas, porque les veo las cartas y en esas cartas hay un descarado intento de domesticar el caos, aligerar el cargamento más gamberro y más catártico por la vía de lo anárquico, que es lo que resulta únicamente válido en este tipo de propuestas. No nos interesa un carajo que se quieran. Queremos ver cómo se hacen la puñeta y echarnos unas risas. No queremos baba emocional. En ésta hay algo de esas emociones embotelladas y por catálogo, totalmente previsibles y prescindibles, donde al final descubren que en el fondo todos se quieren mucho. Pero su toxicidad no llega a mutilar del todo las partes de disparate y pirada de pinza, así que me doy por contento.

Me he reído. Cena me ha resultado simpático por el engorilamiento total de su personaje, y además la pareja de padres fornicadores formada por Gina Gershon y Gary Cole tienen algunos momentos rijosos particularmente eficaces. Pienso que esos personajes se merecen una película para ellos solos, pero sin moñadas, por favor, no les castren como al gato que entonces se echan a perder.

Eso sí, me sacan del asunto el pasteleo de la madre soltera y su hija y la cosa queda mucho mejor.

Miguel Juan Payán

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