Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

Miguel Juan Payán nos comenta el tráiler de La leyenda de Tarzán‬ que veremos en cines en Julio de 2016

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Miguel Juan Payán nos comenta el tráiler de Batman v Superman. El Amanecer de la Justicia‬

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Crítica de la película Mad Max: Furia en la carretera

Mad Max furia en la carretera recupera y supera todo lo bueno de Mad Max el guerrero de la carretera. La mejor entrega de la franquicia.

Dos horas de persecuciones imparables y plenas de imaginación. Hemos tenido que esperar unos cuantos años, pero la espera ha merecido la pena: finalmente tenemos en la cartelera una digna heredera de la mejor película de la saga del loco Max, y descartando fatuos y oportunistas arrebatos de nostalgia ochentera que ademas cada vez me parecen más fruto del postureo generacional friqui, lo cierto es que teniendo las más mínimas dosis de sentido común no creo que nadie pueda discutirle a e este trepidante, espectacular y muy oportuno ejercicio de puesta al día de la franquicia cualidades que mejoran la película que toma como referencia principal, la segunda de la trilogía original, aunque en algunos momentos hace guiños a la primera, con ese antagonista de la misma tuneado para la ocasión, e incluso a la tercera, ese fallido ejercicio de lo que pudo ser y no fue, o de lo que solo era realmente Mad Max en su primera parte. Ya el hecho de que Miller haya ido directamente a buscar referente estético y argumetal en la segunda de Mad Max es toda una declaración de principios y hasta una disculpa por lo que hizo en la tercera. Rectificar es de sabios. Pero es que además, con te comentado al principio, creo que mejora algunos aspectos de aquella película. La segunda de Mad Max siempre me ha parecido casi perfecta en su astuto ejercicio de renovación de las claves del western y cruce de las mismas con la ciencia ficción de tono apocalíptico, pero era muy parca en su anécdota argumental. Lo positivo de eso es que te quedaban ganas de ver más. Y ese "más" está ahora en Mad Max furia en la carretera. De hecho ese "más" tiene nombre propio: Charlize Theron. Como digo siempre, cualquier cosa es mejor con mujeres. Y cuanto más completas y resolutivas por sí mismas sean dichas mujeres, mucho más divertido todo. Theron ya por sí misma demuestra aquí, otra vez, que se basta ella solitario para sostener lo que haga falta en una pantalla grande que ademas George Miller agiganta con su peculiar estilo de entender y filmar el cine de acción. Más claro: a mí Theron ya me vale ella solita como variante femenina de Max Rockatansky. Además mis ojos disfrutan más, no voy a negarlo. Por otra parte su personaje introduce en la trama nuevas claves que ampliando el arco de posibilidades dramáticas. Para que quede todavía más claro, George Miller ha hecho aquí lo que quiso hacer y no supo o no pudo hacer Sam Raimi con Sharon Stone y el espagueti western en Rápida y mortal (1995). La diferencia es que Miller trata a Theron y su personaje con más respeto y le da más sentido y contenido que el que le proporcionó Raimi a Stone, que a pesar de las apariencias en esa película era sólo una cáscara decorativa en una trama eminentemente masculina que se repartieron Gene Hackman, Russell Crowe y Leonardo Di Caprio.

Y así llegamos al otro punto fuerte de Mad Max furia en la carretera: Tom Hardy. Si había alguien capaz de estar a la altura de Mel Gibson en las originales era él. Este tipo es una máquina. Intenten ver la película en versión original porque la voz de este actor es única. Si hace un tiempo me hubieran preguntado quien podría heredar el personaje de Max Rockatansky de manera competente habría dicho que Russell Crowe, pero hoy sin duda es mejor Hardy, que con todos mis respetos para el de Gladiator me parece un actor mas completo, capaz de ir más a fondo con el personaje incluso en un vehículo de acción trepidante como el que nos ocupa. Creo que Hardy aporta a Max más matices y una personalidad diferente de la que propusiera Gibson. Hardy no se limita a tunear a Max para a actualizarlo y darle algún toquecillo personal. Hace mucho más. Hace que el personaje crezca, y sin faltar al respeto o renegar de su precedente, algo que no es nada fácil, especialmente teniendo en cuenta que dicha precedente es un icono de la cultura popular. Afirman los rumores que Hardy quiere interpretar al Castigador de la Marvel, y después deber Mad Max furia en la carretera no se me ocurre mejor actor para darle a ese personaje todo lo que merece en la pantalla grande, todo lo que hasta ahora no han conseguido darle ni Dolph Lundgren, ni Thomas Jane, ni Ray Stevenson.

El tercer punto a favor de MadMax furia en la carretera es su capacidad para hacer la evolución desde la personalidad más cercana a la serie b de las dos primeras películas de la trilogía original hasta el producto de era blockbuster que ahora se presenta en la cartelera. Esa evolución quedó fatalmente truncada en Mad Max III porque Miller hizo una serie de concesiones de cara a la galería que desvirtuaban el espíritu de las dos primeras películas, pero en Mad Max furia en la carretera ha sabido gestionar mucho mejor esa evolución hacia lo comercial sin perder por el camino todo lo que perdió en Mad Max III, y además nos propone algo distinto, más sólido y coherente.

Quiero ver más entregas de esta franquicia, y con eso creo que ya está dicho todo. El tope son cinco estrellas pero por diversión y entretenimiento sólido y coherente merece seis.

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Crítica de la película Exodus: Dioses y reyes

Más sólida y madura que Gladiator aunque también más fría.

Espectacular y muy bien dirigida, esta versión de la trama de Moisés que ya conocemos se enfrenta al reto de encontrar su propia personalidad más allá de todos los estereotipos e imágenes asumidas por un público que además tiene en la cabeza su propia versión de la historia que Ridley Scott pretende contarnos. Entran ademas en juego todo tipo de idealizaciones y prejuicios a favor o en contra de la vertiente mítica o religiosa incorporada al relato. Añadan a todo eso que si usted cree en Dios, o en cualquier equivalente de entidad creadora supranatural seguramente tendrá su propia imagen del mismo, lo cual complica mucho más todo el asunto porque obviamente Scott no puede tirar a estas alturas de la versión pirotécnica que aplicara a este mismo tema Cecil B. de Mille en Los diez mandamientos. No es viable y no puede funcionar, por mucho que todos sigamos recordando aquella versión del tema que vimos siendo niños o muy jóvenes y recordemos al impresionante Charlton Heston abriendo las aguas con su bastón. Esta es otra época, otro público mucho más escéptico y encima adicto a los documentales de recreación histórica de Nacional Geographic. Scott sale de todo este lío connota alta, pero para ello ya tenido que rebajar el tono épico que caracterizada Gladiator y buscar su camino hacia una mayor verosimilitud de la propuesta trabajando sobre actores y equilibrando muy bien los fragmentos épicos de batalla, plagas y prodigios varios con lo que realmente le interesa, que es el reto de creer o no creer, el sacrificio doble del héroe que alejado de su familia adoptiva egipcia, de su esposa y de su hijo, y convertido en líder de un pueblo al que en realidad no conoce para obedecer a un Dios al que no acaba de entender y con el que suele discutir amargamente. Creo que Christian Bale defiende muy bien ese papel incluso en los momentos más delicados por todo lo que he enumerado al principio, otro tanto se puede decir de su antagonista, un Ramses que a ratos se da cierto aire a Russell Crowe y al que Scott humaniza eficazmente a través de sus miedos con una escena que demuestra su notable talento como director, el faraón que intenta combatir la oscuridad encendiendo antorchas en un desesperado intento de proteger a su hijo. Scott maneja bien la elipsis, impone lo visual sobre lo verbal, y a cierta en muchas cosas, por ejemplo imponiendo un protagonismo del paisaje que me ya recordado Lawrence de Arabia, de David Lean. Pero falla en otras. No llega a desarrollar lo suficiente ningún personaje salvo Moisés y Ramses. Desperdicia a Sigourney Weaver. Y en su persecución de la credibilidad renuncia en exceso a lo épico, algo que ya le ocurrió en El reino de los cielos. Esta película es no obstante mejor que aquélla y mejor que Robin Hood. Y una vez más Scott reina en lo visual.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Los juegos del hambre: Sinsajo 1

Mejor y mas sólida que las dos películas anteriores. Me ha gustado más. 

Sinsajo 1 es más cine que las dos primeras entregas de la saga. Maneja temas más interesantes. Concretamente se centra en el tema esencial de la saga, que es la forma en la que la gente común y corriente es engullida por la corriente de la historia, utilizada como anzuelo de propaganda en las guerras, manipulada como un títere sin alma por quienes se ocupan de propagar las ideas que son las que aprietan el gatillo y sueltan las bombas sobre los inocentes. Ese tema es el reto al que se enfrentan los personajes en esta entrega donde  finalmente las cartas de esta saga quedan puestas al descubierto, sobre la mesa, con más madurez y solvencia narrativa, con más seriedad, que en las dos películas que la preceden. Digamos que con esta película, el relato supera su fase más adolescente y entra en materia más interesante. Es  mejor en su primera mitad, en su exposición de la situación de cambio a que se enfrenta Katniss convertida en símbolo de la rebelión, el Sinsajo del título. Ese periodo de adaptación de  protagonista a su nuevo papel en el juego de la política es la mejor parte de todo lo que hemos visto hasta ahora en Los juegos del hambre, con diferencia. Katniss deja de ser una especie de heroína de recortable, bidimensional, para adquirir incluso cierto aire de Juana de Arco cuando acude por primera vez al frente. Además, está respaldada más que nunca por un reparto de actores que son pesos pesados capaces de levantar cualquier personaje en cualquier situación, a lo que se añade un papel más destacado y definido, tanto por su propia interpretación como por lo que cuenta de él Finnick, del personaje de villano que interpreta Donald Sutherland, un veterano, un clásico que brilla más en esta tercera entrega que en las dos anteriores. Para quien esto escribe es además una buena noticia que por cuestiones del propio argumento nos hayamos librado finalmente de esa parte más pedante y exagerada, churrigueresca, absurda y francamente molesta que eran los perifollos y jueguecitos de Barbie neurótica del Capitolio, comandados por Stanley Tucci, gran actor sin el cual sería imposible aguantar tal suplicio. El hecho de que aquí no haya juegos propiamente dichos, sino guerra, puesto que esta es una película bélica muy astuta que como digo trata el tema de la propaganda, permite que ese lastre para el relato, exagerado visualmente en las dos entregas anteriores, deje de estar presente. Una molestia menos. 

Plannos como el de la masacre del Distrito 12 testimonian el cambio del que hablo respecto a las películas anteriores. Eso sí, les ha fallado un poco la acción. Andan justos de presupuesto y lo administran bien, porque de hecho Julianne Moore, que junto con Sutherland es de lo mejor de la entrega, son el mejor efecto especial para la manera en la que se ha planteado la película, en primeros planos, con más drama que acción. Pero un poco más de escenas de esa guerra que apenas vemos le podrían haber venido bien al conjunto del relato. Imagino que se lo guardan prara Sinsajo 2,. 

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Crítica de la película La leyenda del Samurái: 47 Ronin

La leyenda del samurái. 47 ronin. Entretenida fábula de espada y brujería, eficaz cine de evasión.

Me ha gustado más que El llanero solitario. Me ha gustado más que aquella absurda revisión de los clásicos del cine de artes marciales producidos por Shaw Brothers que dio en titularse El hombre de los puños de hierro. Y para ser sincero, me lo he pasado mucho mejor que viendo El último samurái. Por otro lado, es cierto que no alcanza, ni de lejos, a otras muestras esenciales recientes del cine de samuráis producidas en Japón, auténticas joyas de las que está muy lejos. Me refiero a Zatoichi, dirigida por Takeshi Kitano y 13 asesinos y Hara-Kiri: muerte de un samurái, ambas dirigidas por Takashi Miike. Con El llanero solitario tiene en común ese intento desesperado de crear espectáculo visual para ganarse el éxito en la taquilla que sufre el cine estadounidense de presupuestos más abultados. He leído cifras de presupuesto de La leyenda del samurái que van de los 175 a los 225 millones de dólares. Mucha inversión para no intentar jugar sobre seguro. Así es como entran en este baile las brujas, los dragones y la inconografía visual de gran despliegue de efectos visuales y espectáculo circense que amenaza con comerse a los personajes, el conflicto, la trama, el guión, devorándolo casi todo en beneficio de los simples fuegos artificiales. Y la copia de lo que ya ha funcionado antes, claro. Esa copia es lo que incorpora a la película influencias, apuntes o referencias de 300, Gladiator y El señor de los anillos. Pero presumo que en este tema, los árboles no les dejan ver el bosque a algunos críticos y espectadores. Lo cierto es que la película es mucho más coherente y tiene las cosas más claras de lo que nunca las tuvo El llanero solitario, que no sabía si quedarse a pares o nones, si ser comedia o ir en serio. Creo que La leyenda del samurái tiene las cosas más claras en cuanto a su tono, o dicho de otro modo, despista mucho menos al espectador en general. Está claramente afincada en el territorio del género de espada y brujería, esto es, más cerca de las historias de Conan el Bárbaro que de una reconstrucción sería de la leyenda de los 47 ronin. Y eso me lleva a trazar su parentesco con El hombre de los puños de hierro y explicar por qué creo que es mejor que aquella. Comparte con esa otra película su intento de explotar y trasladar fórmulas de las historias de caballería de oriente a occidente. Ardua tarea, especialmente si cae en manos de alguien que no pertenece a esas culturas e inevitablemente va a convertir todo eso en un pastiche, puro tópico, visita a todas las claves más superficiales del asunto. Pero en ese ejercicio, El hombre de los puños de hierro se limitaba a amontonar estereotipos sin gracia ni ritmo narrativo, desperdiciando sus mejores bazas y metiendo con calzador a un protagonista negro interpretado por el rapero Rza, director y actor principal, que no pintaba nada en la historia y era sistemáticamente devorado sin pestañear por el personaje secundario interpretado por Russell Crowe, francamente lo único que merecía la pena salvarse de aquel despropósito. La leyenda del samurái se enfrenta también a esa imposición de reforzar la presencia de Keanu Reeves en el relato, pero al menos tiene la decencia de mantener el protagonismo del personaje interpretado por Hiroyuki Sanada en el papel de Oishi, y aunque meta con calzador al personaje que encarna Reeves, Kai, su presencia en el relato no se convierte en un lastre, como sí ocurriera con la subtrama tipo Django desencadenado que se marcó Rza en El hombre de los puños de hierro. Con Oishi al frente del relato, la película mejora bastante y hasta se acerca más al trasfondo japonés de la trama de lo que nunca consiguió acercarse El último samurái. Lo cual me lleva a completar este comentario en clave de comparación aclarando que si me ha gustado más La leyenda del samurái que las aventuras de Tom Cruise en Japón no es porque crea que sea mejor película, sino porque se me antoja más descarada, más friqui y más gamberra que aquella a la hora de entrar a saco en una cultura ajena. De hecho, desde el punto de vista meramente cinematográfico, creo que es mejor El último samurái, porque si El hombre de los puños de hierro era claramente tributaria del videoclip musical más ramplón, La leyenda del samurái es visualmente heredera del videojuego más epiléptico en muchas de sus imágenes. Así que en lo referido a narración cinematográfica, está por encima El último samurái. Lo que ocurre es que aquella de Tom Cruise pretendía algo imposible, como es venderse en clave de homenaje a las tradiciones y cultura japonesas desde la americanización del argumento y protagonista, y le salió lo mismo que a John Huston cuando enganchó a John Wayne para rodar El bárbaro y la Geisha: un quiero y no puedo etnocentrista, racista y chovinista. ¡Pero de buen rollo, eh! En plan: mira los japonesitos, qué majos ellos con sus espadas y sus kimonos coloristas y tal, y tal, y tal. Por el contrario, La leyenda del samurái decide entrar a saco en una de las tramas fundacionales del espíritu de sacrificio japonés, los 47 ronin, adaptada al cine en numerosas ocasiones, y se la pasa por la piedra con singular impudicia para convertirla en el pretexto de una peripecia de espada y brujería propia de las narraciones pulp y la literatura de quiosco, digna heredera de los seriales de Fu-Manchú y las películas de serie B que veíamos en programa doble y sesión continua. Y desde esa caradura que se gasta, nos vende uno de los espectáculos más trepidantes y entretenidos que hemos podido ver en el cine este año. Algunos quizá no le perdonarán que siendo tan descaradamente serie B tenga presupuesto de serie A, pero esa es la lacra del cine de evasión de nuestros días, amigos, y La leyenda del samurái no es la primera película norteamericana que transita por esa contradicción de contar con personajes y argumentos de serie B camuflados como producción de serie A. Así que, vale, es cierto: La leyenda del samurái no es una adaptación respetuosa, ni histórica, ni siquiera digna de la historia de los 47 ronin. Observen que sólo al principio le he puesto ese apellido que no merece, 47 ronin. Secuestra y viola con enorme desvergüenza la trama de los 47 guerreros que vengan a su señor, para conocer y disfrutar la cual recomiendo cualquiera de las otras películas que le ha dedicado el cine japonés, especialmente La venganza de los cuarenta y siete samuráis, dirigida por Kenji Mizoguchi en 1941 atendiendo a una petición del gobierno militarista nipón para fabricar una película de propaganda patriótica en el escenario de la Segunda Guerra mundial. O si prefieren algo menos vinculado a la propaganda bélica, pueden probar con Chûsingura (1958), de Kunio Watanabe, que saca el máximo partido al color y el gran formato de pantalla y es cinematográficamente mucho más épica que La leyenda del samurái, lo mismo que 47 ronin, dirigida por Hiroshi Inagaki en 1962.

Entiendo que los japoneses puedan pensar que les han entrado a robar en casa, con alevosía y nocturnidad, para llevarse un monumento esencial de su cultura que es equivalente a la ressistencia en El Álamo para los tejanos, el 2 de mayo para los españoles o la resistencia de los 300 espartanos en las Termópilas para toda la cultura occidental. Pero entiendo menos que haya tantos no japoneses rasgándose las vestiduras por este acto de latrocinio tan divertido y desvergonzado. Sospecho que muchos japoneses no se sienten tan indignados como algunos gaijin simpatizantes de la cultura nipona que reaccionan ante esta película como si hubieran pillado a su parienta fornicándose a Keanu Reeves en el futón que compraron en Ikea después de mearse en la ración de sushi que habían comprado para celebrar su aniversario de boda (por cierto, incautos gaijin, aunque suene a algo japonés, Ikea es una empresa sueca y el sushi nació en China, así que tampoco nos pongamos tremendistas). Imagino que muchos japoneses pueden sentirse indignados con toda la razón, pero imagino también que muchos otros japoneses se lo tomarán a cachondeo o entre el estupor y la sonrisa, como cuando los españoles vimos a Frank Sinatra interpretando a un guerrillero de la Guerra de la Independencia contra los franceses en Orgullo y pasión, a Peter O´Toole interpretando el papel de Don Quijote en El hombre de La Mancha o a Charlton Heston dando vida a Rodrigo Díaz de Vivar en El Cid… tres películas que, dicho sea de paso, compartían un poderoso imán para que nuestra sangre española empezara a hervir y nos olvidáramos de los furores patrióticos mientras la libido se desbordaba desde nuestras córneas cuando mirábamos a Sofía Loren interpretando a una paisana guerrillera, a Dulcinea del Toboso o a Doña Jimena.

Creo que ante La leyenda del samurái toca no ser más papista que el Papa o más japonés que los japoneses (especialmente si eres un gaijin gafapasta), y entregarse con sumo cachondeo simplemente al disfrute de una de las películas más espectaculares y friquis que se asomado a la cartelera este año. Vayan verla como lo que es: una gamberrada de entre 175 y 225 millones de dólares que sólo se le puede ocurrir y puede permitirse la industria del cine estadounidense.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Cazadores de sombras: ciudad de hueso 

Más entretenida que Crepúsculo y con más acción.

El nuevo intento de seguirle la pista comercial en el cine a la saga de Crepúsculo llega a la cartelera arrastrando tras de sí a la habitual legión de fans que han leído las novelas y se saben de memoria algunos de sus diálogos. Fans que, como vengo diciendo, merecen tanto respeto como los que alucinamos con los Jaeger y los Kaijus viendo Pacific Rim o nos convertimos en gorilas gritones (servidor el primero) cantando un gol de Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Diego Costa, Roberto Soldado o Negredo (eso a elegir cada cual). O como los que se sienten trasladados al Parnaso musical escuchando AC/DC o un aria Nessun Dorma de Puccini para el acto final de Turandot. Vamos que friquis somos todos y hay que respetar el friquismo ajeno.

Pero dejando de lado con sus filias y sus fobias a los muchos lectores que ya tienen las novelas de esta saga y comprensiblemente en su mayoría van a interesarse por la versión cinematográfica, disfrutándola desde su afición por personajes y tramas, la pregunta que realmente hay que contestar aquí es cómo funciona Cazadores de sombras: ciudad de hueso para los profanos en la materia. Esto es: para quienes, como yo mismo, nunca han leído una novela de esta saga. Mi impresión en ese sentido es que como película, Cazadores de sombras es más entretenida que Crepúsculo y apuesta por la acción frente al enredo sentimental, aunque obviamente por tratarse del tipo de producto de que se trata, incluya el enredo sentimental de los protagonistas y la extrapolación inevitable de la fórmula de Romeo y Julieta de Shakespeare a parámetros más morbosos para acercarla a los consumidores adolescente de este tipo de producto en nuestros días. No obstante, como lego en la caza de sombras y las ciudades de hueso, aprecio que hayan elegido dedicar más tiempo a la acción y las intrigas que a los momentos románticos, de los cuales sólo hay realmente dos, bastante ñoños, eso sí (lo de las florecillas y el agua y el final del chaval con moto incluida supera mi tolerancia gástrica con el abordaje del romanticismo blanco para adolescentes por la vía del tópico previsible) que ciertamente rompen el ritmo tirando a trepidante del resto del relato.

Seré más claro: esta primera entrega de la saga me parece más entretenida para todo tipo de público y más cuidada en muchos aspectos de lo que nunca lo fueron las entregas de Crepúsculo. Parto de la base de que el 90 por ciento de los grandes éxitos de ficción que se están publicando hoy en día para adolescentes (y lamentablemente muchas de las que se publican para los adultos) son un esencialmente un refrito de esquemas y fórmulas tomadas al vuelo de la mitología popular más reciente, y no tanto de las fuentes que inspiraron los trabajos de clásicos en la materia como Julio Verne, Emilio Salgari, Mark Twain, Charles Dickens, Jonathan Swift… que era la literatura que leíamos los adolescentes en los años 50, 60 y 70 junto con Yo robot de Asimov y la vida del Lazarillo de Tormes que nos metían en la escuela a piñón fijo. Dicho esto, vivimos en un tiempo de imitación de la imitación, y en ese terreno creo que esta primera adaptación cinematográfica de Cazadores de sombras se mueve con singular habilidad y soltura. Me explico: su traducción de la típica historia de la adolescente normalita que encuentra su manera de convertirse en popular al mismo tiempo que intenta sobrevivir a la pubertad y la madurez sexual es la misma de siempre, pero aquí está tejida con una serie de elementos que muy posiblemente funcionen en la taquilla precisamente por no ser novedosos, sino más bien un lugar común repetido en otros éxitos previos que seguramente el espectador reconocerá. De manera que en este tipo de producto no se valora ya la originalidad o la imaginación, sino la capacidad para la reiteración de elementos previos de probado éxito en la taquilla o las audiencias televisivas. Y en ese ejercicio de reiteración, creo que los artífices de Cazadores de sombras andan cinematográficamente algo más finos a la hora de presentar personajes y hacer que el relato funcione que los responsables de la saga Crepúsculo, aunque ambos fagociten con notable desparpajo propuestas y ficciones que les precedieron. De hecho, en su arranque, esta película tiene mucho de Crepúsculo, pero rápidamente empieza a introducir elementos que suenan a Harry Potter, como esa catedralicia mole con reminiscencias de palacio medieval que sirve como epicentro de la trama y surge de manera mágica entre los modernos rascacielos de la populosa urbe para permitirle a los personajes principales revestirse de un protagonismo mesiánico en un mundo donde de otro modo pasarían desapercibidos y serían simplemente otro fulanito más, lo cual no deja de ser una variante de la fórmula del superhéroe aplicada a los ardores hormonales, las inquietudes y el caos de indefinición propios de la adolescencia. Además en ese esquema añade a su trama a modo de sustrato el argumento de la caza de demonios que es el leitmotiv esencial de los protagonistas de una de las más divertidas series de televisión de las últimas ocho temporadas, Sobrenatural, de manera que los protagonistas de Cazadores de sombras emulan de algún modo a los hermanos Winchester de aquella, eso sí, con un look más cercano a los góticos tatuados y siempre angustiados por todo que se aleja del espíritu más optimista y rockero de aventuras de carretera emparentadas con el western que anima los terrores y las fantasías de Sobrenatural. Y si para las peripecias con vampiros y licántropos hay que tirar un poco de Blade y otro poco de Underworld, no pasa nada, todo entra en el puzle de manera fluida, aunque sea tan poco original como esa especie de agujero de gusano para viajar entre dimensiones, épocas y lugares que es tan práctica narrativamente para meter y sacar personajes en la trama y al menos en su traducción cinematográfica es un calco visual de las puertas estelares de las series de la franquicia Stargate… La guinda de todo ello es un sonoro “yo soy tu padre” al estilo de El imperio contraataca… que pone a los protagonistas en un dilema curioso del que me apetece ver cómo salen en la siguiente entrega.

Así que aun con esa falta de originalidad y esa capacidad para fagocitar antecedentes de la cultura popular más reciente, y a pesar del inevitable apunte romántico, como digo, muy dosificado, reconozco que la película me parece entretenida y más completa que las de la saga Crepúsculo.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Ágora

Alejandro Amenábar ha puesto a prueba en Ágora su talento y la solidez de sus planteamientos visuales con un reto que sin duda establece un récord en el cine español dada la envergadura del proyecto. Y ha conseguido salir del tema con bastante solvencia como cineasta, recuperando tal y como se había propuesto la magia del cine épico “de romanos”, “de espada y sandalias”, “peplum”, que en títulos que el propio director cita como referencias para su trabajo (Cleopatra, Quo Vadis?, Ben-Hur, Espartaco) era capaz de trasladarnos a cualquier lugar del mundo y del pasado. Su película consigue en conjunto resultados que superan claramente los de otros cineastas contemporáneos (pienso sobre todo en el Alejandro Magno de Oliver Stone), pero además pone de manifiesto la capacidad de Amenábar para pisar firme y tener las cosas muy claras en cuanto a la manera clásica con la que ha decidido narrar sus historias.

Ágora es sobre todo un ejercicio de autoridad creativa, algo a lo que el director nos tiene acostumbrados desde que estrenó Tesis. Más que nunca vemos y disfrutamos a un Amenábar en pleno estado de forma que parece hacer fácil lo difícil, que se niega a quedar encasillado en género o cinematografía alguna, que ataca los temas que elige como argumentos con la misma pasión y decisión que aplica su Hipatia de Alejandría a la investigación del movimiento de los astros. Y que tiene muy en cuenta al público como interlocutor para su trabajo. De ahí que no haya dudado en cortar quince minutos de la copia que se exhibió en Cannes para proporcionar mayor ritmo a Ágora y hacerla más cercana al espectador medio actual en un ejercicio de madurez que podría convertirse en la puerta de entrada de su filmografía a una nueva fase. Entre otras cosas, Ágora se me antoja como un punto y a parte en la carrera de Amenábar, el capítulo final de una especie de primera fase de su viaje creativo desde el despegue con Tesis bajo la influencia de las claves del cine de suspense de Alfred Hitchcock hasta el deslumbrante espectáculo paisajístico y humano de las obras épicas dirigidas por David Lean. Porque, sin ánimo de exagerar y salvando todas las distancias que el lector crea menester salvar, yo a Ágora la veo más cercana al pulso y el alma de los trabajos de David Lean que a las películas de romanos a la italiana, el peplum propiamente dicho, al que Amenábar se ha referido en alguna ocasión para explicar este proyecto antes de que la película llegara a la cartelera.

Buena prueba de la riqueza de propuestas que encierra la película es que nos permite hacer estas y otras reflexiones, tanto en el campo de lo puramente cinematográfico como de lo ético, lo político o lo histórico.

En su planificación y su manera de rodar Amenábar se ha mostrado más clásico que transgresor (al contrario, por ejemplo, que Julie Taymor en Titus, otra película cuyo visionado recomiendo pero que como propuesta se encuentra claramente en las antípodas de la de aquí comento). Pero ello no significa que renuncie al atrevimiento y la osadía. De hecho, se ha atrevido a recrear con la mayor verosimilitud posible la Alejandría del siglo IV sin que ello perjudique en modo alguno la creación y solvencia de los personajes, y no permite que el espectáculo visual devore a la historia y a los actores. Y eso, tal como está el cine de hoy en día, es toda una osada apuesta por el fondo sobre la forma. En épocas de caos y desorientación como las que vive el cine comercial de nuestros días, lo más revolucionario puede ser ejercer y mantenerse fiel a los recursos de cine clásico.

Uno de los aciertos de Ágora radica precisamente en su capacidad y solvencia para establecer una enriquecedora (y actualmente muy poco habitual) sinergia entre el escenario épico y los personajes que lo habitan. Amenábar consigue mantener con buen pulso el duelo entre los momentos intimistas y los fragmentos más épicos, ayudado por un reparto en el que inevitablemente hay que destacar la forma en la que Rachel Weisz le ayuda a construir su versión idealizada de Hipatia.

La pega que se le puede poner a la película está en lo referido al contenido argumental del relato y sobre todo en el reparto de bondades y maldades entre sus principales personajes. Ahí el director se desmelena un tanto, pierde objetividad y cae en una satanización de los cristianos ataviándolos incluso cromáticamente de manera bastante obvia. Quizá en un intento de Amenábar de jugar a contracorriente frente a las historias de la antigüedad del peplum más tradicional, donde siempre ejerció un papel de mártir heroico y ejemplificador de virtudes para el espectador, el cristianismo se convierte aquí en el gran villano de la película. Es un ejercicio de generalización que resta profundidad y equilibrio a su reflexión sobre la intolerancia. Pero incluso considerando esa actitud un tanto maniquea que convierte a los parabolanos en unos villanos de libro, por otra parte invocados no tanto como representación del cristianismo actual sino más bien en calidad de predecesores icónicos de los fundamentalistas intolerantes de nuestros días (según el propio director me confirmó en la entrevista publicada en el último número de la revista Acción), Ágora consigue ser una película suficientemente rica como para que cada cual pueda llegar a sus propias interpretaciones y conclusiones partiendo de sus imágenes.

Me explico.

El director me comentó que los planos desde el espacio eran su particular forma de invocar la inevitable existencia de extraterrestres. Pero yo, que soy cristiano (y precisamente por ello me resulta imposible identificarme con los cristianos de la película, en los que no encuentro huella alguna de las enseñanzas de Cristo), no puedo evitar ver ahí la mirada de Dios.

No voy a tener la osadía de afirmar que eso significa una fisura en la declaración de ateísmo de Alejandro Amenábar, pero al pensar en esos planos que miran a los hombres desde una instancia superior y con lo que sospecho es un estupor en el que cabe también cierto grado de complicidad y empatía, siempre acabo repasando todas las implicaciones de aquella célebre frase atribuida a otro gran cineasta, Luis Buñuel, que se decía “ateo, gracias a Dios”.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Malditos Bastardos

Más Tarantino y menos Tarantiros.

En Malditos Bastardos Quentin Tarantino demuestra que cada vez maneja mejor el lenguaje cinematográfico y la escenificación de sus películas. A modo de ejemplo vale con ver la secuencia de interrogatorio del nazi Hans Landa al propietario de la granja que abre la película. En la misma el director demuestra su excelente pulso para narrar utilizando el encuadre y la composición con gran habilidad ( por ejemplo consigue abrir el espacio con un plano del granjero y tras él la ventana que muestra a los soldados alemanes, fuera de la casa, pero igualmente presentes e integrados, como amenaza futura, dentro del cuadro). Pero aún más significativo es el astuto uso del recurso narrativo y visual de las dos pipas que aparecen en la secuencia, cada una de las cuales marca un giro en el pulso que mantienen los dos personajes que, dicho sea de paso (y tal como insinúa la música de spaghetti western) es como un duelo verbal, sin pistolas, sólo con palabras. Los planos de detalle aplicados a la primera pipa, la del granjero, acaban con la cerilla en el cenicero y permiten mostrar brevemente la gorra de Landa con la ominosa calavera nazi –un aviso de peligro como la imagen de los soldados al otro lado de la ventana-, al tiempo que el granjero cree haber vencido el pulso y sonríe casi imperceptiblemente cuando Landa le pide una información que los nazis ya poseen –número y nombre de los miembros de la familia judía-, lo que cree le permitirá salir del problema sin convertirse en un delator. La segunda pipa, la del propio Landa, es un objeto algo fuera de lugar que atrae inmediatamente la atención del espectador, facilitando la distracción que el director necesita para hacer un salto de eje, maniobra para desorientar al público tanto como el granjero interrogado es desorientado por Landa. Previamente hay un movimiento de cámara en torno al interrogador y el interrogado tan felino y sigiloso como la estrategia de interrogatorio de Landa: el nazi rodea a su presa, esperando para saltar sobre la misma como Tarantino rodea a sus personajes dispuesto a saltar sobre el desenlace de la secuencia, al tiempo que mueve nuevamente la cámara para añadir tensión haciendo una revelación al público. A partir del salto de eje facilitado por la pipa de Landa, entramos en el camino de finalización de esa secuencia que tiene un punto de inflexión y cambio de ritmo en una sucesión de primeros planos… Ese interrogatorio es como un pulso, y equivale a los arranques en tono conversacional de Reservoir Dogs o de Pulp Fiction, uno de los sellos del director, de manera que quienes después de ver la película en Cannes afirmaron que no parecía de Tarantino deberían echarle otro vistazo, más cuidadoso. Malditos Bastardos es Tarantino cien por cien. Lo que ocurre es que no es el Tarantino que algunos habían previsto que fuera, teniendo en cuenta el título y la temática de la película: Segunda Guerra mundial, un comando de judíos americanos se dedican a meterle el miedo en el cuerpo a los soldados alemanes aplicando tácticas de guerrilla apache y haciendo el voto de entregarle 100 cabelleras de soldados alemanes a su jefe, el teniente Aldo Rayne. Quienes esperaban ver Doce del patíbulo, Los cañones de Navarone, La brigada del diablo o El desafio de las águilas quedarán inevitablemente defraudados (a pesar de que el propio Tarantino ya lo avisó en el New York Times: “Esta no es la típica película de Segunda Guerra Mundial que veía tu padre”), pero eso se debe a que la imagen que tienen del cine de Tarantino es equivocada de partida.

Crítica de la película District 9

“No sorprendería que se detuvieran en Manhattan, Washington o Chicago. En lugar de eso llegaron a la ciudad de Johannesburgo”.

Esta frase, una de las primeras del guión de Distrito 9, revela ya desde su arranque la voluntad de hacer una propuesta distinta dentro del género de ciencia ficción. Pero cuidado con permitir que los árboles no nos permitan ver el bosque.

Sería fácil, y bastante equivocado, caer en la tentación de argumentar que Distrito 9 se sitúa en las antípodas de la mayoría de las fábulas de ciencia ficción que nos sirve con frecuencia el cine estadounidense y que, por estar rendidas muchas de ellas incondicionalmente en los últimos años a los alardes en la parcela de efectos visuales, con el incremento de presupuesto que tal cosa supone, han ido perdiendo contacto con su pertenencia más independiente y original como transgresoras muestras del cine de serie B para pasar a convertirse en productos de lujo de serie A. O lo que es lo mismo, a más dinero, menos originalidad, menos riesgo, menos capacidad de utilizar la ciencia ficción como herramienta de crítica al sistema, a la sociedad a la que pertenecemos, a lo que está ocurriendo en nuestro tiempo.

Distrito 9 tiene un buen respaldo económico de 30 millones de dólares y todo el impacto que puede aportarle contar con Peter Jackson como productor, de manera que sería absurdo pretender que es una película modesta. No lo es en absoluto, y aún menos si la contemplamos desde el punto de vista de los presupuestos que se manejan en las cinematografías más modestas, ajenas a Hollywood. De hecho en Sudáfrica, país del que procede su director y en el que se ambienta su trama, sería una auténtica superproducción (aunque que su ficha oficial la califica como coproducción entre Estados Unidos y Nueva Zelanda). Pero es evidente que por comparación con el dinero manejado habitualmente en las más recientes superproducciones del género -El planeta de los simios, versión Burton (100 millones), Minority Report (102 millones), Yo robot (120 millones), La isla (126 millones), La guerra de los mundos (132 millones), Soy leyenda (150 millones), Star Trek (150 millones), Avatar (190 millones)... -, juega en la segunda división de la liga del cine ciencia ficción que se produce en Hollywood actualmente.

Habrá quien, atrapado en la nostalgia por la ciencia ficción de serie B o adicto a las cutreproducciones de serie Z pueda esgrimir, en una tesis reivindicativa de la modestia como valor por sí mismo, el efecto que se produjo cuando Pitch Black, que costó 23 millones de dólares, cambió de liga para su secuela y se convirtió en Las crónicas de Riddick, que salió por 110 millones.

Grave error: en realidad todo profesional del cine sabe que la clave no está en trabajar con más o menos presupuesto, sino en trabajar con el presupuesto adecuado a las necesidades de la historia que se quiere contar, y simplemente Distrito 9 ha contado con la pasta suficiente para contar su historia. De manera que quienes defienden la película pretextando su modestia y su carácter alternativo a las grandes superproducciones estadounidenses del género, anda bastante perdido, e incluso le resta los verdaderos méritos que posee a esta “modesta superproducción”, si se me permite el sarcasmo, que es Distrito 9.

Dicho de otro modo: la clave no está en el dinero, sino en la imaginación y en la voluntad de contar una historia realmente transgresora. De ahí que destaque la frase con la que comienza este texto: por una vez los extraterrestres eligen un lugar ajeno a las capitales del Imperio Americano y, lo que es aún más importante, eso les lleva a un lugar, Sudáfrica, en el que su odisea como náufragos de lo que no es sino una patera alienígena se convierte en todo un símbolo de cómo el racismo no conoce fronteras, ni siquiera las que nos separan de los planetas más lejanos de nuestro sistema solar. O lo que es lo mismo: que el ser humano lleva el racismo y la xenofobia en las venas, alimentado por el miedo a todo lo extraño y ajeno, a todo lo que no comprendemos.

Más que cualquier otro asunto, lo más interesante de Distrito 9 es su capacidad para advertirnos de ese miedo que nos corrompe. Un miedo que se refleja en las caras de los entrevistados en la fase de documental que domina el primer acto y la primera parte del segundo acto del relato: víctimas e hijos de víctimas del racismo en Sudáfrica que esgrimen los mismos argumentos racistas esgrimidos no hace tanto tiempo contra ellos. Es eso lo que le otorga a la película una madurez que la sitúa por encima de otras producciones de ciencia ficción, independientemente del dinero que manejen. Luego, claro está, tiene otras cualidades. Por ejemplo es interesante cómo el director pasa con una elegancia y una fluidez envidiable desde el plano general aplicado a la historia en clave de falso reportaje que le sirve para plantear su primer alegato antirracista en los primeros minutos de metraje, al primer plano de la historia de Wikus. De ese modo deja sabiamente a un lado la posibilidad de ser sólo una variante de Alien Nation o Independence Day, un vehículo de acción sin más, para ganarse los galones de título de culto entre los aficionados a la ciencia ficción pasando a otro nivel a medida que el espectador empieza a ver las cosas a través de los ojos de ese antihéroe lamentable y perdedor que es Wikus, digno heredero de los atemorizados personajes que han protagonizado las mejores fábulas de ciencia ficción de todos los tiempos, del Winston Smith de 1984 y su variante, el Sam Lowry de Brazil, al Bernard Marx de Un mundo feliz. Entre ellos, el Wickus de Distrito 9 representa la cara más terrible, su lado más oscuro: un funcionario que obedece órdenes y a pesar de su notable incapacidad para manejar una situación que le supera ostenta el falso poder de las marionetas del sistema. Estamos rodeados de este tipo de individuos ya en nuestros días y siempre estuvieron presentes en muchas de las épocas más oscuras de nuestro pasado. Eran los sicarios obedientes de todo genocidio, como el que Wickus perpetra sin pestañear ni perder la sonrisa un momento, totalmente pagado de sí mismo y de la importante “labor” que está realizando en beneficio de la sociedad cuando ordena quemar una de las chabolas en las que están los huevos de los extraterrestres con la despreocupada frase: “Es casi como un criadero”.

El director, astutamente, camufla lo terrible de esa escena en una sencillez narrativa aparentemente inofensiva pero demoledora, dándole la naturaleza de un reportaje que vende un acto genocida de infanticidio de la otra especie como si fuera una operación de control de plagas. Quien quiera leer más allá de lo superficial, encontrará la verdadera naturaleza del asunto: Wickus no es un héroe, es un sicario, un bastardo cobarde y ruin que se deja comprar por un buen cargo, un buen sueldo, una esposa-trofeo, hija de su jefe… La peor especie de trepador. No le tenemos afecto alguno, pero el director se las va a ingeniar para que compartamos su odisea personal en el ghetto extraterrestre, ese nuevo Soweto alienígena, y sintamos empatía con él, comprendiendo que en el fondo todos llevamos un Wickus dentro.

Dado lo que ocurre después con ese personaje, no es casualidad que el director haya elegido que el momento clave en el que la historia deja de ser un falso documental y empieza su andadura como fábula de ficción protagonizada por Wickus sea la escena en la que tres extraterrestres parecen estar rebuscando entre la basura. Es un ejercicio de coherencia otorgar ese papel a los alienígenas, considerando el proceso que va a sufrir Wickus y el plano final de la película.

Cuando la imaginación se pone al servicio de la reflexión sobre nuestra propia naturaleza como seres humanos, la ciencia ficción demuestra su inagotable capacidad como herramienta de denuncia realmente demoledora. No es extraño que sea un género mirado con suspicacia y temerosa desconfianza por los gobiernos de los déspotas.

Miguel Juan Payán

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