La primera temporada de La Peste fue un éxito rotundo, hasta el punto de que antes de su estreno ya sabíamos que tendríamos una segunda temporada. Pero con las tramas cerradas de la primera temporada, ¿por dónde ir en esta ocasión? Una organización secreta como La Garduña, que controlaba los bajos fondos de Sevilla en la época, nos trae de vuelta a esta Sevilla de la mano de Alberto Rodríguez, director de La Isla Mínima o El Hombre de las mil Caras y de varios episodios de la serie, además de cocreador de la misma junto a Rafael Cobos, guionista de sus películas y showrunner de la serie. Junto a David Ulloa, director de la nueva temporada, nos cuentan algunos de los secretos de La Garduña y de la nueva temporada que se estrena este 15 de Noviembre en MoviStar +.

Jesús Usero

Crítica de la película El hombre de las mil caras

Alberto Rodríguez se supera a sí mismo con una película brillante, gran reparto y mucho arte.

Puro vértigo. Tal como suele hacer en todas sus películas, nos engancha a base de música e imagen desde el primer momento, en este caso con la imagen de vértigo de un aterrizaje que en realidad es un despegue triple: el despegue de la historia que nos va a contar, el despegue del propio protagonista, Paesa, y el despegue del narrador que nos conduce de manera eficaz por el laberinto de corruptelas, trucos y trampas que constituye el camino de la historia. En total coherencia con esa primera imagen, el narrador es el piloto, testigo-compinche-esclavo del protagonista. En una película donde es esencial esa relación de desdoblamiento y sombra que viven el fugado Luis Roldán y el propio Paesa, Alberto Rodríguez hace una declaración de principios en toda regla y asienta el tono desde el primer momento, controlando absolutamente a partir de ese momento todos los elementos, personajes, situaciones, embrollos, intrigas y detalles varios que constituyen esa historia que despega con ese aterrizaje.

La isla mínima. Imprescindible cine policíaco. Aún mejor que Grupo Siete. La mejor película española del año. 

Alberto Rodríguez se corona con La isla mínima como uno de los mejores directores con los que cuenta el cine español actual. Su capacidad de creación visual con personalidad, su talento para contar historias en imágenes que vienen respaldadas por tramas competentes servidas con afán perfeccionista y con un trabajo en el que destaca también la dirección de actores, sitúa a Rodríguez en la primera división del cine europeo. Además tiene una visión de los géneros sin complejos que le permite facturar producto digno de interesar a público internacional, lo cual que sus películas son películas sobre la frontera, entre el bien y el mal, entre el crimen y la ley, fronteras éticas y espirituales tanto como fronteras geográficas o mentales. Por eso es tanto más inexplicable que La isla mínima no esté entre las candidatas a competir por los Oscar, considerando además que es un policíaco de factura intachable, ejemplar, con toques clásicos a los que Alberto Rodríguez ha sabido añadir la idiosincrasia cultural e histórica española. De manera que su paseo por el sur  de España siguiendo la pista a un asesino en serie en compañía de dos policías recuerda notablemente la mejor serie policiaca  norteamericana de los últimos años, True Detective, con la que presenta puntos argumentales y visuales en común (esos planos cenitales que dibujan el mapa del laberinto que recorren los protagonistas investigando el crimen, por ejemplo), se da la mano con esa otra historia del sur estadounidense. Pero además tiene la habilidad de no entregarse al mimetismo gratuito de las fórmulas del policíaco estadounidense, y desde el primer momento presenta con orgullo su identidad plenamente española.

Ambientada a principios de la década de los ochenta, La isla mínima es algo más que un cuento policial de caza del asesino emparentado con clásicos norteamericanos como Arde Mississippi, Seven o Zodiac. Alberto Rodríguez sabe cómo buscarle las vueltas a la época de la transición política en la que todavía conviven los residuos del franquismo y la joven democracia, un duelo que va más allá de la política para convertirse en duelo entre dos mundos o dos maneras de entender el mundo, o mejor, de adaptarse al mundo, desde la supervivencia o el idealismo. Ese pulso se materializa en los dos detectives protagonistas. Y en eso los actores son una de las claves esenciales que permiten a Rodriguez imponer la propia personalidad a la película más allá de sus equivalentes norteamericanos. Javier Gutiérrez borda desde el primer hasta el último fotograma su construcción del policía veterano y con un pasado nada claro en las filas de la represión del último franquismo. Estamos acostumbrados a ver a este actor en papeles más ligeros –lo cual, que quede claro, no significa que sean más fáciles-, como por ejemplo esa especie de reescritura de la figura de Sancho Panza que practica con singular talento y no poco sentido del humor en la serie Águila Roja, de la que Gutiérrez se ha convertido en el alma de la peripecia constituyéndose en el legítimo representante del público dentro de la aventura. En La isla mínima consigue otro efecto similar ganándose la empatía del público desde las mismas claves de cercanía y humanidad, pero trabaja en otro registro y consecuentemente su manera de ganarse nuestra simpatía es aún más elaborada, porque su personaje es mucho más complejo. El resultado es algo que ya sabía cualquiera que hubiera visto a Rodríguez construyendo el personaje del sufrido escudero del héroe en Águila Roja: es uno de los mejores actores con que contamos en España en la actualidad. Lo suyo en La isla mínima es de aplauso cerrado al terminar la proyección. Me sorprendería mucho no verle nominado en los próximos premios Goya. Junto a él Raúl Arévalo sorprende igualmente y igualmente consigue construir un personaje adusto, que como todos los personajes del cine de Rodríguez habla lo justo, está construido de una pieza, y cada cosa que dice cuenta. Estos dos actores tienen además  la tarea de construir además de sus propios personajes una relación de compañerismo en conflicto, quizá incluso de amistad, desde polos totalmente opuestos. En eso, quizá porque me resultan culturalmente mucho más próximos, me he creído más esa relación de amistad que la que presentan los protagonistas de la serie True Detective. El tema de amistad en conflicto, o de lealtad y compañerismo contra pronóstico entre tipos totalmente opuestos es una constante en todo el cine de Alberto Rodríguez y pudimos disfrutarla también en Grupo siete entre los personajes de Mario Casas y Antonio de la Torre, aquella escena en el bar, con la foto del niño, y la respuesta “Mu guapo el niño” se ha convertido incluso en una forma que tenemos de comunicarnos mi colega en este medio, Jesús Usero, y yo. Cuando los días no nos salen muy lucidos a uno o a otro, o a los dos, no es raro que uno u otro acabemos diciendo: “Mu guapo, el niño”, y diciendo eso lo digamos todo. Eso es lo que consigue el cine de Alberto Rodríguez, sus actores y sus guiones con Rafael Cobos: sacar los personajes y las historias y conflictos de la pantalla al patio de butacas, de manera que al final lo que estamos viendo es algo tan cercano que podría haberle ocurrido a alguien que conocemos, o a cualquiera de nosotros, incluso si no somos policías, o traficantes, o asesinos, sino cualquier otra cosa. Y conste que creo que este es el mejor halago que se le puede hacer a una película en los tiempos que corren, porque es lo que consiguen las grandes películas: convertirse en auténticas experiencias para el espectador.

Por cierto, hablando de experiencias, y como ejemplo del trabajo con los actores y de lo que sabe sacarle a un actor este director, advierto que lo que hace Antonio de la Torre con su personaje en La isla mínima es pura magia.

La isla mínima es la mejor película española que he visto este año y una de las mejores que he visto en mucho tiempo. Y estoy seguro de que la veré más de una vez.

Miguel Juan Payán

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