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Crítica de la película El Reino

Rodrigo Sorogoyen alcanza la madurez de los maestros con El Reino.

A Sorogoyen volar en solitario no puede decirse que le haya sentado mal, tras sus primeras películas codirigidas, con la fantástica Que Dios Nos Perdone, un muy buen thriller que demuestra, nuevamente, que nada tenemos que envidiar a producciones similares de cualquier rincón del mundo (más bien deberían  envidiarnos ellos) y ahora con El Reino, una relato de ficción sobre la política en nuestro país que parece cualquier cosa menos ficción. A veces es tan real lo que cuenta que parece más bien una cámara oculta que ha destapado otra, una más, trama de corrupción política en nuestro país. Pero El Reino no se contenta sólo con eso. Es mucho, mucho más.

¿Cómo te cambiarían la vida 140 millones de euros? Quizá no para bien… Eso es lo que quiere contarnos la película de Gracia Querejeta, que cuenta con un reparto magnífico y una historia muy curiosa, pero que termina desinflándose cuando llega el momento de la verdad, confundiéndose entre genios del cine español, queriendo ser Buñuel cuando lo mejor sería ser Berlanga. Un cumpleaños entre amigos para celebrar el 40 aniversario de una de ellas, en el que no faltan la hermana, su sobrino, su amor de toda la vida, la novia de éste y el resto de amigos que conforma cualquier familia normal y corriente. Cada uno con sus historias, aunque no todas igual de interesantes. El retiro en una casa en la costa durante un fin de semana cambiará por completo cuando la protagonista anuncie que ha ganado 140 millones en el euromillón.

Hasta ahí casi todo bien, pero a veces cuesta identificarse con los personajes, o con algunos de ellos, porque no son gente de a pie, ninguno de ellos. Un abogado, una veterinaria, un millonario, unos dueños de un restaurante de moda, una actriz, un músico de enorme talento pero fracasado… vamos, una panda de pijillos (ojo, los personajes), en los que destaca el ama de casa con la que todos podemos identificarnos (y cuya trama es la más interesante, aunque no la desarrollen tanto como deberían)… La gran sorpresa de la película no es el momento en el que se revela el premio de la lotería, sino un hecho que lo cambia todo y que convierte la casa en una mezcla entre El Discreto encanto de la Burguesía y El Ángel Exterminador… pero sin la fuerza de Buñuel.

Porque lo que la película exige en ese momento es más bien humor negro, ácido, del nuestro. Un Berlanga en plena forma que hurgue en las miserias de un grupo de personajes, valga la redundancia, realmente miserables. De lo que supone el dinero y si da la felicidad o no, si elimina problemas y maldades a través de maldades mayores. De lo que significa la amistad, la decencia incluso. Para eso, Berlanga. Humor. Del que duele. Y no termina de lanzarse a ese camino, de dejarse llevar por los recovecos negros de su historia.

Siempre interesante, con detalles de gran humor y de drama potente, con relaciones a veces complejas y desconcertantes (como la de la protagonista y su sobrino), el reparto está brillante, como siempre, con nombres como Maribel Verdú, Antonio de la Torre, Eduard Fernández, Nora Navas, Ginés García Millán o Alex O’Dogherty. Pero quien se lleva realmente el gato al agua es Marián Álvarez, con un personaje tan complejo como… bueno, mejor lo ven. El problema es, al final, que no alcanza el potencial que tenía. La necesidad de que sea algo más con una historia de inicio tan potente. La fuerza y mala leche que podría haber tenido y que no termina de tener. Con esos actores y esa premisa. Había sitio para mucho más. Sin quitarle mérito al resultado final, que lo tiene. Y mucho

Jesús Usero

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©accioncine

Crítica de la película Grupo 7.

No es sólo buena. Es muy buena. Una película policíaca redonda, con todos los elementos del género. No lo duden: hay que verla. Retrocedemos a finales de los ochenta en una Sevilla que se prepara para celebrar la Exposición Universal a principios de los noventa y nos encontramos con una película policíaca ejemplar capaz de demostrar que se puede hacer cine de género sin perder las características del cine de autor, con escenas de acción trepidantes como la persecución por los tejados que se marca Mario Casas al principio de la película, y con interpretaciones tan contenidas y sobresalientes como la del co-protagonista, Antonio de la Torre. Con historias de policías corruptos o a medio corromper, que nos creemos más que las de sus tópicos equivalentes norteamericanos porque en el fondo son gente más cercana, y no me refiero sólo al idioma, sino a su manera de bromear, quedar para tomar cañas en un bar, pasar el domingo con la familia o apañarse la vida entre redada y redada de camellos en una calles ejemplarmente tratadas como un protagonista más de la película. Esa conversación entre el poli veterano y el novato, que se repite luego, sobre la foto del niño, “mu bonito”, es parte del alma de una película que además de la trama policial central tiene distintas subtramas bien construidas, capaces de dar vida y verdad a las peripecias de esos cuatro policías enfrentados además a uno de los antagonistas mejor construidos del cine policíaco que hemos visto en los últimos años. Mejor construido y mejor administrado en el guión, porque va creciendo y definiéndose apenas con algunas pinceladas a lo largo de toda la película, hasta aparecer finalmente en una secuencia de ajuste de cuentas que tiene la capacidad para no dejar que la tentación de montar un estallido melodramático exagerado se cargue la credibilidad con la que el director ha venido construyendo su historia y la existencia de sus personajes hasta ese momento.

Esto no es cine norteamericano, amigos, y se nota. Se nota para bien. Se nota en esa trama del policía Rafael poniendo velas a la virgen con el aplomo de un tipo duro del polar francés clásico, de esos que hablan poco con la boca y mucho con los ojos y con los gestos, pero sin perder su identidad española, más aún, su identidad sevillana. Se nota en ese trepa con buenas intenciones, pero no por ello menos trepa (una especie muy española, todos para nuestra desgracia conocemos alguno) que interpreta Mario Casas, un actor que por encima de ser un icono mediático en clave de sex-symbol demuestra aquí que puede echarse a la espalda un papel protagonista tranquilamente sin descomponer el gesto y ganándose a la cámara y al espectador sin despeinarse. Se nota en esos tres papeles femeninos, breves pero fundamentales, Elena (Inma Cuesta), Lucía (Lucía Guerrero) y Marisa (Diana Lázaro), que abren otro paisaje de la trama principal. O en esos dos segundos protagonistas, no secundarios, porque tienen su propio peso en el relato, Mateo (Joaquín Núñez) y Miguel (José Manuel Poga), y en ese chota, chivato o confite que le pasa información al policía, encarnado por Julián Villagrán, al que no hace mucho le hemos visto construyendo otro papel completamente distinto en Extraterrestre de Nacho Vigalondo, y que si me permiten la opinión, puede hacer el papel que le dé la gana, porque va a clavarlo fijo. En esos actores es en lo que se basa la calidad de una película que además visualmente está bien servida de talento por un director que consigue captar no sólo en las localizaciones, sino en la forma de presentar su historia, una especie de alma del cine policíaco de los ochenta, el buen cine policíaco de los ochenta quiero decir, hasta el punto de que con esos planos para situarnos cronológicamente y con la música que los acompaña, me recordó o puso tras la pista de una de las mejores películas del género que produjo la década de los 80: Vivir y morir en Los Ángeles, dirigida por William Friedkin en 1985. De manera que Grupo 7 es un buen ejercicio de cine de autor desde las claves del género, o un buen ejercicio del cine de género desde las claves de autor. Tanto da. Elijan ustedes lo que más les guste, pero tengan claro que es una de las mejores películas españolas que vamos a ver este año. Y una de las mejores películas policíacas, españolas o no, que he visto en mucho tiempo. Bien construida, con personajes interesantes, con un reparto que borda su trabajo. Y narrada con pulso firme y con habilidad para meter calidad entre las imprescindibles claves del género que aborda. En mi opinión, este es el tipo de cine español que hay que apoyar en la taquilla, porque sin ceder terreno en hacer una propuesta de calidad, busca entretener a la mayoría, hacer que salgan ustedes del cine con la impresión de haber recibido aquello por lo que pagaron: evasión. Creo que en estos tiempos de crisis que vivimos, el cine de género abordado con la calidad y el talento que exhibe Grupo 7 es la mejor forma para mantener la industria en marcha. Miguel Juan Payán

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