Críticas usuarios de la película El silencio de la cruz blanca dirigida por Daniel Calparsoro y protagonizada por Belén Rueda y Javier Rey


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Miguel ★★★

Entretenida, pero pierde bastante por un detalle importante. Mi nota es un 7'5


Gorka ★

El Silencio de la ciudad blanca es de las peores películas que he visto en los últimos años. La historia que tienen es buena porque los libros son muy buenos, pero la manera de contarla no puede ser peor. Un guión muy malo que destroza todo misterio que pueda tener. Además, un montaje aún peor impide que entres en la película. Los actores tampoco es que destaquen pero tampoco se les da la oportunidad para ello. En fin, un desastre y no se la recomiendo a nadie.


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Revista ACCION

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Crítica de la película El silencio de la ciudad blanca

Daniel Calparsoro diseña con brillantez la adecuada atmósfera tenebrosa que requiere el filme, pero naufraga cuando intenta dotarla de un aura mucho más inquietante de lo que permite el guion.

Tras la adaptación de El guardián invisible, ahora le toca el turno a la primera entrega de la trilogía creada por Eva García Sáenz de Urturi: un relato de asesinatos rituales y salvajes, que transcurre en Vitoria Gasteiz. No resulta baladí comparar la versión cinematográfica de El guardián invisible con esta historia dirigida por Daniel Calparsoro; ya que ambas siguen una pauta más o menos coincidente, que tiene en el folclore autóctono su piedra angular.

La trama de El silencio de la ciudad blanca recrea la investigación llevada a cabo por Unai y su compañera Estíbaliz, para dar con el responsable de una serie de crímenes esotéricos que asolan la urbe de la Virgen Blanca. Estos asesinatos tienen por víctimas a parejas de distinto sexo, cuyos componentes acreditan la misma edad. Los elegidos llevan un intervalo ascendente de cinco años, y los nuevos cadáveres suponen el regreso de una serie de homicidios ocurridos veinte años atrás. De hecho, el encarcelado entonces (un misterioso escritor de familia rica) está a punto de ser puesto en libertad. Unai se encuentra perdido, y el asunto no mejora con la llegada de su nueva jefa: la subcomisaria Blanca.

Crítica de la película El Pacto

Belén Rueda se echa a las espaldas esta intriga con pinceladas de terror.

No es nada nuevo. Belén Rueda puede hacer que historias más o menos convencionales y tópicas salgan adelante simplemente estando ahí, ante la cámara, defendiendo su personaje y lo que se cuenta como una loba defendiendo a sus cachorros. Es lo que ocurre en este caso, donde además encuentra buen respaldo con el trabajo de Dario Grandinetti y la breve pero contundente aparición de Antonio Durán “Morris”, al que habría estado bien ver en más metraje de la historia, sobre todo porque su personaje se interesante pero entra demasiado tarde en el asunto, restando más peso a la trama de intriga.

Todo gira no obstante en torno a la presencia y el personaje de Belén Rueda, y eso en cierto modo presta cierto tono de endeblez a la trama en su conjunto. Solo otro personaje en la trama, el de Grandinetti, llega para ejercer como contrapeso y como resultado de este equilibrio la trama y la película ganan puntos. Queda desdibujado el personaje de la hija, interpretada por Mireia Oriol, que en una clave más ambiciosa para la historia habría tenido sin duda más desarrollo.

En cualquier caso, es elección del director y co-guionista cómo va a conducir su historia y su película, y hay que decir que El pacto funciona correctamente como producto de intriga, y si tiene alguna pega en todo caso responde a la ambigüedad sobre su verdadera naturaleza que pueda transmitirse al espectador a través del tráiler. Es un relato interesante, curioso a su manera, eficaz en su desarrollo, pero no es una película de terror como quizá puedan esperar algunos espectadores a tenor del tráiler que se ha difundido sobre la película. Tiene pinceladas de terror, pero su manera de desenvolverse en la mayor parte de su metraje la sitúa sobre todo en el territorio de la intriga. Quiero decir que la película en sí misma no engaña en ningún momento en ese sentido. Tiene muy claro lo que es y se desarrolla coherentemente por el camino que ha elegido. Pero la promoción puede jugarle una mala pasada llevando al espectador a buscar en ella otro registro narrativo que no posee.

De hecho, una de las cosas que me ha gustado de El pacto es precisamente esa capacidad para arriesgarse y tirar por el camino menos fácil a la hora de plantear su trama. Podría haber tirado por el espectáculo fantástico dominado por el terror y con pinceladas de intriga, pero invierte su carga genérica para buscar por un camino de intriga con pincelada de terror que la lleva por ejemplo a potenciar más el peso de la interpretación de sus actores y asentar su propuesta sobre el eficaz dúo Rueda-Grandinetti. Me parece una opción interesante, aunque ya he comentado que habría sido interesante desarrollar más algunas subtramas con personajes como el de la hija y el de Antonio Durán. En lo referido al argumento propiamente dicho, opta por la simplificación de la anécdota y por un perfil de rapidez y brevedad que lleva a los personajes a tener poco desarrollo más allá de lo imprescindible para que sirvan como herramientas de la trama. Por eso pienso que es tan destacable el trabajo de Belén Rueda y Darío Grandinetti, así como el de Antonio Durán: porque estamos ante uno de esos casos donde es el actor el que presta casi toda la “carne” al personaje, cuyo desarrollo esquemático en una trama bastante esquemática y que va al lío del asunto sin desviaciones ni subtramas puede producir la sensación de excesiva sencillez buscando la máxima eficacia. Quizá por eso El pacto me produce la sensación de tener prisa por contarnos su propuesta y no querer complicarse la vida, y pienso que desperdicia algunos elementos interesantes que incluye en su conjunto pero desdibujados como en un segundo plano.

No me parece mal del todo. Una industria que se precie tiene que producir este tipo de historias de género sencillas y eficaces, y en eso me ha recordado todo el tiempo el tipo de relatos con más intriga que terror que consumíamos en las revistas de cómics de terror tipo Creepy y Dossier Negro, relatos breves y contundentes a los que no cabe pedirles más que precisamente esa eficacia como vehículo de entretenimiento bien defendido por sus protagonistas y correctamente resuelto en lo visual.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Crítica de la película No dormirás

Gustavo Hernández consigue crear una película en la que la atmósfera y el espacio se convierten en las principales armas para generar terror y misterio.

Los psiquiátricos abandonados suelen dar un juego especial en el género del horror de naturaleza psicológica y gótica. Quizá, esa sea la razón principal por la que el cineasta uruguayo Gustavo Hernández ha decidido otorgar un protagonismo determinante a una de estas siniestras instituciones, para construir el fantasmagórico y efectivo decorado de No dormirás.

A modo de pesadilla constante, el guion del filme sigue los pasos de una actriz llamada Bianca (excelente Eva De Dominici, en la piel de un personaje que siempre está al límite de la locura). La chica intenta despegar en su carrera, aunque tener que cuidar a su padre –aquejado de una enfermedad mental- le resta la debida concentración para mantener el nivel de ambición de sus colegas. Una noche, mientras Bianca representa una obra en un papel secundario, la joven es citada para el casting del nuevo proyecto de Alma Böhm (Belén Rueda): una reputada creadora, famosa por sus trabajos de extrema exigencia. La protagonista piensa que no va a ser seleccionada, pero al final recibe la llamada del encargado de Alma, y le comunica que la directora está interesada en su incorporación al elenco interpretativo.

Sumidos en un absoluto secretismo, los miembros de la producción son trasladados a un antiguo manicomio, donde se les pone al corriente de que la historia va sobre una interna, que fue acusada de intentar dar muerte a su bebé. Alma exige a Bianca y a su amiga Cecilia (también elegida para competir por el papel principal) que no duerman en ningún momento, para llegar a un nivel en que los mecanismos actorales queden supeditados a la identificación total con el papel. Poco a poco, las horas de insomnio y la oscuridad reinante en el inmueble hacen mella en la salud mental de la protagonista, hasta el punto de ver extraños seres que amenazan su integridad física.

Gustavo Hernández acierta en la manera en que retrata los desangelados pasillos y habitaciones del psiquiátrico, manteniendo la intensidad en los giros de cámara y en la evolución del papel de Eva De Dominici. Los planos retratan con imaginación el tortuoso camino que emprende la joven, hasta perder cualquier signo de raciocinio. Estos elementos son los que poseen más fuerza en la historia, la cual se ve algo frenada en su precipitación hacia el anunciado abismo mental, con una trama tangencial que genera una cierta desconexión con el potente ejercicio audiovisual que se percibía al principio del filme.

Conforme se suceden las aclaraciones de lo que esconde el oscuro propósito de Alma y de su equipo, No dormirás se vuelve un tanto farragosa en su desarrollo. No obstante, Hernández se muestra hábil, al no permitir que los rocambolescos y artificiales giros del argumento perjudiquen totalmente a la atmósfera medioambiental desplegada a través de los fotogramas.

Un acierto de escenificación, más que de contundencia del guion, al que contribuyen sobremanera las esforzadas y convincentes caracterizaciones de las destacables Eva De Dominici y Natalia de Molina. Ellas logran que el interés no decaiga, incluso en los momentos menos brillantes del metraje. Labor en la que también pone su granito de arena Belén Rueda, pese a que su parte no posee tantos asideros dramáticos como las de De Dominici y De Molina.

Jesús Martín

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Crítica de la película Ismael con Belén Rueda y Mario Casas

Drama familiar de buenos sentimientos y un reparto ejemplar. Y tras las cámaras un director que sabe lo que quiere y cómo quiere contarlo. Marcelo Piñeyro es un magnífico director argentino, al que muchas veces olvidamos debido al talento impresionante de gente como Juan José Campanella, pero que tiene en su haber películas tan interesante como Plata Quemada o El Método, o directamente joyas como Kamchatka (es difícil olvidar ese enorme y agridulce final), y que además tiene la virtud de saber aprovechar la posibilidad de rodar en Argentina y España. Aunque en esta ocasión no llega al nivel de trabajos anteriores, pero no por su elegante y precioso trabajo. Pero nos deja una más que apreciable película para las Navidades.

La historia de un niño de ocho años que se fuga de casa y viaja a Barcelona para conocer a su padre biológico, que no sabe nada de él. Allí conocerá a su abuela y a su padre, y, juntos, toda la familia intentará encontrar un camino que cierre viejas heridas y abra nuevos caminos. Una perfecta historia para esta época del año, con un par de giros interesantes, un muy buen director y un reparto que está a la altura de las circunstancias y nos ofrece humanidad, cercanía y sencillez en sus interpretaciones, para contar esta pequeña gran historia. Aunque, claro, habrá que quien la ataque sin piedad por su actor protagonista, lo cual empieza a ser tan obvio y ridículo que asusta.

Negarle a Mario Casas su talento a estas alturas de película resulta absurdo. El actor ha protagonizado un buen puñado de películas en las que se come la pantalla, por no hablar de lo mucho que atrae al público su presencia en una pantalla. Grupo 7, La Mula, Las Brujas de Zugarramurdi y ahora Ismael, deberían bastar para demostrar la variedad de registros y el enorme talento del actor, muchas veces encasillado por crítica y público. Si lo acompañamos de Belén Rueda (mucho más ligera y cómica que de costumbre, y se agradece ver que le dan otros papeles), el siempre enorme Sergi López, Juan Diego Botto o Ella Kweku, quien debuta junto al alma de la película, el niño Larsson do Amaral, cuya frescura resulta difícil de igualar.

Piñeyro sabe contar la historia, colocar el humor y dejar escenas muy bellas, conmovedoras, sencillas pero únicas, de tal forma que su elegancia narrativa hace que suba puntos la película, cuyo mayor pero es el guión, que no es ni mucho menos malo, pero tiene detalles que son bastante mejorables (el tema del racismo en el bar de carretera, la escena en el paseo marítimo, el pasado de la pareja, algún diálogo…). Si tirase menos de la historia romántica y más de la paternal, la película ganaría enteros. Pero con todo eso, Ismael hace sonreír, emociona y tiene golpes de humor geniales. Tiene corazón y tiene verdad detrás, tiene actores y un gran director. Y tiene detalles de Kamchatka, más que de Plata Quemada, para que me entiendan. De la vida real. Del futuro por escribir y las promesas por cumplir. Por todo ello merece la pena verla.

Jesús Usero

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Entrevista: Belén Rueda y Ricardo Darín protagonistas de Séptimo

-          Belén, siempre que hablo contigo en los últimos tiempos sobre tus trabajos tengo el mismo problema: no podemos hablar mucho del personaje porque seguro que revelamos información al público y hacemos spoiler. Vuelve a pasar en Séptimo como ocurriera en El cuerpo, podemos contar poco. Pero sí quería que tanto tú como Ricardo me comentarais algo de ese final que me parece todo un desafío para vosotros como actores, contando mucho, sino todo, sobre vuestros personajes, simplemente con las miradas, casi sin diálogo.

-          Belén Rueda: Nos costó a los dos mucho. Decir con la mirada todo lo que no se puede decir con palabras. Y que se tiene que entender, porque tú tienes que resolver al final la historia que has estado contando durante una hora y media. Y con la mirada tanto él como yo tenemos que resolver y decirlo todo. Esa escenas sí que la trabajamos muchísimo.

-          Ricardo Darín: Esa fue una escena muy peleada.

-          Belén Rueda: Y tanto, que hasta tuve que volver a repetirla. Bueno, no repetirla exactamente…

-          Ricardo Darín: No repetirla, hacer otra versión de la misma escena. Esta será una discusión que tendremos hasta el fin de nuestros días. Nosotros los actores, cuando confiamos en el impacto de una mirada, en el impacto de lo que uno siente en la piel… Habíamos construido una escena final en la que había una gran economía de palabras, porque por otra parte las palabras comprometen, las preguntas obligan a respuestas, y como acá era muy difícil de explicar, confiábamos en nosotros. No es que la producción no confiara en nosotros, pero a la hora de ver el montaje pensaron que hacían falta dos o tres aclaraciones, que tienen que ver más con cuestiones judiciales que lo que es visceral, orgánico. Nosotros defendíamos una posición. Ellos defendían otra. Y como suele ocurrir en estos casos hicimos lo que decían ellos (risas), y este, la secuencia está un poco más explicada de lo que habríamos querido. Pero de cualquier forma, y no me cansaré de decirlo, el personaje de Belén creo que es el más complicado de la película. Ella jamás lo va a decir, por eso lo digo yo. Creo que es un gran trabajo y ha sido muy complicado, porque siempre que tienes un personaje de esas características la tendencia es a darle rienda, y acá precisamente la complicación era tener la rienda muy cortita.

-          Belén Rueda: Eso ocurre también en tu personaje, en el del portero, el del policía. Siempre lo que no se dice es lo que decimos con palabras.

-          ¿Os está afectando de algún modo la crisis del cine de la que tanto se habla?

-          Belén Rueda: Sí que se nota porque de algún modo estás dentro esto y notas que hay compañeros que tienen problemas para sacar un proyecto adelante o actores que no habían parado de trabajar y ahora no llegan tantos proyectos. Lo que pasa es que el cine nunca va a morir, eso está más claro que el agua. Pese a quien le pese, el cine no va a morir ni en España, ni en Argentina ni en ningún país del mundo. Creo que además está cogiendo bastante fuerza porque de alguna manera si no nos dejan hacerlo de un modo lo vamos a hacer de otra…

-          Ricardo Darín: Está obligado a readaptarte, a encontrar otras formas. Las crisis tienen eso. La única parte positiva de las crisis es lo que te obligan a repensar, y la creatividad no se detiene. Al contrario: muchas veces la crisis es un territorio en el que uno puede levantar elementos para disparar las historias. Yo quisiera saber cuáles son las historias que van a venir ahora. Es más trabajoso, es mucho más complicado. Como dice Belén se acortan un poco las posibilidades de los proyectos, pero hay un momento en que hay que quebrar esa instancia, pasarle por encima y seguramente de esta crisis van a surgir muchas cosas.

-          ¿En qué medio os sentís más cómodos?

-          Belén Rueda: Creo que el medio favorito es cuando te enamoras del proyecto. Y no importa que sea en un medio o en otro. Lo que está claro es que por ejemplo en televisión puedes estar un tiempo determinado comprometido con ellos. Yo por lo menos soy así. Sé que hay gente que utiliza la televisión como un medio para darte a conocer y después no quieres saber nada. Yo si he dicho que sí a algo, estoy en ese proyecto hasta el final. Y eso supone que se alarga en el tiempo. Si te llegan otros proyectos estupendos que quieres hacer y hay una buena relación con la gente que estás trabajando en televisión pues les dices: podríais mandarme unos cuantos capítulos a Australia para poder hacer esto otro… Pero realmente la decisión de hacer un proyecto o no es que el proyecto te enamore, o por ejemplo en teatro, que suele pasar mucho, que tengas una obra que te haya gustado mucho o alguien con quien quieras trabajar y entonces lo haces. No es una cuestión de pensar si te gusta más esto o lo otro. Hay momentos en la vida en los que sí es cierto que te apetece hacer teatro, y entonces insistes un poco más. Pero eso no significa que no quieras hacer otras cosas.

-          Ricardo Darín: A mí toda la vida me gustó el teatro. He hecho muchísima televisión, he hecho radio, era muy chico y trabajaba en radio, televisión, nací prácticamente en los estudios de televisión, así que prácticamente mis cuentas están saldadas con la televisión. Pero eso no quiere decir que no pueda volver a hacerlo, en la medida que te enamore un proyecto. Por supuesto es más difícil que eso ocurra en una tira diaria, donde los objetivos perseguidos son otros, es más de corte efectista, los tiempos de trabajo no te permiten demasiada profundización en el personaje y demás. En una serie semanal uno tiene un poco más de chance de poder trabajar los conflictos, las relaciones, los personajes. A mí me gusta mucho el cine… me gusta mucho ir al cine. El trabajo en el cine para los actores es un poco perverso. Nadie nos explica nunca cómo es y lo tienes que aprender todo sobre la marcha, sobre el terreno. Hay una metodología de trabajo del actor aplicada al cine que es muy complicada, aún para los mejores. Hay que aprender esa especie de equilibrio de estar a cargo de todo lo que está ocurriendo en esa especie de cosmos que está girando alrededor tuyo. A la hora de tener un primer plano donde tienes que hacer creer que estás solo en el peor momento de tu vida estás rodeado de 45 personas que te pasan un cable por aquí, otra cosa por allá, y entonces no te puedes mover porque te sales de la marca… Convivir con todo eso para luego poder borrarlo y hacer creer que estás solo, metido en un baño, sufriendo, es interesante y es atractivo como desafío pero es muy complicado. Yo creo que este no es un buen momento para preguntarme sobre cine porque he hecho muchos trabajos con una frecuencia además agobiante y necesito un descanso del cine, y el cine necesita un descanso de mí. Estoy disfrutando de esta etapa en la que me planteo hacer teatro, que es un poco  como el taller, el ejercicio cotidiano de aplicar lo que encontraste ayer en la función de mañana. Esa parte y ese aprendizaje me gusta mucho. Todo ocurre ahí, para bien o para mal, en una función. Y el teatro tiene una peligrosidad que no tiene el cine, esa peligrosidad de que de pronto se levante un espectador en medio de la sala y diga: No estoy para nada de acuerdo y tú me pareces un gilipollas. Y hay que lidiar con eso, porque puede pasar. Ese riesgo, esa membrana fácilmente traspasable es lo que le da un vértigo y una identidad al hecho teatral que a mí me atrae mucho. Me gusta esa adrenalina de que de pronto todo se vaya al carajo y no haya forma de recuperarlo. Me apasiona”.

 Miguel Juan Payán

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