Ácida comedia con un excelente reparto. Una de esas películas independientes que aprovechan realmente la posibilidad de contar una historia para crear personajes reales, creíbles y con los que cualquiera puede identificarse o identificar de una u otra manera, en lugar de irse por las ramas con pretenciosidad. La película aprovecha una historia y unos personajes interesantes para crear humor muy ácido y con mala uva acerca de las relaciones de pareja y cómo evolucionan con los años, a través de sus cuatro protagonistas, al mismo tiempo que pone el dedo en la llaga en algunos de los males endémicos de nuestra sociedad, sin perder nunca de vista el objetivo, contar esta peculiar y particular historia de generaciones enfrentadas y problemas de pareja.

Una pareja de mediana edad, enfrentándose a una relación aburrida sin saberlo casi, ve su vida revolucionada de arriba abajo cuando conocen a una joven pareja algo hípster que pretende meterse en su vida con la excusa de la admiración por el trabajo de él, un documentalista fracasado que da clases. Desde ese momento, la relación entre las dos parejas, la de veinteañeros y la de cuarentones, muestran los problemas de ambas parejas, que envidian algo de lo que tiene la otra sin saberlo, dejando claro que ni jóvenes ni maduros tenemos realmente ni idea de lo que queremos en una relación y muchas veces nos movemos por exigencias de la sociedad, como con el tema de los hijos, brillante y sarcásticamente tratado en la película durante todo el metraje.

El reparto mantiene siempre un nivel brillante, sorprendiendo más ellos que ellas. Amanda Seyfried y Naomi Watts son dos excelentes actrices y lo han podido demostrar más veces que Adam Driver (por lo reciente de su carrera en cine) y Ben Stiller (por sus comedias insulsas muchas veces). En su química y sus roces, no siempre cariñosos, está la salsa, el humor, la mala uva y el drama de la película, como también en la presencia de un veterano como Charles Grodin, que roba la escena cada vez que aparece. Encomiable el trabajo de Noah Baumbach, director de Frances Ha por ejemplo, y guionista también de la película, manejando a los personajes brillantemente hasta llevarles al inevitable final…

Por el camino la película desmonta a ambas parejas, presentando los problemas de unos maduros aburridos, fracasados, que de repente encuentran una puerta a la juventud, sin darse cuenta de que ya no son jóvenes, y por otro esos jóvenes que realmente son pura pose, auténtico postureo no sólo en su actitud y comportamiento, sino en la propia relación. Con el tema de las historias que contamos y cómo las contamos, con el punto de mala uva sobre si somos un fraude o no, sobre el precio del éxito, nuestros egos y la verdad, amañada o no, que hacen la película más que interesante. Aunque a veces caiga en su propia trampa y en los propios trucos que quiere criticar. Pero es una comedia muy inteligente y apreciable que los cinéfilos seguro disfrutarán.

Jesús Usero

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Crítica de la película Noche en el Museo: El Secreto del faraón

Más divertida que las anteriores, llena de aventuras. No, nunca he sido fan de la saga Noche en el Museo y quienes hayan leído mis críticas por aquí durante un tiempo, sabrán que tampoco soy muy fan de Ben Stiller, sobre todo cuando entra en el campo de la comedia más comercial. Pero he de reconocer que me llevé una muy grata sorpresa con la tercera entrega de Noche en el Museo, por diversos motivos que incluyen a los personajes británicos, el sentido de la aventura, una menor presencia de ciertos personajes y un cameo que no debéis dejar que nadie os descubra y que hace que la película entera merezca la pena más que de sobra. Posiblemente el cameo del año.

En esta ocasión y como cierre de la trilogía, la aventura se traslada a Londres para investigar lo que le sucede a la tabla que hace que todos los seres del museo cobren vida de noche. La magia egipcia que le daba poder está desvaneciéndose y los protagonistas tienen apenas unas horas para solucionarlo, con Ben Stiller a la cabeza, aunque en esta ocasión con mucho menos protagonismo. Casi da la sensación de que la película es de Robin Williams, en uno de sus últimos papeles, antes que de Stiller. La llegada a Londres trae nuevos personajes, nuevos peligros y nuevos aliados, incluyendo a un Lancelot en búsqueda de Camelot bastante peculiar. Sin olvidar a los habituales Owen Wilson, Steve Coogan, Ricky Gervais o Rami Malek, la película trae rostros nuevos tan interesantes como Rebel Wilson o Ben Kingsley.

Con poco más de 90 minutos de duración, hay poco tiempo para aburrirse, ya sea luchando contra un demonio chino o perseguidos por un dinosaurio, pero es cierto que en ciertos momentos el ritmo se resiente cuando toman protagonismo personajes como el de Wilson o Coogan, o cuando la trama se centra en las charlas familiares entre Stiller y su hijo. Ahí es donde la película decae un poco y donde uno puede despistarse de lo que pasa en pantalla, que no es más, a fin de cuentas, que una película para entretener a toda la familia, con mucho humor blanco y mucho sentido de la aventura (la escena del demonio chino es sensacional, por ejemplo)

Nada del otro mundo, no busca nada especial, no quiere revolucionar el mundo del cine ni nada por el estilo, simplemente dar a las familias un rato agradable, con varios cameos míticos (repito, uno de ellos hace que la entrada merezca la pena pagarla y provoca enormes carcajadas entre el público), y con, para mí, más acción y más emoción que las dos películas anteriores. Y deja un cierre, una despedida, no sólo a la saga, sino también a la carrera de Robin Williams, algo que entenderán en cuanto vean la película. Así que quien quiera disfrutar en familia en una sala de cine, aquí tiene una de esas películas navideñas que nunca fallan.

Jesús Usero

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Crítica de la película Un Golpe de Altura

Una blandita comedia la que ha unido a dos de los más importantes actores del género de las últimas tres décadas, Ben Stiller y Eddie Murphy. Blandita, más que nada, porque partía de una historia que podía haber dado mucho más juego tal y como está el patio, pero que los responsables han dejado pasar para centrarse en las “peculiaridades” de los personajes, en sus limitados frikismos, tratando de que ellos lleven el humor a la película, sin darse cuenta de que el humor está en la situación límite que lleva a estos personajes a hacer lo que hacen.

La historia de un grupo de currantes que pierden todos sus ahorros cuando la persona en la que confiaron, un tiburón de Wall Street, se descubre como un timador que ha malversado fondos durante años y lo ha perdido todo. Trabajadores en el edificio donde el villano vive, la extrema situación les lleva a intentar un robo a lo Ocean’s Eleven para recuperar lo que es suyo, contando con la experiencia de un ladrón de la calle. Como he dicho antes, esa historia, tal y como está el patio, daba mucho pie a una película sobre las diferencias entre ricos y pobres que se han ampliado en los últimos años, para ser un poco más ácida, tener más mala uva y plantar cara a los poderosos con algo de ingenio.

Resulta que, al final, quienes hacen la película son también del grupo de poderosos y prefieren no hacer sangre en la herida abierta ni forzar la situación, buscando siempre salidas (o casi siempre, el intento de suicidio es un punto dramático interesante), que tiren por el camino de un reparto plagado de rostros muy populares y con mucho talento, antes de por el de la historia, bastante sencillita.

Tampoco es que fuese imprescindible hacer la comedia del siglo, pero la mala baba siempre le sienta bien a la comedia, y su ausencia se nota. Además si hubiesen optado por convertir esa ausencia de mala leche en un humor igualmente efectivo ni se notaría, pero resulta que la película adolece de humor en muchas partes del relato, dejando todo en una película sobre un robo aseada, decente, pero con pocas risas, menos de las prometidas. Para ser una comedia es menos divertida de lo que debería y tarda demasiado en entrar en faena. Cuando la película funciona de verdad es cuando se prepara y ejecuta el robo, algo que queda lastrado por un primer acto demasiado largo.

Y con todo la película nunca llega a aburrir. Es simpática, pero poco más. Creí que nunca iba a decir esto, pero se echa en falta más tiempo en pantalla de Eddie Murphy, que sabe hacerse el rey de la función con lo poco que le dan, mientras los demás, por talento o galones (caso de Alan Alda o Matthew Broderick, por poner sólo dos ejemplos) sacan adelante la película sin despeinarse.

Pero siempre queda la sensación de que podía haber sido una película mucho más divertida.

Jesús Usero

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