La película que adapta la serie de animación infantil Dora la Exploradora, ha encontrado a su villano en la voz de Benicio del Toro, quien dará vida a Swiper.

Muchos no creían que fuese a suceder, pero la película de Dora la Exploradora ya ha terminado su rodaje principal, liderado por la actriz Isabela Moner, la misma que ha participado en películas como Transformers: El último caballero, Sicario 2 o Familia al Instante. James Bobin dirige la película, mientras Nicholas Stoller está al cargo del guión, lo que puede hacer el proyecto una película interesante para las familias.

Crítica de la película Sicario

Una de las mejores del año. El director de Prisioneros vuelve a dar en el blanco.

Denis Villeneuve tiene pillado el punto perfectamente al cine de género y cómo convertirlo en un ejercicio pleno de autoría sometiéndolo a sus propios intereses y sin perder por ello ni un ápice de su gancho comercial. Sicario vuelve a demostrar que Villeneuve un director al que hay que tener en cuenta entre los narradores más interesantes del cine de nuestros días, algo que ya había quedado bastante claro con sus anteriores trabajos, todos ellos recomendables: Incendies, Enemy, Prisioneros. Tres títulos para apuntar entre las mejores propuestas que nos han llegado desde la pantalla grande en los últimos tiempos, a los que ahora hay que añadir sin duda a Sicario.

Villeneuve arranca Sicario con una escena dantesca, un descenso al infierno de la protagonista,  y casi sin dejarnos tiempo para acomodarnos a la trama, estamos junto a ella metidos hasta el fondo en una operación poco clara de unas oscuras autoridades estadounidenses para imponer la venganza contra un cartel mejicano de la droga en la que están implicados varios servicios de seguridad a ambos lados de la frontera de Estados Unidos con Méjico, y de Méjico con Estados Unidos, porque como no podía ser de otro modo, tratándose de Vileneuve, esquiva el maniqueísmo sobre el tema que aborda abriendo hueco en su relato, de manera sutil y sin subrayarlo en exceso, con una serie de secuencias en la vida de un policía mejicano normal y corriente, al que nos desvela astutamente desde la mirada de su hijo, que sólo ve a su padre en un entorno cotidiano, aunque luego el padre tenga un papel en la parte final del drama policial, que de ese modo se filtra en la vida de esa familia, imponiéndose como desenlace de la historia esa influencia letal en la vida cotidiana de la gente de Méjico de la lucha contra la droga emprendida desde el otro lado de la frontera y de los enfrentamientos entre los distintos carteles de narcotraficantes mejicanos. Eso le permite a Villeneuve tratar su historia policial como una película bélica que se cobra un peaje cotidiano en las vidas de la gente común, manteniendo algo que se repite en todas sus películas. Sin importar el género que aborde, en el cine de este director lo cotidiano y lo intimista se impone siempre a los tópicos y fórmulas de dicho género para convertirse en algo más personal e íntimo a la hora de comunicarse con el espectador.

El tratamiento que hace Villeneuve del personaje interpretado por Emily Blunt en esta película es buen ejemplo de esto. La agente Kate Macer que interpreta Blunt en Sicario es una variante más del viaje de iniciación y cambio que afrontan todos los personajes del director, aunque quizá el personaje con el que se relaciona más estrechamente por las propias características de la historia es el detective Loki interpretado por Jake Gyllenhaal en Prisioneros. Como éste, ella también se ve enfrentada a otro personaje que está igualmente en evolución y cuyo recorrido va a terminar por revelarle como un monstruo. En Prisioneros era el personaje interpretado por Hugh Jackman mientras que en esta ocasión se trata del personaje al que da vida Benicio Del Toro. La revelación del rostro del mal sobre la máscara de la venganza o la justicia se cumple en ambos casos plenamente imponiendo las aristas más inquietantes derivadas de la fragilidad de nuestros principios en el momento en que son sometidos a circunstancias de tensión. Villeneuve se interesa por esa eclosión del monstruo desde nuestro interior y siempre pone al espectador en una ambigua relación de simpatía/rechazo por esos personajes, convirtiendo a su protagonista, Loki o Kate, y por extensión al propio espectador, en testigos hipnotizados, seducidos y al mismo tiempo hipnotizados por el surgimiento del monstruo. Nos encontramos como espectadores sometidos a esa tensión entre la simpatía y la antipatía por los personajes de Jackman y Del Toro. De manera que al final del relato estamos tan vapuleados emocional y éticamente como los propios testigos/protagonistas frente al monstruo, con el que, en contra de nuestros escrúpulos morales, seguimos simpatizando de algún modo retorcido y siniestro.

Para añadir más interés a todo ese juego que sitúa la claves de protagonismo y antagonismo a un nuevo nivel mucho más interesante del que suele utilizarse en las aplicaciones más tópicas y pegadas a la fórmula de los géneros, Villeneuve aborda la narración de la compleja trama de Sicario desde una estructura de mirada coral que nos llega desde distintos personajes. Es una constante temática del director tanto como una preocupación narrativa recurrente en sus películas que acaba por imponerse también en la caligrafía visual de las mismas.  De ese modo Sicario puede tener algunos puntos de contacto con las novelas sobre la guerra contra las drogas escritas por Don Winslow, El poder del perro y las demás. Y naturalmente nos recuerda también algunos planteamientos de la película Traffic (2000), de Steven Soderbergh y de la miniserie Traffic (2004), derivada de la misma. Pero Villeneuve impone su propia firma a todo el relato, trabajando desde unos planteamientos de tensión y vulnerabilidad en las relaciones y conflictos que unen a los tres personajes principales, interpretados por Emily Blunt, Benicio Del Toro y Josh Brolin, sobre una estructura argumental más alejada de esos puntos de contacto desde la temática más obvios para permitirnos pensar en el personaje de Blunt y en la propia película como variantes del personaje de Jodie Foster en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme.  

Por otra parte el interés de Villeneuve por tratar de manera cercana e intimista y costumbrista las peripecias de sus personajes no le impide imponerse con solvencia y eficacia en las secuencias de acción, como demuestra el paso de la frontera en ambos sentidos y el ataque en el atasco, que me han recordado el excelente pulso que imprimiera Michael Mann a la secuencia de atraco de la que para mí sigue siendo su mejor película, Heat (1995).

Hay otra cosa que me ha llamado la atención en lo referido a cómo mostrar o no mostrar la violencia, aspecto en el que Villeneuve es muy cuidadoso y trabaja bien la dosificación para dejar al espectador un papel de co-autor de la parte más inquietante de sus películas y que también aparece en Sicario. El director tiene muy claro lo que quiere mostrar y lo que no quiere mostrar en su película, es decir, aquello que prefiere que el espectador imagine. Esto es algo que también destacaba especialmente en Prisioneros. Por ejemplo, al contrario de lo que hiciera Kathryn Bigelow en La noche más oscura, elige hacer elipsis sobre la tortura del confidente, que deja abierta a la imaginación del público con elegancia materializando el comienzo de la misma con el botellón de agua que arrastra Del Toro hasta la sala de interrogatorio y su ominosa frase: “Ahorita vas a ver lo que es como ver a Dios en tierra yanqui”.

Sicario consigue mantenernos en tensión desde ese primer asalto inicial hasta sus último plano, como en tensión están esas familias mejicanas que llevan a sus hijos a jugar al fútbol en una zona en guerra, rodeados por la violencia. Y es que una vez más se demuestra que el cine de Villeneuve es un cine que nos habla de las distintas manera en que vemos y nos inventamos la realidad, sumergiéndonos de lleno en las tramas que viven sus personajes, como nos zambullimos, en primera persona, en ese viaje por el laberinto de los túneles que comunican Estados Unidos y Méjico en la parte final de la película.

Miguel Juan Payán

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Un viaje a los infiernos de la mano de Pablo Escobar. Y qué Pablo Escobar. Benicio del Toro ha sido alabado en todas partes por su papel en la película, desde que fuese presentada en el Festival de Cine de San Sebastián, y los elogios son completamente merecidos. El actor se bebe un personaje complejo, carismático, absorbente, único y con mil caras, las mismas que parecía tener el hombre real en el que está basada la historia, el conocido rey de la droga colombiano, Pablo Escobar, aunque la película opta por contar la historia desde otro punto de vista en lugar de centrarse en Escobar por completo. Es la mirada de la gente que vivió junto a él y cayó sin remedio en una espiral de traiciones y violencia.

En esta ocasión la película se centra en un joven norteamericano que se traslada junto a su hermano a Colombia y se enamora de una joven, sin saber que es la sobrina de Escobar. Poco a poco irá introduciéndose en el círculo de confianza del narcotraficante en el momento en el que la justicia comienza una guerra sin cuartel contra él y los suyos. Una mirada fascinante al mundo de las drogas desde la perspectiva de un joven inocente que puede observar de primera mano esa complejidad absoluta del personaje del título, mitad demonio mitad ángel, temido por muchos, incluido el gobierno, adorado por el pueblo como si de Robin Hood se tratase. Y el protagonista no puede resistirse a ese efecto, mitad miedo mitad fascinación, que produce Escobar.

Como decíamos, sólo por Benicio del Toro y su forma de acercarse a Escobar merece mucho la pena ver la película. El público, junto a un magnífico Josh Hutcherson que aguanta los cara a cara con del Toro con ese aire de ingenuidad, fascinación y temor imprescindibles para el personaje, se sumerge en ese mundo que empieza con cubiertos de oro y fiestas por todo lo alto, y termina en un camino sin retorno en medio del mundo del crimen, sin saber dónde acecha el peligro. Junto a ambos magníficos también nombres como los de Carlos Bardem o Claudia Traisac, dos españoles dando vida a dos de los personajes capitales de la historia, con una solvencia ejemplar.

La película, la primera dirigida por el actor italiano Andrea di Stefano, es un homenaje al género, con El Padrino como principal referencia, salvando las distancias. Hay paralelismos evidentes entre los personajes y la historia, que nos hacen valorar incluso más la película, que dista mucho de ser una copia latina del indiscutible clásico de Coppola. Tiene su propia personalidad, aunque en un par de momentos pierda algo de fuelle por centrarse demasiado en la relación romántica, lo menos interesante de la trama aunque de importancia vital. Una película poderosa en su mayoría, valiente en su desarrollo y perturbadora en ese punto en el que no sabemos si amar u odiar a Pablo Escobar. Muy buen cine que ningún cinéfilo debiera perderse. Por Benicio del Toro y por mil motivos más.

Jesús Usero

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