Crítica de la película The Equalizer 2 

Mejor que la primera, con un Denzel Washington soberbio y en su salsa.

Antonie Fuqua y Denzel Washington le han pillado totalmente el pulso al personaje de Robert McCall en esta segunda película, y se nota que ambos están más cómodos para abordarlo, más relajados, con menos lastres de presentación de personaje, y acercándose a una trama donde mantienen varios “casos” a la vez en el aire, como malabaristas hábiles del cine de intriga salpicado ocasionalmente con secuencias de violencia rápida y brutal donde de paso encuentran y explotan cierto tono de autoparodia -el tema del reloj- sin por ello descascarillar la tensión.

Creo que en esta segunda película consiguen equilibrar mejor esas dos identidades que conviven en las historias de la serie The Equalizer tal como las han repensado para el cine. La alianza entre una forma de abordar la intriga que remite al tono de cine setentero con historias de conspiración se da aquí la mano mejor que en la primera película con la parte de acción trepidante. Y el encuentro de Denzel Washington con Pedro Pascal funciona bien, aunque sin grandes sorpresas. El juego de los actores en general es el mejor aliado de la película para salir adelante y hacer sólidas e interesantes las partes más frágiles del relato. Esa fragilidad deriva del hecho de que en realidad tampoco es que no estén contando nada nuevo. Es una película de acción e intriga sólida, solvente y resolutiva en su contenido, que como muchas de las que habitaron la cartelera en la etapa de clásicos del género en los años setenta sale adelante porque tiene un guión bien organizado y bien equilibrado en sus partes esenciales, porque Fuqua sabe cómo sacarle el máximo partido a Denzel Washington, su actor-fetiche, en este género -no se le dio tan bien en el flojo remake de Los siete magníficos, pero incluso en aquella las partes más sólidas derivaban de la química director actor entre Fuqua y Washington, una de las mejores asociaciones de director-actor del cine actual, como vienen demostrando desde Día de entrenamiento-, y porque sabe cómo reforzar a su protagonista con la contribución de un cuadro de actores de reparto en el que además de Pascal saca muy buen partido a las breves pero contundentes contribuciones de Melissa Leo y Ashton Sanders en papeles más relevantes, pero también, y esto es aún más llamativo y sin duda esencial para darle solidez y madurez a la propuesta, en contribuciones más breves pero esenciales de Bill Pullman, Orson Bean y Sakina Jaffrey para revestir de mayor solvencia las partes más de tránsito y acompañamiento de otros momentos más esenciales de la historia. Derivado de todo ello, esta segunda película tiene más personalidad que la primera, tiene un final de acción más interesante y dinámico, y en su conjunto todo está más conseguido. Además puede profundizar más en el pasado del personaje incorporando información sobre el mismo de manera dinámica a la trama, lo que le proporciona más base y desarrollo al trabajo de Washington dando como resultado un personaje más completo.

Se preguntarán ustedes por qué si todo esto está tan bien no le he atizado cuatro estrellas en lugar de tres. Pues porque ahí algunas cosas que me chirrían especialmente. Vamos con ellas. Primero ese “buenismo” cargante que impregna algunos momentos particularmente babosos de la película. A ver, tengo clarísimo, y lo advierto antes de que salga el listillo/a de turno a tirarse del tirante, que el tema del buenismo forma parte de la propia personalidad del personaje. Lo acepto, no me lo trago ni por un segundo, ojo, me crispa y me parece un lastre que se empeñen tanto en convertirlo en una especie de banderita de buen rollo, pero, como decían en el anuncio aquel de los juegos de mesa: aceptamos barco como animal de compañía. Me gustaría que el tema de la redención lo llevaran por un lado menos simplón, sobre todo porque me parece una manera de justificar que el menda se ponga las botas cada vez que se lía a repartir leña con consecuencias particularmente brutales y sangrientas. Da la sensación de que la previsible satisfacción sádica del espectador por ver tan expeditivo reparto de tollinas quedara liberada de toda responsabilidad o mal rollo por la vía del buen rollo. Me parece algo farisaico el asunto. Pero lo que me ha aniquilado en esta película es el desenlace del abuelete que busca el cuadro. Creo que ahí se les ha ido la mano. Mucho. Es un final de telefilme, modo “El equipo A” y creo que no pega nada con la interesante y narrativamente saludable amargura y tristeza que transpira todo el resto de la película. Tampoco me convence el “momento mensaje” metido con calzador entre Denzel y su joven vecino en el edificio de los camellos, pero al menos en ese caso lo bien que funcionan los actores hacen que lo pueda hacer pasar por la garganta y me lo trague a regañadientes sabiendo que es más falso que el alma del propio Judas. Otro arrebato de telefilme. Y, bueno, lo de ese Deus ex machina del golpe de viento en la torre ha conseguido que escuche incluso el mecanismo de poleas de guión como si estuviera rascándome la toga en un teatro griego mientras me tatúan en el antebrazo apò mekhanês theós. Esperaba que resolvieran ese interesante huerto de estrategia en el que se habían metido sin salirse por la tangente. Ah, y bueno, lo del pasajero con pinta chunga que, ¡sorpresa!, resulta ser un chungo, no puedo decir que me haya sorprendido especialmente. En general, la parte de intriga propiamente dicha, me ha sorprendido poco, principalmente porque pescan peces de plástico en el mismo barril de siempre y no arriesgan, pero tampoco voy a pedirle más a este tipo de producto que, insisto, en todo lo demás me parece bastante sólido y me ha proporcionado un buen rato de cine de acción e intriga, tomándose además el tiempo necesario para construir su historia abordando personajes y asuntos de carácter más secundario, cosa que es muy de agradecer.

Al contrario que otras películas de intriga y acción, The Equalizer 2 sí es una película, película. Y bastante completa.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Crítica de la película Siberia

Fallido intento de cine de intriga con un guión disperso y trama poco solvente.

Hay un puñado de ideas interesantes en Siberia, pero sus artífices no han sabido gestionarlas adecuadamente y con coherencia y se quedan en la superficie de las mismas sin llegar a profundizar realmente ni en trama, ni en personajes, ni en conflictos.

Esta propuesta es, en muchos aspectos, víctima de la epidemia de “postureo” que invade nuestras existencias en los últimos tiempos. Solo rasca, y muy ligeramente, la superficie de lo que propone, de manera que todo está ahí como propuesta, pero en bruto, sin llegar a cultivarlo realmente para que de lugar a una historia interesante.

Por ejemplo: podría haber sido una muy interesante propuesta de cruce de la novela nórdica de intriga con el modelo más anglosajón de la novela negra, rematado todo ello con un enfrentamiento final de western. Pero una dirección más bien plana y con poco recurso o interés innovador o de exploración del lenguaje visual se limita a repetir en ese viaje una sucesión de tópicos, navegando por una zona previsible de lugares comunes que en ningún momento consiguen interesar al espectador realmente, porque todo aquello que se le ofrece es material ya muy gastado y en todo momento se presenta con un tono gris, como sin ritmo, confundiendo esa especie de distanciamiento gris entre los personajes y esa pose de existencialismo angustioso de su protagonista con el propio tono de presentación visual y la narración de la película. Que el personaje de Keanu Reeves sea un individuo poco comunicativo no debe confundirse con que la película deba meterse en ese mismo bucle de falta de comunicación con el espectador. Pongo un par de ejemplos para que quede más claro. El primero: vean la recomendable El silencio de un hombre, de Jean Pierre Melville, y comparen el personaje de Alain Delon con lo que pretenden hacer aquí con Keanu Reeves. El segundo: Fuego en el cuerpo, de Lawerence Kasdan, su capacidad para generar sensualidad con la incapacidad de implicarnos de los encuentros sexuales de Siberia. Son fríos como la estepa. Y en la secuencia supuestamente más dura de la película, clave para definir un giro en la relación de la pareja protagonista, me refiero a la de los “hermanos de sangre” al estilo ruso, piensen en que tendría que haber sido tan impactante como la de la violación de Perros de paja, de Sam Peckimpah, pero por el contrario es fría. Nuevamene cuestión de dirección fría, gélida, plana, distante. Otro tanto puede decirse de un guión que cae en las frases hechas, que pretende ser “profundo”, pero en lugar de eso resulta bastante superficial, simplón incluso.

Los actores tampoco ayudan mucho. Reeves parece tener puesto el piloto automático con las sobras de los gestos que le han quedado de las dos entregas de John Wick, y cuando la amante le pide a su personaje que diga el nombre de su esposa al copular la situación llega a ser ridícula. Aquí la mayoría de los actores construyen sus personajes desde la pose, antes que desde la autenticidad.

Esa dirección que desperdicia los elementos de intriga y la acción, cosa que se puede comprobar simplemente con el desenlace de la película, y un guión disperso, sin orientación clara, que no parece saber realmente lo que quiere contar y en qué quiere centrarse, es un lastre muy pesado para todo lo demás que pretende ofrecer esta propuesta.

Miguel Juan Payán

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VENGADORES: LA GUERRA DEL INFINITO XXXXX

Crítica de la película Black Mass

Recuperación del mejor Johnny Depp y una buena película de tema criminal.

El reto era serio, y opino que tanto Johnny Depp como el resto de sus compañeros, el director y la propia película, salen muy bien parados de esta propuesta. Black Mass es una película totalmente recomendable. Siendo sincero, no puedo por menos que meterla en mi lista de películas realmente favoritas de este año, que se reduce a cuatro: Un día perfecto, Sicario, Deuda de honor y ésta. Quiero decir que son las que más me ha interesado ver y las que, a la larga, más he disfrutado, por motivos distintos entre cada una de ellas, aunque todas tienen en común su capacidad para abordar el cine de géneros y sus respectivas con eficacia y sin renegar del género en el que se desenvuelven con soltura, al contrario que otros recientes ejercicios de géneros con complejo, algo fariseos y que pecan de falsos.

Es comprensible que dada su temática, Black Mass vaya a ser comparada por algunos espectadores y no pocos críticos y comentaristas de cine, entre los cuales me cuento, con otros títulos, así que me lanzo a la piscina y aclaro que por su manera de abordar el tema, y en el amplio abanico de referencias que podrían manejarse para darle a lector una idea de qué se va a encontrar cuando vaya al cine a verla –cosa que les recomiendo hagan sin son aficionados al buen cine, porque ésta película lo es-, me quedo sobre todo con lo mucho que me ha recordado a algunos títulos esenciales e igualmente recomendables de uno de los más afinados cultivadores de este tipo de historias: Sidney Lumet. Varias cosas, distintos momentos de Black Mass, me han llevado a pensar en películas como El príncipe de la ciudad, Distrito 34: corrupción total o La noche cae sobre Manhattan, a las que encuentro más cercanas al título que nos ocupa que, por ejemplo, Uno de los nuestros o Infiltrados de Scorsese, o American Gángster de Ridley Scott, o El precio del poder, de Brian De Palma. No es ese tipo de película. Lo aclaro para que nadie vaya engañado al cine. No es ese tipo de historia. Esto va con otro ritmo. Un ritmo que marcan sus planos de laberinto urbanita utilizados a modo de punto y aparte visual que separa los distintos capítulos del relato, o planos como el de los dos agentes del FBI minimizados en tamaño y casi perdidos entre el cemento del monolítico edificio de la agencia, o esa insistencia en los primeros planos como base de su caligrafía narrativa, en la que destaca también ese sutil movimiento de cámara que repite en los momentos decisivos o de ruptura entre los personajes: en el hospital con Depp y Dakota Johnson, en el último encuentro de Joel Edgerton con Benedict Cumberbatch, etcétera. Todas las batallas de construcción de los personajes se ganan en el territorio del primer plano, todos los conflictos entre los personajes se libran también en primer plano. Y eso me gusta. Hay una buena administración de los recursos de las miradas que lo dicen todo sin una sola palabra, por ejemplo, o principalmente, en el personaje de Depp, en el de Cumberbatch y aún más especialmente en el de Rory Cochrane, con esa pregunta final que no llega a contestar.

La construcción en flashback, hilvanada por esa declaración de los socios de Bulguer, es una fórmula que está bien aprovechada para armar el puzle de la historia con buen ritmo y cubriendo todos los aspectos más destacados del asunto. Además la película tiene esa capacidad esencial de mantener nuestro interés y aportar algo diferente que reactiva nuestro interés cuando parece que la máquina de fabular está parándose o a punto de caer en un bajón de ritmo por repetición. Por ejemplo: claramente empieza teniendo como protagonista a James “Withey” Bulguer, pero después de un primer acto y de una primera mitad del segundo acto en el que Depp parece copar casi todo el protagonismo, hace crecer el personaje de Joel Edgerton, el agente del FBI John Connolly, hasta un nivel de co-protagonista. Ese relato de tres amigos de la infancia finalmente situados en lados distintos de la ley y el poder, o lo que es lo mismo, representando tres maneras diferentes de entender, obtener y ejercer el poder, como son Bulguer, su hermano político y su colega de la infancia Connolly, se constituye en triunvirato nuclear del reparto en torno al cual gravita un reparto de auténtico lujo si medimos el lujo en esa parcela por el nivel de talento de los integrantes del elenco. Apunten, que todos ellos tienen su momento para lucirse, por breve o episódico que éste sea: Dakota Johnson, Kevin Baco, Peter Sarsgaard, Rory Cochrane, David Harbour, Adam Scott, Corey Stoll, Juliane Nicholson, W. Earl Brown, Juno Temple… Un ejemplo de cómo contar con lo mejor de lo mejor incluso para papeles breves lo tenemos en la escena de Depp/Bulguer con la esposa de Edgerton/Connelly, interpretada por Julianne Nicholson, o en la escena en el coche entre Junto Temple, Rory Cochrane y Johnny Depp, o en el diálogo de la receta secreta de familia entre Depp y David Harbour…

A todo lo anterior pueden añadir la evolución del personaje de Bulguer, que Depp construye como una especie de James Dean psicóticamente empeñado en la tarea de ser el depredador más peligroso de su entorno, hasta el punto de que en varias escenas acaba por convertirse en un auténtico monstruo que instala una intriga inquietante cada vez que se acerca un momento de violencia en la película. Depp disfruta dándonos una especie de variante del gánster interpretado por Jack Nicholson en Infiltrados.

Tengo que decir no obstante que quien menos me ha convencido es Joel Edgerton. Esperaba más por ese lado, pero creo que Edgerton no acaba de hacerse con el papel. Sólo hacia el final, en el encuentro con los dos policías en el portal de su casa ha conseguido convencerme. Por el contrario la película le permite a Depp recuperarse de la colección de flojos trabajos que nos ha estado propinando últimamente.

Miguel Juan Payán  

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Crítica de la película Regresión de Alejandro Amenábar

Alejandro Amenábar exhibe su capacidad para crear tensión escénica con esta oscura película, la cual queda mejor situada en el universo del thriller psicológico que en el cosmos perturbador del terror clásico.

Nada más comenzar los títulos de crédito y la inquietante banda sonora, Regresión eleva su atmósfera de suspense con elementos susceptibles de generar el malestar y el interés en el espectador. Pese al rótulo casi siempre desilusionante de “historia basada en hechos reales”, la cinta del responsable de Los otros provoca rápidamente las ganas de introducirse en la pesadilla anunciada, que se atisba a través de la incesante lluvia y de los paisajes desolados que conforman las primeras vistas. Mediante la técnica de la cámara en movimiento, un personaje con accesos religiosos entra dentro de una comisaría, donde le espera un policía mayor y un agente más joven. Juntos estampan al individuo una confesión manuscrita de su hija, que le acusa de abusos deshonestos.

Estos son los acordes utilizados por Amenábar para prologar un largometraje destinado a activar los mecanismos de los miedos ancestrales, subidos al carro de una investigación policial en la que hay implicaciones de satanismo y prácticas sobrenaturales. Para ello, el cineasta español apoya su discurso en lo aprendido de maestros como Roman Polanski; pero algo falla en la materialización.

Según las declaraciones del autor de Mar adentro, el modelo inspirador para Regresión fue La semilla del diablo; aunque los caminos que transitan ambos filmes son diametralmente diferentes en intenciones y resultados. El guión elaborado por el cineasta madrileño centra su atención en los personajes principales: interpretados de manera más que notable por el eficaz Ethan Hawke y la expresiva Emma Watson. Mientras que el libreto de la cinta de Polanski estaba más enfocado a diseñar un entramado colectivo demoniaco, con brujos identificados con nombres y apellidos. Esta disyuntiva no solo separa a las dos películas, sino que también marca uno de los mayores problemas en la producción de Amenábar. El director de Tesis parece olvidar que para la lubricación adecuada de la tensión terrorífica es necesario que la galería de secundarios esté bien perfilada, y esto no sucede en su largometraje.

El papel que encarna Ethan Hawke (el obsesivo detective Bruce Kenner) ata cabos sin casi sospechosos a los que acusar, con las pesadillas nocturnas y las conversaciones con Angela (excelente Emma Watson en su caracterización, aunque sea improbable que una chica criada en la América profunda tenga el aspecto de la hechicera de Harry Potter) como únicas guías activas.

Semejantes coordenadas ayudan a Alejandro Amenábar a mantener el tipo de la narración, cuando esta corre al ritmo del terror mefistofélico. Pero pierde enteros al variar su discurso hacia conclusiones menos inquietantes y más comprensibles. En este terreno, el director de Ágora no logra girar de manera convincente hacia los parámetros de las mentes desquiciadas, en la línea a como lo hizo Martin Scorsese en Shutter Island. Motivo por el que su thriller psicológico acaba superado por la escenografía fantasmagórica, y por los efectos concitados a lo largo de la primera parte del filme.

No obstante, Regresión funciona por su envolvente atmósfera y su versatilidad para alimentar la curiosidad de los espectadores.

Jesús Martín

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