El caso que no es ocupa no es sino una demostración más del enorme atractivo que tiene el mercantilismo cinematográfico. El hecho de que coincidan en el tiempo dos películas que por su temática y estética son incluso difícilmente diferenciables es la constatación definitiva de que en Hollywood dinero llama a dinero.

No se trata en esta ocasión de un plagio ni de una cinta realizada a rebufo de otra, sino de dos filmes coetáneos en el tiempo por pura casualidad. Ambos cuentan con elencos de rostros célebres y con calado entre las audiencias, y en el caso de El Prestigio, con un realizador adorado (y sobrevalorado en demasía) en los últimos tiempos, a saber: Christopher Nolan.
El ilusionista y El truco final giran en torno al mundo de la magia, al de los ilusionistas que durante el siglo XIX amenizaron con éxito los escenarios de teatros de diverso bagaje, desde los de los pueblos más humildes hasta el Albert Hall londinense.

Para recrear dicha época, sendos filmes cuentan con unos decorados exquisitos y detallados, es decir: un diseño de producción y dirección artística muy logrado. Sin embargo, si bien El truco final fue nominado a los premios de la Academia por su dirección artística, es mi deber alabar por el contrario la de El ilusionista, no porque sea mejor (que quizás así sea) si no porque consigue con un budget mucho menor (16 millones de dólares frente a los 60 del film de Nolan) una ambientación tan notable como digna de admiración.