Freeheld. Los actores levantan el interés de un docudrama revindicativo de tono telefílmico.

Julianne Moore, una actriz todoterreno, absolutamente incombustible, que por sí sola puede hacer interesante cualquier fotograma en el que aparezca, es la mejor baza con que cuenta esta película para llevarnos hasta el cine. Mientras veía Freeheld confirmé una vez más que existe un tipo de actriz y de actor que forman parte de una estirpe de “animales cinemtográficos” puros y son capaces de establecer su propia relación singular con la cámara asociando su indiscutible talento con una fotogenia con personalidad propia y una manera de construir y vender sus personajes que el espectador no puede sino admirar y comprar cualquiera que sean las circunstancias que rodeen a los mismos. Dicho de otro modo, son actrices y actores que te venden lo que sea, bueno, regular o malo, y elevan automáticamente el nivel de lo que está en pantalla. Compras sus historias automáticamente. En otras épocas esto correspondió a estrellas como Ava Gardner, hoy tenemos a actrices como Julianne Moore o Eva Green haciendo lo mismo. Además en Freeheld Moore tiene buen respaldo y compañía en su ataque frontal para ganarse al espectador: Michael Shannon. De la retaguardia se ocupan Steve Carell y Ellen Page. Así que con este pequeño ejército de talentosos actores, la película consigue escapar de su propia naturaleza telefílmica de docudrama reivindicativo y de denuncia basado en personajes y hechos reales para ser una más que competente mirada a un tema que puede servir incluso como discurso pedagógico sobre la igualdad en la sociedad en la que vivimos. Peter Sollett, el director, se maneja bien en el terreno del drama con carácter independiente y reivindicativo sin entregarse del todo al panfleto y la salmodia de púlpito que suele empantanar este tipo de trabajos, y aunque me convenció más en Camino a casa, película que dirigió en 2002, aprecio su capacidad para moverse en la cuerda floja que es la frontera entre el cine y el telefilme, sin llegar a caer nunca en el territorio de éste último. Vuelve a ocurrir en este caso, y me ha convencido incluso en las partes en que rodea el tópico, principalmente porque sabe cómo apuntalar las mismas sobre el trabajo de sus actores y deja suficiente margen a los mismos para levantar sus personajes con una personalidad de la que carecerían en otras manos, pero sin caer en ese otro riesgo de este tipo de productos, que es quedarse estancados en meros ejercicios de lucimiento del actor. Algo que podría haber ocurrido, por ejemplo, en el caso de que el papel de Moore lo hubiera interpretado en esta película Meryl Streep, o Julia Roberts. Aquí va primero el personaje, no la estrella. Y eso obra en beneficio de la película, de la historia que se quiere contar, del mensaje que se quiere trasladar al público y en general de todo el planteamiento narrativo de la historia. Solo en el caso de Steve Carell entramos en ese otro territorio del lucimiento, pero como el propio personaje que interpreta lo pide con total coherencia, no es un lastre para el resto. Eso sí, me ha convencido menos Ellen Page, sobre todo en algunos momentos de postureo y postal que contrastan con la sobriedad elegante y majestuosa de Julianne Moore y Michael Shannon.

Miguel Juan Payán

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