Entrevista Matt Dillon por La casa de Jack.

Entrevista Lars von Trier por La casa de Jack.

Crítica de la película La casa de Jack de Lars von Trier

Lars von Trier narra, con brillantez y un exceso de simbolismo visual, los pensamientos y acciones de un asesino en serie.

El nuevo trabajo del cineasta danés de Rompiendo las olas viene a ser como una bofetada contra la indiferencia, justo como la mayor parte de los títulos que conforman su solvente y radical filmografía. A largo de las más de dos horas que dura el metraje de La casa de Jack es imposible esconderse de la bestialidad con la que el protagonista ejecuta a cada de sus víctimas, seleccionadas para que cuadren en la estructura teatralizada del argumento; número de asesinatos que también se explica por la confesión que el serial killer hace ante alguien llamado Verge (alter ego supuesto del Virgilio de La Eneida, y del guía a los infiernos de La divina comedia, de Dante).

Una compleja obra más de Lars Von Trier. Una película que no puede ni va a dejar a nadie indiferente porque se ha hablado de ella durante meses y meses. Primero, obviamente, por al enorme carga de sexo de la misma, su forma de enfocarlo y lo gráfico de las imágenes que algunos han catalogado incluso de pornográficas (en algunos casos no sin motivo, la verdad. Lo cual no perjudica a la película en ningún momento, por cómo suele enfocarse el tema del sexo, pero de eso hablaremos más adelante) y que pueden hacer que más de uno se marche de la sala sin terminar de ver cualquiera de las dos películas. O al menos la primera, porque si aguantas la primera es lógico que vayas a por la segunda entrega que se estrena esta misma semana. El segundo punto que se ha hecho notar entre los aficionados es la duración de la película, que en este caso supera las dos horas por volumen (algo más de cuatro horas la versión que podemos disfrutar nosotros en cines ahora mismo), pero es que la versión sin cortar o montaje del director o como quieran llamarla que se estrenará en exclusiva en febrero en el festival de Berlín, dura cinco horas y media. Y hay gente que se queja de las tres horas de El Lobo de Wall Street… Sinceramente creo que el formato de dos películas de dos horas, como en Kill Bill, funciona a la perfección y nos deja una película compleja, diferente y por momentos muy retorcida. Un pedazo de buen cine, de gran cine, que, sin embargo, no me ha parecido que llegue a la altura de Melancolía.

Hago la mención de Melancolía porque la película forma parte de una peculiar trilogía del director compuesta por Anticristo, la antes mencionada y Nymphomaniac, las tres con Charlotte Gainsbourg. Y me sigue pareciendo Melancolía la más redonda de las tres, la que más engloba perfectamente lo que nos quiere contar Lars Von Trier con este peculiar análisis de la parte más oscura del ser humano. De la depresión, la soledad y la incapacidad para comunicarse y para sentirse cerca de la gente. En ese sentido no hace mucho comentábamos en uno de nuestros particulares debates para la web que Von Trier nos interesaba más que, por ejemplo, Michael Haneke, porque su trabajo era más amplio. El director de Nymphomaniac entiende que en la vida toca sufrir, y mucho, que no es ningún camino de rosas y que los problemas pueden llegar a hundirnos poco a poco en el camino. Pero también entiende que el humor es imprescindible, necesario, único elemento vital para sobrevivir. Y en esta película (cuesta mucho pensar en ella como dos películas distintas) lo vuelve a demostrar en su forma de enfocar el sexo, las relaciones personales y situaciones muchas veces casi surrealistas. Sí, hay mucho, muchísimo drama en Nymphomaniac, pero también mucho humor. Muchas ganas de reírse y hacer reír.

La historia de la protagonista es la de una mujer que se considera ninfomaníaca y que es recogida por un hombre tras ser golpeada brutalmente. En casa del mismo le contará su historia hasta llegar al momento en el que es recogida y casi salvada por un desconocido. O no, claro, depende de cómo se miren las cosas. Una historia que habla de su condición y su forma de entender el sexo, pero también de su profunda soledad, de su necesidad de contacto humano y de su extraño camino en la vida, que resulta tan fascinante o más que las mencionadas escenas de sexo. Porque, volviendo al tema del inicio, las escenas de sexo que tanto importan en la película, no son lo único ni el único punto de interés de la historia. Tiene más, mucho más que sólo sexo. Quedarse con ello sería quedarse en la superficie de una película tan compleja. Sobre todo cuando hay personajes e historias que completan la vida de esta mujer, interpretada durante la primera película en gran parte por la joven Stacy Martin, que deja todo el protagonismo a Gainsbourg al inicio del segundo volumen. Pero además de tener más que contar, bastantes escenas sexuales tienen un componente humorístico evidente, y señalo una, mi favorita, la de esos dos hermanos negros, que tienen una discusión en otro idioma mientras la protagonista les mira sin entender una palabra de lo que dicen… porque no hablan inglés. Lo curioso es que la protagonista, aunque hable el mismo idioma que el resto de personajes, encuentra dificultades también para comunicarse con ellos.

La historia que vive entre ambas películas con el personaje de Shia LaBeouf, con todo lo que ello implica para la protagonista, moral, emocionalmente, no sólo como amante, sino mucho más. El final de la historia, el personaje de Uma Thurman o su peculiar y terrible relación con Jamie Bell. Por no hablar de sus charlas con su interlocutor, Stellan Skarsgard. Sin olvidarnos de miembros del reparto tan perfectos como Connie Nielsen, Willem Dafoe, Christian Slater o Udo Kier (con una secuencia realmente hilarante). Son momentos que definen al personaje a través del sexo, sí, sin duda. Pero también a través de su inteligencia, de su frialdad muchas veces, de su necesidad de sentir algo, sea lo que sea. Todo ello narrado con la interesante siempre técnica y talento de Lars Von Trier. Su forma de emplear la cámara en mano situándonos como testigos en primera línea de fuego de esta guerra nada imaginaria. Su planos en negro con sonido, que pueden asustar a más de uno y pensar que se ha estropeado el proyector (una pena, se perdería ese terrible y tristísimo final), todo ello tiene el sello de un enorme director, pero también nos deja con la duda de pensar si la película no podía haber durado menos, mucho menos. Si en dos horas justas no podría contar la misma historia, la misma complejidad, las mismas emociones, sin irse por las ramas y sin convertirse, muchas veces, en algo tan inaccesible para el espectador de a pie. Sigue siendo una muy buena película, una gran historia, amarga, honesta, pero sigo haciéndome esas preguntas. Quizá el tiempo las responda.

Jesús Usero

©accioncine

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