Crítica de la película Malditos Bastardos

Más Tarantino y menos Tarantiros.

En Malditos Bastardos Quentin Tarantino demuestra que cada vez maneja mejor el lenguaje cinematográfico y la escenificación de sus películas. A modo de ejemplo vale con ver la secuencia de interrogatorio del nazi Hans Landa al propietario de la granja que abre la película. En la misma el director demuestra su excelente pulso para narrar utilizando el encuadre y la composición con gran habilidad ( por ejemplo consigue abrir el espacio con un plano del granjero y tras él la ventana que muestra a los soldados alemanes, fuera de la casa, pero igualmente presentes e integrados, como amenaza futura, dentro del cuadro). Pero aún más significativo es el astuto uso del recurso narrativo y visual de las dos pipas que aparecen en la secuencia, cada una de las cuales marca un giro en el pulso que mantienen los dos personajes que, dicho sea de paso (y tal como insinúa la música de spaghetti western) es como un duelo verbal, sin pistolas, sólo con palabras. Los planos de detalle aplicados a la primera pipa, la del granjero, acaban con la cerilla en el cenicero y permiten mostrar brevemente la gorra de Landa con la ominosa calavera nazi –un aviso de peligro como la imagen de los soldados al otro lado de la ventana-, al tiempo que el granjero cree haber vencido el pulso y sonríe casi imperceptiblemente cuando Landa le pide una información que los nazis ya poseen –número y nombre de los miembros de la familia judía-, lo que cree le permitirá salir del problema sin convertirse en un delator. La segunda pipa, la del propio Landa, es un objeto algo fuera de lugar que atrae inmediatamente la atención del espectador, facilitando la distracción que el director necesita para hacer un salto de eje, maniobra para desorientar al público tanto como el granjero interrogado es desorientado por Landa. Previamente hay un movimiento de cámara en torno al interrogador y el interrogado tan felino y sigiloso como la estrategia de interrogatorio de Landa: el nazi rodea a su presa, esperando para saltar sobre la misma como Tarantino rodea a sus personajes dispuesto a saltar sobre el desenlace de la secuencia, al tiempo que mueve nuevamente la cámara para añadir tensión haciendo una revelación al público. A partir del salto de eje facilitado por la pipa de Landa, entramos en el camino de finalización de esa secuencia que tiene un punto de inflexión y cambio de ritmo en una sucesión de primeros planos… Ese interrogatorio es como un pulso, y equivale a los arranques en tono conversacional de Reservoir Dogs o de Pulp Fiction, uno de los sellos del director, de manera que quienes después de ver la película en Cannes afirmaron que no parecía de Tarantino deberían echarle otro vistazo, más cuidadoso. Malditos Bastardos es Tarantino cien por cien. Lo que ocurre es que no es el Tarantino que algunos habían previsto que fuera, teniendo en cuenta el título y la temática de la película: Segunda Guerra mundial, un comando de judíos americanos se dedican a meterle el miedo en el cuerpo a los soldados alemanes aplicando tácticas de guerrilla apache y haciendo el voto de entregarle 100 cabelleras de soldados alemanes a su jefe, el teniente Aldo Rayne. Quienes esperaban ver Doce del patíbulo, Los cañones de Navarone, La brigada del diablo o El desafio de las águilas quedarán inevitablemente defraudados (a pesar de que el propio Tarantino ya lo avisó en el New York Times: “Esta no es la típica película de Segunda Guerra Mundial que veía tu padre”), pero eso se debe a que la imagen que tienen del cine de Tarantino es equivocada de partida.

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