Crítica de la película Le Mans ’66

Perfecta para la temporada de premios, llena de pasión, ritmo y talento.

Una guerra entre dos compañías de coches que iba más allá de lo comercial, a lo competitivo, a un par de coches compitiendo en Le Mans por ver quién era el más rápido, y a Ford enfrentándose a Ferrari, la marca que había dominado la competición durante años. Parecía imposible que un coche americano pudiese vencer allí, pero la historia demostró lo contrario. Como ven, se trata de una historia americana, que es uno de sus pequeños problemas, que los espectadores se sientan alienados de la historia por ese orgullo de Ford contra Ferrari, y no se interesen por una película realmente brillante, que suena ya como posible candidata a los OScars, entre otros premios, este año.

Basada en hechos reales, presenta la historia de un conductor retirado, Carroll Shelby, obligado a retirarse realmente, que desea volver a las carreras aunque no sea detrás del volante. Al frente de una escudería, diseñando un coche, moldeándolo con un equipo y un piloto, papel clave que desempeñaría Ken Miles, piloto brillante y mecánico, aunque con un carácter muy peculiar. Entre ambos se enfrentarían no sólo a Ferrari, sino a las adversidades de trabajar para Ford, un equipo en el que la burocracia agotaba muchas de las fuentes de creatividad, y en el que el impulso marcado por el propio Henry Ford II, quedaban ahogadas por aquellos que le rodeaban y se encargaban de cambiar sus directrices en su beneficio. O en perjuicio de otros para no quedar en mal lugar…

Crítica de la película Jason Bourne

Muy buena. Tan buena como el resto de la saga. Damon vuelve a lo grande al papel de su vida.

No hay agotamiento. No hay desgaste. La saga de Jason Bourne sigue gozando de una vitalidad poco frecuente en lo que se refiere a franquicias cinematográficas que es digna de estudio. ¿Qué hace que esta serie de fábulas de espionaje no muestre los inevitables rastros del paso del tiempo a pesar de estar ya en su cuarta entrega? ¿Cómo se las ingenia Paul Greengrass para que su propuesta mantenga la sorprendente energía e incluso mejore en muchos aspectos a sus precedentes? Se me ocurren varias respuestas que voy a intentar explicar en las siguientes líneas.

Si Jason Bourne es tan buena, y en algunos momentos y aspectos incluso mejor que sus predecesoras, se debe principalmente a su capacidad para convertirse en fiel espejo de la actualidad en lo referido al tema que aborda. Lo mejor de la saga y de esta cuarta entrega es que navega en paralelo a la realidad, se mantiene absolutamente fiel a las claves reales de la geopolítica que se manifiestan en cada momento… pero no por ello se deja abducir por las mismas, lo que podría llevarla a perder su propia personalidad o caer en el oportunismo de utilizar la realidad como mera anécdota o escusa promocional de cara al estreno. Al contrario: en la ficción de la saga, Bourne siempre se impone a su entorno, y en la realidad de la concepción de las películas, Bourne vuelve a imponerse a la realidad. Lo que vemos en la saga y en Jason Bourne, su última entrega, está lejos del oportunismo de la realidad tomada como escusa. Se trata de una cooperación entre realidad y ficción, una curiosa fórmula de sinergia en la cual las películas saben tomar elementos de la realidad como combustible para sus argumentos de ficción. Sólo he visto similar de sinergia entre realidad y ficción en la serie Homeland.

Matt Damon regresa a su papel más icónico en JASON BOURNE. Paul Greengrass, el director de El mito de Bourne y El ultimátum de Bourne, vuelve a colaborar con Matt Damon en este nuevo capítulo de la franquicia Bourne, de Universal Pictures, en la que el agente más letal de la CIA se ve obligado a salir de entre las sombras.

Alicia Vikander, Vincent Cassel y Tommy Lee Jones se unen a Matt Damon en JASON BOURNE, y Julia Stiles reaparece en su papel habitual. Los productores son Frank Marshall y Jeffrey Weiner, para for Captivate Entertainment, así como Paul Greengrass, Matt Damon, Gregory Goodman y Ben Smith. Paul Greengrass y Christopher Rouse son los autores del guión basado en los personajes creados por Robert Ludlum.

Estreno: 29 de Julio en Cines

Crítica de la película Destino oculto con Matt Damon

Empiezo aclarando, para que luego el personal más despistado no se despiste y prepare los tomatazos de rigor para un servidor: sí, vale, ésta película se basa en un relato de Phillip K. Dick, y sí, a mí me ha gustado bastante, pero no esperen ver ni Blade Runner, ni Desafío total, ni Minority Report, que esto va de otro palo. Saca a la luz de una manera original y hasta cierto punto novedosa en su hibridación de géneros, lo mejor de las reflexiones paranoicas y de teoría de conspiración de este autor genial y esencial en la literatura estadounidense… moviéndose en los términos y el territorio de las historias románticas.

Sigo aclarando la fórmula, porque puede despistar en su comienzo. Empieza como lo que parece ir a convertirse en una historia centrada en la política, estilo El candidato, aquella de Michael Ritchie protagonizada por Robert Redford.

Luego da un giro y parece que estuviera uno viendo la comedia romántica de rigor, más entretenida, más creíble y mejor escrita que la media de las comedias románticas de rigor que nos caen encima en la cartelera en estos días, construida sobre la química de sus dos actores protagonistas, en una escena en un baño que, aunque el romanticismo de fórmula cinematográfica “made in Hollywood” te de cien patadas, consigue ganarte y hacer que te intereses por cómo van a acabar esos dos pardillos que se ponen a ligar en un retrete, o excusado, si son ustedes de la parte alta y finolis de la ciudad. Es entonces cuando advertí una estructura de cine más clásico de Hollywood, estilo Frank Capra, que no es mi director favorito precisamente pero nunca he sido tan imbécil como para negar que era un maestro en esto de tejer historias de “American Way of Life” y “hombre hecho a sí mismo”, de ésas que tanto les gustan a los estadounidenses y se venden tan bien fuera idealizando esta realidad perra que nos rodea para que nos parezca un cuento de Disney en el que además no han matado a la madre de Bamby.

Viene a continuación un giro inquietante que por unos momentos me hizo temer que me la habían colado doblada otra vez con un pestiño tipo ¿Conoces a Joe Black? (pues no, no le conocía, pero no me iría a tomar dos cañas con él aunque le tocara pagar después de tragarme esa abominación de más de dos horas sólo tolerable a ratos por los ojos de Claire Forlani y con Brad Pitt más empanado que nunca y Anthony Hopkins urgentemente necesitado de convertirse en Hannibal Lecter y regalarse un ración de sesos). ¡Falsa alarma! Afortunadamente Destino oculto no es algo parecido a ¿Conoces a Joe Black?

A partir de ese inquietante momento, la cosa se enfoca finalmente y se orienta más hacia el relato fantástico que hacia la ciencia ficción. Y una vez orientada, funciona muy bien, porque mantiene un curioso equilibrio entre el relato romántico con fundamento y la fábula sobre la teoría de la conspiración que tanto obsesionaba a Dick. Algún listo vendrá diciendo ahora que han copiado el argumento de Matrix, así, con un par, y estará olvidando que lo que ocurre es que los Wachowski saquearon a modo, con cierto talento para el pastiche y la mezcla en la primera entrega (de las otras dos, mejor no hablar) la narrativa de Phillip K. Dick. Siendo Destino oculto la adaptación de una de las obras de este autor, lógico es que se detecten puntos en común entre ambas.

Pero la oferta de Destino oculto va por otro camino.  En mi opinión su aportación  principal reside en su habilidad para trabajar la mezcla de géneros sin traicionar el interés inicial que suscita en el espectador. La historia sigue teniendo el vínculo romántico de los dos pardillos del retrete como epicentro,  y seguimos interesados  por lo que les pueda ocurrir. Pero cuando parece que va a estancarse en eso, da un giro que hace crecer no sólo la trama, sino los propios personajes. Y eso caminando por el filo de la navaja, al borde de un abismo que en cualquier momento podría haber sumergido toda la historia en las pantanosas aguas de bodrios infumables y “moñoños” (calificativo favorito de mi colega y sin embargo amigo Usero), como Xanadú o Tal para cual, esas dos atrocidades que machacaron la carrera cinematográfica de Olivia Newton-John, una de mis musas del paso de la infancia a la adolescencia, dicho sea de paso… Estaba totalmente encoñado con ella cuando me empecé a quitar de encima los granos, no me importa reconocerlo. Vayan al Youtube, escriban The Rumor Olivia Newton John y ya me dirán si la chica no estaba para tirarse por un barranco, o lo que toque, y con una voz para escucharla, aunque ciertamente las letras de las canciones fueran muy moñas.

Destino oculto se aparta de ese insondable abismo de moñez en el que se precipitaron Xanadú y Tal para cual y vuela más alto en su peripecia romántica precisamente cuando incorpora a la misma la trama de conspiración paranoide de clave fantástica. Conste que un servidor el romanticismo lo aguanta sólo si está muy bien hecho, si lo cantan Olivia Newton-John, Carly Simon (en mi opinión el tema Nobody Does it Better en La espía que me amó es el mejor de toda la saga de 007), Basia con su basianova, o Phil Collins, pero éste sólo si es cantando el tema Against All Odds (Take a look at me now) en los títulos de crédito de la película Contra todo riesgo y está allí Rachel Ward. A pesar de eso Destino oculto me parece una buena opción para ver cine romántico con fundamento, sin moñadas, y creíble… Y con creíble quiero decir que, como en ese tema de Phil Collins, comprendamos que, como el protagonista, estamos dispuestos a hacer todo lo que sea preciso saltándonos los planes del temible Equipo de Ajuste de Phillip K. Dick (o incluso pillando una hipoteca asesina, doy fé de ello después de 20 años de matrimonio) simplemente para que ella se vuelva a mirarnos cuando damos con la Mujer, así, con mayúscula, como decía Sherlock Holmes hablando de Irene Adler, la única fémina que le puso el mundo del revés y las hormonas a bailar la conga.

¡A ver si al final resulta que Frank Capra llevaba razón…!

¡Vaya! Ahora para quitarme toda esta tiña romántica que se me ha quedado pegada tendré que ver otra vez Grupo salvaje como penitencia… y de paso impedir por todos los medios que mi mujer lea esta crítica para que no me suba los impuestos conyugales.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Green Zone: Distrito protegido

En principio lo que hace Paul Greengrass en Green Zone: Distrito protegido no es otra cosa que trasladar las claves de su replanteamiento del cine de espionaje en la saga de Jason Bourne a los primeros tiempos de la invasión de Irak, cuando el tema de las armas de destrucción masiva que supuestamente tenían los iraquíes preparadas para conquistar el planeta, cual marcianos de Tim Burton, se convirtieron en el McGuffin más buscado de la era Bush. No era para menos, ya que si hacemos memoria tal asunto fue la excusa esgrimida por los Estados Unidos y sus aliados para invadir el país… y luego no aparecieron las dichas armas por parte alguna.

Pero hay más cosas interesantes en la película.

Habría resultado no obstante muy fácil para el director zambullirse gustosamente en un espectáculo de acción sin trabas o ponerse panfletario con el tema de la conspiración, pero ése no sería el estilo Greengrass. Lo que más interesa de esta película es precisamente esa otra vuelta de tuerca que se le da al tema central: la manipulación de la verdad y la execrable sumisión de los medios de comunicación al poder, alentada por el terror desatado por los atentados del 11-S y amparada bajo la sombra de la resurrección del estado como paternalista sobreprotector de los ciudadanos totalmente liberado de las trabas morales y los controles de rigor.

Ese “papá estado” del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, al que solemos invocar cuando la realidad nos impone el zarpazo del miedo, inoculado en esta ocasión en las venas de nuestra sociedad autocomplaciente a través de los ataques terroristas, es el verdadero Kraken que se ha adueñado de la historia reciente, más temible que el bicho que aparece en Furia de titanes. Porque, señores, conviene no olvidarlo: vivimos en estado de guerra.

Simplemente, estamos en guerra, no en “misión de paz”, como pretenden algunos de nuestros políticos en un impúdico alarde de optimismo injustificado en cuanto a su limitadísima capacidad para vendernos humo.

Greengrass es más cauto a la hora de hablarnos del asunto, y disfraza astutamente el posible mensaje que pudiera tener su película, en definitiva una trama de denuncia de la conspiración bastante fiel a la fórmula de este tipo de relatos, con los abalorios más elaborados y brillantes del cine de acción, llevándonos al epicentro de la invasión de Iraq, el distrito protegido que se cita en el título elegido para acompañar a la película en la cartelera española.

Su intriga en pleno entorno bélico tiene toda la capacidad de evocación y seducción que exhiben los mejores ejercicios de hibridación de géneros del cine reciente y además da muestras de una coherencia y equilibrio ejemplar en las dos historias principales que centran el relato.

La historia principal es obviamente la búsqueda de las armas de destrucción masiva, que evoluciona hacia una búsqueda de la verdad por parte del protagonista. Pero la película no está completa y sería menos brillante sin el punto de compensación y equilibrio que aporta la subtrama, no menos importante. Nace ésta en esa especie de isla en el paisaje bélico que es el distrito protegido. En ella reina el político manipulador y sinvergüenza interpretado por Greg Kinnear, cuyo pulso con la periodista-mascota y “domesticada” a la que da vida Amy Ryan va creciendo a medida que avanza la trama, mostrándose finalmente incluso más importante como tema central de la misma que la búsqueda de la verdad por parte del héroe, toda vez que dicha búsqueda se salda con el descubrimiento de una trágica mentira que se despliega como una especie de rosario de engaños y corrupción, recordándonos la frase “planes dentro de planes” que pronunciaba la bruja Bene Gesserit en la novela Dune de Frank Herbert.

En el desenlace entendemos que el verdadero corazón de la historia está representado por esa doble búsqueda de la verdad que llevan a cabo los personajes del soldado y la periodista, el primero esperando encontrar respuestas y la segunda temiendo encontrar las respuestas que ya se ha dado a sí misma. Y ambos representan el desengaño que preside el acto final de toda la trama y nos alcanza doblemente como espectadores de la película y como espectadores en la vida real de esta lamentable representación de la mentira que forma ya parte vergonzosa e indeleble de nuestra historia reciente.

Pero no teman. Para llegar a todo ello Greengrass no cocina un paseo panfletario y aburrido desde el púlpito de la tragedia, sino que nos sube a un trepidante tren de secuencias de acción lanzado a toda velocidad por las calles de Bagdad, en una trama de intriga con tensión creciente a la que se van incorporando nuevos personajes y situaciones con la narrativa reportajeada de que hacen gala las mejores series de acción facturadas por la pequeña pantalla en nuestros días y que tan buenos resultados suele dar cuando se aplica con coherencia y eficacia en las películas concebidas para la pantalla grande.

Quiere esto decir, para ser aún más claro, que Greengrass nos sitúa en el mismo centro de la acción, justo tras los talones del protagonista, dando como resultado una de las mejores películas de acción del año.

Visualmente intensa y narrativamente muy clara en su manera de exponer la trama de conspiración, Green Zone pone sobre la mesa uno de los principales talentos de su director: facturar eficaces películas de acción sin poner en duda ni ofender la inteligencia del espectador.

Llama además la atención lo hábil que es para hablarnos de la prostitución de los medios de comunicación sin cargar las tintas, a través de ese personaje de la periodista que pasa casi como una sombra por el relato arrastrando sus miserias de un modo más sobrio y contenido e incluso más demoledor, por ser menos obvio y no tirar de justificación personal alguna, que el que en su momento exhibiera el personaje interpretado por Meryl Streep en Leones por corderos, otra interesante película que se planteaba la sumisión de la prensa al poder. El duelo que en aquella mantuvieron Streep y Tom Cruise como periodista y político alcanza nuevas cotas y una plasmación en pantalla más verosímil y menos hollywoodiense en el que en esta otra película mantienen Amy Ryan y Greg Kinnear.

Miguel Juan Payán



Crítica de la película Invictus

Invictus supone un cambio importante en la carrera de Clint Eastwood como director, un nuevo rumbo en mi opinión, comparable al que experimentó en su día con la sorprendente y desconcertante Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal. Estamos ante un vuelco estilístico, y, lo que es más destacable, un llamativo cambio argumental. Pero sin duda, lo mejor, es que el nivel de su obra no se ha resentido. Invictus es una película estupenda.

Pero trata sobre el perdón, representado en esa figura icónica en la que se ha convertido Nelson Mandela. Efectivamente, varias de las anteriores y exitosas películas del cineasta trataban sobre la venganza, obras sin duda beneficiadas por las posibilidades que ofrece un tema tan visceral. Pero, no lo neguemos, el perdón vende menos, y ésa puede ser, en mi opinión, la razón por la que la película ha sido recibida por la crítica con menos entusiasmo que otros anteriores trabajos de un cineasta que, toque el tema que toque, lo hace con una maestría indudable. Invictus carece de la energía y de la contundencia de Mystic River o Gran Torino, pero no por ello resulta menos estimable. Es más reposada, más tranquila, casi como la figura del propio Mandela. Y es que la historia que cuenta así lo requería.

Cint Eastwood, republicano recalcitrante, nos muestra alguno de los mayores actos de generosidad que se le conocen a un ser humano, y retrata la imponente figura de alguien que tras casi tres décadas encerrado injustamente en una mínima celda fue capaz de perdonar a todos aquéllos que provocaron su cautiverio. Todos estamos convencidos de que el director no hubiese actuado precisamente así si estuviese estado en la piel de Mandela, pero ni él ni probablemente muchos de nosotros. La figura de Eastwood, puesta en duda ahora que se ha editado en nuestro país una biografía no precisamente amable, se engrandece con semejante retrato, tan generoso, tan veraz y tan edificante para quien por un momento haya dejado de creer en la condición humana.

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Como todo el mundo sabe, Invictus se basa en El Factor Humano, el libro en el que John Carlin recogió las intensas fechas en las que en Sudáfrica se disputaba la Copa del Mundo de Rugby, en 1995, apenas cuatro años después de que Nelson Mandela fuese elegido presidente del país en sus primeras elecciones democráticas bajo un sufragio universal. La película cuenta la disposición de Mandela a ser el presidente de todos sus compatriotas, negros y blancos, a pesar de la segregación racial que éstos habían practicado contra aquéllos, y que provocó el encierro del propio presidente. Se nos muestra que el deporte, contra la opinión de muchos, es un imparable fenómeno de masas capaz de aglutinar a gentes de muy distintas convicciones, y de promover la unidad de un país tan dividido como aquella Sudáfrica de los años 90.

La película se divide entre los pasajes en los que el nuevo mandatario toma posesión, y los que reflejan los intensos partidos que llevaron al país a proclamarse campeón del mundo. En mi opinión son los primeros los que demuestran, una vez más, el buen hacer de Eastwood tras las cámaras, gracias a su excelente ritmo narrativo (que para nada se resiente de la reposada trama que se nos cuenta), mientras que a la hora de filmar esos partidos cae en la reiteración y en los tópicos tantas veces vistos en las películas deportivas (las arengas desatadas, el plano a cámara lenta mientras el balón surca los aires...). Pero a pesar de esa irregularidad, el resultado final es una película preciosa, emotiva, y que cuenta con esa solvencia que presentan todos los biopics que Hollywood produce, aunque en este caso se nos cuente sólo un periodo muy concreto en la vida del protagonista.

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Mención especial merece el gran Morgan Freeman, quien se mete en la piel de Mandela con una sutileza impecable, sin que dejemos de ver al actor que tantas veces nos encandiló, pero detectando al mismo tiempo el temple del hombre al que interpreta, con su exquisita educación, sus gestos de complacencia y su infinito liderazgo. Por su parte, Matt Damon tampoco defrauda, en un papel más asumible como es el del capitán de la selección de rugby.

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Lo que no acierto a comprender es la ausencia de esta película en la terna de nominadas, sobre todo este año en el que el número de aspirantes es de diez. Me cuesta creer que las nominadas que están pendientes de estreno aquí sean mejores que Invictus, aunque tendremos que esperar para comprobarlo. Lo que tengo claro es que Distrito 9, Un Tipo Serio o Malditos Bastardos son estupendas películas, pero inferiores en mi opinión a ésta. Pero es de esperar que Morgan Freeman logre el premio al mejor actor.

Hay historias que deben de ser contadas en una película, y si el responsable de hacerlo es alguien con el talento de Clint Eastwood, mejor que mejor. Eastwood, como Mandela, es el amo de su destino, el dueño de su alma, la que le lleva a filmar como los más recordados clásicos, y es que, para mi, es el último clásico de Hollywood.

 

Santiago Vázquez Gómez

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