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Crítica de la película Entre la razón y la locura

Mediocre drama de época salvado por un imperioso reparto.

    Una película liderada por Mel Gibson y Sean Penn que tristemente se quedó sin fondos antes de tiempo, al parecer, y que los productores exigieron ver terminada antes que ver completa. Eso obligó a muchas cosas, eso provocó ciertos agujeros en la historia, muchos saltos de fe y la sensación de un producto a medio cocer, a medio hacer, pese a su magistral reparto. Incluso su director y guionista, Farhad Safinia, quien no fue reconocido en los créditos, firmados con el seudónimo P.B. Shemran. Gibson y Safinia querían rodar en Oxford, pero los retrasos y el exceso presupuestario llevó a la productora a obligar a rodar en el Trinity College, le retiraron los derechos de montaje final a Safinia, también su nombre y además comenzaron una batalla legal con Gibson y su productora que se negaban a que ese fuese el producto final que se lanzaba. Ninguno hizo promoción de la película.

Sean Penn quiere ser el relevo de Liam Neeson… y no lo consigue. Pese al esfuerzo enorme que ha hecho el actor a nivel físico, con una de esas transformaciones que tanto gustan a los actores (y que le ha dejado con unos bíceps que ya quisieran muchos de veinte o de treinta), pese a la implicación en la película, de la que ha co-escrito el guión, pese a contar con el director de Venganza, Caza al Asesino acaba pareciendo más un thriller televisivo de esos que echan en un canal temático un sábado por la tarde, que una película de acción sólida y con personalidad propia. Es un quiero y no puedo que entretiene, claro que lo hace, pero que no pasa de eso. No llega a nada más.

Una historia que recuerda a las tramas de Robert Ludlum para el personaje de Jason Bourne, pero que no tiene el mismo empaque, en parte debido a unos personajes que nos importan bien poco (ideas como la de África andan cogidas por los pelos…) o esa historia romántica más manida de lo debido, que sobra por completo y acaba convertida en un lastre para la trama central. Una trama que demuestra que los guionistas y el director se lo han tomado todo muy en serio, quizá demasiado, pese a lo disparatada que resulta por momentos (esa confrontación con el villano, ese Bardem en la casa en el campo…), sin una gota de sentido del humor. El gore y la sangre, las cabezas que explotan, la sitúan en un producto más ligero de lo que sus responsables nos quieren hacer creer.

En esas lo más interesante son esos duelos entre Javier Bardem y Sean Penn que nos saben a poco y que pedían a gritos mayor tiempo en pantalla, además de un reparto de secundarios con nombres tan ilustres como Idris Elba (que pasaba por allí más que otra cosa), Mark Rylance o, por supuesto, Ray Winstone, que es el que mejor parece pasárselo y el único que entiende realmente de qué va esto. Otro personaje que pedía a gritos más tiempo en pantalla en lugar de la historia romántica llena de clichés. Lo mismo con la relevancia política de la película que, a fin de cuentas, es una película de acción.

Una película que vive y muere con su protagonista (es una manera de hablar, no un spoiler), y que tiene en Sean Penn lo que más nos llama de la cinta y también su mayor problema, por la aparente obsesión del actor de aparecer en casi cada plano de la película. Eso sí, las escenas de acción por sí solas ya valen el precio de la entrada, con el estilo de Pierre Morel, brutales, contundentes y con estilo. Excesivas en su justa medida. Son lo que más se agradece y lo que al final nos llevaremos a casa. Eso sí, lo de Barcelona y los toros… pues eso, gente que conoce bien nuestro país… No va a salir una franquicia de aquí, ni siquiera una buena película, pero sí un producto entretenido y nada más. Pero ese reparto y ese director… qué pena…

Jesús Usero

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©accioncine

Crítica de la película El árbol de la vida

Posiblemente Terrence Malick sea uno de los directores más peculiares, únicos e inclasificables que quedan. Un tipo que pasó 20 años retirado del cine simplemente para dedicarse a dar clases en Francia. Ha declinado dirigir películas como El Hombre Elefante, por ejemplo, y cuando se involucra en un proyecto, que suele ser muy de cuando en cuando, lo hace de una forma única y tan personal que no es difícil identificar sus películas de todas las demás. Es un personaje complejo y único dentro de Hollywood, donde lo habitual es que se produzcan películas como churros y que un director no haya terminado de completar un proyecto cuando ya está embarcándose en el siguiente.

En cierta medida su persona recuerda a la de Stanley Kubrick, aunque normalmente la gente que lo conoce dice que es una persona amable y encantadora, humilde y dulce, muy alejada de la figura de Kubrick. Pero sí hay algunos paralelismos en su manera de entender y acercarse al cine por parte de ambos. Al menos en El Árbol de la Vida, porque durante las más de dos horas de proyección no podía quitarme de la cabeza la obra maestra de Kubrick 2001, Odisea en el Espacio. Quizá sean imaginaciones mías pero creo que a fin de cuentas hay ciertos paralelismos entre ambas películas y que ambas terminan hablando de temas similares. O al menos eso me ha parecido a mí.

Una advertencia antes de ver la película. No es una película fácil de ver. No sólo por la complejidad de la historia que se nos cuenta, que en principio podría ser la más sencilla del mundo, sino por cómo se nos cuenta. Es una película complicada de ver y de asimilar. En ocasiones hipnótica, en ocasiones incómoda. Muchas veces profunda y otras veces ligera como esas cortinas y sábanas tras las que tantas cosas suceden en la pantalla. Su forma de plantearnos la historia, su forma de enredarnos inconexamente en la vida de esta familia, sus continuos saltos en el tiempo sin previo aviso… Todo ello la convierten en una película densa, en el mejor sentido de la palabra. Un film que hay que desgranar y pelar casi como si se tratase de una cebolla. Capa a capa.

También, como bien decía hace unos días mi compañero Miguel Juan Payán, no conviene guiarse por las estrellas que le he puesto en la crítica, entre otras cosas porque no son estas cuatro estrellas las mismas que puedo darle a una película como La Deuda, y porque no serían las mismas que le diese mi compañero.

Siempre me ha maravillado de Terrence Malick la habilidad que tiene para convertir las imágenes en poesía. Es un director de arte y ensayo, alejado completamente de los parámetros más comerciales, que cuenta historias de una forma tan portentosa y única que, incluso cuando no gusta, no se le puede negar su talento. Aquí aprovecha para contarnos la historia de una familia, o más concretamente del hijo mayor de la misma, a lo largo de su infancia, pasando por una horrible tragedia, hasta el presente, en el que intenta reconectar con su padre, con el que tiene una relación tortuosa.

Cuando la historia es tan inconexa y da los saltos que da, lo que menos importa, realmente, son los diálogos. O, mejor dicho, los pocos diálogos que hay importan muchísimo, pero la película no los emplea casi para narrar la historia. El Árbol de la Vida transcurre entre imágenes y sonidos, entre música y silencios, con la intención de componer una sinfonía, una banda sonora particular para esta historia pequeña, que acaba convertida en la historia de la vida. Desde los orígenes del mundo, literalmente.

La forma en que Malick mueve la cámara (casi continuamente pero para narrar), el poder de la luz, sobre todo en una casa siempre iluminada que esconde tanta oscuridad y tristeza. La puesta en escena, el poder de las imágenes, la iluminación… todo ello pesa tanto como la historia y es lo que hace que, por ejemplo, las interpretaciones de los actores sean casi lo de menos. Teniendo en cuenta, eso sí, que Brad Pitt como el padre y Jessica Chastain como la madre están brillantes, lo mismo que Hunter McCracken como el joven Jack. La pena es que la presencia de Sean Penn casi parezca un cameo.

Y toda esa complejidad y esa densidad narrativa, toda esa fuerza, para contar una historia de padres e hijos. Padres que no entienden a sus hijos e hijos que no perdonan a sus padres. Como después de todo, desde el origen del universo hasta ahora, todo se reduce a padres e hijos. Ese árbol de la vida que lleva tanto tiempo ahí y sigue creciendo con ramas nuevas. De cómo siempre acabamos pareciéndonos a nuestros padres, incluso más de lo que desearíamos. Y de cómo la tragedia nos marca por igual. A fin de cuentas todos pertenecemos a ese árbol.

Aunque nadie es perfecto y a Malick se le va un poco la mano con tanta milonga sobre el origen del mundo y demás. La película acaba siendo demasiado inaccesible para el público y no deja que cualquiera pueda disfrutarla. Porque es demasiado densa (aquí en el mal sentido de la palabra). Y confunde a veces complicada con compleja. Acaba siendo más complicada de lo que debería, creyendo que eso la hace más compleja. Le sobra algo de metraje y algo de intelectual. Debería ser más emocional que cerebral, lo que hace que a veces parezca una película fría y distante. O incluso aburrida y contemplativa.

Entre medias nos queda una película poderosa y especial. Diferente. Una película que plantea preguntas complicadas, esas que un hijo le hace a su padre sin que este sepa responderlas. Espiritual e incluso llena de fe. Una melodía arrastrada por las imágenes y la música que nos habla del principio y del fin. De lo terrenal y de nuestro propio cielo. Del perdón y la esperanza. Fascinante, bella e indescriptible.

Ahora, como una vaya buscando la última de Jackie Chan, lo lleva claro.

Jesús Usero

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