Crítica de la película Festival de la Canción de Eurovisión: La historia de Fire Saga

Will Ferrell vuelve al tipo de comedia que le dio fama.

       Y tras el fiasco comercial y de crítica de Holmes y Watson, película que pese a reunirle con John C. Reilly fue un completo desastre, las cosas no pintaban demasiado brillantes en la carrera del actor y guionista de esta película. Por lo que algo tenía que cambiar. Por un lado presentarse en un proyecto de Netflix, una película que no llegaría a cines, pero que tendría el apoyo del mayor servicio de streaming del mundo. Y allí la tenemos, sin depender de la taquilla. Y la otra, entrar de lleno en el género de comedia disparatada con personajes imposibles en mundos bizarros que tanto éxito le dio en El Reportero, Pasado de Vueltas, Semi-Profesional o Patinazo a la gloria.

Dale Duro **

Junio 11, 2015
Will Ferrell y Kevin Hart protagonizan esta comedia de trazo grueso, en la que se tocan temas como el de la corrupción en las altas finanzas y los robos en los grandes imperios capitalistas.

James King (Will Ferrell) es un tipo al que le sonríe la vida. El hombre posee una casa semejante a un palacio, pasea con una novia guapa y rica, conduce un coche de relumbrón y colecciona millones en su cuenta corriente. Todo esto lo ha conseguido con sus aciertos en el mercado libre de compra-venta de acciones, pero la ruleta de fortuna cambia de signo repentinamente. Sin saber cómo ni por qué, el tipo es acusado de engañar a los inversores de la empresa para la que presta sus servicios como bróker. Convencido de su inocencia, el protagonista comparece ante el tribunal, y el juez le condena a diez años de prisión.

Treinta días separan a James de la trena, y el otrora rey Midas comienza percibir el aroma de las duchas atestadas de compañeros obsesionados con violarle. Las pesadillas respecto a las peleas en el patio no le abandonan, por lo que contrata a Darnell Lewis (Kevin Hart): un limpiador de coches, que necesita el dinero para llevar a su hija a un colegio privado. Así, el futuro preso y el profesor de pega empiezan a trabajar con el objetivo de transformar a James en un tipo duro de pelar.

Este es el argumento que resume el largometraje firmado por Etan Cohen, una película que discurre con cierta agilidad a través de estereotipos usados hasta la saciedad en filmes anteriores. Poco ingenioso, el guion no duda en echar mano de una ristra de chistes que huelen a naftalina, relativos a asuntos como el de los comportamientos lejanos a la moral de los que detentan el capital, la diferenciación de los sectores poblacionales que se da en USA en función de la raza, o la visión de la homosexualidad en una línea similar a la que se mostraba en las cintas de Fernando Esteso y Andrés Pajares.

Semejante engranaje de simplicidad humorística sirve a Will Ferrell y a Kevin Hart para desplegar su arsenal de estrafalaria gestualidad, aparte de sus movimientos tendentes a la exageración más inverosímil. Una fórmula en la que se atisba la compenetración clara entre los dos intérpretes, ya que cada uno pugna con decisión por ser declarado el más histriónico del dueto.

Dentro de esa eufórica epopeya del delirio, el director se deja llevar por la vis chillona de sus protagonistas, sin prestar la menor atención a un libreto que revela las limitaciones de un producto escaso en ideas y en originalidad. Dale duro avanza por medio de trompicones narrativos, en los que ni los aparatosos trabalenguas callejeros de Will Ferrell consiguen elevar la factura final. No obstante, lo que no se le puede negar a Etan Cohen es su determinación por escapar del conservadurismo puritano made in Hollywood, al mostrar en primer plano un intento de felación (eso sí, el asunto no va a mayores).

 

Jesús Martín

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