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Crítica de la película X-Men: Primera generación

Una  grata sorpresa que pone el cine de superhéroes de la Marvel en una nueva fase y como mínimo está a la altura de las dos primeras películas de la saga de X-Men dirigidas por Bryan Singer, si bien tengo que reconocer que personalmente me ha gustado más que aquellas, quizá porque la veo más “película” y menos “adaptación de personajes de cómic”. Los personajes originales son del cómic, pero aquí creo que Singer, que ha participado en la concepción de la trama oficiando también como productor, se ha sentido aún más libre para poner en pie una historia que puede presumir de ser cine más independiente de la fuente original, y adapta los personajes con menos lastres de fidelidad y complejos que sus versiones anteriores. Finalmente los personajes de la Marvel empiezan a entrar con esta película en una nueva fase de evolución cinematográfica similar a la que iniciaran los personajes de la DC Comics con Batman Begins… lo que significa que ahora están más cerca de conseguir su equivalente a El caballero oscuro.

A nivel personal me ha gustado mucho ese juego de recreación de los años sesenta, en el que se hacen notar pequeñas pinceladas de la primera saga de James Bond, con sus breves fragmentos de peripecias de espionaje protagonizadas por mutantes, sin renunciar a la parte más aventurera y de ciencia ficción que integran la saga de los mutantes tanto el cómic como en sus anteriores adaptaciones cinematográficas.

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Uno de los logros de la película es ese equilibrio para meter en el contenido de la trama de un solo largometraje temas como la venganza de Erik, el vínculo familiar que se establece entre Xavier y Mística, el reclutamiento de la primera agrupación de X-Men, Cerebro, y además presentando al Club Fuego Infernal con un Kevin Bacon ejemplar como villano, en un papel que le sitúa rápidamente entre los mejores villanos del cómic adaptado al cine desde que sale por primera vez en pantalla. Además de hacer transitable para todo tipo de público la incorporación de los mutantes a un suceso de tanta importancia para la historia del siglo XX como fue la crisis de los misiles cubanos, X-Men la primera generación tiene tiempo para plantear los conflictos a los que se ven sometidos los principales protagonistas de la trama. Por ejemplo asistimos al complejo de búsqueda de afecto de Mística y queda muy claro por qué en X-Men 1 nos la encontramos aliada con Magneto, y a base de breves pinceladas la vemos saltando de un intento de relación sentimental a otra entre tres de los personajes masculinos, sin que en ningún momento eso sirva de lastre para el resto del relato o el argumento de intriga y acción propiamente dicho. También asistimos al dilema que enfrenta la Bestia, además de la presentación de toda una nueva galería de personajes con superpoderes.

En ese proceso sólo podemos reprocharle a la película que no preste la misma atención al desarrollo de los villanos que al de los héroes, pero teniendo en cuenta el ritmo del relato y la duración del mismo, así como la enorme cantidad de información que incorpora para el espectador, además de su definitorio título (es la primera generación de los X-Men no de los miembros del Club Fuego Infernal), cabe entender que a la hora de plantear el guión y con gran astucia sus artífices hayan optado por confiar la parte del león de los villanos al gran talento de Kevin Bacon para poner a los “malos” del cómic de superhéroes que pasan del cine a la televisión en una nueva dimensión, personificando al temible Sebastian Shaw. Por otra parte el desenlace abre la puerta a un más que previsible desarrollo de esos personajes de villanos en próximas entregas de la saga.

Considerando todo lo anterior me parece que los comentarios que le buscan a esta película la pega de que no tiene tantos ni tan perfeccionistas efectos visuales como las anteriores sobran. La magia del cine está primero en el guión, luego en la dirección, la interpretación, y en definitiva las películas que mejor nos llegan y más nos gustan son las que están mejor construidas. En ese sentido aplaudo que se preste más atención, como es este caso, a un buen desarrollo de la historia y los personajes antes, y si los efectos visuales no son para los ojos más quisquillosos en esa parcela el máximo que permite la tecnología del momento, me da lo mismo. Me basta con que cumplan su cometido como herramientas para contar la historia, y me sobran siempre que dichas herramientas se convierten en protagonistas sobre personajes o trama, cosa que lamentablemente viene ocurriendo con frecuencia en el cine de acción evasión de los últimos tiempos.

En ese sentido, X-Men la primera generación es en su conjunto un excelente trabajo que bien podría estudiar y aprenderse de memoria el amigo George Lucas en lo referido a cómo organizar la información para una precuela y las “caídas en el lado oscuro” de los personajes sin necesitar ni tres películas ni ser tan previsible como él lo fue en su no obstante bien abastecida de efectos visuales primera trilogía de Star Wars.

Creo que con esta película el cine de superhéroes prosigue en el camino que ya iniciara Christopher Nolan con Batman Begins y El caballero oscuro, esto es: hacer que las adaptaciones al cine de los superhéroes del cómic adquieran su propia identidad como producto cinematográfico, sin por ello dejar de rendir el merecido homenaje a sus fuentes, pero desarrollándose según la propia personalidad del medio para el que han sido concebida. Creo además que es un buen ejemplo que demuestra que una película empieza a ser buena o mala cuando comienza a construir su historia y organizar su información en el guión. Esa es la base.

Por eso me parece que con esta nueva entrega de X-Men, que es el mejor ejercicio de precuela que recuerdo, el cine de superhéroes entra en una nueva fase. Esperemos que se mantenga en este interesante camino.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película El sicario de Dios

La hibridacion de géneros y elementos procedentes de distintas fuentes preside esta propuesta de cine de evasión pura y dura que llega a la cartelera con el atractivo de recuperar a los vampiros como las alimañas molestafamilias que siempre han sido. Hay que ir a verla con la caja de palomitas adosada y con muchas ganas de festejar las piruetas visuales que se nos ofrecen. En sus tres cuartas partes es entretenida y funciona bien como relato de aventuras en el que se cruzan el western, la ciencia ficción, el terror y una influencia clarísima en lo visual y en la planificación de las escenas de acción del manga coreano.

Adiós a los romeos colmilludos. Adiós a los iconos románticos con adicción por morder la yugular ajena. Adiós los chupasangres torturados y con alma, sumidos en la angustia de enamorarse del ganado que les sirve como alimento. Hola a las alimañas noctámbulas que no aguantan el sol ni con una crema de protección de más de 100, viven en cuevas malolientes y además son tan feos como un pecado. Hola a los vampiros de la especie más letal y peligrosa, los que matan para comer, los que llevan años librando una guerra con los humanos, los que se agrupan como insectos en una colmena y son todo dientes y garras.

Solo por ese portazo a la imagen descafeinada de los vampiros como héroes románticos que nos ha venido proporcionando el cine en los últimos tiempos ya me hace gracia El sicario de Dios. Pero es que además creo que al menos en su primer y segundo acto se maneja muy bien con ese juego de hibridación de varios géneros en el que se mete de cabeza y con ganas dispuesta a sacarle el jugo a un argumento que claramente nos remite a un clásico del western, Centauros del desierto: veterano de una guerra ya terminada es abandonado como juguete roto cuando llega la paz pero encuentra la ocasión de reciclar sus cualidades más belicosas iniciando una cruzada para rescatar a su sobrina, en la película de Ford, de los indios, y en ésta otra de los vampiros, que son como indios pero con dientes afilados… Se repite claramente la idea del vínculo sentimental con la esposa del hermano. Se repite la asociación con un joven novato que añade el tema del camino de iniciación al resto del argumento de cruzada y rescate propiamente dicho. No hay caballos, pero hay motos. No hay indios, pero hay vampiros. Sí hay reservas, y desiertos, y sheriff y vendedores de pócimas milagrosas (el papel interpretado por Brad Dourif está algo desaprovechado, pero es todo un guiño a esos personajes secundarios que dan color a las grandes historias del western), y un asalto al tren… Incluso uno de los acólitos sirvientes de los vampiros encerrados en la reserva suelta el típico discurso en la línea de Gerónimo,  quejándose de lo que los blancos (traducido aquí: los humanos) han hecho con los indios (es decir, los vampiros), que eran guerreros orgullosos y han sido exterminados u obligados a domesticarse y vivir miserablemente en reductos infectos…

De manera que la primera pieza está clara: esto es un western, variante futurista, pero sobre todo western al fin y al cabo.

La segunda pieza ya no está tan bien manejada como la primera, esto es: resulta menos sólida en su desarrollo en pantalla, porque básicamente es algo epidérmico, el envoltorio exterior, el papel de celofán de la historia. Se desarrolla en las ciudades, donde nos encontramos con un planteamiento visual que podría parecernos remite a la influencia de Blade Runner en películas como Criatura perfecta, Daybreakers, Equilibrium o incluso Dark City… Es un boceto apresurado de ese mundo futuro, sumido en las tinieblas éticas impuestas por una dictadura de la religión que suena algo falsa y dibuja más como boceto apresurado, más endeble incluso que esa otra dictadura futurista de la religión mostrada en Babylon A.D., y por todo ello, meno temible o inquietante que aquella.

En este futuro que se desarrolla como una aberración altamente improbable y renuncia a todo intento de hacer una prospectiva sólida y creíble de cómo pueden influir los credos y las religiones organizadas en el futuro, habría hecho falta mayor rigor y profundización, menos apresuramiento a la hora de pensar esa sociedad distópica de la que sólo se nos dice que la Iglesia se ha convertido en el poder absoluto, se nos insiste en el mensaje orwelliano que afirma que “ir en contra de la Iglesia es ir en contra de Dios” y se desperdicia a un actor como Christopher Plummer en un papel que es poco más que una caricatura apresurada del tradicional villano manipulador y despótico. Ese apresuramiento en el tratamiento de lo que podríamos denominar la parte urbana de la fábula acaba convirtiéndose en un lastre que perjudica a la parte de western, aunque incluye un plano muy curioso, el de los confesionarios puestos en fila,  y un fragmento, el de la confesión electrónica propiamente dicha, que con poco metraje acierta a decir muchas cosas sobre la situación en que vive el personaje y su relación con la Iglesia, así como sobre el tipo de sociedad en la que nos encontramos. Casi redime la parquedad en esa parte de la historia, y me hizo pensar en lo interesante y astuto que habría sido incorporar en la parte urbanita del relato elementos de la parte de la novela de Phillip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que sirvió como base a Blade Runner. Me refiero a todo lo referido a la religión del mercerismo, la “caja de empatía” que opera electrónicamente y permite a los usuarios revivir el martirio y el ascenso de William Mercer, en un ciclo de vida, muerte y renacimiento que recuerda a la figura de Cristo. En Blade Runner se eliminó esa parte de la novela de Dick, pero aquí habría sido una buena oportunidad de darle algo más de fuerza a la representación de un régimen dictatorial de carácter religioso que tal como está queda casi como un espectáculo de guiñol tocado además por un peregrino y algo infantiloide anticlericalismo de libro, al parecer “políticamente correcto”.

El tercer elemento que aparece en este entretenido híbrido es el terror, aportado sobre todo de manera muy convencional por esa entretenida recuperación de los personajes de vampiro en clave de alimaña asesina y con todo el espíritu de la serie B fantástica de toda la vida,  la más festiva, con entradas en cuevas, peleas en galerías oscuras, aparición de bestezuelas varias, amputaciones de todas las formas y colores y efusiones sangrientas autorizadas para menores de 13 acompañados, esto es, en plan de aventuras fantásticas, más que de gore del duro, y sin echar tripas contra la cámara. Muy funcional, esta recuperación de las criaturas de la noche, que diría el Conde Drácula, es mero pretexto para aportar una amenaza monstruosa a la trama, y cumple con eficacia su función de adorno terrorífico para el relato.

Por  último el puzzle se completa con toda la influencia de la fuente de origen de la película, un manga coreano, la novela gráfica Priest, de Min-Woo Hyung, que además de servir como base argumental y de personajes para El sicario de Dios aporta ese giro hacia el spaguetti western que viene marcado por el personaje del vampiro humano (incluso su forma de vestir es propia de la variante de eurowestern practicada en corea en películas como El bueno, el malo y el raro, de Kim Jee-Woon), y nos lleva hasta un desenlace de enfrentamiento y combate con asalto al tren a base de coreografía con cables que recuerda también el anime y cierra la película con una espectacular escena de acción que inevitablemente trae a la memoria la resolución de Mad Max 2: el guerrero de la carretera. Aquí ya la manera de resolver visualmente el enfrentamiento es más floja, por demasiado prolongada en el tiempo y poco original en su propuesta visual, así como por su tendencia a acumular momentos de acción poco creíbles más propios de las exageraciones de un dibujo animado asiático que de una película en imagen real.

Esa resolución final estropea en parte el conjunto de la película, que cae así en lo más previsible.

A pesar de ello, creo que El sicario de Dios tiene elementos sobrados para ser una competente y entretenida película de palomitas.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Fast and Furious 5

Confieso que nunca he sido demasiado aficionado a la saga de A todo Gas (o Fast and Furious, como ustedes prefieran). No soy muy fan de los coches y quien me conoce sabe que hasta hace bien poco no tenía siquiera carnet de conducir. Así que toda la fiebre desatada por Vin Diesel y compañía en sus competiciones callejeras con sus coches “tuneados” me motivaba de inicio más bien poco, la verdad. Y vistas hoy día, no es que sean precisamente joyas del séptimo arte. Es más, alguna de ellas es un tostón de padre y muy señor mío.

No sólo porque carezcan de personajes interesantes, una mínima construcción argumental, algún giro de guión interesante o algo de verosimilitud en lo que cuentan. Es que muchas veces, las estrellas de la función, las escenas de acción, quedaban desdibujadas por falta de empatía con los personajes o de calidad en la puesta en escena y la narración. Sí, lo sé, me estoy poniendo tiquismiquis con una saga que sólo pretende entretener al espectador durante dos horas con chicas guapas, tíos recién salidos del gimnasio y coches potentes. Pero Tokio Drift, por ejemplo, había que cogerla con pinzas y muchas ganas para no dormirse.

Por cierto que lo curioso es que tras esa tercera entrega, resulta que su director, quien ha seguido al cargo de la saga, ha decidido hacer como si la película nunca hubiese existido, como si fuese el futuro lejano de la saga, o sacándola de la línea temporal oficial de la misma, haciendo que uno de los personajes de aquella resucite para esta. Un cacao argumental que, lejos de sentarle mal al productor, ayuda en su composición interna dándole un aire a la franquicia que hasta ahora no había tenido. O no del todo. El aspecto de la continuidad.

Fast Five nos revela que toda la saga al completo, es una serie de cómics. Una suerte de Vengadores de los coches potentes y los robos a toda mecha. Viendo esta película uno tiene la curiosa sensación de que todo dentro de las cinco películas cobra sentido. Todo tenía un por qué. Todo cuadra más o menos entre los personajes centrales y sus relaciones. Es curioso porque no creo que nadie pensase en ello cuando comenzó todo con la primera película. Pero aquí lo consiguen. Y la escena final de los títulos de crédito (Sorprendente y original, sin duda) refuerza esa sensación.

Porque, admitámoslo, Fast Five es la más entretenida, imposible y divertida, de las cinco películas. La mejor, vamos. O quizá la menos mala. La más compacta y bien llevada. La menos boba, dentro de la credulidad que tenga cada espectador. Porque hay que recordar que esto es A todo Gas, y aquí las reglas de la física no existen o existen muy poco, y bien puede uno saltar a un río desde un cañón de cien metros de altura, o recorrer las calles acarreando una cámara acorazada de varias toneladas, que aquí todo es posible. Lo bueno es que los personajes se lo toman con envidiable sentido del humor. Como conociendo ese carácter de cómic que ha adquirido la película.

No hay mucho momento para el respiro en la película. Entre asaltos al tren, peleas, tiroteos, carreras y demás zarandajas, se cumplen de sobra las más de dos horas de metraje que no dejan descansar a nadie en su butaca. No hay tiempo para pensar mucho las cosas. Todo es frenético y extremo. Y divertido, qué demonios. La película conoce sus limitaciones artísticas y se dedica a extraer lo mejor del puro entretenimiento. Esta vez dejando algo más de lado los coches para centrarse en otro tipo de escenas de acción. Y todo ello desde el marco incomparable de Rio de Janeiro. Es mucho mejor tarjeta de presentación de la ciudad esta película que la animada Rio, que venía dirigida por un brasileño. Cosas del cine.

Y sí, todo son personajes títeres, muñecos de trapo, acción imposible, diálogos de risa y poses de chuleta contra el capó del coche. Pero está servido a un ritmo tan tremendo que resulta entretenida. Y trata de poner mimbres hasta a los personajes más secundarios, como la tragedia personal del personaje de Elsa Pataky, el lío amoroso entre dos secundarios, las charlas entre los músicos Tego Calderón y Don Omar, o la cena en el sillón del garaje compartiendo sueños de Ludacris y Tyrese Gibson. No es que haga mucho, pero tiene más información esta película sobre sus personajes que toda la saga junta.

Es decir, que el guión de Chris Morgan se acerca más a su excelente trabajo en Wanted que a Tokio Drift. Salvando las distancias. La película ni es ni quiere ser Wanted. No busca tener una doble lectura, un trasfondo (más allá del tema favorito de Disney, la familia es lo que más importa), busca ser entretenida, divertida y crear una coherencia de continuidad más propia de los tebeos o de las series de televisión.

Por supuesto los actores no tienen ni que actuar y les sirve la pose de rigor para meterse en el papel que, de tanto repetirlo, se saben de carrerilla. Destaca, cómo no, la presencia arrolladora de Dwayne Johnson, realmente impagable, y la llegada de Elsa Pataky a la franquicia. Los demás, saben perfectamente a qué se están enfrentando. Y se lo pasan en grande, cosa que el espectador agradece.

La gente corea las escenas de acción, se ríe, aplaude… El público de la saga sale contento, aunque algunas escenas de acción están montadas de tal forma que no te enteras de nada (¿eran necesarios 3 montadores?). Aunque hay un tramo de película que se hace largo como un día sin pan. Aunque la película sea simplona y boba. La gente se lo pasa en grande. Así que ya saben, si son fans de la saga o buscan un entretenimiento de acción descerebrada, ésta es su película. Si quieren algo más de miga en el género, en la sala de al lado echan Thor. Yo no soy fan de la saga y ésta me ha entretenido.

Es la mejor de las cinco, repito. Aunque eso no sea mucho decir…

Jesús Usero

Crítica de la película Thor

Tan buena como X-Men y X-Men 2, mejor que Iron Man e Iron Man 2. No es la mejor adaptación del cómic al cine, porque sigue estando ahí arriba, muy arriba, El caballero oscuro de Christopher Nolan, pero no cabe duda de que Thor es un encuentro mucho más acertado del talento de un director con estilo propio y personalidad (Kenneth Branagh) a un personaje de la Marvel de lo que fue la versión Ang Lee de Hulk. Creo que con estas pistas sitúo más o menos a Thor en el lugar que me parece ocupa dentro de las adaptaciones del universo superheróico de la Marvel al cine, concretamente a la altura de los logros de Bryan Singer con sus dos películas sobre los mutantes.

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Seamos sinceros: el tema de las adaptaciones de las viñetas al cine en lo referido a la Marvel está necesitado de que directores de talento y experiencia, con productos de calidad a sus espaldas y una formación clásica, le metan mano a los personajes de superhéroes. Es por ello una pena que Darren Aronofsky se haya bajado del proyecto de filmar la segunda entrega de Lobezno, ya que sin duda de ese choque entre el talento veterano y con imaginación y características de cine de autor y las fantasías de la Marvel pueden salir cosas muy buenas…

Thor es un buen ejemplo de los resultados positivos que se derivan de ese tipo de encuentros, incluso con sus pequeño defectos, tanto más pequeños cuanto que es una película trepidante, visualmente espectacular, con una buena construcción de la historia y un ritmo ejemplar, que resulta muy entretenida y llega al tope en lo que a verosimilitud de las peripecias superheróicas en la pantalla se refiere sin renegar o traicionar en modo alguno la fuente original de los cómics que le sirven como base.

Mi opinión general sobre la película es por tanto muy positiva. Si ahora mismo tuviera que elegir comprarme tres películas de adaptación de los personajes Marvel al cine esta trilogía la formarían sin duda las dos de Singer con los mutantes y este trepidante y muy logrado encuentro de Branagh con el universo de Thor (vale, luego sacaría pasta de donde fuera para añadir las dos de Iron Man porque me parecen muy divertidas, aunque sé que están algo por detrás de las otras tres).

En Thor concretamente creo que han trabajado muy bien esa mezcla de mundo real y fantasía, y visualmente la recreación de Asgard, que no era nada fácil, y de los nueve reinos unidos por el árbol Yggdrasil, está muy lograda, adornándose además con una mezcla de mitología y ciencia ficción que es una de las mejores maniobras de hibridación entre géneros que he visto en el cine en los últimos años. Branagh ha sabido además exorcizar todos los fantasmas que sobrevolaban su participación en el proyecto. Los seguidores de Thor en el cómic temíamos que pudiera convertirse en otra víctima de su natural inclinación por las obras de Shakespeare, tal y como ocurrió en su versión de Frankenstein (que reconozco que a mí me gustó, aunque le hayan dado tantos palos), y eso no ha ocurrido. En manos de Branagh, Thor sigue siendo Thor, y para ser sincero, hay menos Shakespeare que guerra de sexos tipo screwball comedy, hay más de Howard Hawks en La fiera de mi niña, o más de Preston Sturges en Los viajes de Sullivan, porque todo el largometraje funciona bastante bien como mezcla de aventuras, comedia y una pincelada de romance. Es en la dosificación de elementos de todo el proyecto en lo que Branagh ha tenido más acierto, ya que la parte épica y de acción no resta un ápice de funcionalidad a la creación de personajes y al mismo tiempo el contenido mitológico y trágico, más shakespeariano, de la familia real de Asgard, no resta efectividad a la peripecia de Thor en la Tierra. Branagh sabe decir mucho sobre los personajes con muy poco, y además tiene bastante controlado el tema de la dirección de actores para sacar el máximo partido a las herramientas humanas de su narración en un reparto que está suficientemente bien pertrechado de talento para sacar adelante con muy pocas apariciones personajes que en las viñetas tienen un largo recorrido y un más amplio arco de desarrollo.

Creo además que Branagh ha sabido salir con la habilidad que le otorga su veteranía de las trampas a que están sometidos todos aquellos directores enfrentados al encargo de trasladar las fantasías de las viñetas de la Marvel al cine. Las trampas son muchas, pero entre todas ellas destacan especialmente la necesaria presentación de personajes al público que no sigue sus peripecias en el cómic, que en algunos casos ha operado como lastre de la propia historia. La otra traba destacada es el aparentemente insoslayable carácter episódico de estas producciones, heredado sin duda de su anterior vida en el mundo de las viñetas. Concebidas en clave de trilogías, y con ese entramado entre las distintas sagas (Hulk, Iron Man, Thor, Capitán América…), en las que ejerce como cemento unificador o vínculo común la organización Shield y las apariciones de Samuel L. Jackson ejerciendo como Nick Furia, las películas que adaptan las peripecias de los superhéroes Marvel tienen un ritmo y una forma de narrar que se basa más en la acumulación de episodios y la construcción de personajes a pinceladas breves, sin profundizar, lo que conduce todas las tramas a una inevitable superficialidad episódica que en el cómic no es un lastre, porque número a número va construyendo un arco de desarrollo de personajes más complejo del que puede permitirse una película en más o menos dos horas de metraje. Simplemente el cine no tiene tiempo suficiente para profundizar más en estas historias si quiere mantener su personalidad como producto de evasión y entretenimiento, de manera que es imprescindible que los guionistas y realizadores sean muy hábiles para contar mucho en muy poco tiempos sobre las situaciones y personajes. Es por eso que seguramente la televisión sería mejor medio para adaptar este tipo de producto al audiovisual que el cine. No obstante, creo que en ese sentido Branagh en Thor ha hecho un gran trabajo. La película se sostiene como relato independiente, y aun haciendo gala de la inevitable característica episódica de este tipo de producciones, consigue incluso  levantar unos personajes secundarios eficaces más allá de los papeles protagonistas. Y si hay algo de Shakespeare, está de forma coherente expresado en Loki, el Yago de la historia, y en esos guerreros amigos del héroe, que personalmente tanto me recuerdan al grupo protagonista de la obra Mucho ruido y pocas nueces

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Soy el número cuatro

Los extraterrestres vuelven a invadirnos, pero esta semana con un registro que les acerca más a Crepúsculo que a lo que vimos en Invasión a la Tierra. Soy el número cuatro es ciencia ficción que pinta bien al principio, o por lo menos resulta  casi entretenida, pero luego se enreda en el típico ceremonial de replicación de los relatos para adolescentes con personajes inadaptados y patina dándole más cancha a los enredos sentimentales y estudiantiles del prota de turno que a la leña fantástica, equivocadamente aplazada para la última media hora de metraje. Eso hace que resulte menos distraída y eficaz de lo que podría haber sido organizándose mejor para contar una historia que por otra parte está clonada casi paso por paso de las aventuras de Supermán…

Aquí el alienígena con superpoderes no viene del planeta Krypton, pero debe venir de un planeta vecino, porque se parece mucho a Kal-El, alias Supermán (o a lo mejor no es el de Tierra 1, sino el de Tierra 2, Kal-L, si me permiten el desvarío friki). No he leído las novelas en las que se basa esta nueva franquicia cinematográfica de Soy el número cuatro, pero mientras veía la película no podía evitar que me sonara en la cabeza el tema musical de la serie Smallville, “saaave meeee…”, etcétera.

Cierto es que este tipo de sagas literarias cocinadas para el consumo de la juventud, nacidas en muchos casos a la sombra del éxito de Harry Potter, manejan ya en su versión de negro sobre blanco una muy limitada gama de ideas originales, o por decirlo de forma menos fina: saquean a diestro y siniestro cualquier tipo de personaje, situación o referencia que les salga al paso y cuadre con el boceto de su línea argumental. Dicha línea argumental tampoco suele ser precisamente una tragedia de Shakespeare o un paseo por el existencialismo de Sartre, y con seguridad no lo necesita para conseguirse un nicho y un público. Pero lo cierto es que cuando pasan al cine esa rapacidad para tomar prestados elementos de todas las mitologías conocidas, ya sean éstas clásicas como la griega o más modernas como los cómics y las series de televisión, se manifiesta de manera aún más radical si cabe. Y en Soy el número cuatro se les ha ido un poco la mano en lo de ser una especie de eco de las aventuras de Supermán, cruzadas con algo del rollito “soy el hijo de Zeus” de Percy Jackson, su puntito mesiánico del Nuevo Testamento, que siempre es muy resultón, y el enredo sentimentaloide y algo babillas cuando no inaguantablemente moñas de “chico nuevo en el insti” con pinta de malote marginado que hace furor entre las ávidas coleccionistas de peripecias románticas que implican a vampiros, licántropos, ángeles caídos y cualquier otro bicho sobrenatural. Si me permiten el exabrupto, en una historia para tíos estos personajes serían bestezuelas a exterminar a la mayor brevedad y con la más sangrienta contundencia posible, pero en las fábulas que toman como objetivo a las féminas y levantan todo un castillo argumental en torno a la temida pérdida de la virginidad acaban siendo algo así como peluches cedidos en adopción que se convierten en altamente improbables e increíbles guías de la protagonista camino de la primera cópula.

Hay mucho tajo en el análisis de todas estas historias para los antropólogos que se atrevan a tirarse a la piscina y lidiar con el análisis científico de las mismas, porque explican mucho más sobre lo que realmente está ocurriendo en los bajos de nuestra sociedad que los titulares de prensa, pero en este caso no me pagan por internarme en tan procelosas aguas y dejo el pantano de las fantasías erótico-festivas para adolescentes de nuestros días a un lado al efecto de centrarme en la versión cinematográfica de Soy el número cuatro propiamente dicha.

Y una vez centrado, tengo que confesar que con todos sus tópicos, el principio en plan Predator mosqueado cazando primos me atrajo, que luego me desfondé al ver al típico prota surfista haciendo el chulángano con su moto acuática, que recuperé algo de esperanza al aparecer Timothy Olyphant, protagonista de las series Deadwood y Justified, en plan clon de Obi-Wan Kenobi, y que casi me animé cuando entreví al personaje de la rubia con superpoderes y moto… pero luego me metieron de cabeza en el instituto y durante más tiempo de metraje del que quiero recordar me atraparon en una soporífera repetición de la travesía habitual en plan “Rebelde sin causa y sin pausa”, pero sin James Dean ni Natalie Wood. Esa exhibición de hormonas revueltas me apartó más de lo debido de la parte fantástica del relato, que llega al final y me hizo preguntar: ¿esto no lo podían haber metido antes y haber tirado por ahí? Percy Jackson y el ladrón del rayo gestionó mejor sus contenidos, manteniendo en todo momento la peripecia en una clave fantástica que tampoco era nada del otro mundo, pero por lo menos me resultó más entretenida que ésta.

Ni Olyphant-Kenobi salvó la cuestión.

Y, bueno, el enredo con el friki de los ovnis ya ni les cuento cómo contribuye a que lo que está ocurriendo en la pantalla resulte menos verosímil todavía.

Flojillo, muy flojillo este número cuatro que me recordó aquella otra de Jumper, pero me hizo menos gracia, porque aquella por lo menos no me mezclaba las ovejas churras con las ovejas merinas y me metía de clavo y por la puerta de atrás el rollete romántico de instituto sin venir a cuento.

Lo dicho: “¡Saaaave meeee!”

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Destino oculto con Matt Damon

Empiezo aclarando, para que luego el personal más despistado no se despiste y prepare los tomatazos de rigor para un servidor: sí, vale, ésta película se basa en un relato de Phillip K. Dick, y sí, a mí me ha gustado bastante, pero no esperen ver ni Blade Runner, ni Desafío total, ni Minority Report, que esto va de otro palo. Saca a la luz de una manera original y hasta cierto punto novedosa en su hibridación de géneros, lo mejor de las reflexiones paranoicas y de teoría de conspiración de este autor genial y esencial en la literatura estadounidense… moviéndose en los términos y el territorio de las historias románticas.

Sigo aclarando la fórmula, porque puede despistar en su comienzo. Empieza como lo que parece ir a convertirse en una historia centrada en la política, estilo El candidato, aquella de Michael Ritchie protagonizada por Robert Redford.

Luego da un giro y parece que estuviera uno viendo la comedia romántica de rigor, más entretenida, más creíble y mejor escrita que la media de las comedias románticas de rigor que nos caen encima en la cartelera en estos días, construida sobre la química de sus dos actores protagonistas, en una escena en un baño que, aunque el romanticismo de fórmula cinematográfica “made in Hollywood” te de cien patadas, consigue ganarte y hacer que te intereses por cómo van a acabar esos dos pardillos que se ponen a ligar en un retrete, o excusado, si son ustedes de la parte alta y finolis de la ciudad. Es entonces cuando advertí una estructura de cine más clásico de Hollywood, estilo Frank Capra, que no es mi director favorito precisamente pero nunca he sido tan imbécil como para negar que era un maestro en esto de tejer historias de “American Way of Life” y “hombre hecho a sí mismo”, de ésas que tanto les gustan a los estadounidenses y se venden tan bien fuera idealizando esta realidad perra que nos rodea para que nos parezca un cuento de Disney en el que además no han matado a la madre de Bamby.

Viene a continuación un giro inquietante que por unos momentos me hizo temer que me la habían colado doblada otra vez con un pestiño tipo ¿Conoces a Joe Black? (pues no, no le conocía, pero no me iría a tomar dos cañas con él aunque le tocara pagar después de tragarme esa abominación de más de dos horas sólo tolerable a ratos por los ojos de Claire Forlani y con Brad Pitt más empanado que nunca y Anthony Hopkins urgentemente necesitado de convertirse en Hannibal Lecter y regalarse un ración de sesos). ¡Falsa alarma! Afortunadamente Destino oculto no es algo parecido a ¿Conoces a Joe Black?

A partir de ese inquietante momento, la cosa se enfoca finalmente y se orienta más hacia el relato fantástico que hacia la ciencia ficción. Y una vez orientada, funciona muy bien, porque mantiene un curioso equilibrio entre el relato romántico con fundamento y la fábula sobre la teoría de la conspiración que tanto obsesionaba a Dick. Algún listo vendrá diciendo ahora que han copiado el argumento de Matrix, así, con un par, y estará olvidando que lo que ocurre es que los Wachowski saquearon a modo, con cierto talento para el pastiche y la mezcla en la primera entrega (de las otras dos, mejor no hablar) la narrativa de Phillip K. Dick. Siendo Destino oculto la adaptación de una de las obras de este autor, lógico es que se detecten puntos en común entre ambas.

Pero la oferta de Destino oculto va por otro camino.  En mi opinión su aportación  principal reside en su habilidad para trabajar la mezcla de géneros sin traicionar el interés inicial que suscita en el espectador. La historia sigue teniendo el vínculo romántico de los dos pardillos del retrete como epicentro,  y seguimos interesados  por lo que les pueda ocurrir. Pero cuando parece que va a estancarse en eso, da un giro que hace crecer no sólo la trama, sino los propios personajes. Y eso caminando por el filo de la navaja, al borde de un abismo que en cualquier momento podría haber sumergido toda la historia en las pantanosas aguas de bodrios infumables y “moñoños” (calificativo favorito de mi colega y sin embargo amigo Usero), como Xanadú o Tal para cual, esas dos atrocidades que machacaron la carrera cinematográfica de Olivia Newton-John, una de mis musas del paso de la infancia a la adolescencia, dicho sea de paso… Estaba totalmente encoñado con ella cuando me empecé a quitar de encima los granos, no me importa reconocerlo. Vayan al Youtube, escriban The Rumor Olivia Newton John y ya me dirán si la chica no estaba para tirarse por un barranco, o lo que toque, y con una voz para escucharla, aunque ciertamente las letras de las canciones fueran muy moñas.

Destino oculto se aparta de ese insondable abismo de moñez en el que se precipitaron Xanadú y Tal para cual y vuela más alto en su peripecia romántica precisamente cuando incorpora a la misma la trama de conspiración paranoide de clave fantástica. Conste que un servidor el romanticismo lo aguanta sólo si está muy bien hecho, si lo cantan Olivia Newton-John, Carly Simon (en mi opinión el tema Nobody Does it Better en La espía que me amó es el mejor de toda la saga de 007), Basia con su basianova, o Phil Collins, pero éste sólo si es cantando el tema Against All Odds (Take a look at me now) en los títulos de crédito de la película Contra todo riesgo y está allí Rachel Ward. A pesar de eso Destino oculto me parece una buena opción para ver cine romántico con fundamento, sin moñadas, y creíble… Y con creíble quiero decir que, como en ese tema de Phil Collins, comprendamos que, como el protagonista, estamos dispuestos a hacer todo lo que sea preciso saltándonos los planes del temible Equipo de Ajuste de Phillip K. Dick (o incluso pillando una hipoteca asesina, doy fé de ello después de 20 años de matrimonio) simplemente para que ella se vuelva a mirarnos cuando damos con la Mujer, así, con mayúscula, como decía Sherlock Holmes hablando de Irene Adler, la única fémina que le puso el mundo del revés y las hormonas a bailar la conga.

¡A ver si al final resulta que Frank Capra llevaba razón…!

¡Vaya! Ahora para quitarme toda esta tiña romántica que se me ha quedado pegada tendré que ver otra vez Grupo salvaje como penitencia… y de paso impedir por todos los medios que mi mujer lea esta crítica para que no me suba los impuestos conyugales.

Miguel Juan Payán

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Aquí tenéis los jugosos contenidos de este mes de Septiembre 2010.

Como siempre sabéis que podéis adquirirla en los kioscos al precio de 2,80 euros (España)

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EN PORTADA:
Reportaje: Resident Evil Ultratumba 3D

Trabajando con las mismas cámaras de filmación en 3D que se utilizaron en Avatar, Paul W. S. Anderson regresa a la silla del realizador para dar un salto cualitativo hacia una nueva fase de la saga de Resident Evil con esta película en la que ha contado con un presupuesto oficial de 60 millones de dólares y se ha acercado más que nunca a la última edición del videojuego.

Entrevista: Milla Jovovich
Ha sido modelo, niña actriz, diseñadora de moda, cantante… pero los fans la adoran especialmente por sus papeles de acción en Resident Evil o El quinto elemento. Milla Jovovich nos habla de cómo ha sido lo de ponerse las botas de Alice por cuarta vez para Resident Evil: Ultratumba y lo de volver a tener a Paul W. S. Anderson, ahora su marido, dirigiéndola en la franquicia

Entrevista: Ali Larter
Con Clear Rivers en Destino final, Niki Sanders en las cuatro temporadas de Héroes y Claire Redfield en las dos últimas de Resident Evil parece que Ali Larter se ha hecho un sitio muy claro entre las heroínas de la ciencia ficción. Hablamos con la actriz en ComicCon sobre la cuarta de la saga de Resident Evil y sobre su reciente embarazo, que la va a mantener alejada de las cámaras durante una temporada.

Reportaje: El aprendiz de brujo
Nicolas Cage incursiona en el territorio de Harry Potter con esta película en la que interpreta a un poderoso brujo que bien podría ser también heredero del Gandalf de El señor de los anillos, si bien sus aventuras tienen lugar en nuestros días, con los desfiladeros de acero y cristal de una gran ciudad como paisaje para sus aventuras. Aunque en realidad todo empezó con el largometraje de dibujos animados Fantasía…

Entrevista: Nicolas Cage
Empezó su carrera siendo el sobrino de Francis Ford Coppola. Pero Nicolas Cage pronto se haría un nombre gracias a su facilidad para protagonizar películas cargadas de acción, como Con Air o Cara a cara (Face/Off) y al mucho prestigio y reconocimiento que le supuso el Oscar por Leaving Las Vegas. Este verano el actor nos traerá su encarnación de un mago en El aprendiz de brujo, producida por el omnipresente Jerry Bruckheimer. El filme es una reversión del mítico segmento de Fantasía en el que Mickey Mouse hace sus pinitos con la brujería

OTROS ESTRENOS DEL MES
El Americano, Come , reza, ama, The Runaways, La cena de los idiotas...

AVANCES
Capitán América, Thor...

SERIES TV.

Entrevista: David Duchovny
No le pasa desapercibido a David Duchovny que los tabloides han intentado establecer paralelismos entre su carrera y su vida personal. Hace dos años, Duchovny aparecía en los titulares de todo el mundo cuando anunciaba que entraba en rehabilitación por su adicción al sexo y que se había separado de su esposa, la actriz Téa Leoni. Mientras, su papel como el sexualmente voraz, enloquecedoramente impulsivo y confuso sin remedio, novelista Hank Moddy en la controvertida serie Californication, le ha visto ganar el Globo de Oro y recuperar parte del brillo perdido de sus días como protagonista en Expediente X.

Reportaje: Joss Whedon
Desde que entró en el mundo de la televisión, Joss Whedon parecía destinado a revolucionar un medio que cada día daba más importancia a la figura del guionista. Junto a nombres como los de Aaron Sorkin, David Simon o JJ Abrams (quizá al que más se parece), Whedon ha sido el creador de algunas de las series más importantes de los últimos quince años y nos ha regalado personajes que se han convertido en iconos de la cultura popular, esa que tanto ha influido en su carrera. El que haya sido elegido como director de Los Vengadores para Marvel, parece situarle al fin en el sitio donde siempre debió estar.

FICHAS ACTORES TV:
Zach Braff, Jason Priestley, Anna Torv y Cameron Richardson

FICHA SERIES DE TV: Gossip Girl

COLECCIONABLE HISTORIA DEL CINE
Capítulo LXIX
Directores de fotografía
La luz es la energía indispensable para el cine. Explotada, esculpida, modelada como arcilla visual por los directores de fotografía, la luz es la maestra de los contornos, cuya presencia o ausencia marca a los personajes tanto como sus variopintas costumbres y comportamientos en cada escena. El tono, el clima estético e incluso la psicología de los personajes quedan marcados inevitablemente por el uso de la luz.

SECCIONES FIJAS

16 FICHAS CRÍTICAS
Airbender: El último guerrero, , Centurión, Franklyn, Intrusos en Manasés, Karate Kid, Madres e hijas, Mis tardes con Margueritte, Noche y día, Origen, Pesadilla en Elm Street: El origen, , Repo Men, Splice, The girlfriend experience, The Killers, Toy Story 3, Zombis Nazis

4 FICHAS CLÁSICAS
Adán y Eva (1956), Akelarre (1984), Brubaker (1980), Homecoming (1948)

4 FICHAS SERIE B
Agente especial (1955), Baby Face Nelson (1957), Rodan, Los hijos del volcán (1956), The Bonnie Parker Story (1958)

FICHA CLÁSICO: Lee Marvin

PELÍCULA MÍTICA: El submarino (1981)

OTRAS SECCIONES
Noticias, Correo del lector, Mundo fantástico, Novedades Novedades DVD

2 POSTERS GIGANTES
Resident Evil: Ultratumba y Los Mercenarios



www.ciao.es

Crítica de la película Origen (Inception) de Christopher Nolan

Origen (por motivos del propio argumento me cuesta no llamarla por su nombre real, Inception), es sin duda la joya de la cartelera del verano. Una lección de cine total y envolvente que reinventa los códigos del relato de intriga y supera cualquier otra película de acción que hayamos visto este año. Origen es original, inteligente y sorprendente, y demuestra que Christopher Nolan es un cineasta imprescindible en estos tiempos en los cuales tantos de sus colegas se limitan a prodigarse en la repetición, la falta de originalidad y el exceso visual sin contenido.

Nolan no. Nolan sabe lo que hace. Es un maestro, como demostró con El caballero oscuro, y ésta película es una nueva prueba de ello. Habrá algunos desnortados y desnutridos de ideas propias que dejándose guiar cual rebaño de borregos por sus “guías espirituales” de la caverna “progre” e intelectualoide caigan en la misma trampa en la que ya cayeron a la hora de juzgar El caballero oscuro, y no viendo más allá de sus narices, se despisten y obvien todo el gran cine que lleva dentro esta maravilla de película  simplemente porque es una producción norteamericana.

Crítica de la película Kick Ass: Listo para machacar

En uno de esos movimientos de cartelera de última hora que a veces hacen las compañías y que casi nadie entiende, muchos de vosotros habréis notado que la película Kick-Ass que tenía previsto estrenarse el próximo 4 de Junio, ya se encuentra en la cartelera de toda España, en las llamadas sesiones golfas, en la mayor parte de cadenas de cine del país. Imagino que los motivos tendrán que ver con darle algo de cancha a la película antes de su estreno, previsto justo antes del Mundial, una mala época para un género como éste. Así que durante este fin de semana y el próximo, todos aquellos que quieran o puedan acercarse a su cine a ver esta gamberrada sin mucha vergüenza y con todo el descaro del mundo, pueden hacerlo.

Digo que es una gamberrada sin vergüenza y con descaro, pero lo hago con todo el cariño del mundo, porque es lo mejor de la película. Su falta de pretensiones, su mala uva, su descarada explotación del género de superhéroes y de la violencia más alocada y canalla que uno pueda echarse a la cara. Desde su inicio hasta los últimos momentos la película no duda de hacer de la sangre, los golpes o las palizas, los asesinatos o la justicia por cuenta propia y ajena, su canto de sirena para encandilar al público. Y lo hace con frescura y naturalidad, como si ver a una niña de diez años soltando salvajadas y destripando o desmembrando seres humanos fuese lo más natural del mundo.

Porque esto es un tebeo y aquí nada es real, nada debe tomarse en serio. Todo es tan superlativo que deja sobre todo una sonrisa o carcajada en el espectador, no es creíble, no es una violencia real. a película sabe hacer reír porque sabe reírse de sí misma. El protagonista es un lerdo de padre y muy señor mío, al que de tanto leer tebeos de superhéroes se le cruzan los cables y decide meterse en un oficio para el que no tiene no sólo preparación, sino las mínimas luces que le hagan sobrevivir. Os podéis imaginar con esos mimbres cómo sale su primer enfrentamiento con unos criminales.

Kick-Ass es un antihéroe, que, como él mismo dice, “mi mayor superpoder es soportar palizas como nadie”. Friki, medio bobo y recibiendo más palos que una estera. En ese contrapunto que suele existir entre villano y héroe, está bien que quien se opone a él sea de su misma calaña, mientras que Hit Girl y Big Daddy son dos profesionales en el arte de acabar con los villanos por la vía rápida, sin juicios y sin preguntar a nadie. Obviamente es en esa dualidad entre la incompetencia del priemro y la efectividad de esa niña que habla como un camionero y asesina como una profesional, donde reside la gracia del invento. Kick Ass es muy friki, con o sin ropa. Los otros no lo son. Kick-Ass-movie-image

Es ahí donde Kick-Ass hace cómplice al espectador, que con poco que sea seguidor del mundo del cómic seguro que se ríe aún más, por su sano giro en los tópicos habituales de estas producciones hacia un camino más salvaje. Y bastante entretenido. Matthew Vaughn deja entrever las claves de lo que será su X-Men: First Class y lo que podía haber sido X-Men 3 de haber caído en sus manos. Al menos, una aventura sin complejos ni complicaciones, con un humor bastante negro (el chiste inicial sobre la muerte de la madre del protagonista o cómo les atracan continuamente a él y sus amigos, son demenciales) pero poca enjundia, poca chicha.

 

Porque desprovista de artificios y de su sentido del humor, la película no cuenta nada del otro mundo, ni contiene una doble lectura, un mensaje, una razón de ser. Es una sucesión de momentos más o menos divertidos, que además requieren a veces de ciertos conocimientos sobre el cómic en general y Kick-Ass en particular, que la pueden hacer inaccesible al público general. La historia tarda mucho en arrancar y se acaba plagando de tópicos y situaciones reiterativas (¿cuántas veces necesita alguien ser salvado en el último suspiro?) sin nada original en sus vértebras. A veces incluso peca de pastel y ñoña, y deja claro un mensaje de “estos chicos son así porque no tienen sexo”, tan simple como poco elaborado. Porque si de algo carece la película es de un mínimo de erotismo.

Como suele ser habitual en USA, toda la fuerza la lleva la violencia, no el sexo. Así, historias tan interesantes como el pasado de Big Daddy y su relación con la policía, la relación padre hijo entre Niebla Roja y el gángster Frank D'Amico o la de Kick Ass y su padre (perfectamente desarrolladas en el tebeo) quedan cojas y abandonadas, sosas. Siendo lo más interesante, argumentalmente de la película. Por no hablar de un pequeño bache narrativo a la mitad de la cinta, que llega a desesperar... kick-ass-movie
Con todo y con eso el reparto está sembrado (sobre todo Mintz-Plasse, Strong y Moretz, una niña que roba todas las escenas sin despeinarse). Y aunque a veces uno desearía que se viesen mejor las coreografías de los tiroteos o peleas, las escenas de acción están bien dosificadas. Y reírte te ríes sin problemas cada par de minutos. Tiene suficiente mala leche como para encandilar con su humor al más pintado. Pero no acaba de rematar la faena. No termina de asimilar toda la carga del tebeo, sólo rasca la superficie.

Ser subversivo no es decir muchos tacos y mostrar mucha sangre. Es contar una historia con dureza y sin reparos, como nunca ante se había contado. En Kick Ass la clave está en las relaciones, que parecen interesar poco al director y guionista de la cinta. Prefiere quedarse con la violencia y los chistes. Una pena, porque esta historia daba mucho más de sí. Quizá en la secuela sepan aprovechar algo mejor ese potencial latente de este peculiar superhéroe. Mientras, tampoco está nada mal para echar un rato, mejor aún en compañía.

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Crítica de la película Iron Man 2

Lo diré rápido y fácil, como los GEO de REC 2: Iron Man 2 me gusta más que Iron Man 1, y aquélla ya me pareció bastante buena.

La primera entrega de Iron Man era bastante mejor que casi todas las adaptaciones de los superhéroes Marvel que se habían hecho hasta ese momento, con la excepción de las dos primeras entregas de X-Men, y sin la excepción del Spiderman de Raimi, que en su primera entrega no me acabó de gustar, quizá por exceso de moñez babosa y falta de cera limonera de la buena, y en las dos siguientes mejoró algo (vamos que había más leña y más supervillanos y menos besuqueo tontarras para adolescentes), pero sin llegar a impresionarme tanto como a otros.

La segunda me parece aún más divertida si cabe.

Cierto es que, como dice mi colega Jesús Usero, contiene algunas incongruencias de guión (caso del agente de SHIELD que dejan como niñera de Tony Stark y ni se entera de que el pájaro ha volado después de soltarle un discursito amenazador algo soplagaitas, la verdad) y otras que afectan a su función como pieza de la operación de desembarco de los superhéroes Marvel en el cine, como el hecho de que finalmente la relación o vinculación de Stark con la organización que dirige Nick Furia no sea tal y como la proponían en el desenlace de la versión más reciente de Hulk, donde el general Ross encarnado por William Hurt le comenta a Stark su participación en la Iniciativa Vengadores), pero esa falta de coherencia con el puzzle de traslado del Universo Marvel a la pantalla grande no me molesta, porque siempre he pensado que a veces cargamos a las películas con un lastre que no les corresponde, que pertenece a cuestiones ajenas de algún modo a la propia película. De manera que la falta de continuidad que puede observarse en este Universo Marvel cinematográfico actualmente en construcción se me antojan leves para la propia coherencia de Iron Man 2.

Dicho esto, y advirtiendo que, como al amigo Usero a mí también me habría gustado que le dieran más tiempo y participación en el relato a la Viuda Negra (Scarlett Johasson), que no en vano protagoniza la escena de acción mejor coreografiada y visualmente expresada de toda la película (cuestión de alegrarse las córneas, dicho sea de paso), no tengo nada realmente serio que reprocharle a esta película. Obviamente no es lo que fue El caballero oscuro para Batman Begins, ni yo lo esperaba porque obviamente el personaje del Hombre de Hierro, por mucha saga de El demonio en la botella que esgrimamos sus seguidores, entre los cuales me cuento, para demostrar la madurez de sus planteamientos argumentales, no es el Hombre Murciélago: Tony Stark puede protagonizar una caída al infierno, pero Batman directamente vive en su propio infierno.  No obstante, Iron Man 2 cumple de sobra con lo prometido, que no es otra cosa que un buen rato de entretenimiento, secuencias de acción y espectáculo garantizado por una historia que al menos funciona y no ofende la inteligencia del espectador, y en la que, si bien el enfrentamiento con los drones y el ataque contra la convención Stark es visualmente confuso, encontramos varios momentos de combate con el villano de turno, servido con eficacia y su muy peculiar estilo por Mickey Rourke (que compone su personaje sobre todo con la voz), que rescatan para el cine el verdadero espíritu cañero de los combates de Iron Man en las viñetas, con los rayos repulsores a tope.

Además creo que han organizado bastante bien la incorporación al relato de Máquina de Guerra, y me parece que Jon Favreau ha captado muy bien la esencia de lo que debe ser una película de superhéroes, tomando prestado el espíritu del tebeo de superhéroes para el cine. Si a ello le añadimos otros detalles, como la química que han conseguido desarrollar Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow, o la capacidad del primero para dar al cine una de las imágenes más humorísticas, chulescas y al mismo tiempo humanas del superhéroe tradicional, no cabe sino limitarse a disfrutar de este nuevo encuentro con la versión cinematográfica de el Hombre de Hierro.

Eso sí, he echado en falta más cameos, por lo menos de Bruce Banner, aunque el chiste con el escudo del Capitán América está muy bien. Ni al pobre Stan Lee, que sale sólo en plan relámpago, le han dejado lucirse.

Por cierto: ¡Película de la Viuda Negra para ya mismo, por favor!

Lo de Scarlett Johansson me recordó, salvando las distancias, lo de Michelle Pfeiffer como Catwoman en Batman vuelve.

Como dice el amigo Usero: no me importaría que esta mujer me diera una paliza.

Miguel Juan Payán

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