Crítica de la película First Man (El primer hombre)

Una de las mejores películas del año tanto en lo visual como en la interpretación.

Damien Chazelle confirma las buenas vibraciones y críticas que ha venido suscitando su nuevo largometraje y demuestra, una vez más, que su mirada hacia los géneros y temas aparentemente más clásicos y manidos es única, original, muy madura, completa e inevitablemente interesante. Capaz de atraparnos desde el primer fotograma, First Man confirma que el cine, el gran cine, el cine capaz de proporcionarle una experiencia al espectador que éste no olvide rápidamente al salir de la sala, sigue siendo posible, y que incluso en el código y necesidades de eso que podríamos llamar el cine “comercial”, encontramos oportunidades para disfrutar de unos niveles de calidad y personalidad, de miradas únicas de directores, que están más allá del adocenamiento, la reiteración, las franquicias previsibles y las temerosa recuperación de asuntos ya abordados. Nada de eso lo encontrará el espectador en esta película cuyos puntos de interés paso a enumerar de inmediato para aprovechar el corto espacio que tengo en este artículo para hablar de un largometraje que merece mucha más labor de reflexión y análisis del que aquí corresponde.

Crítica de la película Black Mass

Recuperación del mejor Johnny Depp y una buena película de tema criminal.

El reto era serio, y opino que tanto Johnny Depp como el resto de sus compañeros, el director y la propia película, salen muy bien parados de esta propuesta. Black Mass es una película totalmente recomendable. Siendo sincero, no puedo por menos que meterla en mi lista de películas realmente favoritas de este año, que se reduce a cuatro: Un día perfecto, Sicario, Deuda de honor y ésta. Quiero decir que son las que más me ha interesado ver y las que, a la larga, más he disfrutado, por motivos distintos entre cada una de ellas, aunque todas tienen en común su capacidad para abordar el cine de géneros y sus respectivas con eficacia y sin renegar del género en el que se desenvuelven con soltura, al contrario que otros recientes ejercicios de géneros con complejo, algo fariseos y que pecan de falsos.

Es comprensible que dada su temática, Black Mass vaya a ser comparada por algunos espectadores y no pocos críticos y comentaristas de cine, entre los cuales me cuento, con otros títulos, así que me lanzo a la piscina y aclaro que por su manera de abordar el tema, y en el amplio abanico de referencias que podrían manejarse para darle a lector una idea de qué se va a encontrar cuando vaya al cine a verla –cosa que les recomiendo hagan sin son aficionados al buen cine, porque ésta película lo es-, me quedo sobre todo con lo mucho que me ha recordado a algunos títulos esenciales e igualmente recomendables de uno de los más afinados cultivadores de este tipo de historias: Sidney Lumet. Varias cosas, distintos momentos de Black Mass, me han llevado a pensar en películas como El príncipe de la ciudad, Distrito 34: corrupción total o La noche cae sobre Manhattan, a las que encuentro más cercanas al título que nos ocupa que, por ejemplo, Uno de los nuestros o Infiltrados de Scorsese, o American Gángster de Ridley Scott, o El precio del poder, de Brian De Palma. No es ese tipo de película. Lo aclaro para que nadie vaya engañado al cine. No es ese tipo de historia. Esto va con otro ritmo. Un ritmo que marcan sus planos de laberinto urbanita utilizados a modo de punto y aparte visual que separa los distintos capítulos del relato, o planos como el de los dos agentes del FBI minimizados en tamaño y casi perdidos entre el cemento del monolítico edificio de la agencia, o esa insistencia en los primeros planos como base de su caligrafía narrativa, en la que destaca también ese sutil movimiento de cámara que repite en los momentos decisivos o de ruptura entre los personajes: en el hospital con Depp y Dakota Johnson, en el último encuentro de Joel Edgerton con Benedict Cumberbatch, etcétera. Todas las batallas de construcción de los personajes se ganan en el territorio del primer plano, todos los conflictos entre los personajes se libran también en primer plano. Y eso me gusta. Hay una buena administración de los recursos de las miradas que lo dicen todo sin una sola palabra, por ejemplo, o principalmente, en el personaje de Depp, en el de Cumberbatch y aún más especialmente en el de Rory Cochrane, con esa pregunta final que no llega a contestar.

La construcción en flashback, hilvanada por esa declaración de los socios de Bulguer, es una fórmula que está bien aprovechada para armar el puzle de la historia con buen ritmo y cubriendo todos los aspectos más destacados del asunto. Además la película tiene esa capacidad esencial de mantener nuestro interés y aportar algo diferente que reactiva nuestro interés cuando parece que la máquina de fabular está parándose o a punto de caer en un bajón de ritmo por repetición. Por ejemplo: claramente empieza teniendo como protagonista a James “Withey” Bulguer, pero después de un primer acto y de una primera mitad del segundo acto en el que Depp parece copar casi todo el protagonismo, hace crecer el personaje de Joel Edgerton, el agente del FBI John Connolly, hasta un nivel de co-protagonista. Ese relato de tres amigos de la infancia finalmente situados en lados distintos de la ley y el poder, o lo que es lo mismo, representando tres maneras diferentes de entender, obtener y ejercer el poder, como son Bulguer, su hermano político y su colega de la infancia Connolly, se constituye en triunvirato nuclear del reparto en torno al cual gravita un reparto de auténtico lujo si medimos el lujo en esa parcela por el nivel de talento de los integrantes del elenco. Apunten, que todos ellos tienen su momento para lucirse, por breve o episódico que éste sea: Dakota Johnson, Kevin Baco, Peter Sarsgaard, Rory Cochrane, David Harbour, Adam Scott, Corey Stoll, Juliane Nicholson, W. Earl Brown, Juno Temple… Un ejemplo de cómo contar con lo mejor de lo mejor incluso para papeles breves lo tenemos en la escena de Depp/Bulguer con la esposa de Edgerton/Connelly, interpretada por Julianne Nicholson, o en la escena en el coche entre Junto Temple, Rory Cochrane y Johnny Depp, o en el diálogo de la receta secreta de familia entre Depp y David Harbour…

A todo lo anterior pueden añadir la evolución del personaje de Bulguer, que Depp construye como una especie de James Dean psicóticamente empeñado en la tarea de ser el depredador más peligroso de su entorno, hasta el punto de que en varias escenas acaba por convertirse en un auténtico monstruo que instala una intriga inquietante cada vez que se acerca un momento de violencia en la película. Depp disfruta dándonos una especie de variante del gánster interpretado por Jack Nicholson en Infiltrados.

Tengo que decir no obstante que quien menos me ha convencido es Joel Edgerton. Esperaba más por ese lado, pero creo que Edgerton no acaba de hacerse con el papel. Sólo hacia el final, en el encuentro con los dos policías en el portal de su casa ha conseguido convencerme. Por el contrario la película le permite a Depp recuperarse de la colección de flojos trabajos que nos ha estado propinando últimamente.

Miguel Juan Payán  

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Crítica de la película La teoría del todo

La teoría del todo. Un monumento a la épica de lo cotidiano. Gran trabajo de actores y director.

Empiezan a perfilarse candidatas y candidatos a los premios de cine del año, con el Globo de Oro como aperitivo y los Oscar a la cabeza, y todo apunta que esta película será una de las destacadas en esa parcela. Pero si me interesa y le pongo cuatro estrellas no es por eso, sino por su habilidad para tratar con una de las fórmulas más intratables y mal utilizadas en el cine comercial, el biopic, esas biografías adornadas, melosas, falsarias, que suele permitirse el cine comercial en torno a figuras famosas, populares o destacadas por uno u otro motivo. Personalmente considero que en la mayor parte de los casos, esos biopic son una peste inaguantable del cine convertido en pura farsa, pero en este caso el director de La teoría del todo ha sabido aplicar la fórmula con una elegancia y un estilo visual que consigue vendernos la fórmula sin que nos sintamos insultados emocional o intelectualmente. Y eso además tratando una figura, la de Stephen Hawking, que se prestaba a crear un pastiche melodramático inaguantable y vomitivo. Ha conseguido justo lo contrario, para mí una de las mejores películas del año, precisamente porque sabe el terreno que pisa, los riesgos que corre de caer en el pantano del peor melodrama, y los esquiva con prodigiosa habilidad respaldado por unos actores notables, pero también por una manera de entender la vida de sus personajes que hace honor a los mismos e incluso los homenajea aplicando sencillez y cotidianeidad a una historia nada común y nada cotidiana. Uno de los aciertos de la película es precisamente mostrarnos a Hawking y su esposa como gente corriente y cercana a la que las circunstancias y su talento sitúan en una esfera nada común y nada cotidiana. Un ejemplo de ello es la alternancia de las secuencias de Hawking jugando con sus hijos o ligando con su secretaria mientras la persigue al grito de los Daleks de la serie Doctor Who: ¡¡¡Exterminar!!! ¡¡¡Exterminar!!!, bajo la atenta mirada de su esposa, que es la autora del libro autobiográfico en el que se basa la película, y se convierte en el puente que nos introduce como testigos invitados a compartir esa vida durante el tiempo que dure la proyección. Esa sensación de conseguir que el público participe de la historia plenamente coincide con el trabajo de divulgación que ha hecho Hawking de la ciencia, así que estamos ante un ejercicio de homenaje, respeto y coherencia con los personajes. Además esa visión de lo cotidiano, que es lo mejor de la película, queda perfectamente equilibrada y explicada visualmente con esa introducción de progreso por el pasillo de palacio y ese desenlace que nos habla de lo que realmente importa en este mundo nuestro, un cierre perfecto para la manera en la que el director ha decidido acercarse a la vida de Stephen Hawking. Sin lágrimas fáciles, sin lloriqueo baboso. El resultado es un monumento a la épica de lo cotidiano que ningún buen aficionado al cine debería perderse.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Nowhere Boy

Otra película que llega a España con un considerable retraso, lo cual se está convirtiendo en una triste costumbre cada vez más habitual, no sé si debido a la dichosa crisis o a que el mercado cinematográfico español es cada día menos rentable para las compañías que se ven obligadas a abandonar películas o a estrenarlas con años de retraso. Nowhere Boy vio la luz en diciembre de 2009 en las carteleras británicas y ya se las vio y se las deseó para ser estrenada en USA casi un año después. En nuestro país aparece con año y medio de retraso.

Y sí, es una película pequeña, de corte independiente, casi, aunque con un considerable reparto y un tema que podría interesar a bastante gente, el de la vida adolescente de uno de los músicos más importantes del siglo XX y quizá de la historia de la música. Hablamos del desaparecido John Lennon, miembro de los Beatles, como todo el mundo sabe, y que aquí nos muestra su cara menos conocida, más juvenil, sus primeros años en la música desde que tenía 15 años hasta que se muda a Hamburgo con el grupo. Su juventud en Liverpool en una etapa que abarca de 1955 a 1960.

Siempre me ha gustado la música de Los Beatles, así que de partida la película tiene para cualquiera que sea como yo, aficionado al grupo, el interés por conocer y descubrir la juventud, en clave de ficción, claro está, esto no es un documental, de una de las leyendas de la música, sus años de instituto, su primer grupo, sus relaciones y su universo en la ciudad británica, marcado desde joven por la tragedia. Y la verdad es que la película permanece bastante fiel a lo que las biografías de Lennon nos cuentan sobre esos años, incluyendo su relación con su madre y su madre adoptiva, ambas hermanas muy dispares entre sí y brillantemente interpretadas por Kristin Scott Thomas, su tía Mimi, y Anne Marie Duff su madre biológica.

De hecho la película hace girar la mayor parte del drama en esas relaciones de dos madres, dos mujeres de fuerte personalidad pero muy dispar carácter, que influirán notablemente en su vida y entre las que surge una rivalidad maternal por Lennon. Ese choque de titanes con el músico en medio, es el motor de la película, lo que le da la fuerza dramática y lo que hace a Lennon crecer y madurar como persona y como músico. Desde la austera y severa tía Mimi a Julia, mucho más liberal y alocada, con otra familia ya a sus espaldas y muchos secretos en la cartera. Con revelaciones que harán tambalearse los cimientos del joven músico.

Un buen drama se aposenta en un buen conflicto, y quizá ese sea el problema de la película. Los actores están sensacionales, pero el conflicto es menor porque se ve y se entiende que Lennon es querido por ambas mujeres, que intentan marcar su personalidad y su vida futura. No es que no se preocupen por él, sino que a veces no saben encontrarle el lugar perfecto en sus vidas. No hay tanto conflicto aunque la película se esfuerce enormemente en mostrarlo. A veces ese exceso de llevar al drama lo que no es drama le sienta mal a una buena y sólida cinta, por eso mismo, por excesivo, por forzar la situación haciéndola inverosímil.

La labor del director debutante Sam Taylor Wood, fotógrafo y artista, es de lo más interesante por su clasicismo formal, no exento de unas pinceladas de artista que le confieren mucha personalidad al conjunto. El tipo, pese a ser director novel, sabe perfectamente componer y narrar su historia de forma clásica, sin estridencias ni salidas de tono, pero añadiendo ciertas pinceladas de autor muy coherentes con su estilo y con el universo en el que se centra la película. La escena de Lennon tocando el banjo o el atropello en mitad de la calle, con el cuerpo quedando tendido y el plano como si fuese una fotografía… son buenos ejemplos de un trabajo de lo más interesante y que hace la película visualmente mucho más interesante al espectador. Como el flashback sobre lo sucedido en el pasado realmente con el padre de Lennon, la gran figura ausente de la película.

Además el director es suficientemente inteligente para dejarse guiar por el trabajo de sus actores, para que ellos sean realmente la guía de la película. Si antes mencionábamos el trabajo de las dos actrices principales, que es magistral (sobre todo la contención y sutileza de Scott Thomas, simplemente brillante), no menos lo es la de Aaron Johson, el protagonista de Kick Ass, en la piel de John Lennon, haciendo de él un joven cercano, rebelde, algo payaso, líder nato… humano. Convierte a la leyenda en un adolescente normal y corriente. Que encima interpreta sus canciones y pueden encontrarse en la banda sonora de la película como los Nowhere Boys, junto a Thomas Brodie-Sangster, el actor que hace de McCartney y que fue niño prodigio en Love Actually.

Y el resto es historia. Tenemos de todo. Desde el primer encuentro entre Lennon y McCartney o George Harrison, al desarrollo de su amistad, sus primeras clases de música (la escena de la armónica presenta al personaje perfectamente, pero el momento entre Paul y John ensayando con el primero enseñando al segundo… a los fans les encantará). Incluso la película explica, mediante un chiste recurrente, el uso de Lennon de sus míticas gafas. Y pese a la dureza de algunas situaciones y momentos duros, y las licencias artísticas, siempre lo hace con cariño hacia los personajes. Con ternura. Quizá demasiada.

Tenemos aquí una buena muestra de lo que un biopic menos habitual, por ser británico, nos puede llegar a dar. Una buena cinta, quizá demasiado enfocada a los fans, pero disfrutable por todo tipo de público, una historia de juventud, mucho antes de la leyenda, y sin caer en lugares habituales como el abuso de drogas o la caída en picado al infierno. Eso quizá vendrá después. La película se centra en otra historia. Algo blanda al final y demasiado tierna, pero muy disfrutable por los fans del grupo, con unos actores en estado de gracia y un prometedor director.

Si alguien empieza a oír el “Please Please Me” es lo normal con esta película…

Jesús Usero

Crítica de la película Encontrarás dragones

Nuevamente nos encontramos con una película ambientada en la guerra Civil española, al menos durante la mayor parte de su metraje, con todo lo que eso conlleva para gran parte del público español que está, reconozcámoslo, un poco hasta el moño de tanta historia de la guerra, normalmente partidista o decantada hacia un bando, nunca imparcial, siempre llena de clichés. No se trata del caso de Encontrarás Dragones en gran parte de su metraje porque aborda un tema poco conocido, que causará polémica sin duda, y que para mucha gente será motivo de curiosidad, enfrentamiento o incluso duda. Encontrarás Dragones habla sobre la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, figura de la Iglesia Católica canonizada en 2002. Aunque la película no llega a esa fecha.

A través de un largo flashback, la historia de Encontrarás Dragones se centra en los primeros años de la vida de Escrivá hasta su huida al sur de Francia a través de los Pirineos para regresar posteriormente a Burgos. Son los primeros años del Opus Dei, su nacimiento, su creación en tiempos convulsos y sus ideales en un país en guerra. Todo ello a través de la historia que le narra un padre a su hijo escritor, que empieza una biografía sobre el sacerdote y descubre que su padre tuvo una estrecha y peculiar relación con él. Así, viajamos continuamente de la España de 1982 a las dos historias, la del padre y la de Escrivá, durante la infancia y la guerra Civil.

No voy a entrar en polémicas, debe creerme el lector, en torno a la importancia o la crítica posible sobre la figura del Opus Dei y su creador, porque no es el momento y el lugar. Y no trata sobre ello la película. Habla de muchas cosas, sí, pero intenta hacerlo de un modo neutral, sin juzgar ni hacer mayores las heridas que existen y nunca parecen vayan a cerrarse. Si sirve de algo, dejo claro que soy creyente liberal y que creo que debe respetarse a todo el mundo, por lo que no acudí a la película con ganas de hacer sangre de ella vía cuchillo jamonero ni de ensalzarla pobremente sólo porque es una película religiosa. Aquí venimos a charlar de cine, ¿no creen?

Tampoco vamos a hacer mucha mención a las varias (múltiples, claro) discrepancias históricas, que van desde los títulos de crédito, con ese error sobre el gobierno de la república en España, a la fábrica que tenía el padre de Escrivá, que era textil y no de chocolate como cuenta la película. Eso sí, aprovechando el hecho para hacer una metáfora sobre el grano del cacao y las personas. Curiosamente tampoco se llama nunca al protagonista Josemaría Escrivá de Balaguer. Esa última parte se la ahorran. Pero es cine extranjero sobre nosotros, así que hay que comprender que ni entienden ni entenderán muchas de las cosas que se ven y viven aquí. Ellos son así. Se quedan con la España de pandereta, con el flamenco y las peculiaridades hispanas (ese camión de mudanzas de la empresa España Cañí, esa música cansina y repetitiva con guitarras a saco sobre todo cuando viaja al bando republicano, ese cartel del mundial de fútbol del 82…).

Lo que quiero decir es que me esperaba mucho más a nivel cinematográfico de una película dirigida por un nombre de peso como Roland Joffé. Me esperaba más chicha, más fuerza y más convencimiento de la historia que se trae entre manos. Porque el director y guionista no encuentra un punto medio entre el ritmo aplicado a sus tres historias y el peso de cada una de ellas. La historia real, la de Escrivá está contada con estilo, elegancia y sentido del humor (la zapatería, la magnífica escena en el zoo que además humaniza al personaje como ninguna, la escena de las huellas en la nieve…) y tiene una fuerza que las otras dos historias no poseen. La de Manolo, interpretado por Wes Bentley, sobre todo en su arco de la guerra, resulta recargada, excesiva, hasta absurda, como una opereta que tiene momentos que hacen reír sin intención, como el encuentro en la cama entre Olga Kurylenko y Rodrigo Santoro. Peca por exceso, por desgracia, pese a las bien rodadas secuencias de acción bélica donde se nota el dinero. Y la del salto al futuro, con Dougray Scott, descentra, no tiene foco y acaba perdiendo el hilo de su historia, porque regresa a ella a destiempo, con motivos vagos y sin darle un verdadero foco.

Esas lagunas de ritmo y de guión son el gran lastre de una más que competente película de trasfondo bélico y religioso que resulta por momentos muy entretenida, pero que en sus saltos espacio-temporales pierde foco y pierde fuelle. Es un continuo devenir de situaciones y personajes que nunca acaban de cuajar ni siquiera en sus motivos, como con la escena de Manolo en la llegada de Escrivá a Andorra, motivos que nunca se explican del todo, mucho menos los saltos de alegría del grupo al pisar suelo extranjero como si un muro invisible fuese a impedir pasar a las balas… Cualquiera habría seguido corriendo.

Pese a ello la fotografía es magistral y no cabe duda del esfuerzo de sus actores (con Wes Bentley, Charlie Cox como Escrivá de Balaguer y Dougray Scott) por hacer aún más interesantes sus personajes, con especial mención a Derek Jacobi y, cómo no, a Olga Kurylenko, pero desaprovechando personajes y actores como Jordi Mollá, Geraldine Chaplin (que es como el Guadiana) o Ana Torrent.

En conjunto es una interesante película que intenta convertir en un acto épico el nacimiento de una figura importante de la Iglesia moderna, mientras decae en otros aspectos y en el ritmo. No intenta causar polémica, aunque lo hará, y muchos detalles controvertidos los obvia, y lo hace muy bien, pero no es ahí donde falla, sino en las historias que rodean la historia real que son el verdadero problema de una película que podía haber dado muchísimo más de sí.

Jesús Usero

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