Crítica de la película Serenity

Duele ver tanto talento desperdiciado cuando además la idea era buena….

Serenity es la tercera película como director del guionista Steven Knight, un tipo con el talento suficiente para crear las series Taboo o, sobre todo, Peaky Blinders, y que ha escrito películas como Promesas del Este, Negocios Ocultos, El Caso Fischer o las que él ha dirigido, la más que interesante Redención y la brillante Locke. Pero también es el guionista de Aliados, Los Criminales de Noviembre, El Séptimo Hijo o esta que nos ocupa, así que no todo es brillantez en la cabeza del guionista. Y en este caso todo lo que propone es tan bizarro y está tan fuera de lugar, que uno no sabe realmente si es Knight o le han abducido y suplantado por un clon con la mitad de su talento… o la mitad de la mitad.

La historia es en base cine negro. Un hombre retirado en una isla como pescador, llevando a turistas a disfrutar de la pesca en su barco, y obsesionado con un atún enorme al que debe pescar. Su Moby Dick pero en atún. De repente aparece en la isla su exmujer que le ha encontrado y le ofrece dinero por llevar a pescar a su nuevo marido y dárselo de comer a los tiburones, porque el tipo la pega, la maltrata y es un peligro también para el hijo que tuvieron ellos dos y al que el protagonista no ve desde hace tiempo… Hay en la isla también un tipo que quiere contactar con nuestro pescador a toda costa… pero eso son cosas que deben ver para analizar ustedes mismos.

Las películas deportivas no suelen funcionar muy bien en nuestro país, la verdad. La costumbre americana de celebrar los éxitos de diversas leyendas del deporte en la gran y la pequeña pantalla, no parece comulgar con nuestra forma de ver la vida, quizá. O quizá estamos hartos de ver cómo se ensalzan a sí mismos los yankees con todo eso tan manido del espíritu de lucha, el equipo, la capacidad de sacrificio y la épica del deporte. Vamos, que nos da lo mismo, y sólo hay que ver los resultados de la taquilla para confirmarlo.

El caso es que allí funcionan bastante bien. De hecho, sobre todo en lo que los americanos llaman el cinturón de la Biblia, una serie de estados bastante destacados por sus tendencias religiosas cristianas, suelen dar mucho dinero, al ensalzar valores sobre la familia y demás que les son muy cercanos. Títulos como El Milagro, The Rookie o Invencible, que en USA gozaron de una saludable carrera comercial, en nuestro país pasaron sin pena ni gloria, por no decir que no las recuerda ni el Tato. Incluso Sandra Bullock y su Oscar con la película The Blind Side, que allí recaudó más de 200 millones de dólares, se las vio y se las deseó para que se estrenase en España, y su éxito aquí fue más bien discreto.

Y con The Blind Side es con quien más similitudes guarda Secretariat.

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Una película que esta vez gira en torno a la hípica, a un caballo, el que da nombre al título de la película, que ganó la Triple Corona contra todo pronóstico, y que, según cuentan, es el mejor caballo de carreras de todos los tiempos incluso cuando tantos años han pasado desde su retirada en 1973. Aunque en realidad, como The Blind Side, es una película sobre la familia y sobre una mujer dispuesta a todo por defender a los suyos y aquello en lo que cree, una mujer dispuesta a lidiar con un mundo de hombres, dispuesta a no aceptar lo que todos le indican como la verdad, en busca de un sueño, el de su padre también, y en busca de salvar la granja de su familia.

Si sustituyen al jugador de fútbol por un caballo y alejan un poco el tema de la granja, verán que la película es muy similar a la protagonizada por Sandra Bullock. Lo cual no es ni bueno ni malo, simplemente es lo que hay. A quien le disguste el invento o la otra película ya sabe dónde no debe poner un pie este fin de semana.

Si es cierto que a mí este género, al margen de la calidad de las películas es cierto, me gusta bastante. Me refiero a las películas deportivas, no tanto a las familiares, y que he pasado muy buenos ratos con las anteriormente mencionadas, además de otras pequeñas joyas como Friday Night Lights o Camino a la Gloria. Me gusta, me lo paso bien, me hace disfrutar. Si nos metemos en asuntos de caballos, hasta Seabiscuit me pareció una muy buena película.

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Así que suelo enfrentarme a estas obras predispuesto a que me gusten. No a que me parezcan buenas o malas, ojo, ese es otro cantar. Simplemente a disfrutarlas como espectador, aunque algunas sean malas como el veneno. En este caso, la decepción ha sido doble. Por un lado como espectador, por otro a la hora de hacer esta reseña, porque si de algo peca la película es de que es aburrida en gran parte de su metraje. Bastante aburrida. Y eso es lo que acaba matando la película y el cine.

Si encima su protagonista principal es una mujer que me encanta, como mujer y como actriz, como es el caso de Diane Lane, y si encima viene acompañada por John Malkovich, Scott Glenn o James Cromwell, el reparto en sí mismo ya es un motivo para acudir a ver la película. Otra cosa es que a los diez minutos te des cuenta que el guión no da más de sí, que todos los tópìcos del mundo están incluidos en él, además de las buenas intenciones y el amor y cariño de los buenos sentimientos y toda esa cháchara que también incluía The Blind Side, pero con mucho más sentido del humor, y que sólo hay que asomarse a la ventana para darse cuenta de que no cuela. El regreso a los valores tradicionales puede estar muy bien para vender entradas, pero al final del día tanto pastel te da caries.

Así que un grupo de actores brillante pasea por Secretariat con ganas de más, de mayor enjundia, de más fuerza en la historia, y acaban por comerse la película y ser lo más interesante de la misma, pero sin llegar a disfrutarlo completamente porque no hay guión sólido que disfrutar. Y es una pena. Y eso que cuesta creerse que le hayan puesto esa peluca a Lane (o peinado como si llevara peluca). Pero su esfuerzo no se ve recompensado, por desgracia.

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Tópicos como el de la hija pacifista en los convulsos años sesenta y el mensaje de “la política nos hace distintos pero la familia nos une” están poco aprovechados y demasiado vistos, lo mismo que las discusiones con el marido, que concluyen con una cena de gala y un diálogo del mismo que haría sonrojar a cualquiera.

Y eso que las carreras están rodadas con una fuerza y una épica que se disfruta con ganas, porque dan vida al relato y porque se supone que el caballo tiene que pintar algo en la historia. Lástima que el coro de góspel estropee esas buenas intenciones y no haya más carreras. Nos queda una película demasiado larga, demasiado blanda, demasiado del montón. Con una producción de serie A, pero con espíritu de tv movie. Sin chispa, sin fuerza y sin gas. Para nostálgicos, fans del género o de su reparto. No creo que se la recuerde demasiado de aquí a unos meses…

Jesús Usero

 

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