Crítica de la película Drácula, la leyenda jamás contada

Mezcla de géneros entre la espada y brujería y el terror con toque superheróico.

Es un puzle de referentes visuales y narrativos diversos. Hilvanada con hilos visuales que van desde la réplica de los planos paisajísticos de El señor de los anillos o El hobbit de Peter Jackson hasta los planos de ejércitos en marcha y enfrentamientos que toman como referencia de 300 de Zack Snyder, aunque le salen más cercanos a su secuela, 300: el origen de un imperio, de Noam Munro, esta nueva versión del personaje creado por Bram Stoker incluye también algún que otro guiño en plan “cameo” visual de los planos del prólogo de Drácula de Francis Coppola, que es la última gran visión del personaje creada para el cine, una gran película, aunque personalmente no me convenza como adaptación por su tono plañidero y forzadamente romántico que convierte la novela original en una variante de Romeo y Julieta, en lugar de la historia de corrupción faústica y ocaso de la aristocracia frente a la burguesía que era originalmente. Coppola puso amor desgarrado y fatal, condenado al final trágico,  donde había sexo desbordado y entrega a las pasiones como rebelión contra la norma y la esclerotizada sociedad victoriana… Pero ese es asunto que ya trataré en otra ocasión. Volviendo a Drácula, la leyenda jamás contada, a todo lo anterior añade un complicado y laborioso proceso de producción y lo que sospecho es su objetivo añadido a última hora, consistente en ser la primera pieza en el intento de Universal por crear su propia franquicia de personajes al estilo de la galería de los superhéroes de la Marvel o la DC con los monstruos del terror gótico que ya le permitieron al estudio hacerse dueño y señor del cine fantástico en los años treinta y parte de los cuarenta. Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo estarían llamados a convertirse, si la jugada sale adelante, en una especie de alternativa terrorífica al superhéroe, simplemente cambiando superpoderes o por los atributos especiales derivados de su naturaleza sobrenatural o terrorífica (léase el Drácula que aquí se convierte en una bandada de murciélagos…). El intento no es nuevo, ya lo propuso en su momento en el cómic Alan Moore con algunos personajes icónicos del relato de terror gótico y la novela clásica de aventuras en La liga de los hombres extraordinarios, que tuvo una floja, si bien que entretenida, adaptación al cine. La aportación final de Charles Dance a Drácula, la leyenda jamás contada, va por un camino que parece querer imitar las apariciones de Samuel L. Jackson como Nick Furia en las películas de la Marvel que acabaron por dar lugar a Los Vengadores, pero sólo el tiempo podrá confirmar o no esta sospecha mía sobre cuál es el “juego” que ha empezado con esta película.

El problema es que con todos esos referentes, influencias visuales, obligaciones y objetivos, Drácula, la leyenda jamás contada, se pierde un poco a la hora de centrar su verdadera identidad. Tiene momentos entretenidos propios del relato de espada y brujería tipo Conan el bárbaro de Robert E. Howard, como el encuentro con la criatura en las cueva, y posiblemente si hubiera seguido por ahí a por todas, aceptando su identidad como relato de héroes bárbaros, habría funcionado mucho mejor, jugando con ese grupo de guerreros que acompaña al antihéroe Vlad el Empalador. Sus primeros compases van por ese camino. Pero luego afloja con una historia de amor endeble que fracasa en emular el desgarro intenso de la versión de Drácula dirigida por Coppola, y la brújula del relato empieza a dar vueltas como loca sin llegar a centrar del todo sus objetivos… Resultado, es entretenida pero no explota al máximo sus mejores armas. Un par de ejemplos: se habla mucho de Vlad como el Empalador, pero se nos hurta ese papel de guerrero salvaje y brutal que sí estaba, en brillante forma de sombras chinescas, en la película de Coppola. Tampoco está bien aprovechado el Vlad Tepes histórico tan aprovechado como debiera con su corolario de momentos sangrientos que le convirtieron en un guerrero temido por los turcos que protegió las fronteras de occidente de la invasión otomana. Y por otra parte no está el Drácula de la novela de Stoker plenamente aprovechado, ni siquiera para el objetivo de emulación superheróica que mencionaba anteriormente, de tal modo que parecen reservarse el potencial del personaje para entregas posteriores, en lugar de poner toda la carne en el asador desde el principio.

Resumiendo: me gusta la parte de espada y brujería y enfrentamiento con los turcos. Pero el resto me parece flojo.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Oldboy

Flojo remake norteamericano de la excelente película de Park Chan-wook. Innecesario.

No tengo nada en contra del remake por sí mismo, siempre y cuando la nueva versión consiga desarrollar su propia personalidad, caso por ejemplo de Infiltrados, la versión que rodó Scorsese de la película china Infernal Affairs, o de Los siete magníficos, la versión Sturges del clásico de Kurosawa Los siete samuráis. Eso por poner dos ejemplos que creo todo buen aficionado al cine conoce. Pero este no es el caso que nos ocupa. Spike Lee siempre me ha parecido un director muy interesante, sobre todo en la primera fase de su carrera, que a partir de su biografía de Malcolm X se decantó hacia planteamientos más comerciales. Incluso en este territorio diferente del cine más personal y reivindicativo de sus primeros trabajos, Aulas turbulentas, Nola Darling, Cuanto más mejor, Haz lo que debas, Fiebre salvaje…), consiguió resultados muy interesantes y rodó una buena película de intriga, Plan oculto, y otros dignos, como La última noche. Por eso me ha sorprendido, en negativo, su trabajo de dirección en Oldboy. Primero me lleva a preguntarme para qué o por qué ha decidido meterse en el huerto de rodar un remake tan plano, con tan poca personalidad, visual, narrativa y actoral. Me ha hecho pensar que en manos de otro director, como por ejemplo David Fincher, que ya anduvo en un el mismo vecindario argumental al de esta historia con su película The Game, quizá habría alcanzado mayor interés este remake que junto a su planteamiento visual tremendamente plano desperdicia el talento de sus actores. Está claro que Josh Brolin está como actor por encima de algunos encargos que le caen encima, por ejemplo este. En el momento de la revelación del secreto que es el último y terrible chasco de la película, su interpretación sin embargo no convence nada. Otro tanto ocurre con su compañera de reparto, Elizabeth Olsen, mucho mejor actriz que lo que le deja mostrar Lee en este largometraje. Samuel L. Jackson está caricaturizado e inaguantable, lo mismo que Sharlto Copley, y en cuanto a Michael Imperioli, está más equilibrado, pero poco más. Respecto a las secuencias de acción, que eran el plato fuerte visual de la versión original, pasan aquí sin pena ni gloria. Recuerden las secuencias originales de la pelea con el martillo. Y la etapa de encierro se hace realmente difícil de seguir sin que los párpados te traicionen y se empeñen en cerrarse a poco que te descuides. En conclusión: una muy floja y totalmente innecesaria versión del original de Park Chan-wook, que además no saca todo el partido que podría a su reparto y visualmente se sitúa muy lejos de su precedente asiático.

Insisto: creo que Spike Lee tiene más cine dentro y mucho más cine que ofrecernos que el que nos propone en este trabajo, el más flojo y decepcionante de su carrera, tan anodino que explica por qué me pongo a temblar cuando escucho que Will Smith quiere hacer un remake de Grupo salvaje.

Me temo lo peor.

Miguel Juan Payán  

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Crítica de la película El vuelo

Denzel Washington se echa encima un drama vibrante gracias a su director. Ahí reside la clave de los grandes momentos de cine que tiene El Vuelo, sus actores y su director. Un director, Robert Zemeckis, que no rodaba una película de acción real desde Náufrago, estrenada hace ya más de 12 años, dedicado como estaba a sus proyectos de animación con captura de movimiento, que resultaron mediocres en el mejor de los casos (Beowulf, Cuento de Navidad y Polar Express no pasarán precisamente a la historia del cine de animación y sus avances tecnológicos han quedado… obsoletos en gran medida, como demostró Avatar), mientras que en el cine de imagen real al siempre considerado heredero natural de Steven Spielberg, aunque eso quede ya muy lejos en el tiempo, le debemos películas como Tras el Corazón Verde, la trilogía de Regreso al Futuro, Forrest Gump o La Muerte os Sienta tan Bien. No es que siempre fuese brillante, pero mucho mejor que en el campo de la animación creo que podemos concretar que era. Y es. Y se encarga de demostrarlo en El Vuelo, que no pasaría de ser un telefilm de no ser por su trabajo y por el del reparto liderado por Whasington. Eso es lo que hace a esta película algo especial, diferente, vibrante por momentos, sobre todo en su primera parte, donde lo que vamos a ver es menos previsible, menos conocido. Y donde se demuestra que el cine es un arte visual, que el guión es la base imprescindible, pero que un director con pulso puede sacar adelante un guión normalito con mucho más que solvencia.

Y aquí muchos dirán que la película flaquea, que no sorprende, que el guión es blandito… Que sí, que es cierto, pero se olvidan de lo importante que es la narrativa en una película, el arte de contar una historia, saber hacerlo y plasmarlo de forma interesante y novedosa en pantalla. Todas las historias están ya contadas desde el tiempo de los griegos, pero depende de cada narrador el hacer esas historias interesantes y aparentemente nuevas para todos. Aquí tenemos una historia de un tipo que tiene todas las adicciones del mundo (le falta esnifar pegamento), y pese a ello sigue trabajando como piloto comercial. En un vuelo, tras pasar lo peor de una tormenta, el avión falla y sólo su pericia impide que la catástrofe acabe con la vida de todos en el avión. Una proeza de héroe, pese a estar borracho y colocado. Algo irrepetible que, pese a todo, le dejará expuesto cuando se descubran todas sus miserias. Y lo que podría convertirse en un drama judicial sobre la culpa de un hombre o lo que nos convierte en héroes, en realidad da paso a un viaje en la vida de un hombre a su propio infierno, hasta que toca fondo y no puede más.

Vamos, que esto no es un thriller, sino un drama personal sobre un adicto, como podrían serlo otras joyas del cine, superiores a ésta, como Días sin Huella o Días de Vino y Rosas, añadiendo el tema de las drogas, como si eso fuese lo que la convierte en una película más madura y oscura. Como he mencionado antes el guión es correcto, nada más. Se excede en el tema religioso y como presenta a los personajes creyentes, que provocan más de una sonrisa, me temo. Y también deja colgada la relación del protagonista con su ex y su hijo, para centrarse en una historia romántica que realmente es la parte más débil de la película, incluso pese al gran trabajo de Kelly Reilly, a quien recordamos de las películas de Sherlock Holmes actuales como la mujer del Doctor Watson, aquí bellísima pese a la adicción. Tiene buenos momentos como la charla del padre y el hijo al final de la película, el momento en el hospital escondiéndose en las escaleras para fumar, con el enfermo de cáncer, la charla en el hangar con el abogado y el amigo del sindicato de pilotos, la habitación de hotel… El resto del guión es telefílmico y poco más. Perfecto para una tv movie de esas que vemos en la sobremesa del fin de semana…

Pero, y es un grandísimo pero, ahí están los actores para levantar la película. Por supuesto un Denzel Washington magnífico en su camino al olvido, pero escoltado brillantemente por nombres como Bruce Greenwood, Don Cheadle, John Goodman, Kelly Reilly o Melissa Leo, aunque algunos de ellos no estén todo lo aprovechados que deberían estar. Y además de eso, por si fuese poco, tenemos un director que durante la primera hora larga de película nos introduce en un vuelo de pesadilla, un viaje que bien podría ser el último, que resuelve con un pulso y una brillantez que te dejan pegado a la butaca durante el accidente, los momentos anteriores y los posteriores. Simplemente sensacional. Un portento narrativo que te mete de cabeza en la película y la hace algo más, algo especial. Algo que merece la pena ser visto y que elevan la película muy por encima de la media.

Sí, luego el ritmo se resiente y es cuando todo se convierte en previsible y visto antes. Todo discurre por caminos conocidos. Pero por esa primera hora y por los actores, se salvan con creces los muebles. Ya rodó Zemeckis una escena de accidente aéreo espeluznante en Náufrago y aquí lo convierte en todo un arte. Es la cumbre de una película interesante e intensa, que nunca llega a aburrir pese a lo antes mencionado. Por mucho que algunos se empeñen en mirar sólo lo más obvio. Quien vaya al cine sin prejuicios se encontrará con una película entretenida, dramática y muy bien contada e interpretada, sobre un hombre obligado a aceptar la verdad sobre sí mismo. Y puede que haya películas mejores sobre el mismo tema, pero difícilmente las habrá mejor narradas. Esperemos que le sirva a Robert Zemeckis para dar un paso al frente en su carrera y dejar las películas animadas para quien realmente las sabe hacer.

Jesús Usero.

Opiniones del público a cargo de nuestro redactor Víctor Blanco.

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Crítica de la película Todo es silencio de José Luis Cuerda

Nueva película de José Luis Cuerda, que gira en torno al tema del narcotráfico en Galicia. Sorprende en muchos sentidos que nos hablen de la dificultad para levantar un proyecto en España, cuando Cuerda es uno de esos directores que suele crear mundos que al público le interesan, y cuya última película fue un taquillazo como Los Girasoles Ciegos. Si incluso directores como él tienen problemas para levantar algunos proyectos, no quiero ni imaginarme cómo tiene que ser para gente recién llegada. Da una idea de cómo anda el panorama cuando se trata de nuestro cine y de cómo la crisis se hace notar cada vez más.

Pero Todo es Silencio se ha logrado rodar, y nos trae una historia centrada en tres amigos, primero en su niñez en los años sesenta, cuando el contrabando poblaba las costas de los pequeños pueblos en Galicia, para dar paso veinte años después al narcotráfico, mucho más peligroso en todos los sentidos, pero también más lucrativo. Un triángulo que a veces es de amistad y otras romántico. Y que se complementa con otras relaciones, como la que tienen los personajes con Mariscal, el señor de este pequeño pueblo, donde gobierna, hace y deshace a su antojo. Dos tiempos, un mismo lugar, unos personajes separados por el paso de los años y el destino. Y un paisaje incomparable de fondo para hacer las veces de hogar y de terreno inhóspito y salvaje.

La mayor virtud de Todo es Silencio reside en sus actores. Tanto los más populares como Quim Gutiérrez o Miguel Ángel Silvestre, o Juan Diego, sensacional como siempre, a nombres menos conocidos que se convierten en indispensables para la película, como Luis Zahera o Chete Lera. Sin olvidar la turbadora presencia de Celia Freijeiro. Muchas veces en sus miradas, en lo que callan más que hablan, se encuentran los mejores momentos de la película, que tiene luces y sombras.

Luces y sombras en una historia que empieza como un drama y evoluciona con el cambio temporal a una película de género policíaco, en la que quizá se encuentran los momentos menos favorables, como son las escenas de acción, menos creíbles que el resto de la película. Pero que tiene momentos de una gran fuerza y verdad, como Juan Diego con la charla de los mejillones con su mujer, los niños en la playa, la vieja escuela de los Indianos, donde tantas cosas suceden… Se mueve entre esos dos espacios y es lo que descoloca, esa diferencia entre momentos geniales y otros que no lo son tanto.

Queda una película sincera sobre unos personajes llevados a una lucha por el poder, el amor y la huida de la miseria, por la tristeza de una tierra que parece no cambiar mientras lo hace todo a su alrededor. Rodada con clasicismo y elegancia, pero a la que la trama policíaca quizá no sienta tan bien como debería. Sus personajes atraen, el desarrollo de la trama no tanto. Y con todo queda una película muy interesante a la que merece la pena echar un vistazo.

Jesús Usero

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Crítica de la película Salvajes de Oliver Stone

Buena dirección de Oliver Stone en una clave disparatada que despista y arriesga. Lo mejor: los antagonistas.

Cuidado porque Salvajes viene con sorpresa y doble lectura. No es lo que puede parecer en principio.

El regreso de Oliver Stone a la cartelera siempre es una propuesta interesante para el aficionado al cine. En esta ocasión ese interés queda reforzado porque su película adapta una novela de Don Winslow, escritor de novela policíaca que destaca entre los de su generación por su tratamiento épico del género. Su novela El poder del perro, es una de las mejores que se han publicado en los últimos años sobre el tráfico de drogas y los problemas fronterizos de Méjico y Estados Unidos. La narrativa de Winslow, con su mezcla de historia épica de las organizaciones criminales, tipo El Padrino de Mario Puzo y Francis Coppola, los elementos de corte más informativo del libro-reportaje y la violencia tipo Grupo salvaje de Sam Peckimpah, todo ello envuelto en ecos de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, ofrece numerosos puntos de contacto con la filmografía de Oliver Stone. De ahí el interés de ver cómo resultaba la alianza de ambos en pantalla. Lástima que hayan optado por adaptar Salvajes, que en mi opinión es una obra menor frente a El poder del perro, más propicia a las formas de Stone como director.

Crítica de la película Criadas y señoras

Criadas y señoras tiene todos los ingredientes para ser una de las candidatas a los Oscar de este año. La pregunta ¿Qué se siente al criar a un niño blanco cuando al tuyo tiene que criarlo otra persona? es suficientemente expresiva de todo lo que posteriormente se nos va a ir desvelando a lo largo de la trama como para mantenernos atentos a este dibujo de una parte de la sociedad norteamericana en un momento del siglo pasado que a ratos recuerda la serie británica Arriba y abajo. El tema del Plan de Saneamiento que suelta la líder de la reunión de señoras blancas mientras juegan a las cartas, combinado con su posterior campaña de beneficiencia en Navidad “para los niños africanos y hambrientos” es toda una declaración de principios sociales, sí señor. Acuérdense de los filántropos/as en Plácido de Berlanga, aunque aquí hay menos humor negro y sólo algún que otro guiño cómico.

Vitriolo elegante es lo que vierte esta producción que gira en torno al racismo y las clases sociales. Una inteligente película que sabe poner sobre la pantalla con una puesta en escena muy sencilla, práctica, sólida, y por ello más contundente, una visión de la relación entre criadas y señoras. La frase “Nunca había tenido en mi casa a una persona blanca” que pronuncia Aibileen, una de las dos protagonistas, interpretada por Viola Davis, es un buen resumen de la hábil manera en la que la película aborda el tema de la segregación racial y la consiguiente miseria social: “separados, pero iguales”, como dice en uno de sus alardes de hipocresía social la villana de la película. HIlly, gran trabajo de Bryce Dallas Howard.

Sin entregarse excesivamente a lo panfletario (aunque tiene sus momentos en la frontera del melodrama, especialmente en sus últimos diez minutos), la película fija nuestra mirada en su asunto central uniéndose a la colección de títulos destacados que trataron el conflicto racial anteriormente, En el calor de la noche, Adivina quién viene a cenar esta noche, Lejos del cielo, Arde Mississippi, Historia de un soldado, Hombres de honor… , y mucho antes que todas ellas un clásico dirigido por Douglas Sirk que convendría volver a ver: Imitación a la vida. Pero todas ellas eran fruto de una industria blanca intentando dar cabida en su repertorio de argumentos y personajes a la negritud socialmente emergente de una sociedad que empujaba hacia el inevitable final de la segregación racial. Sin embargo, en Criadas y señoras, y a pesar de la maniobra de aparente distracción que impone el co-protagonismo del personaje de Emma Stone, la verdadera protagonista es la narradora, una mujer negra, y eso queda aún más claro cuando el relato alcanza su parte más inquietante y amarga, astutamente introducida tras el apunte cómico de las tazas de retrete. En la noche en que se producen los disparos, Minny, el descarado y entrañable complemento cómico de la protagonista interpretado por Octavia Spenser deja más clara esa cuestión cuando dice: “Vivimos en el infierno, atrapadas. Nuestros hijos atrapados”. Lo dicho: sospecho que no sería nada raro ver a Viola Davis nominada al Oscar de este año como mejor actriz principal y a Octavia Spenser como mejor actriz de reparto, ya que esta es película propicia a recoger ese tipo de reconocimiento en forma de galardones y encaja bien en el tipo de material que suele estar en las listas de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

En cuanto a las protagonistas blancas, puede parecer que ante el personaje de Abileen, que ejerce como narradora poniendo voz en off a la película, el de la joven aspirante blanca a periodista encarnada por Emma Stone es menos interesante simplemente porque a Stone le ha tocado encarnar un personaje que resulta más tópico comparándolo con el de la criada a la que da vida Viola Davis, pero lo cierto es que no es así. Nos damos cuenta de ello en el momento en que se introduce en la historia esa cita para buscarle novio aparentemente frena la parte interesante del relato, que es la criadas y las señoras propiamente dichas. Sin embargo, ese fragmento, como todos los que aluden al personaje de Stone en solitario, tienen una función en el relato, que de ese modo une el tema de la segregación racial y el conflicto de clases la situación de sometimiento en la que se encuentra la mujer blanca de esa misma época. Queda así expresado que todas las obras “filántropicas” y las preocupaciones sanitarias de las féminas blancas no son sino una manera de intentar escapar a la idea de que en el fondo están tan sometidas como sus criadas negras. Eso queda no obstante mejor expresado en el personaje de Celia Foote interpretado por Jessica Stein, con esa escena sencilla pero al mismo tiempo terrible en el jardín de su mansión (en la que se nos muestra la mayor parte del tiempo aislada como náufraga exiliada de la comunidad).

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película La Piel que Habito

Dejando de lado filias y fobias personales de cada uno de nosotros, que al final de cuentas son las que nos llevan a ver una película o a que termine por gustarnos, hay que reconocerle a Almodóvar que es uno de los grandes directores españoles de nuestro tiempo. No sólo porque gran parte de la crítica, con o sin razón muchas veces, se desviva por todas y cada una de las películas del director manchego, ni porque recauden más o menos dinero en la taquilla, que también suelen hacerlo. Es su forma de entender y hacer cine lo que lo convierte en un valor tan importante para el cine español.

El hecho de que cada una de sus películas sea un evento dentro y fuera de nuestras fronteras (cada vez más fuera), que su cine cree escuela, que haya actores y actrices que se desviven por trabajar con él, que sus películas pasen a ser parte de la cultura popular en muchos casos… Todo eso lo convierte en uno de los grandes valores de nuestro cine, sin casi discusión. Puede gustarnos o no, y aquí la discusión puede alargarse en el tiempo todo lo que deseemos. Su cine puede interesarnos, dejarnos indiferentes, gustarnos o aburrirnos. Pero su importancia dentro de nuestro cine… eso no debería quitársele nunca. Algo bastante habitual, por cierto, ya que, desde que ganó el Oscar, Almodóvar tiene más seguidores fuera de España que dentro. Será la envidia, será el ego… No lo sé, pero es cierto que parte del público y la crítica nacional lleva un tiempo aprovechando la mínima ocasión para atacarle.

Puede gustarnos o no su cine, pero Almodóvar tiene una manera de contar historias visualmente poderosa, unida a sus peculiares guiones a un cuidado trabajo técnico, normalmente impecable. Quizá su particular universo, ese tan reconocible y que hace sus películas tan personales y a la vez tan difíciles de imitar, no sea del gusto de todo el mundo, pero hay mucha inteligencia y mucho talento detrás de sus películas. Con La Piel que Habito ha ido un poco más lejos para añadir nuevas aristas a su cine. Nuevos puntos de vista, si lo prefieren, a algo tan interesante como una película de género.

Porque la última película del director es una película de género, o de muchos géneros mezclados en su peculiar batidora para dar como resultado una película absorbente, única, diferente y que no deja indiferente. No hay forma de eludir sus imágenes y su trama, su puesta en escena y la forma de narrar esta historia sobre una obsesión y una venganza, sobre la locura y también la cordura, sobre lo enfermizo y lo malsano. Pero también lo bello. Cine negro, inquietante, perturbador, con gotas de ciencia ficción y a la vez con todo lo que hace las películas de Almodóvar únicas. Hay de todo en esta poderosa cinta que, como he dicho, no va a dejar a nadie indiferente.

Sorprende de inicio que la trama empieza situándose en un futuro cercano, 2012, pero un futuro a fin de cuentas. No es nuestro tiempo, parecen querer decirnos, no es el presente. Es el futuro, un paso de ciencia ficción (hay cosas que recuerdan a las primeras películas de Amenábar), cercana, realista si lo prefieren, pero ahí queda patente desde los primeros compases y desde la primera vez que nos asomamos al trabajo del médico al que interpreta Antonio Banderas, un hombre con una misión. Con una obsesión. Sin que importe a dónde le lleve su particular venganza por lo que le sucedió a su hija, ni lo que se lleva por delante en el camino. O a quien y lo que le hace.

No he tenido ocasión de leer la novela original en la que se basa la película, pero al parecer llevaba en la cabeza del director bastante tiempo, lo que le llevó a reescribirla en varias ocasiones hasta encontrar la fórmula perfecta para contarla en la gran pantalla. O al menos casi perfecta.

En los tiempos de corrección política y balones blandos y al pie que vivimos, que nos llegue una película como La Piel que Habito es como maná caído del cielo. Tan sombría, tan salvaje por momentos, tan violenta, no sólo física, sino psicológicamente. Hasta los lugares parecen violentos (hay una entrada a un garaje con el reflejo de las luces rojas en techo y suelo que clama peligro por todas partes). Es una rara avis y es un soplo de aire fresco. Es algo distinto, perturbador. Una de esas películas de las que, cuanto menos te cuenten, mejor, para poder sorprenderte y apreciarlo todo.

Como siempre el reparto está a una altura magnífica. Desde un inconmensurable Banderas de regreso al cine que le vio nacer como estrella, a una Elena Anaya cautivadora y enigmática. Eso sin contar el trabajo del siempre único Eduard Fernández, de la brillante Marisa Paredes o de Blanca Suárez, cada vez más presente en nuestro cine y con un futuro impresionante por delante. En ellos cae gran parte del peso de componer unos personajes complejos y difíciles, a veces sutiles, a veces extremos. Pero casi siempre cautivadores.

Si alguien al leer estas líneas piensa que soy un enamorado del cine de Pedro Almodóvar, se confunde. Aprecio su talento y me gustan varias de sus películas, pero su universo muchas veces se me hace ajeno, distante. En esta ocasión ha sido distinto. Nos encontramos ante una de sus mejores películas de los últimos años y, posiblemente, de su carrera. Una visión personal a una trama dura y compleja. Una película interesante de principio a fin y a la que quizá sobran algunos excesos y algunos minutos. Nada insalvable. No hace falta ser intelectual, ni progre, ni gafapasta para disfrutarla y aprender aún más del cine español.

Y encima con una película de género.

Jesús Usero.

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Crítica de la película Betty Anne Waters de Hillary Swank

A veces las estrellas de Hollywood se esfuerzan demasiado para conseguir sus propósitos. Cogen un proyecto, se encaprichan con él porque huele a premios y se lanzan calle abajo hasta que al final logran ponerlo en pie, esperando que cuando lleguen las nominaciones crítica y público van a volverse locos con la película y van a verse recomendados con nominaciones, galardones o éxito en taquilla. O todo junto. Muchas veces están en lo cierto y tanto esfuerzo se ve recompensado. Pero también hay casos en los que la película pasa sin pena ni gloria por todos los pasos citados y no consigue nada. Algo falla en la fórmula.

Este tipo de proyectos suelen contar con la estrella de turno ejerciendo labores de producción, lo que hace que la película pueda conseguir financiación. De otro modo muchas de estas películas perecerían en el limbo de proyectos que en principio prometen mucho pero nunca llegan a ser realizados. En el caso de Betty Anne Waters era una película que permaneció siete años pasando de mano en mano, siendo cancelada por Universal en 2004 y con financiación independiente encontrada en 2007, cuando Hillary Swank se interesó por el proyecto. Una Swank que vino a sustituir a Naomi Watts, otro nombre de peso interesado en el proyecto.

Es decir, que algo tiene la historia real de Betty Anne Waters para que las estrellas de Hollywood se interesen y deseen participar en ella. Algo deben haber visto entre sus páginas para saltar a por el proyecto e impulsarlo para convertirlo en una película. Quizá son como los tiburones, que huelen la sangre en el agua. Aquí lo que han olido es los posibles premios que podrían recibir si se ponían al frente de una historia llena de humanidad y encima basada en hechos reales.

Una mujer, de clase media/baja, que se encuentra con que su hermano ha sido condenado por un asesinato que nunca cometió. Y lucha contra todos y todo para sacarlo de la cárcel, algo nada fácil que la llevará a estudiar derecho para poder representarlo en un juicio y poder demostrar su inocencia 18 años después de que entrase en la cárcel. Aunque eso le cueste su matrimonio, la relación con sus hijos y todo rastro de vida personal que queda en ella. Con esos mimbres es lógico que cualquier actriz se encaprichase con el personaje central y quisiera interpretarlo. Aunque corra un riesgo que tiene que resultar evidente para todo el mundo involucrado. La película puede convertirse en un telefilm de esos que echan en Antena 3 los fines de semanas a la hora de comer. Una historia televisiva y carente de interés, garra o cualquier rasgo de credibilidad, sólo que amparada por una estrella de Hollywood.

Ese es el mayor pecado de una película que es bastante más que correcta a todos los niveles menos a nivel de dirección, donde la mano de Tony Goldwyn, que siempre será el villano de Ghost por mucho que intentemos olvidar esa imagen y él haga otros muchos trabajos como actor y director. Su papel en el mundo de la dirección se centra sobre todo en televisión y eso se nota. Y eso que intenta casi contar dos películas en una, con un flashback de media hora que cuenta los hechos hasta la decisión de la protagonista de entrar en la escuela de derecho para sacar a su hermano de la cárcel. Pero ese flashback que llega como la historia que Swank le cuenta a su nueva amiga, interpretada por Minnie Driver, es el único (y, la verdad, algo exiguo) esfuerzo por convertir la película en algo más que un telefilm.

No hay ningún tipo de aporte que haga la película visualmente atractiva. Ni en la fotografía, el ritmo, la dirección o cómo nos cuentan la historia. El reto de la tele siempre ha sido encontrar la fórmula para competir visualmente con el cine, cuando sus presupuestos y los plazos son tan breves en comparación con el cine. Por eso, cuando una película parece ni siquiera intentarlo... no es de recibo.

Esa es la mayor losa de la película y lo que, en mayor medida, supone la diferencia entre lo que pudo ser una muy buena película y un sólido drama que no tiene mucho por lo que ser recordado. El director decide dejarse llevar por los actores y el guión. Lo primero es un claro acierto, lo segundo no tanto. Empezando por lo menos bueno, el guión es bueno, sencillo y humano. Pero no es excelente. Son los actores, el reparto, lo que lo convierten en excelente. En un trabajo para recordar.

En ese sentido, cómo no, Hillary Swank hace un esfuerzo magnífico, cargando con el peso de toda la película en sus hombros y dando vida a un personaje que en otras manos hubiese pecado por exceso, llenándose de lágrimas y gestos grandilocuentes. Ella llena el personaje de sutileza, de realismo (ojo a cuando suplica que le den las pruebas del juicio de su hermano o cuando echa a su amiga de casa). En esa sutileza está la belleza de una gran interpretación. Y los demás… lo mismo. Una Minnie Driver que se convierte en el alma de la fiesta, como cuando come nerviosa antes de que les den las pruebas, o un Sam Rockwell cuya primera sonrisa ya define el personaje. Eso sin contar con breves pero muy buenas aportaciones como las de Juliette Lewis, Peter Gallagher o Clea duVall. Su trabajo hace interesante la película.

Y eso es lo que queda al final. Un sólido drama, una historia interesante que no llega a aburrir (no llega a durar dos horas), pero que tampoco va a convertirse en la película de cabecera de nadie porque al guión le falta un pelín de fuerza y al director un poco de garra. Aun así es una película interesante, una buena película que merece la pena que le echemos un vistazo y que, sin duda, mereció mejor suerte en la taquilla.

Lo de los premios… eso se lo dejamos a otros jurados. Pero tampoco vale la pena obsesionarse.

Jesús Usero

 



Crítica de la película Hannah

Joe Wright es uno de los directores jóvenes británicos más interesantes que han surgido en los últimos años. Con menos de cuarenta años ha dirigido cuatro películas que se sostienen muy bien por sí mismas y que son bastante dispares entre sí. De la ambientación de época de Orgullo y Prejuicio al drama romántico con tintes de cine bélico de Expiación, pasando por el drama social de El Solista y terminando con un thriller como Hanna, todos ellos géneros dispares en principio, pero que en el fondo ocultan unas inquietudes similares y un interés por cierto tipo de historias centradas más en los personajes que en la historia misma que les rodea.

Como he dicho siempre resultan películas interesantes, incluso muy buenas alguna de ellas, donde Wright se destaca como un excelente director de actores y un buen narrador, que sabe componer los planos otorgándoles una fuerza y belleza muy particular (aquel plano secuencia de la playa en plena guerra en Expiación es difícil de olvidar), pero al final acaba por faltarle algo, como si tanto preocuparse por sus personajes le acabase haciendo perder el norte de hacia dónde quiere dirigir su película. Quizá sea cosa de los guiones, quizá sea el punto de madurez que le queda por alcanzar al realizador. El caso es que ninguna de sus películas terminan de ser productos redondos.

Algo similar le ocurre a Hanna, donde el director da un nuevo salto de género a un thriller de acción con una joven que es una asesina entrenada por su padre, un ex operativo de la CIA, que la tiene apartada del mundo hasta que decide enviarla en una misión, lo que la llevará por media Europa siendo perseguida y perseguidora a su vez, mientras descubre la verdad sobre su pasado. Sorprende que Wright se lance al ruedo del thriller y sorprende que la protagonista sea una joven asesina, que apenas ha llegado a la pubertad, pero que es más letal que el mejor de los soldados.

Todo el inicio de la película es una excelente presentación de personajes donde aprendemos a conocer y apreciar a su protagonista, con pocas palabras, con los intercambios de miradas entre padre e hija, con la vida extrema que llevan y con lo que aprende y cómo lo aprende la protagonista, con ese libro que contiene tanto saber pero tan pocas experiencias reales. Conmovedor el momento en la cabaña en la que la protagonista le pregunta a su padre por la música y ante la descripción de diccionario de él, ella le pide, casi con vergüenza, que lo que quiere es oír música. Sentirla. Algo que tendrá su peso a lo largo de la historia.

Es curioso cómo un thriller puede ganar muchos enteros cuando te dedicas a presentar a los personajes de forma real, interesante e intrigante, sin decirlo todo, pero dando a entender mucho. Tanto el guión, como el director parecen muy interesados en que entendamos a todos los personajes, sus motivaciones, su forma de actuar. Y para ello aprovecha el talento de un excelente reparto que se esfuerza por convertir a sus personajes en seres vivos. Saoirse Ronan es una de las mejores actrices juveniles que hemos visto en los últimos años, junto a nombres como Dakota Fanning, capaz de convertirse en víctima de un crimen, niña movida por los celos o asesina adolescente que descubre el mundo por primera vez pero que no es capaz de dejar atrás su pasado ni sus orígenes. Imprime un carisma excelente a sus personajes y Hanna, pese a que la hemos visto matar a un hombre con sus propias manos, es un personaje capaz de despertar la simpatía y el cariño del espectador.

A Eric Bana y Cate Blanchett no los vamos a descubrir aquí ahora, pero están magníficos, sobre todo ella dando dimensión a un personaje que bien podría haber sido un villano más lleno de tópicos y que es el personaje que menos cuida el guión, pese al tiempo que permanece en pantalla. También se agradece la labor de gente como Jason Flemyng u Olivia Williams, que redondean un elenco de actores que saben muy bien cómo cumplir con su trabajo y a los que el director mueve con elegancia e inteligencia.

Tampoco los aficionados a la acción tendrán muchos problemas para disfrutar de la película, porque las secuencias están perfectamente elaboradas y son de una brutalidad que deja muy buen sabor de boca, sobre todo cuando nos enfrentamos a tanta escena infantilizada o a tanto director que parece tener problemas por mantener un plano el tiempo suficiente de saber qué está sucediendo y quién golpea a quién. Eric Bana en el parking, Hanna en una peculiar sala o en un muelle de carga… Momentos memorables de cine de acción, en serio.

Pero que dejan ganas de más. El problema de Hanna es que en su bloque central aburre. Su divagar por la historia sin nada de contar, los momentos contemplativos como la escena del flamenco nocturno (por mucho que se vea a Hanna reaccionar a la música por primera vez) o el eterno viaje a través de Europa, pueden hacer que más de un espectador desconecte de una historia que se queda estancada por momentos y parece no avanzar hasta llegar al tercer acto, donde todo sucede demasiado deprisa, de improvisto, sin dejarnos saborear lo que llega y con un giro final que no sorprende absolutamente a nadie. Que un thriller se haga aburrido… es un problema.

Eso sin contar con una banda sonora de los Chemical Brothers que es muy buena, pero que está completamente fuera de lugar y no encaja en ninguna de las secuencias en las que aparece. No son grandes delitos de la película, todo sea dicho, sobre todo porque uno nunca llega a desconectar del todo de la misma, pero sí que son las cosas que hacen que la película no termine de ser redonda y pudiese ser mucho mejor de lo que es al final. Y que sigamos esperando esa película perfecta de Joe Wright.

Jesús Usero

 

Crítica de la película ¡Qué Dilema! 

No sé en principio cómo será recibida en nuestro país la última comedia de Vince Vaughn, pero no conviene olvidar que en USA su estreno estuvo rodeado de una extraña polémica debido a que en uno de los trailers se veía una escena en la que el actor tenía un diálogo con el que la comunidad gay se puso en pie de guerra al considerarlo ofensivo y fuera de lugar. Se rumoreó que la película podría perder esa escena o incluso no ser estrenada en cine y llevada directamente al mercado del DVD para zanjar la polémica, aunque su director, Ron Howard, aseguró que ni la escena era ofensiva, ni el diálogo era homófobo, y que habría que esperar a ver la película para entenderlo todo.

Muchos también acusaron a la distribuidora alegando que todo era un montaje comercial para impulsar la taquilla de la película por aquello del morbo, porque era una cinta con la que nadie sabía qué hacer y que, de hecho, se había relegado al limbo de los estrenos de enero y febrero, que es cuando suelen aparecer esas películas en las que casi nadie confía ni sabe bien cómo estrenarlas. Una vez vista, podemos asegurar que Howard tenía bastante razón. Hay que tener la sensibilidad muy a flor de piel para sentirse ofendido por el chiste, tiene su explicación dentro de la trama (y de hecho sin esa escena la película no tendría sentido) y, la verdad, el problema de la misma no es que el chiste sea homófobo o no. Es que, como gran parte de la película, no es gracioso. Pero nos sirve para darnos cuenta de cómo está el patio y de lo nerviosa que anda la gente como para saltar a las primeras de cambio con algo como esto. Lo que me hace pensar que si esta escena les puso así, alguno cuando vea Resacón 2 tendrá un infarto. Esta películas es más bienintencionada que ácida, la verdad.

Polémicas algo absurdas aparte, ¡Qué Dilema! supone el regreso de un director tan laureado como Ron Howard, a un género que conoce bien gracias a películas como Un, Dos, Tres… Splash o Loca Escapada a Las Vegas, pero que no tocaba desde hace más de 10 años, cuando dirigió EdTV. Y para hacerlo ha contado con dos nombres muy fuertes de la comedia en los últimos años en USA, como son Vince Vaughn y Kevin James, que campan a sus anchas por el metraje sin que nadie haya puesto mucho freno a sus tics varios, algo de lo que se resiente la película.

Y es una pena porque el tema que trata es curioso e interesante, con un tipo que descubre por azar que la mujer de su mejor amigo le está engañando, pero no sabe cómo decírselo a su amigo sin devastarle, sobre todo en un momento muy delicado, en el que la empresa de ambos se está jugando su futuro. Es argumento de dramón y tiene más de drama que de comedia durante las casi dos horas que dura la película.

Su mayor pega, principalmente, es que nos lo venden como una comedia, nos hacen pensar que vamos a echarnos unas risas con los amigos y resulta que no es así. Es posiblemente una de las películas más adultas y serias en las que hemos podido ver a sus dos actores protagonistas, que intentan por todos los medios hacer reír vía el sarcasmo, las situaciones surrealistas y los momentos raros, pero que no lo consiguen ni la mitad de las veces. Sólo hay que ver el brindis de Vaughn en la cena de aniversario de su novia, la siempre excelente Jennifer Connelly… Se supone que tiene que hacer reír al espectador y consigue que nos sintamos… raros.

Y eso que la película se esfuerza por presentarnos al protagonista y su mundo antes de entrar en faena. Se esfuerza demasiado, eso sí, haciendo que la historia tarde demasiado en arrancar y dando la sensación durante demasiado tiempo de que no sabe muy bien qué quiere contarnos. SI la historia de dos amigos que tienen la oportunidad de sus días, la de un adicto al juego que no es capaz de comprometerse, la de la vida de cuatro amigos en la madurez de sus vidas o todas ellas a la vez. Y luego resulta que la trama central es otra… A veces la economía narrativa da más de lo que quita y se necesita ser breve y conciso y no marear tanto la perdiz.

Esa divagación inicial es la mayor deuda de la película. Ni siquiera que sea menos graciosa de lo esperado, porque si la película es buena, da igual el género, aunque intente ser graciosa, si es algo simpática y la parte de drama está bien conseguida, adelante, será una película entretenida, interesante… Pero su arranque se eterniza haciendo que nos aburramos bastante y no lleguemos a empatizar con los protagonistas. Es algo que se nota en la innecesaria enfermedad de Vaughn con el juego. No aporta absolutamente nada a la película pese a que todo el rato lo andan recordando.

Y eso que los actores cumplen con creces. Desde el dúo protagonista masculino y su excelente química, a las respectivas parejas, con una Connelly que brilla creando un personaje de un par de pinceladas o Winona Ryder, que lo da todo en el personaje femenino más interesante de la película, pero también el más polarizado. Hasta Channing Tatum está muy bien y suyos (junto a Vaughn) son los momentos verdaderamente divertidos de la película (ojo a la pelea en la casa y la vuelta un día después).

¡Qué Dilema! no es mala película pero podía haber dado mucho más de sí. Su insigne director parece haber trabajado de encargo y su guión no está todo lo pulido que debería. Quiere ser una comedia adulta sobre un dilema moral, la traición, los celos y la madurez, pero se queda a medio gas, funcionando mejor el drama, porque reír hace más bien poco. Quedándose a medio gas en todos los frentes.

Así es muy difícil hacer una buena película. Con polémica o sin ella.

Jesús Usero

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