Crítica de la película Nowhere Boy

Otra película que llega a España con un considerable retraso, lo cual se está convirtiendo en una triste costumbre cada vez más habitual, no sé si debido a la dichosa crisis o a que el mercado cinematográfico español es cada día menos rentable para las compañías que se ven obligadas a abandonar películas o a estrenarlas con años de retraso. Nowhere Boy vio la luz en diciembre de 2009 en las carteleras británicas y ya se las vio y se las deseó para ser estrenada en USA casi un año después. En nuestro país aparece con año y medio de retraso.

Y sí, es una película pequeña, de corte independiente, casi, aunque con un considerable reparto y un tema que podría interesar a bastante gente, el de la vida adolescente de uno de los músicos más importantes del siglo XX y quizá de la historia de la música. Hablamos del desaparecido John Lennon, miembro de los Beatles, como todo el mundo sabe, y que aquí nos muestra su cara menos conocida, más juvenil, sus primeros años en la música desde que tenía 15 años hasta que se muda a Hamburgo con el grupo. Su juventud en Liverpool en una etapa que abarca de 1955 a 1960.

Siempre me ha gustado la música de Los Beatles, así que de partida la película tiene para cualquiera que sea como yo, aficionado al grupo, el interés por conocer y descubrir la juventud, en clave de ficción, claro está, esto no es un documental, de una de las leyendas de la música, sus años de instituto, su primer grupo, sus relaciones y su universo en la ciudad británica, marcado desde joven por la tragedia. Y la verdad es que la película permanece bastante fiel a lo que las biografías de Lennon nos cuentan sobre esos años, incluyendo su relación con su madre y su madre adoptiva, ambas hermanas muy dispares entre sí y brillantemente interpretadas por Kristin Scott Thomas, su tía Mimi, y Anne Marie Duff su madre biológica.

De hecho la película hace girar la mayor parte del drama en esas relaciones de dos madres, dos mujeres de fuerte personalidad pero muy dispar carácter, que influirán notablemente en su vida y entre las que surge una rivalidad maternal por Lennon. Ese choque de titanes con el músico en medio, es el motor de la película, lo que le da la fuerza dramática y lo que hace a Lennon crecer y madurar como persona y como músico. Desde la austera y severa tía Mimi a Julia, mucho más liberal y alocada, con otra familia ya a sus espaldas y muchos secretos en la cartera. Con revelaciones que harán tambalearse los cimientos del joven músico.

Un buen drama se aposenta en un buen conflicto, y quizá ese sea el problema de la película. Los actores están sensacionales, pero el conflicto es menor porque se ve y se entiende que Lennon es querido por ambas mujeres, que intentan marcar su personalidad y su vida futura. No es que no se preocupen por él, sino que a veces no saben encontrarle el lugar perfecto en sus vidas. No hay tanto conflicto aunque la película se esfuerce enormemente en mostrarlo. A veces ese exceso de llevar al drama lo que no es drama le sienta mal a una buena y sólida cinta, por eso mismo, por excesivo, por forzar la situación haciéndola inverosímil.

La labor del director debutante Sam Taylor Wood, fotógrafo y artista, es de lo más interesante por su clasicismo formal, no exento de unas pinceladas de artista que le confieren mucha personalidad al conjunto. El tipo, pese a ser director novel, sabe perfectamente componer y narrar su historia de forma clásica, sin estridencias ni salidas de tono, pero añadiendo ciertas pinceladas de autor muy coherentes con su estilo y con el universo en el que se centra la película. La escena de Lennon tocando el banjo o el atropello en mitad de la calle, con el cuerpo quedando tendido y el plano como si fuese una fotografía… son buenos ejemplos de un trabajo de lo más interesante y que hace la película visualmente mucho más interesante al espectador. Como el flashback sobre lo sucedido en el pasado realmente con el padre de Lennon, la gran figura ausente de la película.

Además el director es suficientemente inteligente para dejarse guiar por el trabajo de sus actores, para que ellos sean realmente la guía de la película. Si antes mencionábamos el trabajo de las dos actrices principales, que es magistral (sobre todo la contención y sutileza de Scott Thomas, simplemente brillante), no menos lo es la de Aaron Johson, el protagonista de Kick Ass, en la piel de John Lennon, haciendo de él un joven cercano, rebelde, algo payaso, líder nato… humano. Convierte a la leyenda en un adolescente normal y corriente. Que encima interpreta sus canciones y pueden encontrarse en la banda sonora de la película como los Nowhere Boys, junto a Thomas Brodie-Sangster, el actor que hace de McCartney y que fue niño prodigio en Love Actually.

Y el resto es historia. Tenemos de todo. Desde el primer encuentro entre Lennon y McCartney o George Harrison, al desarrollo de su amistad, sus primeras clases de música (la escena de la armónica presenta al personaje perfectamente, pero el momento entre Paul y John ensayando con el primero enseñando al segundo… a los fans les encantará). Incluso la película explica, mediante un chiste recurrente, el uso de Lennon de sus míticas gafas. Y pese a la dureza de algunas situaciones y momentos duros, y las licencias artísticas, siempre lo hace con cariño hacia los personajes. Con ternura. Quizá demasiada.

Tenemos aquí una buena muestra de lo que un biopic menos habitual, por ser británico, nos puede llegar a dar. Una buena cinta, quizá demasiado enfocada a los fans, pero disfrutable por todo tipo de público, una historia de juventud, mucho antes de la leyenda, y sin caer en lugares habituales como el abuso de drogas o la caída en picado al infierno. Eso quizá vendrá después. La película se centra en otra historia. Algo blanda al final y demasiado tierna, pero muy disfrutable por los fans del grupo, con unos actores en estado de gracia y un prometedor director.

Si alguien empieza a oír el “Please Please Me” es lo normal con esta película…

Jesús Usero

Crítica de la película El Castor

Hace no mucho tiempo la alianza en un mismo proyecto de Jodie Foster como actriz y directora y Mel Gibson como protagonista habría sido un plato muy apetecible para la mayoría del público. Mañana viernes El Castor ofrece la posibilidad de asistir a ese reencuentro, que es principalmente otra muestra del talento de Foster como directora y de la notable capacidad de Gibson como actor. Pocos actores del Hollywood actual podrían sostener este tipo de personaje deprimido y convertirlo en algo tan interesante y diferente a lo que el actor nos tiene acostumbrados. Y pocos directores/as sabrían sacar tan buen provecho del talento de su protagonista rodando además una película que se aleja de los clichés del melodrama para internarse en el drama más sólido a la vez que insólito que podemos contemplar ahora mismo en la cartelera.

Foster no hace concesiones a la galería y cuenta una historia que clava en la pantalla las características esenciales de uno de esos males de nuestro tiempo no siempre suficientemente tenido en cuenta por la mayoría. Lo que nos ofrece El Castor es un intenso viaje por la depresión y sus consecuencias. Pero no se asusten. Parte del talento de la directora consiste en hacer lo mismo que hizo en sus películas anteriores como tal, las igualmente recomendables El pequeño Tate y A casa por vacaciones, esto es: pillar un tipo de historia que en otras manos podría convertirse en el tópico melodrama o comedia disparatada y hacer de ella una historia sólida, entretenida pero que se toma en serio a sí misma y a sus personajes.

Imaginen lo que podría haber salido con otro director al frente del proyecto de esta historia en la que un empresario de juguetes víctima de la depresión que ha perdido a su familia se inventa su propia terapia a base de interactuar con el prójimo y relacionarse con el resto del mundo a través de un castor de peluche. Podría haber sido una comedia absurda, difícilmente digerible o totalmente disparatada, pero Foster sabe mantener el pulso de la historia, y lo que nos ofrece en la primera  parte de su relato, que personalmente me recordó en esos primeros treinta minutos algo así como una visión de pesadilla de la comedia El invisible Harvey (Henry Koster, 1950), en la que James Stewart se paseaba por el mundo afirmando que tenía como amigo a un conejo gigante al que sólo podía ver él.

Pero la película no se queda ahí. Foster acierta a enriquecerla más allá de la anécdota que le sirve como punto de arranque imponiendo con una aparente facilidad que oculta una estructura dramática mucho más compleja el protagonismo coral en su película. Desde el principio Foster acierta a dejarle muy claro al espectador cuál va a ser ese camino: arranca con la imagen de Gibson flotando en la piscina, pero rápidamente nos introduce en la vida de ese personaje, su depresión, y en cómo esa depresión afecta al resto de los miembros de su familia, que nos son presentados en un breve prólogo a la trama en su característica más significativa y con una economía narrativa ejemplar. Eso le permite a Foster manejar luego esa misma estructura para conseguir que la película no se convierta en un monólogo de estrella de Gibson, sino en un relato donde además acierta a darle a Anton Yelchin un papel realmente interesante que nos descubre otra faceta de ese actor al que el público general puede identificar más recientemente en trepidantes peripecias como las últimas entregas de Star Trek y Terminator. Yelchin es la representación de los jóvenes en este relato donde con apenas un par de escenas Foster establece la posibilidad de que los hijos no sólo hereden las enfermedades, sino de algún modo también los errores de los padres. Su propia peripecia abre otra ventana a la historia, contribuyendo así a hacerla más amena y acercarla al público más joven, sin entender por jóvenes las representaciones tirando a descerebradas o utópicamente románticas que suelen enchufarnos en el cine americano más reciente y que, francamente, nos parecen auténticas marcianadas alejadas de la más inmediata realidad.

Sin hacer de ello un panfleto o un caballo de batalla o denuncia, lo que habría sido cansinamente pedante, Foster procura apartarse de los tópicos y las imágenes idealizadas que siempre nos ha servido el cine estadounidense con la misma elegancia que aplicó a sus trabajos anteriores tras las cámaras, y viniendo como viene de la profesión de actriz, sabe cómo darle a cada uno de sus actores oportunidad de lucirse sin caer en el exceso, dosificándose, sin apartarse de la más realista representación de sus personajes, que es la mejor manera de mantener cerca de la historia al espectador.

Es por eso que la película gana bastante si se ve en versión original, no por esnobismo cultureta, sino simplemente porque el trabajo de Gibson jugando a ser ventrílocuo con el castor de peluche se pierde totalmente en el doblaje.

Hay además una escena en particular que puede ayudar a dejar más claro por qué creo que Foster es una gran directora, una de esas realizadoras de las que interesa ver todo lo que estrene tras las cámaras porque ofrece muchas posibilidades de ver buen cine. Me refiero al momento de padre e hijo en el hospital, en el que se produce un curioso ejercicio que nos dice mucho de cómo se puede manejar el cine conseguir momentos casi mágicos, como pretendía Orson Welles. Gibson está sentado, Yelchin se acerca, ambos hablan, y la cámara se va retirando hasta mostrarnos a Foster de espaldas en la puerta: es en ese momento tanto la Foster/personaje/madre como la Foster/directora la que contempla a ambos, y decide retirarse elegantemente para dejar a esos personajes sumidos en su privacidad, lo que es toda una declaración de principios de cómo ha decidido manejar toda la película. Renuncia a convertir a sus personajes en meras marionetas para crear emociones en el espectador por el camino fácil del melodrama y la sobreexposición, la sobreactuación, la hipérbole de las emociones. Impone un respeto en la mirada sobre los mismos incluso en la manera de planificar y trabajar con la cámara. Ese plano es por tanto un resumen no sólo del tema esencial que aborda la película, sino de cómo Foster ha elegido abordar narrativa y estéticamente su película: discretamente, sin falsos alardes, ni parafernalia de abalorios emocionales, sin histrionismo.

Es por todo eso que también creo que El Castor, que es una película con buen ritmo, entretenida de ver pero con contenido, debería ganarse un puesto en la taquilla, al menos para quienes pensamos que el cine tiene que ser algo más que superhéroes salvándonos el culo en cada nueva entrega de sus aventuras, no porque esas otras películas no me entretengan, al contrario: simplemente porque me gusta la variedad frente a la monotonía, y estoy convencido de que el respeto a los personajes es la mejor manera de respetar al espectador.

Y me gusta que me respeten como espectador, cosa que El Castor hace sobradamente.

Miguel Juan Payán



Crítica de la película Agua para elefantes

Otra nueva película con Robert Pattison de protagonista y otro nuevo intento de colocar al actor como ídolo romántico a raíz de su papel en la saga Crepúsculo. Aún no está claro si Pattison conseguirá tener una carrera alejado del vampiro que le ha dado fama, pero está claro que sus intentos van encaminados en esa línea de imagen romántica de príncipe de cuento de hadas. Al menos eso intentaron vendernos en su anterior película, aunque fuese más un drama familiar, y al menos eso es lo que se desprende de esta nueva película que llega a nuestras carteleras.

No sé si se trata de una prueba de fuego o no de cara a la taquilla (en USA ha funcionado correctamente, no de forma espectacular, pero sí correctamente), pero está claro que el actor puede caer en cierto encasillamiento si no deja pronto este tipo de papeles. A finales de año llega una nueva entrega de la saga vampírica que no le va a ayudar en esa labor. El chico necesita un cambio de rumbo y de imagen lo antes posible si quiere que su carrera avance de verdad.

Como siempre en estos casos, no podemos juzgar la película con respecto a la novela en la que se basa, porque no sería justo para ninguna de las dos. Son dos medios completamente distintos y todo lo que aparece en una novela no puede ser incluido en una película. Se convertiría en una serie de televisión. El libro de Agua para Elefantes cuenta con muchos seguidores a lo largo del mundo. Para ellos una recomendación, la misma que para cualquier lector que ve convertida una obra que adora al cine, no hacer comparaciones. Mejor quedarse con la esencia de lo que cuentan. Y que sea fiel a eso.

La historia de un joven estudiante de veterinaria que lo pierde todo con la muerte de sus padres y se une a un circo buscando trabajo es la esencia de la historia de la película. Todo ello narrado desde los ojos de un anciano que lo recuerda todo con nostalgia y melancolía y que nos traslada a la América de la gran Depresión con un circo en un tren recorriendo el país. Y por supuesto con Marlene, la mujer de la que se enamora, la fruta prohibida sobre la que gira toda la trama. No vamos a creer que la película va sobre limpiar elefantes.

Aunque servidor tiene cierta debilidad por este tipo de historias, las de un anciano que recuerda un tiempo mejor, un tiempo de magia y en el que todo era posible, la película no sabe manejar del todo ambos tiempos y lugares y sólo se centra en el pasado, mientras que el tiempo futuro con la presencia del siempre excelente Hal Holbrook no queda apenas desarrollado más allá que por su voz y las escenas de inicio y final, que saben a poco, la verdad.

El problema de Agua para Elefantes, a fin de cuentas, no es la menor presencia de Holbrook. Es el exceso de ñoñería que inunda la cinta. Para gente que busque el drama más facilón y sin demasiada garra, es posible que la película les dé justo lo que pedían. Pero para espectadores algo más exigentes el nivel de azúcar en sangre que la película despliega puede ser excesivo y hacer la proyección demasiado larga. No tengo nada en contra del romanticismo y de las películas románticas. De hecho disfruto de las tramas románticas cuando están bien planteadas y desarrolladas (mi compañero Miguel Juan Payán me llamaría moñas sin lugar a dudas), es cuando se superan los límites permisibles sin ofrecer nada a cambio cuando uno empieza a fijarse en las flaquezas de la película. Y Agua para Elefantes recae demasiado en los cruces de miradas lánguidas y los quiero y no puedo, para hacer avanzar la trama. Y eso no hace avanzar la trama, la hace desaparecer.

El otro problema recae no en las interpretaciones, sino en la falta de química entre la pareja romántica, entre los dos protagonistas de la película. Ahí es donde realmente pierde fuerza la historia de amor. Pattison y Whiterspoon no transmiten pasión, no transmiten fuerza o un entendimiento más allá de las palabras. Y cuando basas tu historia de amor central en la química entre ambos y sus miradas en lugar de en el guión y las situaciones, los diálogos y el desarrollo de personajes. Eso es lo que impide que sea verdaderamente una buena película.

Porque mala tampoco es. Maneja bien el ritmo pausado de una historia de este estilo y sobre todo mantiene con interés la historia sobre el circo y el mundo que rodea ese peculiar universo de payasos y contorsionistas que conforman una gran familia. Eso lo mueve de forma excelente y siempre nos deja con ganas de más (como la huida del elefante a la ciudad, los viajes en tren o el momento debajo de la tienda cuando el elefante busca bebida pese a estar encadenado al suelo).

Y por supuesto está Christophe Waltz, esa fuerza de la naturaleza capaz de coger a un supuesto villano de la historia y darle una profundidad y una tridimensionalidad a través de su rabia, de su inteligencia y de sus pequeños gestos que convierten a este actor en uno de los mejores del momento. No sé por qué pero cada vez que le veo pienso en el gran Mark Strong también…

En definitiva, una película para ver en pareja y con ganas de achucharse, inofensiva y quizá algo larga, con sus pros y sus contras, a la que los lastres le pesan demasiado en cierto sentido, pero que posee momentos muy interesantes y a Waltz, por el cual ya merece la pena ver la película. No llega a cansar ni ofende, pero se observa entre bambalinas que esa historia de circo y amor podía haber dado mucho más de sí si se la hubiesen currado un poco más.

Eso sí, a las fans de Pattison les va a encantar seguro…

Jesús Usero

Crítica de la película Encontrarás dragones

Nuevamente nos encontramos con una película ambientada en la guerra Civil española, al menos durante la mayor parte de su metraje, con todo lo que eso conlleva para gran parte del público español que está, reconozcámoslo, un poco hasta el moño de tanta historia de la guerra, normalmente partidista o decantada hacia un bando, nunca imparcial, siempre llena de clichés. No se trata del caso de Encontrarás Dragones en gran parte de su metraje porque aborda un tema poco conocido, que causará polémica sin duda, y que para mucha gente será motivo de curiosidad, enfrentamiento o incluso duda. Encontrarás Dragones habla sobre la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, figura de la Iglesia Católica canonizada en 2002. Aunque la película no llega a esa fecha.

A través de un largo flashback, la historia de Encontrarás Dragones se centra en los primeros años de la vida de Escrivá hasta su huida al sur de Francia a través de los Pirineos para regresar posteriormente a Burgos. Son los primeros años del Opus Dei, su nacimiento, su creación en tiempos convulsos y sus ideales en un país en guerra. Todo ello a través de la historia que le narra un padre a su hijo escritor, que empieza una biografía sobre el sacerdote y descubre que su padre tuvo una estrecha y peculiar relación con él. Así, viajamos continuamente de la España de 1982 a las dos historias, la del padre y la de Escrivá, durante la infancia y la guerra Civil.

No voy a entrar en polémicas, debe creerme el lector, en torno a la importancia o la crítica posible sobre la figura del Opus Dei y su creador, porque no es el momento y el lugar. Y no trata sobre ello la película. Habla de muchas cosas, sí, pero intenta hacerlo de un modo neutral, sin juzgar ni hacer mayores las heridas que existen y nunca parecen vayan a cerrarse. Si sirve de algo, dejo claro que soy creyente liberal y que creo que debe respetarse a todo el mundo, por lo que no acudí a la película con ganas de hacer sangre de ella vía cuchillo jamonero ni de ensalzarla pobremente sólo porque es una película religiosa. Aquí venimos a charlar de cine, ¿no creen?

Tampoco vamos a hacer mucha mención a las varias (múltiples, claro) discrepancias históricas, que van desde los títulos de crédito, con ese error sobre el gobierno de la república en España, a la fábrica que tenía el padre de Escrivá, que era textil y no de chocolate como cuenta la película. Eso sí, aprovechando el hecho para hacer una metáfora sobre el grano del cacao y las personas. Curiosamente tampoco se llama nunca al protagonista Josemaría Escrivá de Balaguer. Esa última parte se la ahorran. Pero es cine extranjero sobre nosotros, así que hay que comprender que ni entienden ni entenderán muchas de las cosas que se ven y viven aquí. Ellos son así. Se quedan con la España de pandereta, con el flamenco y las peculiaridades hispanas (ese camión de mudanzas de la empresa España Cañí, esa música cansina y repetitiva con guitarras a saco sobre todo cuando viaja al bando republicano, ese cartel del mundial de fútbol del 82…).

Lo que quiero decir es que me esperaba mucho más a nivel cinematográfico de una película dirigida por un nombre de peso como Roland Joffé. Me esperaba más chicha, más fuerza y más convencimiento de la historia que se trae entre manos. Porque el director y guionista no encuentra un punto medio entre el ritmo aplicado a sus tres historias y el peso de cada una de ellas. La historia real, la de Escrivá está contada con estilo, elegancia y sentido del humor (la zapatería, la magnífica escena en el zoo que además humaniza al personaje como ninguna, la escena de las huellas en la nieve…) y tiene una fuerza que las otras dos historias no poseen. La de Manolo, interpretado por Wes Bentley, sobre todo en su arco de la guerra, resulta recargada, excesiva, hasta absurda, como una opereta que tiene momentos que hacen reír sin intención, como el encuentro en la cama entre Olga Kurylenko y Rodrigo Santoro. Peca por exceso, por desgracia, pese a las bien rodadas secuencias de acción bélica donde se nota el dinero. Y la del salto al futuro, con Dougray Scott, descentra, no tiene foco y acaba perdiendo el hilo de su historia, porque regresa a ella a destiempo, con motivos vagos y sin darle un verdadero foco.

Esas lagunas de ritmo y de guión son el gran lastre de una más que competente película de trasfondo bélico y religioso que resulta por momentos muy entretenida, pero que en sus saltos espacio-temporales pierde foco y pierde fuelle. Es un continuo devenir de situaciones y personajes que nunca acaban de cuajar ni siquiera en sus motivos, como con la escena de Manolo en la llegada de Escrivá a Andorra, motivos que nunca se explican del todo, mucho menos los saltos de alegría del grupo al pisar suelo extranjero como si un muro invisible fuese a impedir pasar a las balas… Cualquiera habría seguido corriendo.

Pese a ello la fotografía es magistral y no cabe duda del esfuerzo de sus actores (con Wes Bentley, Charlie Cox como Escrivá de Balaguer y Dougray Scott) por hacer aún más interesantes sus personajes, con especial mención a Derek Jacobi y, cómo no, a Olga Kurylenko, pero desaprovechando personajes y actores como Jordi Mollá, Geraldine Chaplin (que es como el Guadiana) o Ana Torrent.

En conjunto es una interesante película que intenta convertir en un acto épico el nacimiento de una figura importante de la Iglesia moderna, mientras decae en otros aspectos y en el ritmo. No intenta causar polémica, aunque lo hará, y muchos detalles controvertidos los obvia, y lo hace muy bien, pero no es ahí donde falla, sino en las historias que rodean la historia real que son el verdadero problema de una película que podía haber dado muchísimo más de sí.

Jesús Usero

 

Crítica de la película En tierra hostil

A Kathryn Bigelow la recordaré siempre como la conocí en su visita a Madrid para presentar K-19: una mujer muy atractiva y tan espigada como un Clint Eastwood femenino que puso un gesto a medio camino entre el “Anda, alégrame el día” de Harry el Sucio y  una partida de risa en toda regla cuando los fotógrafos, crecidos por su belleza con personalidad y entregados a la orgía de la fotogenia, le pidieron que se tumbara en la lujosa alfombra de la sala del hotel en el que se celebraban las entrevistas para sacarla como si fuera una diva erótico-agresiva de la pantalla.

Craso error.

Dijo adiós y se fue con la majestuosidad de una jirafa entretenida en mirar desde su altura de rascacielos al resto del personal, pero sin mal rollo, todo con una media sonrisa de saber moverse en un mundo básicamente controlado por los hombres, como es el cine, y nadar en la piscina de pirañas más machista que dentro del mundo del cine se pueda imaginar, como siempre ha sido Hollywood.

En cierta ocasión escribí: ¿Alguien dijo que las mujeres no podían o no estaban interesadas en dirigir relatos con claro estilo masculino? La filmografía de Kathryn Bigelow demuestra que tal afirmación es sólo un tópico y básicamente erróneo. Y sigo pensando lo mismo, aún más después de ver En tierra hostil, que es como  han titulado aquí The Hurt Locker.

Una joya de película, la que mejor y más intensamente ha recreado en la pantalla la guerra que se sigue librando en Irak en este momento, porque, amigos, lo queramos olvidar o no, vivimos en un mundo en guerra, por mucho que la catástrofe de Haití haya quitado el protagonismo por unos días al goteo de muertes y atentados que se siguen produciendo en Afganistán e Irak…

Es por eso que esta película me parece más que oportuna. Como digo, la más acertada de las que se han rodado hasta el momento sobre este conflicto, junto con la muy recomendable miniserie de televisión Generation Kill.

Bigelow siempre ha demostrado ser una directora enérgica y de gran potencial en lo referido a la filmación de cine de acción y sin dejarse amilanar por las exigencias del mercado de blockbusters en el que se desenvuelve desde hace unas décadas el cine norteamericano, pero algunos momentos de la mágica aunque incomprendida Días extraños y otros de la turbadora El peso del agua apuntaban ya las buenas maneras de narradora tanto en la acción como en el suspense e igualmente en lo intimista que estallan plenamente y con gran brillantez en la que sin duda es su mejor película hasta el momento. En tierra hostil es la consagración definitiva del talento de esta mujer que le ha echado más agallas a recuperar el cine bélico con las nuevas claves que impone esta nueva guerra que muchos de sus compañeros de oficio masculinos.

Es sabido que cada nueva guerra engendra un nuevo tipo de cine bélico, forzosamente similar y al mismo tiempo discrepante de los que precedieron. Bigelow ha dado con la clave para contarnos la guerra en Irak en pantalla grande, con elevadas dosis de suspense y tensión y con un pulso firme como pocos a la hora de narrar las escenas de diálogo y construir personajes.

El protagonista de su historia, interpretado con maneras de gran actor por Jeremy Renner, que debería empezar a subir como la espuma después de este trabajo en lo que a nuevos papeles protagonistas se refiere, merece incorporarse a la lista de los grandes personajes que han llevado a cabo su propia bajada a los infiernos en la pantalla grande, gentes como Travis Bickle en Taxi Driver, Jake La Motta en Toro salvaje, el poli interpretado por Harvey Keitel en El teniente corrupto o el alcohólico encarnado por Nicolas Cage en Leaving Las Vegas. El sargento artificiero de la película de Bigelow es un adicto a la adrenalina, a la droga del peligro, esto es, a la propia guerra. Su historia es una manera de plasmar de la forma más intensa y a ratos incluso algo salvaje el viaje de ida sin vuelta hacia el abismo de la adicción, pero al mismo tiempo, en un fragmento breve pero contundente de retorno a casa que resume en pocos minutos de metraje todo el sentimiento y la poesía de un clásico del tema como fue Los mejores años de nuestra vida de William Wyler, es todo un poema sobre cómo los veteranos del frente quedan definitivamente desubicados de la realidad cotidiana, enfrentando un proceso de reinserción muchas veces fallido. La secuencia con el sargento intentando decidir qué marca de cereales comprar en el supermercado es todo un poema sobre la angustia del veterano que se siente como pez fuera del agua cuando no le rodea el peligro de muerte.

No es fácil que una película te atrape desde el primer fotograma y ya no te suelte hasta que la pantalla se queda en blanco y las luces se encienden. En tierra hostil consigue eso y además casi no te permite parpadear en sus primeros 45 minutos.

Bigelow ha firmado una gran película. Una de cinco estrellas, nada menos.

Miguel Juan Payán

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