Nueva comedia para lucimiento de su protagonista, Katherine Heigl. Esta vez opta por hacer una comedia que mezcle el humor con la acción y una investigación criminal, convirtiéndose para la ocasión en una cazadora de recompensas por accidente, que se ve envuelta en una investigación muy peculiar que implica a uno de sus amores de juventud y un asesinato. Lo que parece un cambio en el típico esquema de las películas habituales de la actriz, nueva reina de la comedia romántica, pasa a ser otra más, sin pena ni gloria, en la que Heigl da rienda suelta a su gama de chillidos, caras de sorpresa y risas entre dientes. Otro personaje que se hace insoportable al espectador a los pocos minutos de aparecer en escena. Y es que cuando un patrón se repite, el problema no está en buscarlo en las películas, sino en quien las hace. Katherine Heigl hace tiempo que decidió dejar de lado la interpretación (¿dónde está la chica de Rosswell o 100 Chicas?), para convertirse en un histrión, en una parodia de sí misma que parece repetir el mismo papel una y otra vez, sin importar la trama o el personaje que interpreta. Ella hace siempre el mismo personaje insoportable, listillo y cargante, película tras película. Quizá la tibia acogida en taquilla de esta película la devuelva a proyectos más interesantes. No he leído la serie de novelas en las que se basa la película, así que no puedo opinar sobre ellas y cómo se han adaptado al cine, pero lo que queda claro tras ver La Cazarrecompensas es que nos encontramos ante otra comedia romántica más, casi hecha por encargo, sin alma ni fuerza, sin ningún peso dramático y con una trama bastante olvidable porque desde el principio de la misma parece más interesada en volcarse en el supuesto humor (como con las prostitutas o la supuesta guerra verbal que se trae con Jason O’Mara, el protagonista de Terra Nova), más que en el misterio o la acción. Todo pasa por edulcorar el asunto para hacerlo blanco y light, y sin embargo se ve que había potencial para hacer otra cosa diferente, muy, muy diferente. Se ve en la escena en la que ella habla con el luchador dentro del ring, se ve en la paliza a la prostituta y cómo dejan el cuerpo en la calle o en el supuesto villano de la función. Había mimbres, pero no ganas de salir de esa zona de confort en la que navega la actriz (y productora). Por eso el resultado es tan descafeinado, tan insulso, tan poco interesante. No llega a aburrir (aunque, repito, el personaje central es cargante hasta extremos insospechados), pero tampoco va a emocionar a nadie. Es otro producto más. Así que o Heigl cambia de registro o el público empezará (ya lo ha hecho en USA) a darle la espalda, cansado de aspavientos, de ver la eterna cara de sorpresa del personaje (abriendo los ojos desmesuradamente cada cinco minutos) y de aguantar a la nueva reina de la comedia romántica americana. Cada vez menos divertida. Jesús Usero.

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