Crítica de la película Black Mass

Recuperación del mejor Johnny Depp y una buena película de tema criminal.

El reto era serio, y opino que tanto Johnny Depp como el resto de sus compañeros, el director y la propia película, salen muy bien parados de esta propuesta. Black Mass es una película totalmente recomendable. Siendo sincero, no puedo por menos que meterla en mi lista de películas realmente favoritas de este año, que se reduce a cuatro: Un día perfecto, Sicario, Deuda de honor y ésta. Quiero decir que son las que más me ha interesado ver y las que, a la larga, más he disfrutado, por motivos distintos entre cada una de ellas, aunque todas tienen en común su capacidad para abordar el cine de géneros y sus respectivas con eficacia y sin renegar del género en el que se desenvuelven con soltura, al contrario que otros recientes ejercicios de géneros con complejo, algo fariseos y que pecan de falsos.

Es comprensible que dada su temática, Black Mass vaya a ser comparada por algunos espectadores y no pocos críticos y comentaristas de cine, entre los cuales me cuento, con otros títulos, así que me lanzo a la piscina y aclaro que por su manera de abordar el tema, y en el amplio abanico de referencias que podrían manejarse para darle a lector una idea de qué se va a encontrar cuando vaya al cine a verla –cosa que les recomiendo hagan sin son aficionados al buen cine, porque ésta película lo es-, me quedo sobre todo con lo mucho que me ha recordado a algunos títulos esenciales e igualmente recomendables de uno de los más afinados cultivadores de este tipo de historias: Sidney Lumet. Varias cosas, distintos momentos de Black Mass, me han llevado a pensar en películas como El príncipe de la ciudad, Distrito 34: corrupción total o La noche cae sobre Manhattan, a las que encuentro más cercanas al título que nos ocupa que, por ejemplo, Uno de los nuestros o Infiltrados de Scorsese, o American Gángster de Ridley Scott, o El precio del poder, de Brian De Palma. No es ese tipo de película. Lo aclaro para que nadie vaya engañado al cine. No es ese tipo de historia. Esto va con otro ritmo. Un ritmo que marcan sus planos de laberinto urbanita utilizados a modo de punto y aparte visual que separa los distintos capítulos del relato, o planos como el de los dos agentes del FBI minimizados en tamaño y casi perdidos entre el cemento del monolítico edificio de la agencia, o esa insistencia en los primeros planos como base de su caligrafía narrativa, en la que destaca también ese sutil movimiento de cámara que repite en los momentos decisivos o de ruptura entre los personajes: en el hospital con Depp y Dakota Johnson, en el último encuentro de Joel Edgerton con Benedict Cumberbatch, etcétera. Todas las batallas de construcción de los personajes se ganan en el territorio del primer plano, todos los conflictos entre los personajes se libran también en primer plano. Y eso me gusta. Hay una buena administración de los recursos de las miradas que lo dicen todo sin una sola palabra, por ejemplo, o principalmente, en el personaje de Depp, en el de Cumberbatch y aún más especialmente en el de Rory Cochrane, con esa pregunta final que no llega a contestar.

La construcción en flashback, hilvanada por esa declaración de los socios de Bulguer, es una fórmula que está bien aprovechada para armar el puzle de la historia con buen ritmo y cubriendo todos los aspectos más destacados del asunto. Además la película tiene esa capacidad esencial de mantener nuestro interés y aportar algo diferente que reactiva nuestro interés cuando parece que la máquina de fabular está parándose o a punto de caer en un bajón de ritmo por repetición. Por ejemplo: claramente empieza teniendo como protagonista a James “Withey” Bulguer, pero después de un primer acto y de una primera mitad del segundo acto en el que Depp parece copar casi todo el protagonismo, hace crecer el personaje de Joel Edgerton, el agente del FBI John Connolly, hasta un nivel de co-protagonista. Ese relato de tres amigos de la infancia finalmente situados en lados distintos de la ley y el poder, o lo que es lo mismo, representando tres maneras diferentes de entender, obtener y ejercer el poder, como son Bulguer, su hermano político y su colega de la infancia Connolly, se constituye en triunvirato nuclear del reparto en torno al cual gravita un reparto de auténtico lujo si medimos el lujo en esa parcela por el nivel de talento de los integrantes del elenco. Apunten, que todos ellos tienen su momento para lucirse, por breve o episódico que éste sea: Dakota Johnson, Kevin Baco, Peter Sarsgaard, Rory Cochrane, David Harbour, Adam Scott, Corey Stoll, Juliane Nicholson, W. Earl Brown, Juno Temple… Un ejemplo de cómo contar con lo mejor de lo mejor incluso para papeles breves lo tenemos en la escena de Depp/Bulguer con la esposa de Edgerton/Connelly, interpretada por Julianne Nicholson, o en la escena en el coche entre Junto Temple, Rory Cochrane y Johnny Depp, o en el diálogo de la receta secreta de familia entre Depp y David Harbour…

A todo lo anterior pueden añadir la evolución del personaje de Bulguer, que Depp construye como una especie de James Dean psicóticamente empeñado en la tarea de ser el depredador más peligroso de su entorno, hasta el punto de que en varias escenas acaba por convertirse en un auténtico monstruo que instala una intriga inquietante cada vez que se acerca un momento de violencia en la película. Depp disfruta dándonos una especie de variante del gánster interpretado por Jack Nicholson en Infiltrados.

Tengo que decir no obstante que quien menos me ha convencido es Joel Edgerton. Esperaba más por ese lado, pero creo que Edgerton no acaba de hacerse con el papel. Sólo hacia el final, en el encuentro con los dos policías en el portal de su casa ha conseguido convencerme. Por el contrario la película le permite a Depp recuperarse de la colección de flojos trabajos que nos ha estado propinando últimamente.

Miguel Juan Payán  

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Crítica de la película Regresión de Alejandro Amenábar

Alejandro Amenábar exhibe su capacidad para crear tensión escénica con esta oscura película, la cual queda mejor situada en el universo del thriller psicológico que en el cosmos perturbador del terror clásico.

Nada más comenzar los títulos de crédito y la inquietante banda sonora, Regresión eleva su atmósfera de suspense con elementos susceptibles de generar el malestar y el interés en el espectador. Pese al rótulo casi siempre desilusionante de “historia basada en hechos reales”, la cinta del responsable de Los otros provoca rápidamente las ganas de introducirse en la pesadilla anunciada, que se atisba a través de la incesante lluvia y de los paisajes desolados que conforman las primeras vistas. Mediante la técnica de la cámara en movimiento, un personaje con accesos religiosos entra dentro de una comisaría, donde le espera un policía mayor y un agente más joven. Juntos estampan al individuo una confesión manuscrita de su hija, que le acusa de abusos deshonestos.

Estos son los acordes utilizados por Amenábar para prologar un largometraje destinado a activar los mecanismos de los miedos ancestrales, subidos al carro de una investigación policial en la que hay implicaciones de satanismo y prácticas sobrenaturales. Para ello, el cineasta español apoya su discurso en lo aprendido de maestros como Roman Polanski; pero algo falla en la materialización.

Según las declaraciones del autor de Mar adentro, el modelo inspirador para Regresión fue La semilla del diablo; aunque los caminos que transitan ambos filmes son diametralmente diferentes en intenciones y resultados. El guión elaborado por el cineasta madrileño centra su atención en los personajes principales: interpretados de manera más que notable por el eficaz Ethan Hawke y la expresiva Emma Watson. Mientras que el libreto de la cinta de Polanski estaba más enfocado a diseñar un entramado colectivo demoniaco, con brujos identificados con nombres y apellidos. Esta disyuntiva no solo separa a las dos películas, sino que también marca uno de los mayores problemas en la producción de Amenábar. El director de Tesis parece olvidar que para la lubricación adecuada de la tensión terrorífica es necesario que la galería de secundarios esté bien perfilada, y esto no sucede en su largometraje.

El papel que encarna Ethan Hawke (el obsesivo detective Bruce Kenner) ata cabos sin casi sospechosos a los que acusar, con las pesadillas nocturnas y las conversaciones con Angela (excelente Emma Watson en su caracterización, aunque sea improbable que una chica criada en la América profunda tenga el aspecto de la hechicera de Harry Potter) como únicas guías activas.

Semejantes coordenadas ayudan a Alejandro Amenábar a mantener el tipo de la narración, cuando esta corre al ritmo del terror mefistofélico. Pero pierde enteros al variar su discurso hacia conclusiones menos inquietantes y más comprensibles. En este terreno, el director de Ágora no logra girar de manera convincente hacia los parámetros de las mentes desquiciadas, en la línea a como lo hizo Martin Scorsese en Shutter Island. Motivo por el que su thriller psicológico acaba superado por la escenografía fantasmagórica, y por los efectos concitados a lo largo de la primera parte del filme.

No obstante, Regresión funciona por su envolvente atmósfera y su versatilidad para alimentar la curiosidad de los espectadores.

Jesús Martín

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Crítica de la película Everest

Baltasar Kormátur escala la elevación más alta del mundo con esta película sobresaliente desde el punto de vista visual. El director saca un partido inmejorable de los apabullantes escenarios en los que transcurre la trama.

Durante el período de entreguerras, el cine alemán se dedicó a mimar un género que ellos denominaban de montaña. En él destacó, entre otros realizadores, la cineasta Leni Riefenstahl (la misma creadora que años después se erigió como la autora de la faz mediática del movimiento nazi). Entre las reglas de ese estilo primaba la utilización de encuadres aliñados con las dificultades del terreno, todo un desafío para las cámaras y equipos técnicos de esa época. Más de siete décadas separan la producción de Kormátur de esas películas en blanco y negro, plagadas de referencias a los paisajes grabados a altitudes considerables; y el tiempo mediado se nota en los resultados.

Las imágenes en 3D que presenta Everest son las auténticas protagonistas de un filme que se enmarca de lleno en los dramas sobre catástrofes, con una variante de extremismo humano que bien podría asociarse a muchos de los títulos setenteros, relativos al enfrentamiento entre los seres vivos y los entornos hostiles (Poseidón, Terremoto…).

Desde el principio, el guion –elaborado a partir de los testimonios de algunos de los supervivientes de la catástrofe- no desprecia ninguna oportunidad para intentar establecer un hilo de unión sensible entre los personajes y los espectadores, algo que solo consigue a medias. El defecto más evidente está en la acumulación de montañeros, que se dan cita en Nepal para participar en la coronación de la montaña situada en el Himalaya; y en la incomprensión –si no se pertenece al gremio- del porqué arriesgan sus aparentemente placenteras existencias en aventuras donde es más que posible que perezcan por cualquier contratiempo.

Kormátur procura que se conozca a cada miembro del grupo principal; pero, hasta la segunda parte del metraje, estos son nombres que se alternan en la pantalla sin una clara precisión de quién es quién. Tal defecto identificativo mediatiza un poco el comienzo de la película, marcado por una subida en la que únicamente se contempla un trabajo sin complicaciones especiales (un tanto increíble, sobre todo tras los mensajes que presentaban la empresa como de riesgo casi inasumible). El libreto parece renunciar a la primera hora de duración de la cinta, con secuencias que aportan bastante poco al argumento. Mientras que lo apuesta todo a la traca final del descenso.

Cuando los alpinistas ponen sus respectivas banderas en la cumbre, y se disponen a abandonar la cima, es el momento en que se producen los hechos trágicos ocurridos en la realidad. A partir de ahí, los instantes de desesperación y las decisiones dramáticas se suceden sin casi dar un segundo de pausa a los que visionan el filme; lo que contribuye a que el clímax se mantenga, gracias al ritmo acelerado que le imprime el director.

Aunque en esa subida de tensión cinematográfica también tienen bastante importancia las interpretaciones del estelar elenco artístico, en el que destaca la caracterización del cada vez más demandado Jason Clarke y del emotivo Josh Brolin.

No obstante, lo que más permanece en la mente de los aficionados es esa bestia llamada Everest, oscurecida por las tormentas y con su despiadado espíritu criminal entre las rocas nevadas.

Jesús Martín

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Crítica de la película Irrational Man de Woody Allen

Woody Allen regresa con un buen guiño a la intriga de Hitchcock y Emma Stone.

La asociación entre Allen y su nueva musa, Emma Stone, demuestra gozar de excelente salud en The Irrational Man, que viene a reforzar la buena química entre director y actriz que ya vimos en Magia a la luz de la luna. Por otra parte, no está estancada. Ambos parecen dispuestos a explorar variantes que les lleven por un interesante camino de exploración del cine clásico norteamericano, especialmente en el territorio del suspense, del que vuelven a hacer una especie de parodia que me ha traído a la memoria el cine de Alfred Hitchcock y más concretamente la película que según afirman distintas fuentes eras la favorita del maestro del suspense entre toda su filmografía: La sombra de una duda. Hay que decir que Stone habría sido en otro tiempo una candidata con posibilidades para ser rubia de Hitchcock, pero la versión de ese icónico personaje de la intriga cinematográfica  que nos da Woody Allen es más divertida, principalmente porque, como viene demostrándose en los últimos tiempos y esta película vuelve a probar, el director en su etapa de senectud parece más interesado en buscar sus alter-ego y desdoblarse ante las cámaras en sus protagonistas femeninas que en sus protagonistas masculinos. Naturalmente aún queda mucho del personaje-tipo y sus obsesiones transmitidas directamente desde el rico mundo interior del director al personaje que aquí interpreta Joaquim Phoenix, pero el desarrollo de la película, y esa voz en off que aplica a la narración nos alejan de la primera persona, nos acercan a la fórmula de presentación de personaje y manejo del mismo aplicada por Hitchcock en La sombra de una duda con Joseph Cotten, y hacen del atribulado profesor de filosofía que interpreta Phoenix un personaje que si bien retiene el protagonismo, no está tan cercano a nosotros como el interpretado por Emma Stone. Quiero decir con esto que creo que Allen ha dado un paso adelante más decidido para hacer de Stone su “voz” dentro de la historia (escenas como las conversaciones con los padres y con el propio profesor), si bien no es menos cierto que como construcción de figura femenina ella también retiene elementos de las clásicas féminas del cine del director (especialmente en todo lo relacionado con las escenas con el novio, y alguna que otra con Phoenix).

Todo ello, junto con la curiosa manera en que Allen homenajea y al mismo tiempo imita y parodia las claves del cine de intriga clásico, hacen de Irrational Man una película muy interesante dentro de la propia evolución de la filmografía del director, y al mismo tiempo un saludable entretenimiento para quienes simplemente quieran ir al cine a ver una buena construcción de trama de intriga que en algunos momentos y personajes casi se acerca, sospecho que por la manera de trabajar en su personaje de Phoenix, a algunos de los más disparatados enredos de los hermanos Cohen, pero sin abandonar nunca el “territorio Allen”, por decirlo de algún modo.

La manera en la que los personajes entran en conocimiento de la historia del juez que va a dar lugar a la trama de suspense propiamente dicha, que recuerda el mecanismo de una matrioska rusa, con esa pequeña intriga de la mujer divorciada, sus hijos y el juez que da paso a la propia intriga del personaje de Phoenix con el juez, que a su vez va a dar paso a la investigación de Stone, tiene toda la deliciosa insolencia de los grandes clásicos del cine de suspense en los que se filtra la casualidad, el destino, como motor de la trama, rozando incluso el Deus ex machina. A Allen no le preocupa que esa casualidad se filtre en la trama porque su juego no es construir el relato perfecto de laberinto de pistas propio de los relatos policiales de asesinato en cuarto cerrado, como demuestra la manera rápida, distante, incluso fría, con la que resuelve el desenlace de la investigación de Stone en una escena de suspense y acción que casi no tiene ni suspense ni mucho menos acción.

Y además de todo eso, claro, está la filosofía, tema que aparco para mejor ocasión.

Eso sí, confieso que Phoenix me ha convencido en esta ocasión menos de lo que suele ser habitual en él, como ya me ocurrió en Puro vicio. ¿Empieza a explotarse en exceso sin explorarse y evolucionar, como le ha ocurrido a otros grandes actores de talento fuera de lo común o es una equivocada percepción mía que tiene que ver con factores de construcción de los propios personajes y películas a las que me refiero? Como no lo tengo del todo claro, le planteo estas dudas al lector para que saque sus propias conclusiones y, si le place, me las comente por las redes sociales.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película El corredor del laberinto: Las pruebas

El corredor del laberinto: las pruebas. Tan buena como la primera. Evasión y aventuras garantizadas.

Garantizada como una de las mejores propuestas de cine de evasión que vamos a ver este año. Una perfecta ocasión para a ir al cine y disfrutar de la pantalla grande a las vuelta de las vacaciones. Mantiene lo que más me gustó de la primera película: un endiablado ritmo de narración que hace imposible que te aburras. Eso es lo que me parecía más difícil que pudiera conseguir en esta segunda película, pero lo ha logrado plenamente. Además tiene el atractivo añadido de que no se limita a repetir cansinamente la misma fórmula de la primera película en la segunda (al contrario de lo  que hiciera Los juegos del hambre), sino que va añadiendo personajes, conflictos y situaciones. Hay un progreso en la trama. No es más de lo mismo. Y mantiene esa especie de hibridación de argumento de ciencia ficción setentera, tipo la saga de El planeta de los simios (curiosamente me da la impresión de que en esto la Fox está consiguiendo elaborar, asociando esta saga con la de los simios, una especie de libro de estilo para la descripción de futuros apocalípticos cuyos vínculos llegan en algunos aspectos estéticos incluso hasta la saga mutante de Bryan Singer con los X-Men), con la concepción visual moderna y desarrollada con las nuevas tecnologías aplicadas al género que ya tenía la primera entrega de la saga. Cuando digo ciencia ficción setentera estoy pensando sobre todo en las secuelas de El planeta de los simios, La fuga de Logan, El planeta de los buitres, El último hombre vivo y sobre todo en Nueva York, año 2012.

La presentación del relato es tan trepidante como el final de la película anterior, podrían enlazarse perfectamente ambas y mantendrían el ritmo. Y desde ahí rápidamente pasa a la nueva aventura en la que destaca nuevamente lo mismo que destacara en la primera película: esta saga es como los hunos que comían y dormían sobre sus caballos, sin pararse nunca en su forma nómada y guerrera de vivir. La película desarrolla a sus personajes sobre la marcha, sin frenar el ritmo. Ejemplo de ello: la manera en la que se explica brevemente y con gran economía narrativa, el vínculo que une a Brenda con Jorge y al mismo tiempo se fortalecen los vínculos entre el protagonista y la muchacha mientras siguen escapando entre las ruinas. Dicho sea de paso, esas ruinas son otro de los elementos a destacar de esta segunda película. Son tan eficaces como entorno visual como lo fuera el laberinto en la primera entrega, y esenciales para marcar el tono de road movie, la naturaleza de relato de viaje, el nomadismo que marca la saga incluso desde las novelas, lo cual es muy llamativo teniendo en cuenta que su primera entrega era esencialmente “sedentaria”, con los personajes atrapados al otro lado del laberinto e intentando salir de ese encierro. En esto creo que la película también funciona bien, en su transformación de lo “sedentario” a lo “nómada”, en su paso del “interior” al “exterior”, potenciando esa identidad de juego de tablero con las fichas desplazándose y al mismo tiempo descubriendo las peculiaridades de la geografía en la que se desarrolla el juego/relato. Otro ejemplo de ese eficaz ritmo nómada que mencionaba lo encontramos en el momento en que se completa el viaje del personaje de Teresa en esta película, en la cima de la montaña. Tras la escena de la “fiesta/orgía” en la ciudad, el relato se frena un poco en lo referido a acción para entrar en una fase más narrativa que culmina con esa culminación del viaje del personaje de Teresa. Es casi un monólogo a base de plano contra plano, podría haber sido un tópico cansino y repetitivo, el cementerio de todo el buen ritmo de la película en el resto del metraje, pero  ese monólogo se remata con una frase demoledora y rápidamente da paso al retorno del ritmo de acción y evasión, terminando una secuencia que si bien es algo previsible, no por ello deja de ser eficaz.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película La visita. de M. Night Shyamalan

Shyamalan recupera nivel e interés mejorando la fórmula del metraje encontrado.

El mejor M. Night Shyamalan ha vuelto. O al menos ha vuelto su capacidad para hacer cosas interesantes con los géneros y las fórmulas, algo que no se había producido en sus últimos largometrajes. La modestia de presupuesto y planteamiento le ha sentado muy bien al cineasta para retomar el aire inquietante y sugerente que tiene su mejor cine. La visita ha conseguido además darle oxígeno a una fórmula que según opinión cada vez más extendida, a la que me adhiero, estaba agotada, o a punto de extinguirse por puro agotamiento, saturación del público ante la misma y sobrevaloración de sus, para mí al menos, todavía discutibles ventajas. Me refiero a la fórmula de metraje encontrado, al trabajo de falso documental aplicado al terror. En un momento en que dicha fórmula parecía estar entrando en una clave de reiteración sin sentido, sobrexplotación indicriminada y falta de ideas  y originalidad, lle Shyamalan y consigue darle otra vuelta de tuerca al asunto con una mayor solidez narrativa y más madurez en su planteamiento. Lo mejor es que además la pone al servicio de una apuesta por la reimplantación de lo cotidiano y lo costumbrista en el género de terror, y de paso la utiliza para envolver una trama de ruptura familiar y desarraigo que tiene mucha materia que reflexionar más allá de su, para mí, ejemplar trabajo en la construcción de momentos inquietantes, situaciones grotescas y fragmentos de intriga muy logrados. Añadan que todo ello está bañado con una capa de humor socarrón que sirve para mirar el género con cierto tono de autoparodia, al mismo tiempo que le rinde homenaje a base de guiños que no deberían confundirse con simple apropiación de claves de otros largometrajes (el pozo de Ringu/La señal, la anciana con el camisón de REC, etcétera). La visita me ha recordado también el cuadro American Gothic de Grant Wood, como punto de partida para su interesante reflexión sobre el miedo y las fobias que es también una reflexión sobre el propio género de terror en el cine que sospecho podrían suscribir los grandes maestros literarios del género de Poe a Lovecraft y llegando hasta Stepehn King y Clive Barker. Shyamalan aplica una precisión quirúrgica a algunas de las fobias y miedos de nuestro tiempo, enmarcados por la obsesión por la propia imagen y nuestra adicción a la tecnología, cada vez más difícil de controlar, sobre todo para los más jóvenes.

Además Shyamalan le ha echado valor en los momentos en que debía ir hasta el final. Sólo le sacaría la pega de ese optimismo final que destilan las últimas imágenes de su película, algo por lo que le pregunté en la videoentrevista que hemos publicado en esta misma página web y que me explicó afirmando que  en realidad no se trata de su película, sino de la película de la joven protagonista, de su proyecto, o al menos así quería manejarlo él para sostener la idead el falso documental que ha preferido potenciar sobre la idea del metraje encontrado.

Dicho sea de paso: en lo referido a técnica de narración audiovisual y aplicación de los recursos de este tipo de fórmula, creo que Shyamalan ha elaborado un buen manual para todo aficionado a este asunto sobre cómo hacer bien lo que tantas otras películas hacen mal.

Una recomendable cita con el terror.

Miguel Juan Payán

También puedes leer las críticas de La Visita, Múltiple o Glass

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Crítica de la película Anacleto, agente secreto

Divertida y sólida recuperación y adaptación de un clásico del cómic español.

El cómic español tiene mucho que ofrecer como fuente de inspiración para el cine y Anacleto, agente secreto, es buena prueba de ello. Nos propone la película una visión del personaje que respeta la mezcla de costumbrismo y disparate que se daba en las viñetas del cómic original, pero no se queda ahí y aporta algo más, en realidad mucho más, sobre todo a través del trabajo de sus actores, que se configuran como grupo de protagonismo coral en un ejercicio que forzosamente ha de recordarnos una de las mejores bazas de nuestro cine de comedia clásico: los secundarios elevados a categoría de protagonistas. Es el reparto, nunca mejor dicho, lo que resuelve y da brillo a los mejores momentos de este largometraje que capitanean con eficacia en lo referido a actores Imanol Arias y Quim Gutiérrez, pero en el que algunas de las mejores perlas cómicas pueden llegar a través de Alexandra Jiménez ejerciendo como la reticente ex novia y su singular familia, donde Rossy de Palma y sobre todo Berto Romero representan la mejor manera de traducir al cine los singulares personajes imaginados para la viñeta por el gran Vázquez. Hay incluso un momento para el guiño  a modo de cameo de otras dos fieras del humor de nuestros días, Jose Corbacho y Andreu Buenafuente, que parece puesto ahí para demostrar que lo bueno, si breve, dos veces bueno. También me convence la manera en la que han enfocado el personaje de Anacleto en su materialización como Imano Arias. De hecho, encuentro difícil imaginar a otro actor u otro registro para ese personaje. Arias, tal como está enla película, era el mejor Anacleto posible para el cine. Pero, claro, en su fase de personaje más serio que el de las viñetas, necesitaba tener un complemento más humorístico y cercano a las generaciones de espectadores más jóvenes que no han conocido al Anacleto desde las viñetas cuando eran niños. Los más veteranos, por decirlo de algún modo, nos hemos reencontrado con una visión de Anacleto a través de Arias que resulta entrañable por ese intento de mitificación por la vía del disparate. Pero además el personaje de Adolfo interpretado por Quim Gutiérrez es un complemento humorístico muy sólido para el personaje que da título a la película. Esta es la parte que me convence de Anacleto, agente secreto, una comedia española más que digna, eficaz.

En la parte que menos me convence creo que todo se explica por la clave de interpretación del personaje de antagonista que ejerce el personaje de Vázquez. Nos hemos acostumbrado a que Carlos Areces sorprenda con cualquiera de sus trabajos, por sencillos o tópicos que sean los personajes que le toca interpretar, a los que habitualmente les da esa otra vuelta de tuerca, esa velocidad extra de comedia que los completan. Y quizá por eso esperaba más del Vázquez de Carlos Areces. En realidad el personaje cumple su función, pero echo en falta esa otra velocidad extra, ese aporte suplementario al tópico del antagonista que aquí habría venido bien a este Vázquez construido con una clave demasiado seria para mantener el tono disparatado del resto, y por ese camino es por donde veo que la película se coarta a sí misma intentando ser al mismo tiempo una comedia costumbrista a caballo de un saludable absurdo, estilo Mortaledo y Filemón, y un vehículo de acción, muy bien planteado, eso sí, irreprochable en su desarrollo de los tiroteos, peleas y demás. Lo que ocurre es que esos tiroteos, esas peleas y demás acaban chocando con el disparate, y dan lugar a un efecto raro, sobre todo cuando al final entramos en un imprevisto desenlace dramático que despista un poco en cuanto al tono de la película. Por decirlo más claro: el Vázquez que nos presentan es mucho más tópico porque renuncia a ser más disparatado para ser más sólido como antagonista de una comedia de acción que debería haber sido sobre todo sólo comedia gamberra. No en vano el propio creador del personaje de Anacleto en las viñetas afirmaba que su inspiración había sido más el Superagente 86 creado por Mel Brooks que 007. Un Areces más gamberro e incontrolable podría haber hecho un gran Vázquez sin afectar lo más mínimo al empaque de socarrón cachondeo crepuscular que le ha regalado Imanol Arias al personaje de Anacleto.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Operación U.N.C.L.E. de Guy Ritchie con Henry Cavill

Homenaje al género de espionaje y aventuras de la primera era dorada de la televisión.

Guy Ritchie le saca partido a la nostalgia en esta adaptación de la serie que en España conocimos como El hombre de C.I.P.O.L., cuyo tono sesentero escapista es quizá la máxima seña de identidad de este largometraje en el que el director de películas como Lock & Stock, Snatch: cerdos y diamantes, RocknRolla y los dos largometrajes de Sherlock Holmes protagonizados por Robert Downey Jr. y Jude Law se queda por debajo de las posibilidades que le ofrecía el material que tenía entre manos, o al menos por debajo de lo conseguido en todos esos títulos citados. Tampoco es que podamos decir que Operación UNCLE es un título “menor” dentro de la irregular filmografía de Ritchie, pero lo que sí está claro es que en todos esos títulos estaba mejor respaldado por su reparto. O dicho de otro modo: que parte del gancho de su cine está en un tanto por ciento muy elevado en los actores con los que cuenta para contar sus historias. Por ejemplo en esta película las contribuciones  breves, escasas incluso, de los mal aprovechados Jared Harris y Hugh Grant, le proporcionan un gancho a sus secuencias que está por encima del rendimiento del trío protagonista. Y, ojo, no es que Henry Cavill, Armie Hammer o Alicia Vikander sean actores flojos o estén mal en el largometraje. Mi impresión es que Ritchie no les saca todo el partido que podría sacarles, porque, equivocadamente guiado por el tono, el ritmo y la forma de concebir los personajes en la serie original, aplica una fórmula similar y no llega a profundizar en ninguna de sus criaturas, ni en las situaciones, ni en los conflictos. Todo tiene un tono muy de serie sesentera floja y superficial, con personajes que son poco más que bocetos o recortables; a pesar de que tenemos un montón de información sobre ellos, esa información se desperdicia porque no da lugar a personajes sólidos, sino a estereotipos. Era un defecto muy propio de las series sesenteras que curiosamente, en su afán por mantener ese tono de inocencia e ingenuidad superficial, ha ejercido ya como lastre en otras adaptaciones al cine. Ejemplo ilustrativo de ello son Los vengadores, dirigida en 1998 por Jeremiah Chechik y Wild Wild West, que puso en pantalla en 1999 Barry Sonnenfeld. Operación UNCLE es notablemente superior a las dos, es mucho mejor, ojo, pero no obstante cojea de ese mismo homenaje que se convierte en pleitesía frente a la serie original, así que le sobra ingenuidad y le falta la insolencia que constituye la mejor característica del cine de Guy Ritchie. Para ganar en el terreno de la insolencia necesitaba a actores capaces de aportar másgarra a sus personajes, o lo que es lo mismo: una capacidad para completar lo que le falta al guión y al tono general de la película. Piensen por ejemplo en lo que hizo Brad Pitt con su personaje de gitano incomprensible en Snatch, o en ese dúo cómico salvaje de Gerard Butler y Tom Hardy en RocknRolla, o en Jason Statham y Jason Flemyng en Lock and Stock, o en Robert Downey Jr. y Jude Law en las dos películas de Sherlock Holmes firmadas por Guy Ritchie. Para que quede más claro: Alicia Vikander es una buena actriz, pero todavía no es capaz de hacer lo que es capaz de hacer Rachel McAdams. A modo de prueba, imaginen a McAdams en el papel de Vikander en esta película y es posible que entiendan mejor lo que quiero decir. No veo la química que debería haber entre Cavill y Hammer y que está en otros dúos y grupos masculinos del cine de Ritchie.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Misión: Imposible. Nación secreta

Tan buena como la primera. La saga gana mucho en calidad con ésta entrega.

Pues ni más ni menos que eso: es tan buena como la primera entrega que dirigió Brian De Palma, que para mí era hasta este momento la mejor, como ya expliqué en el artículo que le hemos dedicado a la franquicia de Misión: Imposible en la revista Acción que puedes pasar a comprar en tu quiosco más cercano. Christopher McQuarrie es muy buen guionista y en esa parcela le saca el máximo partido a las posibilidades de la franquicia. Además su propuesta tiene la suficiente voluntad para diferenciarse de las dos películas anteriores, más volcadas hacia el encadenado de momentos espectaculares. Nación secreta tiene sobrados momentos de acción trepidante, pero se inclina más por la construcción narrativa en lugar de por la pirotecnia visual. Es sólida en su guión. Y como sabe cualquier buen aficionado al cine, si el guión es sólido, la película siempre es mejor, independientemente de que tenga más o menos saltos o piruetas espectaculares. McQuarrie acierta en esa elección.

El guión saca partido por un lado al humor, potenciando la asociación de Cruise y Simon Pegg como dúo que parodia algunos aspectos de la saga. El tono de aventuras, acción y humor está marcado desde el principio, con la escena de Cruise colgado del avión, tan espectacular como cualquiera de los momentos espectaculares de la película, pero respaldada además por pinceladas de comedia que de paso sirven para potenciar el tono de aventura en grupo y marcar los lazos que unen a los personajes de Cruise, Simon Pegg, Jeremy Renner y Ving Rhames, la Fuerza de Misiones Imposibles.

Otro acierto de McQuarrie: dándole mayor protagonismo como contrapunto cómico al personaje de Pegg descarga de presión al personaje de Cruise, humanizándole en la sucesión de torpezas de su colega. El vínculo Pegg-Cruise es clave. Ejemplo: la secuencia en que planifican la incursión en el ordenador para cambiar los datos, nuevamente una alianza perfecta entre espectáculo de acción y solvencia narrativa. De paso sirve para hacer más vulnerable al personaje de Cruise, menos “macho-man”, más dependiente del grupo. Cruise no pierde protagonismo, pero su personaje, Ethan Hunt, mejora mucho en manos de McQuarrie, dejando de ser infalible es más completo y maduro como personaje. Además la película refleja la propia madurez de Hunt y de Cruise.

Al contrario que lo más habitual en el cine de acción de estos días, aquí manda el guión, no el espectáculo circense del más difícil todavía.

Y con el guión, cobran más interés y protagonismo las pinceladas de comedia.

Junto a esto, el otro gran hallazgo que complementa el personaje de Ethan Hunt y a través del mismo la propia saga es la manera en que McQuarrie le busca a Cruise una coprotagonista con la que se reparte al cincuenta por ciento las secuencias de pelea y acción. Rebecca Ferguson es todo un hallazgo en ese sentido. De hecho, es el personaje femenino más interesante de las cinco películas que hasta el momento integran la franquicia. Los aficionados al cine clásico entenderán qué quiero decir cuando afirmo que se da un aire a Joan Bennett, mujer fatal del cine negro clásico en películas como La mujer del cuadro o Perversidad, mezclado con la competencia para las escenas de acción que exhibiera en sus principios Catherine Zeta-Jones. Tanto la actriz como el personaje que ésta interpreta son el contrapeso perfecto para equilibrar el protagonismo de Cruise.

Por último la contribución de Alec Baldwin es bastante competente incluso trabajando a base de moverse dentro del estereotipo inevitable de los personajes secundarios en este tipo de película.

Además McQuarrie lleva mucho cine dentro, cine clásico, buen cine, cine de calidad, y eso se nota tanto cuando hace un guiño a un clásico de Alfred Hitchcock como El hombre que sabía demasiado en la escena de francotiradores en la ópera como en el momento en que elige mantenerse muy cerca del tono de la mejor entrega de la serie, la de Brian De Palma. Es su guía para desarrollar tanto los giros del argumento como la construcción de la intriga, pero también el equilibrio de los momentos de acción con la narración y el enredo de suspense.

Ello arroja una de las entregas con más y mejor cine dentro de todas las de la saga.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Ted 2

Ted 2. Una gamberrada divertida y salvaje, ligeramente más floja que la primera.

Ted 2 es lo que promete. Un encadenado de gamberradas al estilo Seth MacFarlane, y tiene todo lo mejor de las creaciones cómicas de este humorista, junto con todo aquello que a la hora de saltar al cine le sirve de lastre. Es divertida, tiene muchos golpes de humor gamberro, y uno de los mejores chistes de humor inteligente que vamos a ver este año en un cine: el que se desarrolla en el club de la comedia, poniendo en evidencia cuáles son las fronteras del humor, hasta dónde se puede o no se puede llegar, si hay o no temas tabú… Obviamente es un asunto que le interesa especialmente a MacFarlane y afecta a sus creaciones, así que ha pensado mucho en ello y como resultado le sale un chiste de humor auténticamente salvaje, demoledor, inteligente y que cumple con la función del humor como herramienta de reflexión.

Es en ese momento, con los chistes sobre Gollum, el cameo de Liam Neeson, y en general siempre que MacFarlane consigue apartarse del cómodo territorio del humor más facilón, simplón e infantil, radicado en la escatología y vulgarización del sexo como tema de comedia por la vía de la ordinariez (ya saben, chistes de penes negros, chistes de penes grandes, chicas con pene, penes blancos, penes en mallas, etcétera), cuando la película funciona mejor y muestra que MacFarlane puede, pero no quiere, currarse un humor más inteligente, menos tramposo y facilote, más trabajado e inteligente, con el que podría hacer una disección satírica más eficaz de la sociedad estadounidense. Lamentablemente en esta película ha optado por el camino fácil y rellena toda la primera parte de esta secuela con una ración doble de escatología y chistes sobre sexo bastante tontorrones que casi borran la dosis de buena comedia que tienen otros momentos de la película. Es curioso ver cómo la propia película se enfrenta consigo misma como si fuera bipolar. Como consecuencia de ello, esta segunda entrega es más floja que la primera.

Por otra parte MacFarlane vuelve a encontrarse con el tiempo, su peor enemigo. Nuevamente se hace notar que no tiene del todo controlado el ritmo en el formato de largometraje, especialmente en los fragmentos más narrativos, como los del juicio. Es ahí donde la película se pierde en el tono y el ritmo, interrumpe la comedia, hace un extraño paréntesis de reivindicación, y se anula a sí misma aparcando los chistes. Y en lo referido a guión, el romance y el desenlace son tal zambullida en el tópico metido con calzador que resultan sorprendentes en un director que presume, o al menos así lo parece, de ser tan rompedor en otros aspectos.

Lo cierto es que, en contra de lo que afirma uno de mis colegas, a mí no me parece que ese humor de escatología y sexo facilón y adolescente sea “humor salvaje”. Me parece que es mucho más “humor salvaje” la secuencia en el club de la comedia. Para que quede más claro, les propongo que vean la nueva serie creada y protagonizada por Denis Leary: Sex&Drugs&Rock&Roll. En ella hay chistes de sexo, pero desde un punto de vista no adolescente, sino contemplando el asunto con todo el sarcasmo, el cinismo y la madurez que merece. Prueben a verla, comparen y luego ya me cuentan.

Además lo que ocurre con los chistes de escatología y los chistes de sexo es que, como todo mecanismo del humor, hay que saber administrarlos; bien dosificados son una máquina de risas, pero si se abusa de ellos, pierden su vigor y se corre el riesgo de pegar un gatillazo con ellos.

 

Miguel Juan Payán 

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