Crítica de la película X-Men: Días del futuro pasado

Bryan Singer pone a los mutantes a nivel Vengadores con su propia personalidad.

Hagamos un poco de historia. En su momento Singer demostró con X-Men cuál era el camino para adaptar superhéroes de la Marvel al cine: traduciéndolos a un género concreto de manera que cualquier espectador pudiera entrar en la trama aunque nunca hubiera leído un solo tebeo sobre los personajes protagonistas. En el caso de X-Men ese género fue la ciencia ficción. Más tarde Christopher Nolan repetiría la jugada adaptando las tramas de Batman al cine negro, especialmente en El caballero oscuro. De ese modo, lo que eran personajes de cómic encontraron el camino hacia la explotación mainstream en el cine que se les había resistido hasta ese momento en la explotación audiovisual salvo en el caso puntual de las películas de Supermán interpretadas por Christopher Reeve. Singer abrió así paso con sus mutantes, y asociado inevitablemente al éxito comercial del Spiderman de Sam Raimi, a la explotación de los superhéres en la pantalla grande y en la pequeña que hoy se ha convertido en fuente principal de la explotación de franquicias del cine estadounidense. Así es cómo Marvel pudo llegar a rodar Los Vengadores.

El breve repaso para abrir este comentario viene a cuento porque muchos lectores me han preguntado si pienso que el retorno de Singer a la franquicia de mutantes con X-Men, días del futuro pasado es del nivel Vengadores, y lo cierto es que creo que sí, pero con la personalidad propia que Singer le dio a su saga mucho antes de que se rodara Los Vengadores. Esa personalidad que le permite confirmarse como una tercera vía o camino para adaptar los superhéroes al cine perfectamente válida y épica, pero con su propio estilo, como digo cronológicamente anterior a Los Vengadores. Vamos que entiendo la pregunta siempre que no olvidemos que los mutantes de Singer están en este baile antes que Los Vengadores de Joss Whedon, e incluso antes que El caballero oscuro de Christopher Nolan.

Lo que Singer demuestra es que su opción para continuar las peripecias de los mutantes es claramente superior a la tercera entrega de la saga que no llegó a dirigir, X-Men: la decisión final, pero además es más completa que sus dos películas anteriores y que X-Men: primera generación, con la que no obstante encaja e interactúa a la perfección. Además, Singer ha inaugurado su propia “fase 2” en lo referido a explotación de estos personajes en el cine, como demuestra claramente la escena extra tras los créditos de esta película. Vista dicha escena que anticipa X-Men: Apocalypsis me atrevo a afirmar que ese próximo largometraje va a estar todavía más cerca del nivel Vengadores que el que ahora se estrena.

Lo que es principalmente X-Men: Días del futuro pasado es un ajuste de cuentas de Singer con ese tercer capítulo de la trilogía que él había iniciado y no llegó a concluir.  La mejor prueba de ello son los cameos finales que ha incorporado a esta película.  Su volantazo a la saga es definitivo, ordena algunas cosas, abre puertas más compleja para otras, deja que algunos personajes reencuentren su puesto en esta franquicia y de paso completa su primer paseo por la saga mutante al mismo tiempo que sirve como puente para abrir una nueva fase con el próximo largometraje.

Y todo eso con un guión que consigue lidiar con un montón de personajes de mutantes, encuentra el camino del sentido del humor (principalmente a través del personaje de Mercurio), maneja a la perfección y con gran dominio de la narración en paralelo el tema de los viajes en el tiempo, con un toque Terminator que hace honor a la fuente de origen del relato, el cómic Días del futuro pasado. Y además saca el máximo rendimiento a la reunión en el reparto de los pesos pesados de la saga. En ese sentido, hay que decir que el peso recae principalmente sobre las mejores aportaciones interpretativas de esta entrega, que son las de Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence, asociados con Hugh Jackman, que con su papel de Lobezno y tras esta película se confirma como el cemento esencial de la saga, vínculo de unión esencial de todas sus partes.

El resultado es una muy buena película de superhéroes a la que además le aplaudo su capacidad para mostrar alternativas y personalidad propia frente a Los Vengadores. La mejor de toda la saga cinematográfica de mutantes. No es ni mejor ni peor que el cómic, porque su naturaleza como adaptación cinematográfica la sitúa fuera de ese tipo de comparaciones con una creación de otro medio. Es la mejor adaptación posible del cómic al cine, eso sí lo tengo claro.

Es un soplo revitalizador para una franquicia que estaba en un momento comprometido, tras el encadenamiento de fiascos de X-Men: la decisión final y la primera película de Lobezno, y después de que X-Men: Primera generación y la segunda película de Lobezno nos hicieran concebir ciertas esperanzas de revitalización de la propuesta que quedan plenamente confirmadas con este notable trabajo de Singer retomando las riendas de todo el asunto.

Lo que le falta es un tercer acto más potente, aunque el que tiene está bien e incluye una batalla épica en varias líneas temporales que está casi, casi, aunque no llega a alcanzarlo, al despliegue de acción épica de Los Vengadores o de Capitán América: el Soldado del invierno, que para mi gusto en sus desenlaces siguen estando algo por encima de esta nueva entrega de X-Men. Eso se debe, principalmente, a que el estilo Singer es más sobrio en las secuencias de acción, siempre lo ha sido, así que no creo que sea una pega, sino simplemente una nota de personalidad propia dentro de su propia concepción de lo que debe ser una película de superhéroes.

Por otra parte pienso que hace falta más Lobezno en ese tercer acto, que también habría ganado si hubieran recuperado el papel de Mercurio, en el que Evan Peters destaca como la mejor incorporación de esta entrega.

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Crítica de la película Maléfica

Angelina Jolie se hace la dueña y señora de este cuento de hadas.

La compañía que ha reinado durante décadas en el género de los cuentos y las princesas en el campo de la animación (la más reciente el taquillazo de Frozen que es ya la quinta película que más ha recaudado de la historia en todo el mundo), y ahora nos trae una revisión de un clásico como La Bella Durmiente pero en imagen real, pasando el protagonismo a la “villana” de la función, Maléfica, pero manteniendo el estilo en muchos aspectos y el aspecto de cuento de hadas en sí. Aunque todo queda supeditado a la protagonista y su forma de interpretar a Maléfica, sin duda el punto realmente fuerte de la película, sobre todo porque se nota que la actriz se lo ha pasado en grande con un proyecto que la devuelve en carne y hueso a nuestras pantallas tras varios años alejada de las mismas. Desde que protagonizó The Tourist junto a Johnny Depp.

La propia Jolie ha comentado recientemente que prefiere dedicarse a su carrera como directora, donde tiene pendiente de estreno su segundo largometraje, y a su labor humanitaria, y que la interpretación va a quedar en un segundo plano para proyectos como Maléfica, que sepa que le pueden aportar algo. Imagino que no habla de premios, sino de la posibilidad de dar vida a un icono Disney y al mismo tiempo darle forma a su antojo, algo que como actriz supongo que le interesará bastante, porque, por el resultado, el proceso ha tenido que ser muchas cosas, pero aburrido no creo. Aunque puede que a la película le pese el hecho de que la moda de hacer revisiones de los cuentos clásicos nos haya traído versiones tan descafeinadas como las dos de Blancanieves (Maléfica es bastante superior a ambas en muchas cosas), Jack el Cazagigantes, que era muy interesante pero la taquilla la ignoró casi por completo, o la propia Alicia en el País de las Maravillas de Disney, que se quedaba bastante por debajo en mala uva y oscuridad de la versión de animación de los 50.

Maléfica intenta suplir esas carencias de películas como Alicia creando un universo de criaturas magníficas que viven en un bosque y que van de pequeños duendes y ninfas adorables, a aterradores espíritus del bosque en forma de árboles animados, serpientes de tierra (qué pena que no aprovechen más a ese bicho, porque es magnífico) o incluso dragones. Por no mencionar a la propia Maléfica, que es un hada pero con aspecto casi de demonio, aunque cuando realmente impone es cuando aparece con el traje de la versión animada, un homenaje que no es el único de la película. Es más, en los créditos ya nos dicen que está basada en el cuento clásico de Charles Perrault y en la película de animación de Disney. Así que es lógico que muchas cosas tengan ese aire tan familiar de la popular película, aunque siempre desde el punto de vista de Maléfica.

Otro de los cambios es que parecen haber metido en una coctelera la historia de la Bella Durmiente, junto a Narnia, algo que se nota desde el principio, con batalla campal incluida. Ayuda con el ritmo de la película y ayuda para que los mayores no se distraigan de lo que parece un producto para el público infantil, pero claro, como pasaba con Harry Potter, por ejemplo, o con la propia Narnia, los más pequeños se asustarán, y serán los mayores de ocho años los que disfrutarán del despliegue de criaturas, efectos y aventuras que propone la película de Robert Stromberg, un tipo que ha ganado dos Oscars y que ha sido responsable de efectos especiales de decenas de películas, y diseñador de producción de otras como Avatar u Oz. Se nota su mano en lo cuidado del aspecto visual de la película, en la riqueza del mundo que plantea, en las criaturas, en ese bosque tenebroso para unos y luminoso para otros.

Más cambios, la princesa. No estamos ante una Kristen Stewart o una Lilly Collins. Aquí la princesa es casi una niña, una adolescente con los rasgos de la siempre interesante Elle Fanning, quien muestra asombro e inocencia a partes iguales, pero que al reducir la edad del personaje, hace que el mismo pierda presencia, pierda algo de interés y vea sus tramas alteradas, desde el romance con el príncipe al momento de la rueca, donde lo que verdaderamente interesa al director es la villana, lo que hace y por qué lo hace. Porque la película intenta justificar a Maléfica, por qué es quien es, por qué gobierna el bosque como lo hace, por qué se enfrenta a los humanos… Y por qué cambia. Hasta el tema del beso que despierta a la Bella, Aurora, tiene un peculiar giro.

Claro que, por muy bien que se lo pase Angelina, por muy bien que nos lo haga pasar, eso hace que la película dé demasiados tumbos, que no sepamos qué historia quiere contarnos realmente, como si hubieran reescrito el guión sobre la marcha varias veces. Algo que se ve en el personaje del rey, interpretado por Sharlto Copley, de quien nunca llegamos a entender sus motivaciones o sus cambios, a veces algo radicales. También choca ver ciertas cosas que suenan a película de dibujos (diálogos, trajes…) con un ambiente tan oscuro y con tintes terroríficos a veces. Ese despiste produce cierta sensación de insatisfacción, de no entender el verdadero propósito de la película, y de falta de valor con el personaje central, valor que sí tuvieron (aunque el resultado final fuese peor) Charlize Theron y Julia Roberts en las dos versiones de Blancanieves, por ejemplo. Pero, claro, para los fans del cine fantástico entonces aparece un dragón soltando fuego y se te olvida todo. O una serpiente gigante que atraviesa la tierra como el agua. O un monstruo árbol montado en una especie de jabalí. Y se te llenan los ojos, vuelves a ser un niño, y pasas un rato entretenidísimo viendo la película. Que de eso se trata, nada más. Y encima con Angelina Jolie reinando sobre todos y todo.

Jesús Usero

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Jesús Usero

Crítica de la película Al filo del mañana

De lo mejor que ha protagonizado Tom Cruise en ciencia ficción, aunque patine en el final.

Mejor que La guerra de los mundos y que Oblivion y casi tan buena como Minority Report, esta nueva propuesta de ciencia ficción protagonizada por Tom Cruise está también entre lo mejor en cine de ciencia ficción que hemos visto en el último par de años. Por ejemplo es mejor que Elysium, y más entretenida.

Su primer acierto es hacer una buena mezcla de géneros. Empieza como película bélica en toda regla, con Tom Cruise en un papel que recuerda al de Cliff Robertson en Comando en el Mar de China (Robert Aldrich, 1970), pero luego consigue salirse del camino más trillado del género jugando con su clave argumental de repetición del mismo día para elaborar una clásica trama de entrenamiento y misión suicida sin caer en redundancias o lugares comunes. Dicho sea de paso, Tom Cruise saca el máximo partido a la parte inicial más cínica de su personajes, reticente a acudir al frente y que humaniza al héroe de la historia por el camino del antihéroe. Además sabe cómo construir la evolución de este héroe a la fuerza hasta su fase final como soldado dispuesto a sacrificarse. Es un abordaje del heroísmo ciertamente interesante que propone mucha reflexión sobre la manera en la que se fabrican los héroes y los líderes.

Crítica de la película Redención de Steven Knight con Jason Statham

Nueva película de Jason Statham, ligeramente distinta al resto. O al menos al resto de películas que más acostumbrados estamos a ver de él, sea en solitario (Transporter, Crank…) o acompañado (Los Mercenarios). Desde que Statham dio el salto al cine americano buscando convertirse en la nueva gran estrella del cine de acción internacional, algunos incluso le llamaban el nuevo Bruce Willis, ha regresado periódicamente a su Inglaterra natal para ponerse al frente de proyectos pequeños, de menor presupuesto, pero que, al final, resulta que muchas veces son sus mejores películas. Desde Revolver a London. Oscura Obsesión, pasando por la infravalorada injustamente Blitz, la genial El Robo del Siglo o esta Redención.

Olvídense de la acción por la acción y la espectacularidad de su cine más habitual. Redención es una película que intenta apoyarse en los personajes y en la que la violencia es real, palpable y terrible, aunque la ejecute nuestro protagonista, un soldado fugado en medio de Londres, que acaba tomando la personalidad de otro hombre y entrando en el mundo criminal de Londres, jugando a la vez a ser el ángel protector de un grupo de vagabundos a los que pertenecía. Esa es la dualidad y ambigüedad del protagonista, un tipo violento, que trabaja con y para criminales, que no es precisamente un santo, pero que intenta compensar lo malo con lo bueno. Y al mismo tiempo, cuando su historia se convierte en una cruzada, el bien que intenta hacer, le arrastra más aún al pozo del crimen y la violencia en el que se ha metido, con el trauma de la guerra pendiendo continuamente sobre él.

No, no hay carreras de coches espectaculares, ni peleas imposibles, ni excesos que no sirvan a la historia. El genial guionista Steven Knight (responsable de la sensacional serie Peaky Blinders, guionista de Promesas del Este) pone aquí una historia dura que nos pasea por lo peor de Londres con un personaje en busca de redención, obviamente, aunque quizá por el camino equivocado. Quizá demasiado tarde. Quizá no sea posible. Y mezcla escenas de una fuerza y un dramatismo magnífico (el carguero chino, la pelea con los futboleros o con los que atacan a los vagabundos, Isabel…), con otras que parecen de cara a la galería, indignas de un guionista tan bueno. La relación con la monja, babas, inverosímil, metida con calzador en la trama… O cómo roba la identidad de otro hombre, inicio de la trama…

No se toma tiempo inicial para contarnos el pasado del personaje y sus motivos para escapar de un hospital militar, pero funciona porque permite revelar poco a poco el trauma y permite apreciar más al personaje, que es todo lo contrario a un santo. Al final Redención resulta una película que mezcla la acción muy medida y moderada (aunque cuando aparece te deja sin aliento), con una trama de suspense mezclada con policíaco, con ese hombre perdido que busca el camino a casa, sin saber encontrarlo. Si no tuviese el elemento romántico, a la monja y se desviase con ello de la trama central, sería una gran película de género británica, en la línea de Blitz o London Boulevard. Se queda en buen cine de género, que no es poco. Ahora, quien busque Crank se va a llevar un chasco enorme.

Jesús Usero

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Jesús Usero

Crítica de la película Godzilla

Godzilla. Entretenida y espectacular en lo visual, falla en el desarrollo del guión, personajes y ritmo. El cine norteamericano ha vuelto a tropezar en la misma piedra que ya tropezara Roland Emmerich a la hora de adaptar Godzilla a los códigos y claves del cine estadounidense. Esta versión es sin duda mucho mejor película que la de Emmerich. Está mejor dirigida. Pero debo reconocer que la de Emmerich me resultaba más divertida. Además, está por debajo de la otra oferta de película con monstruo gigante que nos llegó el pasado verano, Pacific Rim, de Guillermo del Toro, que es mejor que ésta, de lejos.

El problema esencial es que en su traducción del célebre monstruo nipón, los norteamericanos olvidan que básicamente se trata de una criatura del cine de serie B, una gamberrada lagartona que requiere la autoparodia como sustancia esencial para plantear sus aventuras. Por el contrario, cada vez que los estadounidenses se acercan a Godzilla intentan llevárselo al territorio de la serie A y proporcionarle sobre todo seriedad como personaje. Grave error.

Godzilla es un fenómeno  construido por y para friquis. Y todo lo que suponga tomárselo en serio y con ningún sentido del humor, como pretende esta nueva propuesta norteamericana del personaje, es llevarlo a un territorio que le resulta extraño y ajeno al personaje original y genera el tipo de problemas de construcción, ritmo y funcionamiento dramático que presenta esta película.

Vamos por partes. En primer lugar hay que decir que es muy de agradecer que hayan metido todo el dinero que han aplicado a esta versión épica del asunto, sin duda mucho más espectacular que casi cualquier versión que podamos haber visto anteriormente. Pero el problema es que esto no es cuestión de dinero, sino de guión. Y creo que empiezan bien pero luego se tuercen. Creo que meten la pata prescindiendo con excesiva celeridad de personajes como el de Juliette Binoche y Bryan Cranston, que podrían haber tenido un recorrido mucho más interesante en la trama, y al menos en la primera parte de la misma demuestran que un buen actor puede marcar la diferencia incluso dando vida a personajes tan tópicos y poco desarrollados como los que se manejan en esta producción. Da la impresión de que han volcado todo el interés en el despliegue de los efectos visuales y las secuencias de acción épica, descuidando gravemente la construcción de personajes interesantes que vayan más allá del mero boceto o el tópico. Así es como se dilapida el talento de gentes como Aaron Taylor-Johnson,  Elizabeth Olsen, Ken Watanabe o David Strathairn. El personaje de Taylor-Johnson está cosido a tópicos y además su presencia como epicentro de todos los acontecimientos que se producen en la trama está bastante traída por los pelos argumentalmente hablando. Le rodea la casualidad. Y el careo final con el monstruo es excesivo incluso para el más crédulo de los espectadores. A Elizabeth Olsen parecen haberla fichado para reírse, llorar y mirar hacia arriba con cara de espanto. Y correr. Un desperdicio de una de las actrices más interesantes de nuestros días. A Ken Watanabe le han fichado porque es japonés y puede poner cara y acento de japonés cuando dice “¡Godzilla!”… aunque en realidad debería decir ¡Gojira!, pero mejor eso lo dejamos de lado y no nos ponemos exigentes. Además tiene otro “careo” absurdo con el monstruo, cuyo tamaño, dicho sea de paso, es bastante variable de un plano a otro. Tampoco nos pondremos exigentes con eso, dado que es característica habitual de casi todas las películas con monstruo gigante y edificios cercanos. Strathairn está tan desperdiciado en su papel de comandante supremo de la cosa militar como en su momento lo estuviera Liam Neeson en Battleship.

Hay momentos buenos, que suelen ser los que tienen cierto “toque Spielberg”: el niño contemplando al catástrofe de la central nuclear en el final del prólogo, la primera parte, con Cranston de protagonista, la incursión en la zona cero de la catástrofe inicial, la primera aparición del monstruo en la central nuclear, el puente por el que debe pasar el tren militar, los paracaidistas bajando sobre la ciudad… Pero es una especie de variante de Spielberg en plan guiño de J.J. Abrams. Esto es: mejor que las peripecias catastrofistas de Michael Bay en Transformers, de lejos, pero por debajo de los auténticos Spielberg, y algo por detrás del cine con ecos spielbergianos que suele marcarse J.J. Abrams.

De manera que les ha salido una película entretenida, que es más cercana al Godzilla original que la que dirigiera Roland Emmerich, aunque si les soy sincero, aquella me entretuvo más que ésta.

Creo que mis pegas para este largometraje se entenderán mejor si les propongo que la comparen con la película que sospecho han tomado como referente o fuente de inspiración los artífices de este nuevo Godzilla: Godzilla 2000, que fue la reivindicación japonesa de la franquicia tras la fallida propuesta de Roland Emmerich. Con ella comparte ese tono “spielbergiano” en algunos momentos, aunque si les soy sincero, me gusta mucho más Godzilla 2000, que es plenamente consciente de la propia identidad de la franquicia y no intenta disfrazarse de lo que no es. En este Godzilla encontramos algunos momentos, como el paso por el túnel o el ataque final de Godzilla con su aliento, que junto con esa intención de reflejar la mirada humana del monstruo como motivo central visual de la trama, comparte con Godzilla 2000. Pero creo que a Godzilla 2000 le salió mucho mejor la jugada. De hecho, creo que incluso el King Kong setentero era mejor, porque siendo flojo o regularcillo, incorporaba unas claves erótico-festivas con el personaje de Jessica Lange que no están en esta especie de equivalente actual, que además de no tener sentido del humor es argumentalmente un panfleto propagandístico de la familia y el ejército como elementos esenciales de la civilización, el último reducto de orden en el caos. Aunque lamentablemente ni siquiera esa idea está desarrollada en el argumento. Sólo está esbozada.

No puedo hablar de mucho más sin hacer spoiler o destripar temas claves de la película que prefiero que descubran ustedes mismos, así que para terminar este comentario simplemente les diré que me parece que Godzilla tiene menos protagonismo del que debería en este largometraje que a ratos (el momento del niño japonés “adoptado” por el protagonista, o ese empeño en el reencuentro familiar) me hace pensar que tenían un ojo puesto también en el cine de catástrofe más reciente y más concretamente en Lo increíble.

Para mí el error es que quieren convertir Godzilla en un personaje mainstream serie A, cuando esencialmente es cine de serie B, y para conseguirlo acuden a las más obvias y flojas claves del cine de catástrofe (la secuencia del puente en San Francisco con el autobús cargado de niños es una buena prueba de ello).

Así que la película es entretenida, visualmente espectacular, pero no me convence del todo. 

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Crítica de la película Snowpiercer (Rompenieves)

Grata sorpresa. Ciencia ficción apocalíptica original y de calidad.  Muy recomendable.

Los aficionados esperaban con interés esta nueva película del surcoreano Joon-ho Bong, director de Crónica de un asesino en serie y The Host que con Rompenieves vuelve a demostrar que puede imponer un estilo propio y sorprendente a cualquier género que decida abordar. En esta ocasión, y como ya hiciera con las películas de monstruos gigantes en The Host, el realizador le da un repaso a las claves esenciales de la ciencia ficción apocalíptica mostrándonos un fin del mundo que nuevamente consigue convertir en una sucesión de sorpresas que además no se quedan en mero fuego de artificio visual, sino que sirven para reactivar la narración en ese triple viaje que nos propone la película. Porque, a su manera, Rompenieves se una roadmovie muy elaborada y con la filosofía de una muñeca rusa matrioska a la hora de ir desvelando las claves esenciales de su argumento. Como digo, la película es argumentalmente un cuádruple viaje de iniciación, autoconocimiento y desarrollo de los personajes principales que  tiene su propia carga filosófica y de reflexión. El primer viaje es el que hace todo ese tren futurista que a modo de arca y con algunas características de la ciencia ficción retrofuturista, contiene a los últimos supervivientes de la especie humana enfrentados al apocalipsis climático desatado por el propio hombre. El tren avanza imparable haciendo frente a todo tipo de obstáculos en la vía, en una incesante progresión por todo el planeta helado como una especie de reedición de la serpiente Uróboros con la cola en la boca que representa el ciclo eterno de las cosas, el eterno retorno, cuyo viaje comienza de nuevo en el mismo momento que concluye. El segundo viaje es el que emprenden los desarrapados rebeldes de los vagones de cola emprenden una revolución perpetrando su propia versión del asalto al Palacio de las Tullerías que es la cabecera del tren, donde se encuentra la máquina que impulsa todo su mundo hacia adelante, el refugio de los viajeros privilegiados. Su objetivo es subvertir el frágil orden social de castas establecido en el tren. Finalmente el antihéroe, un saludable cambio de registro para Chris Evans lejos del superhéroe marvelita Capitán América, hace su propio viaje forjándose en el liderato desde la aceptación de los pecados que le persiguen desde el pasado, hasta conocerse mejor a sí mismo. Finalmente el propio espectador viaja con los personajes descubriendo ese mundo helado y el interior del tren y sus habitantes, todo un microcosmos futurista que en opinión de quien esto escribe es uno de los más interesantes que nos ha propuesto desde hace muchos años la ciencia ficción apocalíptica, con detalles que vinculan esta visión del género con la que suelen desarrollar los cómics de ciencia ficción europeos (un ejemplo es la entrada en el vagón de los pintorescos “antidisturbios” que nos propone la película).

Añadan a todo lo anterior un reparto bien elegido para construir un sólido protagonismo coral (John Hurt, Ed Harris, Tilda Swinton, Jamie Bell, Octavia Spencer, Kang-ho Song…) que arropa al antihéroe interpretado por Chris Evans, paisajes espectaculares, secuencias de acción impactantes que recuerdan en sus combates la pelea con el martillo de Old Boy, resoluciones de secuencias que esquivan el tópico como el desenlace de la escuela, los huevos, la profesora, y un final que es toda una declaración de principios, y tendrán ante sus córneas una de las mejores propuestas de ciencia ficción que nos ha hecho el cine en mucho tiempo, perfecta para volver engancharse al género y con algunas claves, como el antihéroe, la comida de los furgones de cola, el sacrificio final del brazo, la manera de introducir un flashback verbal para explicar el pasado de los personajes que habitan la película y sus motivaciones y conflictos, que devuelven a la ciencia ficción la madurez de las propuestas cinematográficas desarrolladas por el género en los años setenta, con títulos como El planeta de los simios, El último hombre vivo, Soylent Green, cuando el destino nos alcance, La fuga de Logan, Nueva York año 2012… antes de que el fenómeno Star Wars redirigiera los esfuerzos cinematográficos en ese género hacia la space opera.

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Crítica de la película 3 días para matar

Entretenida recuperación de Kevin Costner como protagonista, pero con lastre sentimentaloide.

El cine producido y/o dirigido por Luc Besson peca siempre de un exceso de formulismo comercial y tópicos de explotación que vuelven a repetirse en esta ocasión en la que además ejerce como co-guionista. La acción está bien. La intriga de partida tiene interés. La estrategia de rodear al protagonista de personajes y situaciones que se salen de los tópicos (en este caso los ocupas de su piso, la bicicleta color púrpura, el antagonista y al mismo tiempo confidente de sus problemas como padre Mitat), es acertada y funciona, presta solidez a la propuesta. Y sin duda Kevin Costner tiene la misma solvencia para manejar, resolver y darle entidad a personajes tópicos y más bien bidimensionales que Liam Neeson. De manera que esa es la parte positiva.

Lo malo es que, como ocurre siempre en el cine de Besson, la película parece servir a dos amos a la vez. Y junto a la trama de intriga, bien llevada con esos elementos que he mencionado, nos encontramos un paquete sentimentaloide de propaganda familiar que es habitual en las propuestas de este productor, guionista y director. Y servir a dos amos es la mejor manera de cargarse el invento. En la parte más moñas y simplona, de mensaje tradicionalista tontorrón, vemos al asesino de la CIA interpretado por Costner enseñando a montar en bicicleta a su hija, que por otra parte es ya demasiado zángana para dedicarse a tal menester. Además le vemos enseñándola a bailar para. Y finalmente el moribundo agente acaba por estar más vivo cuando se está muriendo y hasta le tira los tejos a su mujer, dicho sea de paso una espectacular Connie Nielsen. Rematando la faena nos tropezamos una imagen de pasteleo turístico con el protagonista destacado en la noche parisina con la torre Eiffel iluminándose al fondo del plano que casi me hace salir disparado camino del retrete para vomitar.

Esa parte, la peor de la película, convive y es un lastre para la intriga. Hay un momento concreto en la que  3 días para matar pierde todas las posibilidades de desarrollarse como una variante de Venganza, otra producción de Besson bastante mejor. Es el momento en el que el protagonista rescata a su hija de una violación en grupo, muy tópica, con un plano de salida de esa situación que parece sacado de la parte más vomitiva de El guardaespaldas, con la moza en brazos y todo. A partir de ese momento el pastelón familiar devora la intriga y lastra la acción. De hecho la película parece perder el contacto con otro de sus personajes interesantes, la maquiavélica y curvilínea Vivi interpretada por Amber Heard, personaje desaprovechado para dejarle sitio a los paseos de Costner con su niña y su bicicleta, que no nos importan absolutamente nada.

El problema es que por servir a dos amos, algo que también se observaba en la otra producción de Besson estrenada en los últimos meses, Malavita, la película acaba peleándose consigo misma, buscando una alianza imposible entre la acción y las babas. La idea de partida es prometedora, pero se frustra con un tramo final de la narración en la que la acción se convierte en un recurso manido para darle vida a una intriga que ha muerto estancada en lo sentimentaloide. Una pena, porque Costner defiende muy bien su papel y consigue hacer sobrevivir el interés y el entretenimiento incluso en el tramo final del relato, hasta el último plano de la película, un pastelón que sin su presencia habría sido intragable. A pesar de que en la resolución de las secuencias de acción abusen tanto de la imagen de Costner sufriendo los efectos alucinatorios de su enfermedad.

Podría haber sido una película mucho mejor jugando una baza más seria en el tratamiento de la familia perdida y la enfermedad. No era preciso llegar a las claves mucho más interesantes y dramáticas de, por ejemplo, El amigo americano, de Wim Wenders, pero al menos le hace falta más solidez y sobriedad en sus excesos sentimentales, las lecciones de bicicleta y demás, simplones y moñas.

Lo mejor es Costner recuperando un papel protagonista en clave de acción y demostrando que merece más oportunidades de estar encabezando el reparto en lugar de ser sólo un secundario estrella como en la última peripecia de Jack Ryan.

De hecho, después de ver la película, creo que alguien debería empezar a plantearse en serio hacer algo para poner a Liam Neeson y Costner frente a frente. Podrían saltar chispas.

Miguel Juan Payán

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Jesús Usero

Crítica de la película Divergente

Acción, romance e intriga bien servidas en esta nueva saga adolescente.

Cada vez que una nueva saga de novelas para adolescentes, o para “Young adults” como las llaman los americanos, llega a nuestras pantallas nos queda el miedo de encontrarnos con una nueva saga Crepúsculo, con la que algunos ya se han lanzado a comparar a Divergente desde antes de su estreno. No tengo nada en contra de la franquicia de los vampiros, respeto a sus fans y a los millones de personas que llenaron los cines para ver las películas, pero no son plato de mi gusto. Ni me interesa el tratamiento de los vampiros que hace, demasiado lánguidos, ni me interesa que el 90% de las películas se centren en el sufrimiento de una historia de amor que para mí no tiene mucha miga ni tela que cortar. Encontrarme con otra Luna Nueva me lleva a plantearme muchas cosas, pero Divergente no tiene nada que ver con aquello. De hecho, su tratamiento sobre un universo distópico, sus personajes centrales, su historia romántica (que la tiene, por supuesto que la tiene) y de lo que acaba hablando realmente la película, tienen mucho más que ver con Los Juegos del Hambre que con la antes mencionada, Cazadores de Sombras, Hermosas Criaturas o similares.

Simplemente ver el reparto de Divergente ya te da una idea de por donde pretende el director, Neil Burger, que vayan los tiros en esta primera entrega de la franquicia, que, al contrario que varias de las antes mencionadas que fueron completos fracasos comerciales y se quedaron en una primera una única película, ha sido un completo éxito y ya prepara su segunda entrega, Insurgente, lo cual demuestra que, además, ha sabido conectar con el público a un nivel que no muchas son capaces de hacer. Trasladar la novela a la pantalla no es fácil, convencer a los fans de la misma menos, y atrapar al público general es lo que todos desean, pero muy pocos consiguen. Por eso creo que no sólo merece la pena seguir esta nueva saga, sino que merece la pena para cualquier tipo de público y edad, porque tiene cosas más que interesantes a las que hincarle el diente.

La trama nos plantea un futuro en la ciudad de Chicago en el que la gente está dividida en cinco facciones dependiendo de la aptitud que demuestren en una prueba que hacen a los 16 años. Abnegación, Erudición, Osadía, Verdad y Cordialidad se reparten los principales trabajos en una ciudad en apariencia pacífica con unas estrictas normas que nos pueden llevar a quedarnos sin facción y vivir marginados y apartados de la sociedad. En ese mundo vive Beatrice, una joven criada en Abnegación cuya prueba de aptitud no sale como la gente esperaba. Beatrice es divergente, es capaz de tener más de una aptitud, algo que se considera peligroso en la sociedad y que debe ocultar a todo el mundo. La joven dejará Abnegación para sorpresa de todos y se unirá a Osadía, lo que la llevará a conocer a su instructor, Cuatro, y un laberinto de conspiraciones, mentiras y luchas de poder para derrocar a Abnegación, la facción que, debido a su falta de egoísmo, dirige la sociedad.

Si antes mencionaba el espectacular reparto, no podemos dejar de alabar el trabajo magnífico de Shailene Woodley como protagonista. La joven actriz, vista en Los Descendientes por ejemplo, se come con patatas a casi cualquiera que le pongan por delante, mezclando con mucha determinación la ingenuidad y una fuerza interior que la hace superar cualquier obstáculo. Recuerda mucho al trabajo de Jennifer Lawrence en Los Juegos del Hambre, sobre todo porque ambas películas tienen mucho en común (género, tipo de protagonista femenina, revolución en ciernes, cierto grado de brutalidad poco común en el cine para jóvenes, la visión del futuro…). Theo James hace lo que puede a su lado, pero hay que reconocer que no está al mismo nivel, quizá por el guión. De hecho son los personajes femeninos los que más fuerza tienen, tanto por sus enormes actrices (Ashley Judd, Zoe Kravitz, Maggie Q o una siempre espectacular Kate Winslet como la villana de la función…) como por los personajes que interpretan. El reparto masculino tiene muy buenos nombres, sí, pero los personajes no están a la misma altura (Tony Goldwyn, Ray Stevenson, Jai Courtney, Miles Teller, Mekhi Pfifer…). De hecho algunos personajes como el de Stevenson apenas quedan dibujados, algo que también pasa en la novela.

Neil Burger sabe moverse entre estos personajes y la ciudad con mucho brío y estilo, manteniendo el interés en la trama sin que perdamos el hilo, y eso que la acción sólo llega al final de la película, mientras está soltada con cuentagotas, más preocupado del desarrollo de personajes y de la trama de intriga. Es bueno que haga eso, pero en una película de más de dos horas de duración hace que de vez en cuando el ritmo se resienta un poco (sobre todo en algunas alucinaciones y miedos que resultan repetitivas), porque no es cine de suspense, ni tampoco una historia romántica en sí misma. De hecho el romance, que es la parte más floja de la historia y la que menos interesa (es el punto en el que Los Juegos del hambre ganan por goleada, allí no hay romance casi y el que hay es más un juego de interés de Katniss) está tratado de una forma mucho más breve y sutil que en la novela. Mucho más breve.

Tiene momentos de gran espectacularidad hechos de cosas relativamente sencillas, como la tirolina, los duelos entre Woodsley y Winslet, las peleas en el pozo… Y sabe aprovechar muy bien la ciudad y lo que representa verla como la vemos. La película es un viaje de iniciación, un rito de paso a la madurez metáfora de lo que vive cualquier adolescente buscando su lugar en el mundo, donde encaja, y resulta una propuesta entretenida, honesta, muy bien planteada y con un gran reparto, aunque los personajes masculinos tengan menos peso, y aunque el ritmo se resienta por momentos. Quizá al final su mayor pero es que, pese a lo bien que han recortado la historia de amor (que sigue siendo su mayor pero…) algunas partes excelentes del libro (Peter siendo un psicópata, las peleas en el Pozo, el ataque a Tris de noche…) han sido suavizadas. Pero les ha quedado una buena película para todo el mundo. Esperamos ya la secuela.

Jesús Usero

©accioncine

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Jesús Usero

Crítica de la película Noé de Darren Aronofsky con Russell Crowe, Jennifer Connelly y Emma Watson

Darren Aronofsky planta cara al cine épico y bíblico sin perder personalidad como autor.

Totalmente imprevisible. Una sorpresa grata para quien esto escribe que puede ser al mismo tiempo una sorpresa menos grata para los espectadores que esperen ver cine de bíblico de catástrofe y estén más interesados en lo más obvio de la historia mil veces narrada de Noé, el arca, los animalejos en parejas, la lluvia a cascoporro, etcétera.

La principal virtud que tiene la película es también su principal riesgo. Y precisamente por correr ese riesgo, aceptar ese reto y tirar para adelante sin renunciar a sus claves como cineasta es por lo que creo que Darren Aronofsky ha rodado la mejor versión del asunto que aborda. La menos fácil también. La menos previsible.

Tras un arranque en el que vemos a Russell Crowe dando vida a un Noé más cercano a Mad Max, el guerrero de la carretera de Mel Gibson que a los personajes de la épica bíblica en su forma más tradicional, nos encontramos con una visión de la fase antediluviana del Antiguo Testamento que Aronofsky pinta sobre un telón de fondo árido y volcánico de erizadas rocas, sin un trazo de verde. Un paisaje casi extraterrestre capaz de equiparar los entornos más áridos de desolación paisajística que habitaban los hombres-simio de 2001 de Kubrick cuando se tropezaron con el monolito. Pienso que no son asociaciones casuales, porque en este arranque de su versión de Noé y el diluvio, Aronofsky se sitúa mucho más cerca de la ciencia ficción postapocalíptica que del relato de la más remota antigüedad bíblica. En ese mismo sentido trabaja con los personajes de los ángeles vigilantes enviados por Dios para vigilar y echarle una mano a los hombres en sus primeros pasos por este mundo. Esos vigilantes y la batalla de las cadenas en torno al Arca me han recordado mucho las novelas y paisajes de batallas épicas del universo de Warhammer 40.000 y sus Astartes. De manera que ya en esa primera fase y con estas características a cuestas, encuentro que este Noé está saludablemente alejado, incluso muy alejado, del más tradicional. Asumo que eso es lo mismo que ha molestado a los más puristas en lo referido a tratar personajes e historias bíblicas en el cine, pero también debo apuntar que me he reído mucho con algunas críticas que acusan a esta película de no responder a la historia… lo cual me hace preguntarme, reprimiendo una sonrisa: ¿Historia? ¿qué Historia?

Puedo entender que hayan quedado algo defraudados  quienes esperaban un espectáculo bíblico al estilo Cecil B. De Mille (que en sus supuestamente pías recreaciones del Antiguo Testamento, tan admiradas por algunos seguidores del asunto, enseñaba bastante más sexo y carne de lo que se permite enseñar en Noé el no obstante denostado Darren Aronofsky), mezclado con efectos visuales de diluvio en la línea del desenlace de 2012, de Roland Emmerich. Pero defiendo esta variante de Aronofsky precisamente porque no propone más de lo mismo, porque no renuncia a sus inclinaciones y aportaciones como director autor para ceder sitio al espectáculo de fuegos artificiales visuales, porque no deja que las aguas del diluvio acaben ahogando a su reflexión, su trama y sus personajes. Si alguien quiere ver la ira del Dios judeocristiano del Antiguo Testamento en plan cine de catástrofe creo que dispone ya de una variada gama de versiones anteriores de este mismo asunto en cine y televisión. Pero ya les aviso que lo que nos propone Darren Aronofsky en Noé es mucho más interesante que sumergirse por enésima vez en esas estancadas aguas del diluvio bíblico más tradicional. Y conste que eso no significa que no haya espectáculo visual en la película. Lo hay, pero muy bien dosificado para que no devore totalmente lo que verdaderamente le interesa ponernos delante de los ojos al director.

¿Y qué es eso que tanto le interesa al director? Pues los personajes, esto es, Noé y el drama de encrucijada y decisiones a que se encuentra sometido. Por primera vez Noé se muestra como héroe y villano. ¿Salvador o asesino? Eso es lo que le importa reflejar de Noé a Aronofsky, y naturalmente eso deja automáticamente en un segundo término la peripecia eminentemente marinera y natatoria de su protagonista. El director no trata de nadar y guardar la ropa para cumplir con pleitesía ciega la tradición de venerar a los iconos del texto bíblico como héroes infalibles, intachables e intocables. Muy al contrario. Asociado al talento interpretativo de Russell Crowe, el director nos presenta al Noé más cercano y humano de la historia del cine. Sospecho que eso es en parte lo que realmente ha molestado a muchos de los detractores de la película por motivos religiosos.

Aronofsky tropieza en Noé con la misma encrucijada a la que se sometió John Huston cuando rodó La Biblia. Huston salió del reto aplicando en la superficie de su película una especie de capa de imprimación visual que incorporaba ocasionalmente planos propios de los pastiches bíblicos de Cecil B. De Mille y la épica paisajística de David Lean, pero  sin renunciar en ningún momento a poner en primer término a los actores que le permitían tratar más en confianza y de manera más humana a las figuras bíblicas que retrataba. Aronofsky hace algo parecido con referentes más actuales. Incluye planos que parecen sacados de El señor de los anillos o El Hobbit, como los del ataque al arca, pero sin dejarse arrastrar a una dictadura de planos aéreos, cámaras voladoras y grandilocuentes planos generales que impongan la épica superficial y externa sobre la mirada íntima. Mantiene así su estilo visual de filmación cámara al hombro y nos mete entre sus personajes como si estuviéramos siguiendo una pieza de un reportaje televisivo. Nos muestra la épica y el diluvio como telón de fondo de la intriga y el conflicto de los personajes, nunca en un primer plano visualmente arrollador. El diluvio se pone al servicio de la intriga y el conflicto en torno a Noé, no es Noé el que se presta a ser una marioneta de la catástrofe. Y en esa intriga Aronofsky trabaja sobre todo el primer plano y la construcción de su película utilizando a los actores como su mejor efecto especial. De ese modo Noé queda dividida en dos partes, siguiendo escrupulosamente el viaje del héroe tejido por Joseph Campbell en su libro sobre mitología El héroe de las mil caras. En la primera, el héroe recibe y acepta su misión, y en ese camino llegamos hasta le ecuador del relato, la catástrofe propiamente dicha. Poner el diluvio en el ecuador del relato ya es en sí misma toda una declaración de principios por parte del director. A partir de ahí llega la segunda parte. Si la primera plantea un conflicto eminentemente exterior, la segunda nos zambulle en el conflicto interior de todos los personajes supervivientes de la catástrofe, filmado con gran coherencia desde dentro del arca en el que viajan. Hay poco paisaje exterior y el relato se desarrolla, en contraste con la primera parte, en una clave visual claustrofóbica. Y ahí es donde Aronofsky consigue hacer que la intriga y los conflictos de los personajes sean mucho más interesantes que el despliegue de épica visual de la primera parte. Noé se construye así como una balanza en equilibrio donde el platillo de la derecha es el de la épica visual más adolescente del cine de superproducción de nuestros días y el platillo de la izquierda es el viaje interior del atribulado Noé y sus compañeros, entre los cuales destacan como motores de intriga y conflictos los personajes interpretados por Emma Watson y Logan Lerman. El fiel de la balanza que registra el equilibrio de esas dos partes que integran la película es la evolución de la relación de Dios con los hombres, pasando desde el Dios temperamental y furioso que se siente traicionado por los hombres y por sus ángeles vigilantes y consecuentemente se distancia y castiga a los hombres en la primera parte al Dios que se reconcilia con lo humano otorgando a los hombres el libre albedrío en la segunda parte. Noé queda así como la historia de liberación del hombre. En ese sentido es interesante reparar en la pincelada más religiosa de toda la película, que incide con elegancia en la idea de Dios hablando o dejando de hablar con los hombres como recompensa o castigo, que desemboca en la idea de que la conversación de Dios con los hombres se torna mucho más fluida y menos traumática después del diluvio y cuando el hombre, Noé, recupera la confianza de Dios y con ello el libre albedrío, siendo así responsable de sus propias decisiones.

Sólo una pega, la misma que aqueja a otros momentos de piradas de pinza visuales de Aronofsky en La fuente de la vida: la recreación de Adán, Eva y el Pecado Universal me parece espantosa, pedante y de una simpleza que no se corresponde con el resto de la película.

Miguel Juan Payán

©accioncine

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Crítica de la película Non-Stop (Sin escalas).

Una gozada de intriga y acción con Liam Neeson dándolo todo. Muy divertida.

La película no es “otra entrega de aviones en peligro”. Es mejor que el 90 por ciento de las peripecias de este tipo y en mi opinión, por lo que se refiere a dirección, está mejor que algunas de las muestras más taquilleras de este tipo de producto de la era blockbuster, como por ejemplo Speed, a la que le da cien vueltas sin despeinarse.

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