Crítica de la película In Time

Ciencia ficción interesante, reflexiona sobre el presente pintando un futuro con el tiempo como única moneda de curso legal. Visualmente elegante y estilizada, In Time tiene momentos que la acercan a Hijos de los hombres junto a otros que la ponen más próxima a Gattaca (debut en la realización del director de ésta), o Equlibrium, y juega más o menos en  la misma liga de otro título de culto del género de ciencia ficción, Días extraños, de Kathryn Bigelow.  Junto a todos estos referentes o pistas para que sepamos por dónde se mueve el tema, tiene un estilo visual que inevitablemente parece influenciado por los planteamientos de la nouvelle vague francesa, con los fantasmas de Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada de Jean-Luc Godard planeando sobre esa fuga de los dos protagonistas, que bien podrían ser los bisnietos de aquella otra pareja de fugados.

Más interesante que la otra propuesta de ciencia ficción de la cartelera de esta semana, especialmente para los cinéfilos (me refiero a Acero azul, de la que también he hablado en esta misma página), In Time plantea un argumento que aún moviéndose entre los referentes citados, rápidamente encuentra su propia personalidad en una trama donde el tiempo se convierte en el pretexto para abrir las puertas a una reflexión sobre nuestro presente y las maniobras especulativas que están poniendo el mundo al borde del colapso económico.  Entramos así en una fábula que en realidad está vinculada tanto estética como narrativamente a la tradición de las distopías en la ciencia ficción, una clave más propia de 1984 de George Orwell, como dejan claro las escenas iniciales con el protagonista trabajando como un eslabón más de la cadena en la fábrica. A partir de ahí, la película se conduce con rasgos de personalidad que quedan expresados visualmente en algunos momentos claves de su trama, como la carrera contra el tiempo, nunca mejor dicho, de la madre y el hijo, el momento de suicidio o la elipsis con la que se resuelve la participación en la trama del amigo del protagonista, encarnado por Johnny Galecki (Leonard en la serie The Big Bang). Cada uno de esos momentos componen, junto con el personaje de cronopolicía interpretado por Cillian Murphy, lo mejor de la película. Junto a todo ello creo que acierta a lidiar con su principal hándicap: un argumento que es perfecto para el relato corto o el cortometraje, e incluso para un capítulo de serie de televisión, pero una vez desvelado lo básico de su propuesta –el ser humano ha alcanzado la posibilidad de la inmortalidad no envejeciendo más allá de los 25 años, algo parecido a lo que les ocurría a los personajes de La fuga de Logan, pero para ello la sociedad ha de pagar el precio de dividirse en ricos y pobres partiendo del tiempo como única moneda de curso legal, de modo que se puede traficar, robar y especular con segundos, minutos, horas, días y años-, corre el riesgo de haber consumido lo mejor y entrar en lo previsible o anodino. El punto de inflexión, esto es, el de mayor riesgo de que la película pierda fuelle al progresar más allá de su interesante planteamiento de partida, lo encontramos en el momento en que el protagonista decide ir a New Granach, el país de los ricos. No es algo nuevo en el mundo de las distopías de ciencia ficción: inevitablemente el arco de desarrollo del personaje principal está ligado a un viaje, lo que convierte esa progresión dramática en un reto, porque lo que encuentre ha de ser tan interesante como lo que deja atrás. En este caso es en ese viaje y su llegada a destino donde la película flojea un poco, habida cuenta de que además fruto del mismo será la historia de amor que marca el ritmo de la segunda parte de la fábula. El director, que como ya he dicho debutó en la realización con Gattaca y también dirigió otra fábula de ciencia ficción, Simone, además de El señor de la guerra, y en su faceta como escritor y productor estuvo igualmente implicado en El show de Tuman, sortea ese escollo tirando de las mismas armas que en esos trabajos anteriores, esto es, mediante un ejercicio de estilización de la imagen que con notable elegancia visual nos vende nuevamente la trama de la persecución y la fuga encadenando una serie de planos, escenas y secuencias que huelen al ya mencionado guiño u homenaje a la Nouvelle Vague francesa. Quizá desde el punto de vista de construcción narrativa de la historia habría sido más interesante que esa estilización hubiera venido acompañada por una mejor utilización del personaje de cronopolicía, que en mi opinión no está tan explotado como debiera y era un elemento propicio a un mayor despliegue y protagonismo en la segunda parte de la película. Le ocurre a este personaje lo mismo que al criminal ladrón de tiempo interpretado por Alex Pettyfer, por cirto en el mejor trabajo que le hemos visto hasta el momento. Ambos son herramientas un tanto desaprovechadas en el relato, especialmente en el segundo y tercer acto del mismo, donde bien administrados estos personajes habrían podido proporcionar mayor entidad y un desarrollo más amplio a la poco más que esbozada carrera criminal estilo Bonnie y Clyde que inician los dos protagonistas. Tanto el personaje de Cillian Murphy como el de Alex Pettyfer son las claves de cine negro que podrían haberle proporcionado mayor contraste al ir y venir de los protagonistas, que tal como está se queda como digo marcado por un carácter algo esquemático, casi un boceto. A pesar de todo ello la solvencia de Justin Timberlake y Amanda Seyfried para sacar adelante a sus personajes, arropada por el resto de los elementos citados previamente, hacen de  In Time una propuesta de cine de ciencia ficción bastante interesante que además nos propone una puesta en escena elegante y resolutiva, bien aplicada a una fábula futurista que debería darnos mucho que pensar sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo ahora mismo a la sombra de la crisis.

Miguel Juan Payán



Crítica de la película Un Golpe de Altura

Una blandita comedia la que ha unido a dos de los más importantes actores del género de las últimas tres décadas, Ben Stiller y Eddie Murphy. Blandita, más que nada, porque partía de una historia que podía haber dado mucho más juego tal y como está el patio, pero que los responsables han dejado pasar para centrarse en las “peculiaridades” de los personajes, en sus limitados frikismos, tratando de que ellos lleven el humor a la película, sin darse cuenta de que el humor está en la situación límite que lleva a estos personajes a hacer lo que hacen.

La historia de un grupo de currantes que pierden todos sus ahorros cuando la persona en la que confiaron, un tiburón de Wall Street, se descubre como un timador que ha malversado fondos durante años y lo ha perdido todo. Trabajadores en el edificio donde el villano vive, la extrema situación les lleva a intentar un robo a lo Ocean’s Eleven para recuperar lo que es suyo, contando con la experiencia de un ladrón de la calle. Como he dicho antes, esa historia, tal y como está el patio, daba mucho pie a una película sobre las diferencias entre ricos y pobres que se han ampliado en los últimos años, para ser un poco más ácida, tener más mala uva y plantar cara a los poderosos con algo de ingenio.

Resulta que, al final, quienes hacen la película son también del grupo de poderosos y prefieren no hacer sangre en la herida abierta ni forzar la situación, buscando siempre salidas (o casi siempre, el intento de suicidio es un punto dramático interesante), que tiren por el camino de un reparto plagado de rostros muy populares y con mucho talento, antes de por el de la historia, bastante sencillita.

Tampoco es que fuese imprescindible hacer la comedia del siglo, pero la mala baba siempre le sienta bien a la comedia, y su ausencia se nota. Además si hubiesen optado por convertir esa ausencia de mala leche en un humor igualmente efectivo ni se notaría, pero resulta que la película adolece de humor en muchas partes del relato, dejando todo en una película sobre un robo aseada, decente, pero con pocas risas, menos de las prometidas. Para ser una comedia es menos divertida de lo que debería y tarda demasiado en entrar en faena. Cuando la película funciona de verdad es cuando se prepara y ejecuta el robo, algo que queda lastrado por un primer acto demasiado largo.

Y con todo la película nunca llega a aburrir. Es simpática, pero poco más. Creí que nunca iba a decir esto, pero se echa en falta más tiempo en pantalla de Eddie Murphy, que sabe hacerse el rey de la función con lo poco que le dan, mientras los demás, por talento o galones (caso de Alan Alda o Matthew Broderick, por poner sólo dos ejemplos) sacan adelante la película sin despeinarse.

Pero siempre queda la sensación de que podía haber sido una película mucho más divertida.

Jesús Usero

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Crítica de la película Johnny English Returns

Siempre hemos oído hablar de las virtudes del humor británico. De la inteligencia, la acidez, el humor satírico y la brillantez del humor inglés, como una de las grandes fuentes cómicas de nuestros tiempos, de la que, es cierto y no cabe duda, han surgido nombres como los Monty Python, Ricky Gervais, Matt Lucas o, para qué negarlo, también Rowan Atkinson. Gente capaz de hacer reír en medio mundo y que, habitualmente, comenzaron en la televisión para hacer reír con alguna sátira bastante acertada y luego, con mayor o menor fortuna, dieron el salto al cine.

Aunque el paradigma de este modelo siempre sean los míticos y geniales Monty Python, a día de hoy el modelo de más éxito y quizá el más brillante, ha sido el de Ricky Gervais, con un sentido del humor ácido e inteligente, que ha sabido hacer un análisis brillante de la vida y la sociedad no sólo británica, sino del mundo occidental con series como The Office o Extras. Atkinson no le anda a la zaga en éxito y repercusión mediática, aunque su sentido del humor, al menos por el que es más conocido en todo el mundo, se aleja bastante del de Gervais para ser algo más zafio, más vulgar y, quizá por ello, más popular. Y eso que aunque el papel por el que le conocemos en todo el mundo y por el que siempre será recordado sea el de Mr. Bean, sus comienzos y el papel que más veces ha interpretado sea el del protagonista de La Víbora Negra, una sátira brillante y corrosiva bastante alejada del humor de Mr.Bean.

Y sí, es cierto también, que en sus orígenes Bean era un personaje bastante salvaje y poco comedido, un tipo ruin y rastrero, tacaño y egoísta, que, pese a todo, se ganaba nuestras simpatías por su falta de vergüenza. Luego el cine se encargó de poner las cosas en su sitio con dos adaptaciones poco inspiradas y carentes de la mala uva de la serie de televisión. Algo parecido ocurrió con la primera Johnny English, donde el sentido del humor de Atkinson parecía haber evolucionado, dejando de lado toda la parte satírica de sus años de juventud, para dejarlo todo en el humor físico y el absurdo, aunque no terminaban de cuajar.

No me entiendan mal, es un humor tan válido como cualquier otro siempre que haga reír. Pero es irónico que los ingleses siempre presuman de su humor inteligente, para que todo se reduzca a un par de caídas, situaciones incómodas y la cara de un tipo que, con sólo fruncir el ceño, ya consigue que esbocemos una sonrisa. Un “clown”, un payaso, con todo el respeto del mundo. Pero esto no es La Víbora Negra. Ni por asomo. Lo que nos venden como una sátira sobre el cine de espías es, en realidad, una comedia física y absurda que bien podría haber protagonizado un Kevin James al uso si se hubiese rodado en USA.

Y si alguien se pregunta si una secuela de Johnny English (¿alguien la recuerda?) era necesaria, sólo hay que pensar que apenas costó 30 millones y recaudó 129 en todo el mundo. Sólo en España rozó los 6 millones de euros. Lo que me sorprende no es la secuela, es que hayan tardado ocho años en sacarla. Tampoco es que precisamente hayan estado trabajando en el guión… O no lo parece. Repito, puede estar ambientada en el mundo de los espías y hacer parodia de algunas cosas como los créditos iniciales o la chulería típica de Bond. Es una máscara. Su humor reside en las situaciones ridículas en las que se mete el protagonista, su peculiar torpeza, su estupidez camuflada de supuesta arrogancia, y su humor físico, lleno de caídas, golpes y similares.

Lo que sí se puede decir de Johnny English Returns es que es bastante más divertida que su primera entrega, que apenas contenía un par de sonrisas en todo su metraje, quizá demasiado absurdo, quizá demasiado infantil. Aquí el humor funciona de maravilla en escenas como la persecución en China (verdaderamente hilarante), el campo de golf, la pelea final en el teleférico… son escenas cargadas de ese humor que hacen reír. Y lo consiguen sin despeinarse.

El problema son los huecos entre esas escenas, en los que la película parece empeñada en tomarse en serio a sí misma como si realmente hiciese falta. No funcionan, no aportan nada, realmente no hay parodia del cine tipo James Bond o la saga de Jason Bourne, y además dejan claro que si hubiesen hecho un episodio de una serie de media hora, les hubiese quedado algo redondo. Se nota alargado hasta la saciedad, como lo de la asesina de la limpieza, que llega un momento en el que pierde su gracia inicial.

Y además desaprovecha su reparto, dejando como meras comparsas presencias tan interesantes como las de Gillian Anderson, Rosamund Pike o Richard Schiff, que debió rodar lo suyo en un día o algo así, pese a que en los créditos aparece de forma prominente. Es una pena porque podía haber sacado jugo de unos actores entregados a un proyecto en el que saben que lo único que importa es pasárselo en grande para que el espectador también se lo pase en grande.

En definitiva, Johnny English Returns supone el regreso de Rowan Atkinson al cine tras varios años de casi desaparición de las pantallas, con una comedia hecha a su medida pero lejos de sus mejores momentos. Sencilla, aseada y divertida por momentos, pero completamente olvidable. Sabe mal que esos momentos realmente hilarantes no sean más habituales durante el metraje, que no encuentre nunca un tono más inteligente o que desaproveche algunos rostros populares. Pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Es lo que es y da lo que promete. Tampoco creo que los fans del actor o el personaje vayan pidiendo otra cosa.

Jesús Usero

 

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Crítica de la película El árbol de la vida

Posiblemente Terrence Malick sea uno de los directores más peculiares, únicos e inclasificables que quedan. Un tipo que pasó 20 años retirado del cine simplemente para dedicarse a dar clases en Francia. Ha declinado dirigir películas como El Hombre Elefante, por ejemplo, y cuando se involucra en un proyecto, que suele ser muy de cuando en cuando, lo hace de una forma única y tan personal que no es difícil identificar sus películas de todas las demás. Es un personaje complejo y único dentro de Hollywood, donde lo habitual es que se produzcan películas como churros y que un director no haya terminado de completar un proyecto cuando ya está embarcándose en el siguiente.

En cierta medida su persona recuerda a la de Stanley Kubrick, aunque normalmente la gente que lo conoce dice que es una persona amable y encantadora, humilde y dulce, muy alejada de la figura de Kubrick. Pero sí hay algunos paralelismos en su manera de entender y acercarse al cine por parte de ambos. Al menos en El Árbol de la Vida, porque durante las más de dos horas de proyección no podía quitarme de la cabeza la obra maestra de Kubrick 2001, Odisea en el Espacio. Quizá sean imaginaciones mías pero creo que a fin de cuentas hay ciertos paralelismos entre ambas películas y que ambas terminan hablando de temas similares. O al menos eso me ha parecido a mí.

Una advertencia antes de ver la película. No es una película fácil de ver. No sólo por la complejidad de la historia que se nos cuenta, que en principio podría ser la más sencilla del mundo, sino por cómo se nos cuenta. Es una película complicada de ver y de asimilar. En ocasiones hipnótica, en ocasiones incómoda. Muchas veces profunda y otras veces ligera como esas cortinas y sábanas tras las que tantas cosas suceden en la pantalla. Su forma de plantearnos la historia, su forma de enredarnos inconexamente en la vida de esta familia, sus continuos saltos en el tiempo sin previo aviso… Todo ello la convierten en una película densa, en el mejor sentido de la palabra. Un film que hay que desgranar y pelar casi como si se tratase de una cebolla. Capa a capa.

También, como bien decía hace unos días mi compañero Miguel Juan Payán, no conviene guiarse por las estrellas que le he puesto en la crítica, entre otras cosas porque no son estas cuatro estrellas las mismas que puedo darle a una película como La Deuda, y porque no serían las mismas que le diese mi compañero.

Siempre me ha maravillado de Terrence Malick la habilidad que tiene para convertir las imágenes en poesía. Es un director de arte y ensayo, alejado completamente de los parámetros más comerciales, que cuenta historias de una forma tan portentosa y única que, incluso cuando no gusta, no se le puede negar su talento. Aquí aprovecha para contarnos la historia de una familia, o más concretamente del hijo mayor de la misma, a lo largo de su infancia, pasando por una horrible tragedia, hasta el presente, en el que intenta reconectar con su padre, con el que tiene una relación tortuosa.

Cuando la historia es tan inconexa y da los saltos que da, lo que menos importa, realmente, son los diálogos. O, mejor dicho, los pocos diálogos que hay importan muchísimo, pero la película no los emplea casi para narrar la historia. El Árbol de la Vida transcurre entre imágenes y sonidos, entre música y silencios, con la intención de componer una sinfonía, una banda sonora particular para esta historia pequeña, que acaba convertida en la historia de la vida. Desde los orígenes del mundo, literalmente.

La forma en que Malick mueve la cámara (casi continuamente pero para narrar), el poder de la luz, sobre todo en una casa siempre iluminada que esconde tanta oscuridad y tristeza. La puesta en escena, el poder de las imágenes, la iluminación… todo ello pesa tanto como la historia y es lo que hace que, por ejemplo, las interpretaciones de los actores sean casi lo de menos. Teniendo en cuenta, eso sí, que Brad Pitt como el padre y Jessica Chastain como la madre están brillantes, lo mismo que Hunter McCracken como el joven Jack. La pena es que la presencia de Sean Penn casi parezca un cameo.

Y toda esa complejidad y esa densidad narrativa, toda esa fuerza, para contar una historia de padres e hijos. Padres que no entienden a sus hijos e hijos que no perdonan a sus padres. Como después de todo, desde el origen del universo hasta ahora, todo se reduce a padres e hijos. Ese árbol de la vida que lleva tanto tiempo ahí y sigue creciendo con ramas nuevas. De cómo siempre acabamos pareciéndonos a nuestros padres, incluso más de lo que desearíamos. Y de cómo la tragedia nos marca por igual. A fin de cuentas todos pertenecemos a ese árbol.

Aunque nadie es perfecto y a Malick se le va un poco la mano con tanta milonga sobre el origen del mundo y demás. La película acaba siendo demasiado inaccesible para el público y no deja que cualquiera pueda disfrutarla. Porque es demasiado densa (aquí en el mal sentido de la palabra). Y confunde a veces complicada con compleja. Acaba siendo más complicada de lo que debería, creyendo que eso la hace más compleja. Le sobra algo de metraje y algo de intelectual. Debería ser más emocional que cerebral, lo que hace que a veces parezca una película fría y distante. O incluso aburrida y contemplativa.

Entre medias nos queda una película poderosa y especial. Diferente. Una película que plantea preguntas complicadas, esas que un hijo le hace a su padre sin que este sepa responderlas. Espiritual e incluso llena de fe. Una melodía arrastrada por las imágenes y la música que nos habla del principio y del fin. De lo terrenal y de nuestro propio cielo. Del perdón y la esperanza. Fascinante, bella e indescriptible.

Ahora, como una vaya buscando la última de Jackie Chan, lo lleva claro.

Jesús Usero

Crítica de la película La Piel que Habito

Dejando de lado filias y fobias personales de cada uno de nosotros, que al final de cuentas son las que nos llevan a ver una película o a que termine por gustarnos, hay que reconocerle a Almodóvar que es uno de los grandes directores españoles de nuestro tiempo. No sólo porque gran parte de la crítica, con o sin razón muchas veces, se desviva por todas y cada una de las películas del director manchego, ni porque recauden más o menos dinero en la taquilla, que también suelen hacerlo. Es su forma de entender y hacer cine lo que lo convierte en un valor tan importante para el cine español.

El hecho de que cada una de sus películas sea un evento dentro y fuera de nuestras fronteras (cada vez más fuera), que su cine cree escuela, que haya actores y actrices que se desviven por trabajar con él, que sus películas pasen a ser parte de la cultura popular en muchos casos… Todo eso lo convierte en uno de los grandes valores de nuestro cine, sin casi discusión. Puede gustarnos o no, y aquí la discusión puede alargarse en el tiempo todo lo que deseemos. Su cine puede interesarnos, dejarnos indiferentes, gustarnos o aburrirnos. Pero su importancia dentro de nuestro cine… eso no debería quitársele nunca. Algo bastante habitual, por cierto, ya que, desde que ganó el Oscar, Almodóvar tiene más seguidores fuera de España que dentro. Será la envidia, será el ego… No lo sé, pero es cierto que parte del público y la crítica nacional lleva un tiempo aprovechando la mínima ocasión para atacarle.

Puede gustarnos o no su cine, pero Almodóvar tiene una manera de contar historias visualmente poderosa, unida a sus peculiares guiones a un cuidado trabajo técnico, normalmente impecable. Quizá su particular universo, ese tan reconocible y que hace sus películas tan personales y a la vez tan difíciles de imitar, no sea del gusto de todo el mundo, pero hay mucha inteligencia y mucho talento detrás de sus películas. Con La Piel que Habito ha ido un poco más lejos para añadir nuevas aristas a su cine. Nuevos puntos de vista, si lo prefieren, a algo tan interesante como una película de género.

Porque la última película del director es una película de género, o de muchos géneros mezclados en su peculiar batidora para dar como resultado una película absorbente, única, diferente y que no deja indiferente. No hay forma de eludir sus imágenes y su trama, su puesta en escena y la forma de narrar esta historia sobre una obsesión y una venganza, sobre la locura y también la cordura, sobre lo enfermizo y lo malsano. Pero también lo bello. Cine negro, inquietante, perturbador, con gotas de ciencia ficción y a la vez con todo lo que hace las películas de Almodóvar únicas. Hay de todo en esta poderosa cinta que, como he dicho, no va a dejar a nadie indiferente.

Sorprende de inicio que la trama empieza situándose en un futuro cercano, 2012, pero un futuro a fin de cuentas. No es nuestro tiempo, parecen querer decirnos, no es el presente. Es el futuro, un paso de ciencia ficción (hay cosas que recuerdan a las primeras películas de Amenábar), cercana, realista si lo prefieren, pero ahí queda patente desde los primeros compases y desde la primera vez que nos asomamos al trabajo del médico al que interpreta Antonio Banderas, un hombre con una misión. Con una obsesión. Sin que importe a dónde le lleve su particular venganza por lo que le sucedió a su hija, ni lo que se lleva por delante en el camino. O a quien y lo que le hace.

No he tenido ocasión de leer la novela original en la que se basa la película, pero al parecer llevaba en la cabeza del director bastante tiempo, lo que le llevó a reescribirla en varias ocasiones hasta encontrar la fórmula perfecta para contarla en la gran pantalla. O al menos casi perfecta.

En los tiempos de corrección política y balones blandos y al pie que vivimos, que nos llegue una película como La Piel que Habito es como maná caído del cielo. Tan sombría, tan salvaje por momentos, tan violenta, no sólo física, sino psicológicamente. Hasta los lugares parecen violentos (hay una entrada a un garaje con el reflejo de las luces rojas en techo y suelo que clama peligro por todas partes). Es una rara avis y es un soplo de aire fresco. Es algo distinto, perturbador. Una de esas películas de las que, cuanto menos te cuenten, mejor, para poder sorprenderte y apreciarlo todo.

Como siempre el reparto está a una altura magnífica. Desde un inconmensurable Banderas de regreso al cine que le vio nacer como estrella, a una Elena Anaya cautivadora y enigmática. Eso sin contar el trabajo del siempre único Eduard Fernández, de la brillante Marisa Paredes o de Blanca Suárez, cada vez más presente en nuestro cine y con un futuro impresionante por delante. En ellos cae gran parte del peso de componer unos personajes complejos y difíciles, a veces sutiles, a veces extremos. Pero casi siempre cautivadores.

Si alguien al leer estas líneas piensa que soy un enamorado del cine de Pedro Almodóvar, se confunde. Aprecio su talento y me gustan varias de sus películas, pero su universo muchas veces se me hace ajeno, distante. En esta ocasión ha sido distinto. Nos encontramos ante una de sus mejores películas de los últimos años y, posiblemente, de su carrera. Una visión personal a una trama dura y compleja. Una película interesante de principio a fin y a la que quizá sobran algunos excesos y algunos minutos. Nada insalvable. No hace falta ser intelectual, ni progre, ni gafapasta para disfrutarla y aprender aún más del cine español.

Y encima con una película de género.

Jesús Usero.

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Crítica de la película Los pitufos

Una de estas modas que tan populares se hacen en Hollywood de cuando en cuando (o desde casi siempre) para exprimir la taquilla al máximo, ha sido la de resucitar series televisivas de animación y convertirlas en películas de imagen real, con los personajes principales pasados por el filtro del diseño por ordenador y acompañados de seres humanos de carne y hueso. Ejemplos como El Oso Yogi, las dos entregas de Scooby Doo y Alvin y las Ardillas, o incluso si quieren Transformers, que también tuvo su serie animada en los 80, que es la que puso en contacto al público con los personajes en gran medida. Y si encima se hace en 3D mejor para los bolsillos (caso de la próxima entrega de Alvin)

La última en aparecer bajo estas condiciones ha sido Los Pitufos, nueva película de corte familiar, que seguro será masacrada por la crítica como todas las anteriores (que no estoy diciendo que las infantiles no se lo merecieran, porque alguna se hizo muy difícil de tragar), lo cual siempre asusta a sus responsables porque puede motivar que los padres no lleven a los niños a ver la película en cuestión. Es un miedo comprensible, aunque en este caso puede que esté mal enfocado.

Porque, admitámoslo sin tapujos, los niños se lo van a pasar teta viendo la película con los bichos azules saltando de un lado para otro y animales casi parlantes, y muchas aventuras. Eso no cabe duda, sea la película buena o mala, los niños la disfrutan como lo que son, y normalmente son los padres los que se quejan a la salida del cine. Como no creo que muchos niños vayan a leer esta crítica, nos centramos en si los padres saldrán del cine con un serio dolor de cabeza o habrán pasado un buen rato con sus hijos. Y la verdad es que, en ese sentido, Los Pitufos sorprende.

Sorprende primero porque para quienes nos criamos con los personajes la fidelidad a los mismos ha sido absoluta. Sí, cambian la aldea por Manhattan, y sí, hay un pitufo nuevo. Pero el resto es una transformación perfecta del dibujo animado a la imagen real o el ordenador. Incluso en las personalidades e incluso en algo que queda tan bizarro (y a la larga tan divertido), como Gargamel y Azrael. La película es mucho más fiel que los ejemplos antes mencionados hasta en la insoportable cancioncilla que repiten los pitufos y que allá por el minuto cinco de película ya hace que deseemos taladrarnos los tímpanos y nos temamos lo peor. Luego la película da un giro y comienza a hacer coñas con la canción, tratando de redimirse. Y ese espíritu de fidelidad hace que la cuota de nostalgia se cumpla y que padres e hijos encuentren un terreno en el que compartir algo en una sala de cine.

Es entonces cuando Los Pitufos despega y comienza la aventura. Sencilla, casi simplona, con las dosis habituales de valores tradicionales y buen rollo (aunque con algo más de elegancia que de costumbre, ante todo gracias a la pareja humana protagonista). Y entonces también aparece Gargamel, un sembrado Hank Azaria maestro de la comedia física. Y uno se sorprende riéndose a carcajadas en más de una ocasión. Porque hay chistes demenciales que funcionan como un reloj, con grandes y pequeños. La escena del restaurante, la entrada al baño portátil y su caldero, las charlas con los mendigos… Hay chistes con mucha mala uva para que los padres no pierdan comba. Incluso Pitufina, a quien pone voz en inglés Kate Perry, se sorprende diciendo “Besé a una pitufina y me gustó”, para regodeo de sus muchos fans.

El humor, sutil o no, de sal gruesa o fina, a mala uva o con cariño, funciona en la película. Y en una película a la que uno entra casi con miedo, pues le salva la función. Y te ríes. Ya lo creo que te ríes. Con homenajes a Toy Story, con las brillantes salidas de tono de Pitufo Gruñón (ojo a su historia de amor con un M&M), con ciertos chistes visuales en el taxi… te ríes mucho más de lo que puede uno imaginarse en un principio.

Y sí, es simple, es algo ñoña (son Los Pitufos, ¿qué esperamos?) y puede que la trama resulte algo floja de puro previsible. Visualmente tampoco va a emocionarnos, claro, aunque los pitufos interaccionan a la perfección con la realidad y el 3D con tanto bicho digital, está perfectamente integrado. Pero me recuerda a Como Perros y Gatos 2, con toda su mala uva y sus chistes adultos en una película para niños. Los críos la disfrutan, los mayores no la sufren. Es más, también pasan un rato entretenido. Y soltando carcajadas. Perfecta para familias y nostálgicos ¿Quién puede dar más?

Al final resulta que no tenían que tener tanto miedo sus responsables. Casi seguro que el invento funciona.

Jesús Usero

 

Crítica de la película Caballeros, princesas y otras bestias

Danny McBride es otro de esos comediantes que casi nadie conoce (su serie de televisión es por cable y no es extremadamente conocida fuera de USA), que empiezan poco a poco a meter la cabeza en el mundo del cine, tratando de labrarse una carrera, y que de repente dan el salto como protagonistas indiscutibles de una película que bien puede funcionar (como en el caso de Will Ferrell), bien puede darse un batacazo de padre y muy señor mío como le ha sucedido a McBride con esta comedia en la que contaba con todos los elementos para atraer al público a las salas, pero no supo cómo mezclarlos.

Por un lado contaba con el director de Superfumados y uno de sus protagonistas, James Franco, una comedia de bastante éxito y buenas críticas. Por otro contaba con Natalie Portman, que este año ha estrenado en España cuatro películas ni más ni menos y que parece que ha aprovechado muy bien el tiempo antes de quedarse embarazada. Sobre todo porque tres de esas cuatro películas han sido éxitos de taquilla. Y además contaba con una temática, la de la fantasía épica, que a poco que uno se la curre da mucho juego a la hora de hacer coñas y echarse unas risas.

Crítica de la película Transformers, El Lado Oscuro de la Luna

A ver, con la mano en el corazón y la mayor honestidad posible, ¿cuántas veces hemos dicho que el cine de Michael Bay es malo? ¿Qué es un mal director o que sus películas no tienen guión y sólo son una acumulación de cuerpos Danone y explosiones? Más de uno y más de dos, creo. Ahora, siguiendo con la honestidad, ¿cuántas películas de Michael Bay no hemos ido a ver al cine? Desde Dos Policías Rebeldes a la saga Transformers sus películas son, con excepción de La Isla, algunos de los éxitos de taquilla más importantes de los últimos años. Y no, no estoy diciendo que eso las convierta en buenas películas, pero algo tendrá su cine cuando, pese a las críticas, sigue llenado salas de cine. Y lo seguirá haciendo.

Bay es el más listo de la clase. O de los más listos. Sabe lo que el público desea en una producción veraniega y se lo ofrece en cantidades industriales. Da lo que promete. Adrenalina, efectos visuales de última generación y un tipo de empatía con el espectador que convierte su cine en muchas ocasiones, en un placer culpable. Al menos a mí me sucede así. Su cine no es bueno (a excepción de La Roca), pero tiene algo que engancha. Como la comida basura. Pueden decirnos que las verduras son mucho más sanas, pero eso no implica que no sigamos cenando pizza de vez en cuando. Y que, sabiendo que no es buena ni saludable, encima la disfrutemos.

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Su última película, Transformers, El Lado Oscuro de la Luna, cumple con rigor con todos los preceptos del cine de Bay. Escaso desarrollo de guión o personajes, muchos efectos visuales y pirotecnia, esa épica de andar por casa tan habitual en sus películas y un reparto que mezcla actores consagrados con jóvenes de muy buen ver o prometedor futuro. Y mucha desvergüenza a la hora de mezclarlo todo en la pantalla. Pero también mucho saber y conocer al público. Es, sin lugar a dudas, la mejor entrega de la saga, la que tiene el argumento más trabajado (sin ser nada del otro mundo) y ofrece al personaje central de Sam Witwicki mayor desarrollo dramático. Es la que mejor dirigida está, seguramente para evitar marear con el 3D, así que hay mucha cámara lenta para que podamos ver cómo explotan los robots y media ciudad de Chicago sin perdernos detalle. Y cambia por completo el escenario de las dos entregas anteriores, con menos viaje por el mundo y sin un objeto que todos buscan y sólo Sam puede utilizar para salvar el día. Intenta cambiar de registro para ofrecer algo distinto a las otras dos películas y consigue uno de los espectáculos visuales más salvajes, brutales y geniales del año. Ojo, sólo como espectáculo visual, nada de guión o interpretación. No nos confundamos. Pero tampoco le hace falta y eso lo sabe el director a la perfección.

La hora final de proyección, con esa batalla que arrasa Chicago, con los buenos en inferioridad y con cientos de robots poblando el panorama, es una de las batallas más impactantes que se han rodado en los últimos años. Demencial, violenta, grandiosa y diferente a todo lo que hemos visto antes, en la saga y en la mayoría de películas que llegan a nuestras pantallas. Tiene momentos que son simplemente geniales por exceso, como ver a Optimus Prime arrasando enemigos a cámara lenta y en 3D, en un plano secuencia que te deja sin aliento y pidiendo más. De hecho, termina la película y uno acaba deseando ver más. Más de todo.

Cierto es que la película tarda un poco en arrancar y que a la hora y media de proyección se hace un pelín pesada de digerir. Marea demasiado la perdiz y uno no termina de cogerle el tranquillo a tanto ir y venir de personajes sin mucha enjundia ni rumbo. Pese a escenas de acción como la de Chernobil. Y cierto es que el guión y el director no se preocupan por presentar a los personajes de forma realista o creíble, pero no le hace falta, ni mucho menos. Todo eso lo suple Bay con mucha caradura y simpatía genuina. Si no me creen observen cómo es presentado el personaje de la nueva protagonista femenina y lo entenderán. Michael Bay es como un adolescente con las hormonas revolucionadas y quizá por ello el público, sobre todo el joven, sigue acudiendo en masa a ver sus películas.

Por cierto, hablando de Rosie Huntington-Whiteley , una mujer de bandera que alegrará las corneas de todo heterosapiens de pro, como diría mi compañero Miguel Juan Payán, pero que carece de algo que Megan Fox tiene, ese aire de animal de la pantalla que hipnotiza y hace que se te olvide cualquier otra cosa que haya en pantalla cuando ella está en el plano. Esta chica es preciosa, pero no es Megan Fox. El resto del reparto cumple con creces ante los pocos mimbres que se les da. Desde el siempre convincente Shia LaBeouf, líder indiscutible de la película, a un divertidísimo John Malkovich o un Ken Jeong que roba la película en los 10 minutos que aparece en pantalla. Todos ellos dan la impresión de que se lo están pasando en grande. Y se nota.

Además la película aprovecha que sus protagonistas no son humanos para ser ultraviolenta y casi gore, lo cual la hace aún más divertida. Eso sin contar con ese brillante e impresionante 3D que nos mete dentro de la película, sobre todo en el tramo final, y que hace que merezca la pena pagar un poco más por la entrada.

Antes de que despedacemos Transformers 3, seamos honestos y veamos a qué clase de película nos enfrentamos. Ni Bay es Christopher Nolan ni lo pretende. Sólo quiere que pasemos un rato a lo grande dejando el cerebro desconectado o en casa. Y lo consigue. De una forma incontestable. Y si alguien quiere ver algo con más enjundia o un guión impecable, quizá tendría que optar por ver la última de Woody Allen.

Los que vamos a ver Transformers sabemos a lo que venimos. Digo yo…

Jesús Usero

 

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Crítica de la película Micmacs

Muchas veces cuando me pongo a dar la brasa en estas líneas acerca de lo tarde que nos llegan muchas películas, el lector puede pensar que hablo sólo de la filmografía americana, que, no cabe ninguna duda, es la más importante y comercial del planeta. También es de cajón que muchas películas de todos los rincones del mundo se pierden y nunca llegan, sean de lugares tan lejanos como la India, Japón o China, o tan cercanos como Francia. Todo no puede llegar. No hay sitio y seguramente tampoco haya mercado. Pero también me refiero a películas importantes, de cierto peso y relevancia. Que la última película de Jean Pierre Jeunet llegue con dos años de retraso y encima de una forma tan limitada… Pues, qué quieren que les diga, los cinéfilos y seguidores de este director deben estar algo moscas.

Porque Jeunet no es un donnadie ni un cualquiera. En su haber tiene películas como La Ciudad de los Niños Perdidos, Delicatessen o Largo Domingo de Noviazgo, sin olvidarnos de la película que le ha convertido en un ídolo en medio mundo, Amelie, de la que hay seguidores por todos los rincones, y que debería garantizar una mayor proyección internacional de su cine, que además el buen hombre hace una película cada cuatro o cinco años. Y sí, Micmacs no arrasó precisamente en la taquilla gala, pero como para tener que esperar dos años para que llegue a España… Pues es demasiado tiempo. Repito, es el director de Amelie.

Y en un verano cargado de secuelas de todos los tipos y géneros, de cintas de animación que a veces son algo cansinas, de estrenos que repiten una y otra vez las mismas claves argumentales, narrativas y visuales, la película de Jeunet es un soplo de aire fresco, algo completamente diferente a lo que podemos ver en cartelera sin dejar de llevar el sello de su creador, una mirada distinta a una película que busca entretener y emocionar. Que busca que el espectador disfrute durante 100 minutos de proyección en este peculiar universo.

Digo que lleva el sello de su creador porque si se ha visto Amelie o Delicatessen, a los 5 minutos ya sabemos de quién es la película. Tiene una forma de narrar, de contar historias, personal, única e inconfundible. Su cine está plagado de referencias y claves que llevan de una de sus películas a otra. Antes he mencionado Amelie y Delicatessen porque ésta es un cruce entre ambas con un despliegue visual y de imaginería que ya quisieran para sí el 99% de las historias que nos llegan. Es poderoso y casi hipnótico, y cae en lugares comunes (ese ojo en la cerradura…) que son parte imprescindible de sus universos.

Unos universos que son uno en realidad y cuyos personajes son perfectamente extrapolables entre películas. Bazil, el protagonista de Micmacs, bien podría ser vecino de Amelie antes de su desgracia, y si apareciese alguien tocando el serrucho en esta película, a nadie le extrañaría. Sus personajes son cautivadores, bizarros, divertidos, irrepetibles… Incluso cuando se puso más serio y nos trajo la que, para mí, es su mejor película, Largo Domingo de Noviazgo, ciertas cosas permanecían como parte imprescindible de su cine, como la presencia de Dominique Pinon. Son señas de identidad. Son las cosas que hacen que todas sus películas (a excepción de Alien Resurrección), parezcan formar parte de un mismo engranaje.

Aquí la historia nos lleva a la vida de Bazil, un joven amante del cine que ve cómo su vida es destrozada en dos ocasiones por las armas. Primero cuando pierde a su padre por una mina personal, después ya de adulto, cuando una bala perdida se le aloja en el cráneo sin poder ser extraída, lo que puede matarle en cualquier momento. Y además le hace perder su casa y su trabajo, le lleva a la calle, donde conoce a un grupo de personas sin par y además se permite preparar una venganza contra los responsables de su tragedia. Los directivos de las dos empresas fabricantes de las armas que le han llevado a ser un vagabundo. Pero también a entender la vida de otra forma.

Todo ello está contado como una fábula, un cuento con moraleja que permite a los personajes participar en las más dispares aventuras y misiones, con un aire a caballo entre la serie de televisión Misión Imposible y Ocean’s Eleven. Pero como en todo cuento, los malos son malísimos y los buenos son buenísimos. No hay grises en este mundo.

Lo que hace realmente a la película una maravilla no sólo visual, son los personajes que la habitan. Esa gente como el hombre bala, el inventor, la contorsionista, la madre o el propio protagonista, encarnado por un encantador Dany Boon. Esos personajes son tan maravillosos que no dejan que salgamos de la película en ningún momento. La llegada a la casa de los vagabundos de Bazil, con los personajes presentándose y sus historias es simplemente magistral.

El humor es blanco, como si de una peli de Pixar se tratara (tiene algo de Toy Story), y efectivo, y sirve las historias secundarias con una economía de medios y un ritmo excelente (la historia de amor, el récord Guinness…), dejando a los protagonistas en la piel de adultos con corazón de niños, porque un cuento tiene que estar protagonizado por niños. Y si no, vean cómo reaccionan al sexo, con que humor y con unos ojos casi infantiles. Sin olvidar el hecho de que son huérfanos adoptados por una peculiar madre.

El caso es que siempre queremos saber más de ellos y de sus historias. Y sí, el tema de las armas como trama central es algo obvio y peca de moralina, como todos los cuentos. Y ya no cuenta con el factor sorpresa de las películas anteriores de Jeunet. Y quizá no es tan buena como ellas. No es una película perfecta. Pero si sumamos a todo eso el homenaje al músico Max Steiner, al cine clásico y su peculiar forma de entender la vida, tenemos una muy buena película. Diferente, fresca, única.

De esas que merece mucho la pena ir a ver.

Jesús Usero

 

 



Crítica de la película Resacón 2, ¡Ahora en Tailandia!

Siempre se dice que segundas partes nunca fueron buenas. Tampoco hay que ser un experto cinéfilo que se sabe de carrerilla todas las secuelas cinematográficas de la historia para saber que esa afirmación tiene mucho de cierto. Que muchas de las secuelas que vemos no valen para mucho más que para llenar salas de cine y arcas de las distribuidoras. Películas sacacuartos que acaban decepcionando hasta a los más fervientes seguidores de la película original. Sea por falta de originalidad, por excesos visuales o por simple agotamiento de la fórmula. Las secuelas no suelen gustar. (Otra cosa es que sigamos viéndolas o no…)

Pero también hay secuelas brillantes, dignas sucesoras de la original y excelentes películas que saben enganchar al público y que a veces incluso superan al original. Películas como El Padrino 2, El Imperio Contraataca, Aliens El Regreso o Zombie, de la que hace no mucho hablábamos en uno de nuestros debates, son películas que demuestran que se pueden hacer buenas segundas partes. Muy buenas de hecho. No hace mucho en estas mismas líneas, les hablaba de Kung Fu Panda 2. Y me juego unas cañas a que Cars 2 es tan buena o más que la original. Pues algo muy parecido sucede con Resacón 2… Que es muy buena, y, por momentos, más salvaje y divertida aún que la original.

Eso sí, muchos la han despellejado ya por ser un calco de la original. Una copia que repite paso por paso todos y cada uno de los elementos de la primera película, pero situándola en un nuevo escenario, el de la ciudad de Bangkok. Y sí, es cierto, lo hace. Es un calco de Resacón en Las Vegas. Pero descarado, además. Seamos serios. O, mejor, no lo seamos tanto. Cuando en una comedia como ésta, resulta que nos repiten toda la trama de la película original, ¿no será que es un chiste más? ¿Otra broma dentro de la película? Se ve a la legua que lo que buscan los guionistas y el director Todd Phillips, es conseguir que el espectador sonría por inercia, por el mero hecho de pensar “Pero que sinvergüenzas que son…”. Es un guiño de los propios autores del asunto para con el espectador que se refleja hasta en los diálogos (como la conversación telefónica inicial). Y nosotros aceptamos ese guiño y aprovechamos para pasárnoslo en grande.

Porque Resacón 2 es una de las películas más esperadas del año, como demuestra su brutal carrera comercial en USA. Y eso que la primera parte empezó como una película algo desapercibida en nuestro país, pero gracias al boca a boca se mantuvo. Y el DVD y la televisión (y la piratería, para que engañarnos), la han convertido en una de las comedias más respetadas por la audiencia de los últimos años. Porque no tomaba prisioneros. Porque era salvaje, bestia, políticamente incorrecta y muy divertida. Y sin hacer bromas escatológicas, aunque aprovechando muy bien el cuarto de baño, hacía reír a la gente a base de bien.

La segunda parte hace reír tanto o más. De hecho es aún más salvaje, bestia y políticamente incorrecta, y ataca lo último que le quedaba por atacar. Chistes sobre la disparidad racial. No, no son chistes racistas. En manos de los tres pringados que protagonizan la cinta no podían ser racistas. Son chistes sobre el choque cultural entre Oriente y Occidente. O sobre las cosas que, pese a barreras como el idioma, nos unen a todos.

Y además se aprovecha algo que ya ocurría en la película anterior. Bangkok, como Las Vegas, aparece como pocas veces la habíamos visto en pantalla, con su cara oculta y su cara más dedicada al turismo. Y allí aparecen Bradley Cooper, Ed Helms y Zack Galifianakis (qué brillante química hay entre los tres o cuatro cuando se suma Justin Bartha), que despiertan sin recordar nada de la noche anterior y con un amigo al que encontrar. Y tendrán que revivir la noche paso a paso para recuperarle. Aunque suponga ser perseguidos por la mafia o entrar en conflicto con agentes del gobierno, sin olvidarnos de un curioso grupo de monjes y un mono para llegar a una boda, la de Stu (Helms) esta vez.

Y no importa que sepamos cómo va a transcurrir la historia porque de eso se trata. La sorpresa no está en lo que sucede a continuación, sino en cómo sucede. La sorpresa no es ver al Mr. Chow interpretado por Ken Jeong, sino cómo, dónde y cuándo aparece. La sorpresa no es que se las tengan que ver con un animal, sino lo que ése animal hace. Y la sorpresa no es que haya fotos en los títulos de crédito, sino ver las fotos y que las de la primera entrega parezcan parte de una película infantil.

Escenas como las del autobús, el monasterio, la venta de drogas o el local de striptease, hacen que se te salten las lágrimas de la risa, y siempre encuentras motivos para sonreír, al menos, durante todo el metraje. Sí, Todd Phillips no es el director con más inventiva visual de la historia, y sí, podían haberse arriesgado más y haber hecho una película diferente, menos intrascendente, más… especial. Pero entonces ya no sería Resacón 2 y quizá no hiciese reír tanto. Porque, además, esa es la única pretensión de la cinta. Hacer reír. Nada más. Y encima lo consigue. Aunque Heather Graham no aparezca por ningún lado. Todos y todo lo demás están presentes (pero todos, todos…).

Como les decía, muchos críticos la han atacado por el hecho de la falta de originalidad en lugar de aceptarlo como una broma más, otra de las muchas que aparecen en la película. Yo sólo sé que en una sala llena de periodistas las risas no escasearon durante la hora y media de proyección. Así que alguien quizá miente… Lo mejor que pueden hacer es juzgar ustedes mismos. Con un grupo de amigos y unas cervezas hay pocas películas que puedan ofrecer tanto por tan poco. Y no olviden quedarse hasta ver todas las fotos.

Estos tipos son tan buenos, que encima guardan lo mejor para el final…

Jesús Usero

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