Jesús Martín

Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación

Julius Avery debuta como director de largometrajes, con esta acelerada película sobre robos rocambolescos. El resultado es un filme un tanto irregular en su desarrollo, aunque aporta buenas sensaciones de cara a la futura carrera del director australiano.

Si hubiera que escoger un sentimiento respecto a Son Of A Gun, este sería el de la confusión. La extrañeza que conlleva tal efecto se impone con fuerza a lo largo de las secuencias iniciales de esta obra. Así, y según los prolegómenos de la cinta, parece que la movie va a ser una crónica penitenciaria en un primer acercamiento, con peleas en el patio y violaciones en las duchas. En ese contexto es como se encuadra la presentación del personaje que interpreta Brenton Thwaites: un chico descarriado que responde a las iniciales de JR, el cual ingresa en la cárcel por un periodo de seis meses, debido a un supuesto delito de pequeña gama. Un boy con aspecto salvaje y determinado, que se muestra como carne de cañón a los ojos de los matones más sádicos del penal.

Sin embargo, pronto adquiere una presencia protagónica el misterioso papel al que da vida el escocés Ewan McGregor: un hampón con una larga condena de por medio, que acredita el nombre de Brendan Lynch.

Hasta llegar a ese momento poco o nada se ha explicado respecto a JR y Brendan (ni siquiera se tiene información alguna de sus faltas con la ley), lapsus que genera una especie de desasosiego en el espectador: malestar que tiene más que ver con la exasperación por el olvido, que con el verdadero interés por comprobar adónde quiere llegar el cineasta. No obstante, Avery repara pronto este error –aunque solo a medias-, al concretar la naturaleza del acercamiento del hombre al que encarna McGregor hacia el ingenuo chaval con los rasgos de Thwaites.

Ese periodo de la cárcel es quizá el que peor está reflejado en la cinta: expuesto con fotogramas de rancia violencia penitenciaria, sin chispa ni inquietud. Un efecto que pone al descubierto las carencias del filme.

Más entonada está la parte que transcurre fuera de la institución de máxima seguridad, ilustrada con la huida del penal y el asalto a una fábrica de lingotes de oro. Sin embargo, el largo es incapaz de aumentar sus expectativas de la manera adecuada. Y todo por culpa de un guion que solo ofrece bosquejos desgarrados de cada uno de los personajes, cuyas existencias no logran la comprensión adecuada en ningún instante. Ni siquiera la relación amorosa que mantienen JR y una prostituta llamada Tasha (Alicia Vikander) alcanza una mínima cota de verosimilitud.

Todo ello hace que Son Of A Gun se perciba con bastante escepticismo, y que el trabajo de los actores esté afectado por tal confusión general. Un elemento de despiste que enfatiza la inadecuada elección de Ewan McGregor, para caracterizar a un individuo que no se ajusta a sus características físicas; ya que el británico posee unas facciones demasiado delicadas, lejos de las cicatrices de un delincuente como Brendan Lynch.

No obstante, Avery sí que exhibe un agradable pulso en las escenas de acción, donde el oceánico parece inspirado creativamente por el cine de Michael Mann.

 

Jesús Martín 

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Interesante mezcla de drama y thriller, en la que Samuel Martín y Andrés Luque muestran el proceso de una venganza que traspasa las fronteras. Una aventura donde Juana Acosta construye un papel de madre coraje realmente sorprendente.

Los directores de la algo irregular Agallas regresan a las pantallas con esta crónica rodada entre Colombia y España, y en la que se pone de manifiesto la espiral de violencia que acompaña a las tropas de mercenarios que luchan en las zonas más conflictivas del planeta.

Bajo esas coordenadas, la historia de Tiempo sin aire juega con soltura a través de diferentes tiempos narrativos, siempre pendientes de un argumento con numerosos puntos oscuros; los cuales solo se resuelven al final del metraje. De esta manera, el espectador asiste un tanto virgen y sin certezas previas al viaje inicial de un joven español, quien se ha alistado voluntario en el ejército colombiano para ejercer como soldado de las tropas regulares. Sin embargo, una vez en ese país, el aparentemente simpático muchacho se transforma en un ser diferente, capaz de cerrar los ojos antes las depravadas acciones de sus compañeros para con los aldeanos.

Dentro de ese cuadro de injusticias, se encuentra una enfermera llamada María; la cual vive con sus hijos y su suegro de una manera más o menos pacífica. Por lo menos, hasta que la milicia en la que se encuentra el andaluz toma posesión de la zona. A partir de ese instante, la película experimenta un salto hacia un presente lejano y misterioso; para instalar la cámara en el momento en que María y su hijo pequeño se hallan en España, obsesionados por encontrar a un hombre del que únicamente conocen su nombre de pila y su rostro.

Estas son las líneas que sustentan el guion del filme, y que adquieren la fisonomía de una tragedia coral tras la incorporación del personaje de un psicólogo infantil al que interpreta Carmelo Gómez, y que se enamora del personaje de Juana Acosta. Un laberinto al que igualmente se suma la novia del ex mercenario, a la que dota de físico la mediática Adriana Ugarte.

Grabada con un ritmo conciso y progresivo, la película goza de mayor contundencia cuando se centra en los acontecimientos ocurridos en Sudamérica, mientras que pierde fuelle de autenticidad cuando escenifica la improbable historia de amor entre el papel del psicólogo y el de la extraña y opaca María.

Las revelaciones continuas sobre lo que unió en el pasado a todos los integrantes del largo es lo que da verdadero sentido y coherencia a lo que Martín y Luque muestran en la pantalla. No obstante, la sensación de que el asunto se alarga en exceso hace que el interés por descubrir la resolución del misterio se vaya perdiendo poco a poco, entre tanto sufrimiento solo entendible después de asistir a la sucesión de vejaciones y muertes que sufrió la madre coraje que lidera la trama.

Al final, la reflexión sobre los efectos de las guerras, y sobre la culpabilidad de cualquier bando participante, se impone con fuerza como el mensaje subliminal y preciso de una cinta cargada de brillantes caracterizaciones.

Jesús Martín

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Rafa Martínez convierte el problema de la crisis inmobiliaria en un slasher chorreante de sangre, muy en la línea de Hostel y Rec.

Alicia (Ingrid García Jonsson) trabaja como inspectora del ayuntamiento de la Ciudad Condal, encargada de comprobar el estado de los edificios y de las viviendas particulares. Un día, la joven va a visitar a un anciano que se niega a abandonar su casa en un inmueble céntrico, y eso a pesar de ser el único vecino de la construcción. El hombre le cuenta a la arquitecta técnica que la inmobiliaria había hecho todo lo posible para que vendiera su habitáculo, pero que él había contestado que solo se marcharía cuando estuviera muerto.

Esa noche, el novio de la protagonista (un enfermero extranjero llamado Simon, al que pone físico Bruno Sevilla) cumple años, y la gachí le prepara una fiesta sorpresa en el mencionado inmueble. Allí, envueltos por la aparente soledad, la lluvia cae insistentemente. Sin embargo, la pareja está en peligro; ya que el anciano inquilino es asesinado por un misterioso equipo de personas, encargado de dar matarile a los que se resisten a dejar sus hogares.

Así se presenta el tema de la irónica Sweet Home, película de terror con la debuta en la dirección Rafa Martínez; y que muestra las diferentes perspectivas desde las que se puede atisbar la acuciante realidad de la crisis inmobiliaria. El cineasta primerizo despliega un pulso realmente sorprendente para mantener el interés y el suspense, siempre pendiente de una trama en la que afloran influencias diversas y heterogéneas. Un crisol de espejos deformantes en el que se pueden atisbar los reflejos de sagas como las de Viernes 13, Rec, Hostel o La matanza de Texas. Aunque también es posible encontrar algunos destellos de filmes bastante distintos, como Sola en la oscuridad.

El director saca el debido partido a un espacio tan reducido como el de la destartalada casa de pisos en la que transcurre la acción, y que solo abandona de manera circunstancial. Ese posicionamiento escénico contribuye a aportar la sensación de insana asfixia que transmite la historia, y en la que la violencia irracional se percibe con inusitada fuerza y sin matices individualizadores.

No obstante, en ese desenfreno por exhibir los efectos asesinos de un grupo de matarifes contratados por una empresa de la construcción o por una entidad bancaria, lo que se echa de menos es una mayor identificación de los enemigos a los que se enfrentan Alicia y Simon. Al final, esa falta de certidumbres, y ese ir a ciegas por la trama, tiene un efecto positivo y otro negativo.

El positivo se centra en que es mucho más fácil dejarse llevar por una neurosis criminal a la que no hay que buscar mayor explicación que la de las huidas contundentes. Mientras que el aspecto negativo hunde la verosimilitud del argumento en una ciénaga de hemoglobina gratuita, para la que no existen aclaraciones ni insinuaciones mínimamente coherentes.

Sweet Home entretiene con su gore de morbosas connotaciones urbanísticas, y contribuye a iluminar los letreros de la alarma social sobre los comportamientos de los bancos y las inmobiliarias, con respecto a los indefensos inquilinos. Ojalá la ficción, sobre todo ante casos similares, siempre supere a la realidad.

Jesús Usero

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Max Giwa y Dania Pasquini ponen a bailar al personal con algunos de los temas más reconocibles del pop y el rock de los ochenta. Una feel good movie en toda regla donde el elenco interpretativo brilla tanto como las versiones de las célebres canciones.

Taylor (Hannah Arterton) viaja a una zona costera de Italia para asistir a la boda de su hermana mayor, Maddie (Annabel Scholey). La chica ya conocía el sitio de antes, cuando estuvo de vacaciones y se enamoró de un lugareño llamado Raf (Giulio Berruti). Conmovida por los recuerdos, la protagonista toma la decisión de contactar nuevamente con el joven, e invitarle a la ceremonia. Lo que no supone es que el futuro esposo de su sister coincide en identidad y físico con el muchacho al que plantó tiempo atrás.

Tal es el argumento central de Walking On Sunshine, una película concebida para divertir desde la primera escena; y que mezcla con soltura la naturaleza de los karaokes de altura con los resortes de la comedia romántica clásica.

Heredero de Mamma Mia! y de Amanece en Edimbrugo, este musical (cuyo título copia el de la homónima tonada del grupo Katrina and the Waves) derrocha energía por cada fotograma, y cromatismo escénico en cada giro de cámara. Todo un engranaje que provoca que el público asistente participe de las desventuras y amoríos de los personajes, quienes narran sus penas y alegrías al son de baladas extraídas del repertorio de Cindy Lauper, Depeche Mode, Cher o Huey Lewis and the News.

Una apuesta coreográfica que, no obstante, está integrada por un cuadro dramático cuyos miembros no son en su mayoría ni verdaderos cantantes ni bailarines. Sin embargo, la efectiva complicidad con los directores hace que el elenco brille en funciones ajenas a su habitual desarrollo profesional. Labor en la que destacan los atractivos Giulio Berruti y Hannah Arterton. El protagonista romano de El halcón y la paloma (a quien también se pudo ver en el largo Bon Apetit) saca todo el jugo al galán confuso bautizado Raf, mientras que la hermana pequeña de Gemma Arterton hace lo propio con la cabal y aparentemente segura Taylor.

Aunque, a nivel mediático, sea el debut en la pantalla de la potente Leona Lewis la mejor carta de presentación internacional de la movie. La estrella de Factor X atenúa las lagunas interpretativas con sus excelentes dotes para los gorgoritos, aunque su personaje esté un tanto diluido (algo que, a la postre, resulta incluso productivo).

Dentro del casting es justo mencionar la gamberra caracterización de Greg Wise (la pareja de Emma Thompson, que saltó a la fama en Sentido y sensibilidad). El espigado actor da todo un recital tunero para montar al calavera de Doug; y, de paso, se marca un número de Faith que habría convencido al propio George Michael.

Con sencillez y alegría, Walking On Sunshine consigue su objetivo: que los espectadores salgan del cine con la sensación de haber repasado muchos de los hits que marcaron sus vidas. Además de recibir ideas para triunfar en las sesiones de karaoke con los amigos y la parentela…

Jesús Martín

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Louis Clichy y Alexandre Astier recuperan el espíritu original de los cómics de Goscinny y Uderzo, a través de esta inspirada cinta de animación.

Después de la última aventura de Astérix y Obélix en su versión de carne y hueso (encuadrada bajo el título de Al servicio de su majestad), la cosa quedó clara: a los galos de la pócima mágica no les sentaba particularmente bien el mundo de los actores con rostros reconocibles. Y eso que Gérard Depardieu se había acomodado bastante bien dentro de las orondas hechuras de Obélix.

Quizá esa sea la causa por la que Clichy, responsable de parte de los dibujos de Wall.E y Up, planteó la recuperación del universo diseñado por René Goscinny y Albert Uderzo en el terreno que más se ajustaba al auténtico espíritu de las viñetas: el de la animación. Una apuesta que, a tenor de los resultados cinematográficos, resulta coherente y acertada.

Bajo esas premisas conceptuales y artísticas, La residencia de los dioses consigue reproducir con cierta fidelidad la espectacular e inacabable imaginación de las historietas de papel. Algo que los seguidores de los legendarios personajes encontrarán especialmente interesante.

La frescura del guion y la gracia de muchas de las situaciones y de los diálogos ayudan sobremanera en esa línea, y trabajan a destajo para que la película no pierda el hilo de la diversión y el entretenimiento. Coordenadas esenciales para el enganche de todo tipo de público, las cuales se ven reforzadas por el inteligente planteamiento de la escenografía y del guion.

Ingeniosa y fácil de entender, la trama del filme mete en juego el tema de la colonización turística, para enlazarlo con la lucha de los romanos contra los galos. Postura que lidera Julio César, quien está más que harto de que los bárbaros bigotudos salgan victoriosos cada vez que se enfrentan cuerpo a cuerpo con sus legiones. Por eso, el emperador atisba ganarse a los tipos con la construcción de un recinto de ocio y esparcimiento. Aunque, en realidad, este método esconde el ataque sin tregua una vez obtenida la confianza de sus enemigos.

Este sencillo hilo temático le sirve a la pareja de realizadores para montar un espectáculo destinado a toda la familia; en el que no faltan los chascarrillos esenciales, la presentación de una galería de secundarios rica en matices y guiños cómicos, el despliegue del humor absurdo y deslumbrante marca de la casa de Goscinny y Uderzo, y una ambientación en la que brilla el espíritu de los míticos cómics.

Todo esto confluye en una cinta que se ve con una agradable sensación de nostalgia hacia la infancia perdida. Un período que queda enfatizado con una banda sonora en la que incluso suena la balada setentera Será porque te amo, interpretada en italiano por el grupo Richie e Poveri.

No obstante, pese a tantos parabienes, La residencia de los dioses adolece de un mayor peso activo de los inigualables Astérix y Obélix; ya que, según la caracterización que se hace de ellos en la movie, ambos son superados con creces por otros roles del nutrido reparto.

Jesús Martín

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Kevin James despliega todo su histrionismo y su arsenal de chistes de un único sentido, en esta secuela creada a la medida del gesticulante humorista estadounidense.

Situada en el segundo puesto del prestigioso box office made in USA durante el primer fin de semana desde su estreno –tan solo superada por Fast & Furious 7-, Superpoli en Las Vegas aterriza en las salas españolas avalada por el moderado éxito obtenido hace seis años por Superpoli de centro comercial (Steve Carr, 2009). Dos cintas que parecen calcadas la una de la otra, y que únicamente se distinguen por las diferencias situacionales y algún que otro retoque en cuanto a la realidad vital de sus protagonistas (hay que ofrecer algo nuevo para justificar la secuela).

En esta continuación, Paul Blart (el orondo agente de seguridad al que pone físico Kevin James) es invitado con su hija Maya (Raini Rodriguez) a una convención en Las Vegas. Toda una oportunidad para que el frustrado defensor de la ley con placa de pega ponga en jaque al personal del hotel, y de paso desenmascare una red de ladrones de obras de arte que planea dar un golpe de muchos millones de dólares.

Andy Fickman (La montaña embrujada) dirige esta cinta con el pulso un tanto torcido; aunque el auténtico artífice y motor del producto sea el estomagante Mr. James (el actor ejerce como guionista, productor e intérprete principal). De esta manera, todo el metraje del filme traspira la omnipresencia del citado gracioso nacido en Nueva York, quien se empeña una y otra vez en explotar una faceta simpática absolutamente inexistente en su caracterización.

El que fuera compañero de Will Smith en Hitch: Especialista en ligues suda lo suyo para apelar a la complicidad del público mediante metidas de pata a mansalva, tropezones artificiosos, salidas absurdas de tono, verborrea insaciable y exageración hasta el límite de lo soportable.

Dentro de ese repertorio de gags fallidos, al intérprete no le funcionan ni los bailoteos de telecomedia ochentera; algo que hunde al filme en un despropósito continuo, al que se suman la endeblez de la trama y el casi nulo aprovechamiento del resto del elenco.

No obstante, los beneficios obtenidos por el largometraje en las taquillas yanquis certifican que Superpoli en Las Vegas ha llamado la atención de un gran número de espectadores; dato que apunta hacia el poder de convocatoria de esta clase de movies, centradas exclusivamente en regalar humor light sin efectos secundarios.

Quizá, la capacidad para ser comprensible por todo el mundo –sin dobleces o miedo a la sorpresa- sea donde resida la mayor virtud de esta película. Un vehículo de entretenimiento ideal para los que se entusiasman con los chascarrillos de naturaleza infantil, diseñados para arrancar la hilaridad de familias domingueras.

Probablemente, Kevin James sea todo un ídolo de la escena en la nación de las barras y estrellas; pero su apuesta cinematográfica se atisba como demasiado forzada e ingenua. Visto lo visto: Andrés Pajares, Fernando Esteso, Martes y Trece, Santiago Segura o Los Morancos no tienen nada que envidiar a estos nuevos gurús de la risa fácil importados del otro lado del charco.

Jesús Martín

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Los responsables de la interesante Tú eres el siguiente (el director Adam Wingard y el guionista Simon Barret) vuelven a juntarse en esta divertida película, en la que convergen influencias de buena parte del cine de terror de los setenta, ochenta y noventa.

Un soldado víctima de un experimento regresa a la vida civil después de licenciarse. Sin mucho más que hacer, el tipo -cuyo supuesto nombre es David- decide visitar a la familia de un compañero muerto. Sin embargo, nada es lo que parece; y el ex militar resulta ser un arma mortífera, preparada genéticamente por el gobierno. Este argumento, entre la ciencia ficción y el slasher puro y duro, es el que cuenta The Guest. Un largometraje que sus responsables entienden como una oportunidad para homenajear solapadamente el cine de hace unos lustros.

Para empezar, la trama remite a una mezcla extraña entre Soldado universal, El héroe y el terror y El padrastro. La primera, por el lado de los experimentos secretos para crear el combatiente perfecto. La segunda, por el asesino que amenaza con su invulnerabilidad criminal a los “buenos”. Y la tercera comparte el lado del gusto del psicópata por acabar con una familia aparentemente normal.

Pero la película de Wingard y Barret también tiene sitio para rememorar otros títulos del grito palomitero, tales como Prom Night, La noche de Halloween y la saga de Scream. Una obsesión en clave de homenaje en la que igualmente caben guiños a The Jackal (la movie de Michael Caton-Jones, con Richard Gere y Bruce Willis) y a En la línea de fuego.

En definitiva, todo un zumo de cine de género que las mentes de Tú eres el siguiente unen con imaginación y buenas dosis de adrenalina. Aunque, en medio de esa alquimia, es más que justo destacar el trabajo del británico Dan Stevens; el cual resulta vital para que funcione la cosa. El otrora rubio aristócrata de Downton Abbey cumple perfectamente en la piel del desquiciado David. Y eso que el ex narcotraficante de Caminando entre las tumbas no es un armario ropero de músculos.

A su lado, el resto del elenco empalidece por la poca chicha de sus roles. Ni siquiera la heroína encarnada por Maika Monroe consigue hacer sombra al eficaz matarife, que cumple con su estatus como estrella.

Ante tal filón a explotar, Wingard carga las tintas en la caracterización de Stevens, y hace que todo gire en torno a él. Así construye un libreto del que importa poco su falta de verosimilitud; ya que lo realmente atrayente es la sucesión de sustos carniceros, en los que la hemoglobina salta al gallinero sin el menor asomo de disculpa.

Por cierto, y a tenor de las influencias, en The Guest aparece una escena en la que el asesino escapa a través de un montón de ropa tendida. Algo que recuerda vagamente a una de las entregas de Viernes 13 y a la mítica La noche de Halloween.

Lo dicho: cine de antes con la eficacia de los viejos tiempos, en los que reinaban en las salas tipos tan retorcidos como John Carpenter, Tobe Hooper y Wes Craven. Jesús Martín

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La crisis económica y la falta de valores sociales que imperan en la actualidad inspiran esta comedia alocada y carente de lógica, en la que la sensación de lo absurdo toma el auténtico protagonismo.

En 1972, Antonio Mercero puso en la balanza de los análisis mordaces al mundo contemporáneo, en su corto La cabina. La obra del director de Lasarte narraba la pesadilla de un angustiado José Luis López Vázquez, quien mostraba su incapacidad para escapar de una simple cabina de teléfonos.

Veintiún años después, Joel Schumacher volvió a poner en tela de juicio a la sociedad moderna, en la claustrofóbica cinta Un día de furia. Aunque en el caso del cineasta neoyorquino, el punto de vista era mucho más violento que el exhibido por el responsable de Farmacia de guardia.

Iñaki Lacuesta (Los condenados, La leyenda del tiempo) parece haber juntado las tesis rectoras de estos dos trabajos, para montar el guion de Murieron por encima de sus posibilidades: una auténtica sátira dotada de la exageración voluntaria, en la que cualquier momento de tregua queda subyugado a la contundencia de una temática abiertamente destroyer.

La crisis económica e institucional que asola España, y por ende a Europa, sirve de pretexto argumental al realizador para levantar una ácida movie, en la que el protagonismo se lo reparten cinco individuos escapados de un manicomio. Los hombres están internados por asesinar a diferentes personas relacionadas con su entorno cotidiano. Una vez fuera del centro, los tipos forman la banda de los Osos Panda, y empeñan sus esfuerzos en secuestrar al presidente del Banco Central; todo con el fin de reivindicar un planeta más solidario.

Frente a un guion tan delirante, el largo solo funciona cuando lo hacen las gracias de los protagonistas. Por esta razón, Lacuesta entrega el engranaje de la película –sin reserva alguna- a la capacidad humorística del quinteto principal; compuesto por Albert Pla, Raúl Arévalo, Jordi Vilches, Iván Telefunken y Julián Villagrán. Ellos son lo más destacado de un filme que hace aguas por los cuatro costados, y que solo mantiene el tipo en el universo absurdo y surrealista que proyecta.

Pese a nutrirse de parte de lo más florido de la escena nacional (por la cinta pasan José Sacristán, Imanol Arias, José Coronado, Bárbara Lennie, Sergi López, Carmen Machi, Ariadna Gil, Emma Suárez, Ángela Molina, Eduard Fernández, Josep María Pou, Luis Tosar…), el filme naufraga por el grueso trazo de una ironía sin sustancia. Una tierra de nadie, en la que se suceden sin el menor ingenio situaciones tan poco edificantes como la de un grupo de ministros desmembrándose mutuamente; o las ridículas e infantiles lecciones del papel del presidente del Banco Central (Josep María Pou), quien recibe a su ejecutor en una sauna camuflada dentro de un barco pesquero. Triste cadena de despropósitos, cuya guinda la pone una troika que hace buenos los gags de los espacios televisivos más casposos del Fin de Año televisivo.

No obstante, y a pesar de sus problemas artísticos, la cinta de Lacuesta tiene en su favor la envolvente banda sonora que la acompaña, a la que pone voz y tintero Albert Pla.

Jesús Martín

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Russell Crowe debuta en la dirección con una película de sorprendente calado dramático, en la que es posible atisbar la huella de cineastas como Peter Weir y Bruce Beresford.

Pese a su apariencia de tipo hosco y rocoso, el protagonista de Gladiator es un hombre con una aguda sensibilidad, aparte de acreditar un excelente gusto para narrar historias desde el punto de vista humano. Por lo menos, esas sensaciones son las que transmite esta ópera prima del actor neozelandés, quien ha huido de los grandes presupuestos para debutar detrás de la cámara con una producción pequeña, centrada en los valores que unen a las personas.

Con la batalla de Galípoli como telón de fondo (ese sangriento enfrentamiento entre otomanos y oceánicos que se saldó con 250.000 bajas, durante la Primera Guerra Mundial), Crowe monta un escenario en el que las banderas quedan supeditadas a los individuos que las portan, y donde los patriotismos unidireccionales son diluidos por la comprensión hacia los familiares de los caídos en ambos bandos.

Bajo estas consignas argumentales, el intérprete de Master and Commander centra el guion en la odisea experimentada por un padre (al que encarna el propio Russell), cuando parte de su Australia natal para recuperar los cuerpos de sus tres hijos, desaparecidos en Galípoli.

Así comienza El maestro del agua; pero pronto cambia de tercio, para mostrar el dolor de los hombres y mujeres que perdieron a alguien en la fatídica contienda. Dentro de este planteamiento, el protagonista (el zahorí Connor) se mete poco a poco en la realidad del pueblo turco, y descubre que no hay diferencias sustanciales entre el llanto de sus supuestos enemigos y el de sí mismo.

A través de su relación con una viuda llamada Ayshe (Olga Kurylenko), del hijo de esta y del antiguo oficial turco que comandó las tropas en la batalla de Galípoli; Connor (identidad del papel de Crowe) abre su mente con el objetivo de entender a los que le privaron de su descendencia, aunque esto no aplaque su amargura.

Llama la atención la hondura planteada por el actor nacido en Wellington, a la hora de enfrentarse a un proyecto tan complejo y poliédrico. Sin duda, RC ha sacado un excelente provecho de su colaboración con algunos de los mejores directores de las últimas décadas; y lo ha plasmado en este largometraje, donde exhibe un conocimiento preciso de los ingredientes cinematográficos. En este sentido, resulta más que estimulante la parte rodada en la granja australiana. A lo largo de las secuencias que componen este segmento, es fácil distinguir la huella dejada en el ADN del creador isleño por el cine de Weir y Beresford: una herencia que el debutante realizador ejercita con soltura, mediante los juegos de luz y los ritmos mortecinos. Tales reflejos de calidad quedan también latentes en el rodaje llevado a cabo en Estambul, con la construcción de los personajes de Ayshe (notable caracterización de Olga Kurylenko) y del Mayor Hasan (Yilmaz Erdogan). Sin embargo, el buen pulso desplegado se tuerce un poco conforme Russell avanza hacia el desenlace. Con más prisa de la acostumbrada, el neozelandés estigmatiza con simpleza el conflicto entre Turquía y Grecia, y termina por tambalear las agradables sensaciones precedentes con un desenlace acelerado y un poco creíble.

Jesús Martín

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Helen Mirren vuelve a ofrecer una clase magistral de interpretación, en la piel de una emigrante austriaca que reclama la devolución del patrimonio artístico de su familia.

Este año se cumplen setenta aniversarios del final de la Segunda Guerra Mundial; sin duda alguna, el conflicto bélico más sangrante de la era contemporánea a nivel planetario. Millones de personas perdieron la vida en los combates y bombardeos, pero un número equivalente lo hicieron en los campos de exterminio montados por la maquinaria genocida de los nazis. Dentro de esa obsesión por acabar con los llamados enemigos del Tercer Reich, los judíos se convirtieron en el blanco más directo de los asesinatos cometidos por los esbirros del régimen nacionalsocialista. Una aniquilación programada desde las instancias más altas, que conllevó al saqueo sin medida de las posesiones de los acusados de practicar la religión hebrea.

Simon Curtis se hace cargo de esta herida aún abierta a través de la historia de Maria Altmann: una mujer que luchó con uñas y dientes para recuperar los cuadros que les fueron sustraídos a sus familiares por los seguidores de la cruz gamada, pinturas entre las que estaba la célebre imagen La dama de oro, de Gustav Klimt.

Narrada en dos tiempos distintos, la película del responsable de Mi semana con Marilyn cumple adecuadamente con el objetivo de ilustrar los problemas –tanto emocionales como burocráticos- a los que se enfrentó la heroína a la que da vida Helen Mirren. A tal efecto, el director británico acierta al no prestar excesiva importancia al marco legal en el que se desarrollaron las acciones para poder recuperar el legado de la Sra. Altmann; ya que lo que realmente le importa es la parte afectiva y sensible de la historia.

Con semejante propósito, Curtis establece el cuadro de La dama de oro como eje central del guion; y al personaje de la tía de Maria (la bella y enigmática Adele Bloch Bauer, que fue la modelo que posó para Gustav Klimt en la citada lámina sobre tabla) como timón del mismo. La obra maestra del autor de El beso sustenta pues el argumento del filme, y sirve de puerta principal para alternar el pasado y el presente con la simple contemplación de su dorado fondo.

Tal esquema de sutiles trazos le da pie a Helen Mirren para desarrollar un trabajo que está a la altura habitual de los que suele ofertar. Aunque en esta ocasión, el alter ego cinematográfico de la reina británica Isabel II pueda enriquecer su envidiable gestualidad con sus dotes para la dicción intermitente entre el inglés americano y el alemán.

Estos parabienes se contagian al resto del elenco, donde Ryan Reynolds y Daniel Brühl sobresalen por la importancia de sus colaboraciones en el discurrir del relato.

Sin embargo, las buenas impresiones del equipo actoral no se transmiten en igual medida al tono general del libreto, el cual se mueve con demasiada ligereza por acontecimientos terribles, y cuya visión tenía que ser diametralmente más dramática que la que exhibe la cámara del contenido Curtis. En este sentido, a la acción le falta la fiereza y la rabia de alguien que tiene que despejar el miedo ancestral hacia un pasado tan terrible.

Jesús Martín

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