Hogar, nueva producción de Netflix en España con Mario Casas y Javier Gutiérrez.

Después del éxito de series como Las chicas del cable y Élite Netflix apuesta de nuevo por una producción española titulada Hogar. La película, que acaba de comenzar su rodaje en Barcelona, cuenta con actores de la talla de Javier Gutiérrez (Campeones), Mario Casas (El fotógrafo de Mauthausen), Bruna Cusí (Verano de 1993) y Ruth Díaz (Tarde para la ira) bajo la dirección de Álex y David Pastor (Los últimos días).

La isla mínima. Imprescindible cine policíaco. Aún mejor que Grupo Siete. La mejor película española del año. 

Alberto Rodríguez se corona con La isla mínima como uno de los mejores directores con los que cuenta el cine español actual. Su capacidad de creación visual con personalidad, su talento para contar historias en imágenes que vienen respaldadas por tramas competentes servidas con afán perfeccionista y con un trabajo en el que destaca también la dirección de actores, sitúa a Rodríguez en la primera división del cine europeo. Además tiene una visión de los géneros sin complejos que le permite facturar producto digno de interesar a público internacional, lo cual que sus películas son películas sobre la frontera, entre el bien y el mal, entre el crimen y la ley, fronteras éticas y espirituales tanto como fronteras geográficas o mentales. Por eso es tanto más inexplicable que La isla mínima no esté entre las candidatas a competir por los Oscar, considerando además que es un policíaco de factura intachable, ejemplar, con toques clásicos a los que Alberto Rodríguez ha sabido añadir la idiosincrasia cultural e histórica española. De manera que su paseo por el sur  de España siguiendo la pista a un asesino en serie en compañía de dos policías recuerda notablemente la mejor serie policiaca  norteamericana de los últimos años, True Detective, con la que presenta puntos argumentales y visuales en común (esos planos cenitales que dibujan el mapa del laberinto que recorren los protagonistas investigando el crimen, por ejemplo), se da la mano con esa otra historia del sur estadounidense. Pero además tiene la habilidad de no entregarse al mimetismo gratuito de las fórmulas del policíaco estadounidense, y desde el primer momento presenta con orgullo su identidad plenamente española.

Ambientada a principios de la década de los ochenta, La isla mínima es algo más que un cuento policial de caza del asesino emparentado con clásicos norteamericanos como Arde Mississippi, Seven o Zodiac. Alberto Rodríguez sabe cómo buscarle las vueltas a la época de la transición política en la que todavía conviven los residuos del franquismo y la joven democracia, un duelo que va más allá de la política para convertirse en duelo entre dos mundos o dos maneras de entender el mundo, o mejor, de adaptarse al mundo, desde la supervivencia o el idealismo. Ese pulso se materializa en los dos detectives protagonistas. Y en eso los actores son una de las claves esenciales que permiten a Rodriguez imponer la propia personalidad a la película más allá de sus equivalentes norteamericanos. Javier Gutiérrez borda desde el primer hasta el último fotograma su construcción del policía veterano y con un pasado nada claro en las filas de la represión del último franquismo. Estamos acostumbrados a ver a este actor en papeles más ligeros –lo cual, que quede claro, no significa que sean más fáciles-, como por ejemplo esa especie de reescritura de la figura de Sancho Panza que practica con singular talento y no poco sentido del humor en la serie Águila Roja, de la que Gutiérrez se ha convertido en el alma de la peripecia constituyéndose en el legítimo representante del público dentro de la aventura. En La isla mínima consigue otro efecto similar ganándose la empatía del público desde las mismas claves de cercanía y humanidad, pero trabaja en otro registro y consecuentemente su manera de ganarse nuestra simpatía es aún más elaborada, porque su personaje es mucho más complejo. El resultado es algo que ya sabía cualquiera que hubiera visto a Rodríguez construyendo el personaje del sufrido escudero del héroe en Águila Roja: es uno de los mejores actores con que contamos en España en la actualidad. Lo suyo en La isla mínima es de aplauso cerrado al terminar la proyección. Me sorprendería mucho no verle nominado en los próximos premios Goya. Junto a él Raúl Arévalo sorprende igualmente y igualmente consigue construir un personaje adusto, que como todos los personajes del cine de Rodríguez habla lo justo, está construido de una pieza, y cada cosa que dice cuenta. Estos dos actores tienen además  la tarea de construir además de sus propios personajes una relación de compañerismo en conflicto, quizá incluso de amistad, desde polos totalmente opuestos. En eso, quizá porque me resultan culturalmente mucho más próximos, me he creído más esa relación de amistad que la que presentan los protagonistas de la serie True Detective. El tema de amistad en conflicto, o de lealtad y compañerismo contra pronóstico entre tipos totalmente opuestos es una constante en todo el cine de Alberto Rodríguez y pudimos disfrutarla también en Grupo siete entre los personajes de Mario Casas y Antonio de la Torre, aquella escena en el bar, con la foto del niño, y la respuesta “Mu guapo el niño” se ha convertido incluso en una forma que tenemos de comunicarnos mi colega en este medio, Jesús Usero, y yo. Cuando los días no nos salen muy lucidos a uno o a otro, o a los dos, no es raro que uno u otro acabemos diciendo: “Mu guapo, el niño”, y diciendo eso lo digamos todo. Eso es lo que consigue el cine de Alberto Rodríguez, sus actores y sus guiones con Rafael Cobos: sacar los personajes y las historias y conflictos de la pantalla al patio de butacas, de manera que al final lo que estamos viendo es algo tan cercano que podría haberle ocurrido a alguien que conocemos, o a cualquiera de nosotros, incluso si no somos policías, o traficantes, o asesinos, sino cualquier otra cosa. Y conste que creo que este es el mejor halago que se le puede hacer a una película en los tiempos que corren, porque es lo que consiguen las grandes películas: convertirse en auténticas experiencias para el espectador.

Por cierto, hablando de experiencias, y como ejemplo del trabajo con los actores y de lo que sabe sacarle a un actor este director, advierto que lo que hace Antonio de la Torre con su personaje en La isla mínima es pura magia.

La isla mínima es la mejor película española que he visto este año y una de las mejores que he visto en mucho tiempo. Y estoy seguro de que la veré más de una vez.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Águila Roja

Sírvase el lector de esta pequeña introducción si lo desea o salte directamente a párrafos posteriores donde desgranaremos la película a fondo. Pero no puedo irme sin mencionar que puede que sea uno de los pocos que vayan a defender Águila Roja, La Película, en los próximos días o semanas. Lo digo por la sensación que me ha producido a la salida del pase de prensa donde he podido verla y donde la impresión generalizada no era demasiado buena. Vamos, que no habían pasado dos minutos cuando empezaban a llover los cuchillos.

Esto en sí no es malo, cada cuál es libre de decir lo que piense y de opinar con cierto fundamento, al menos. Pero es que me sigue dando la impresión de que medimos con distinto rasero lo de casa a lo que nos llega de fuera. Águila Roja es una producción española de aventuras. Pero de aventuras clásicas, con capa y espada, batallas, duelos a muerte y héroes románticos. Vamos, lo que viene siendo la serie de televisión con formato panorámico, más presupuesto y mayor duración. Ni engaña ni pretende engañar a nadie. Va a intentar ganarse en las salas de cine al público, cerca de 6 millones de espectadores, que ya se ha ganado en casa, en la pequeña pantalla. No es una tarea fácil, que la gente no acostumbra a pagar por lo que tiene gratis, pero es un notable esfuerzo.

Quiero decir, parece mentira que no sepamos a qué nos enfrentamos. Yo no soy un gran seguidor de la serie, aunque la he visto bastante a menudo y me resulta la mar de distraída. Con escenas de acción, coreografías y tramas superheroicas para la televisión española moderna. Que se dice pronto. A mí si la película me ha convencido es porque creo que el rasero con el que ha de medirse es justamente ese, el del público al que va dirigida la película. El de la gente que va a disfrutarla por mucha moto que le vendamos los críticos. No, Águila Roja no es mala. Es que le exigimos el doble que a las demás.

No puedo creerme que quienes sepan dónde se están metiendo y los fans de la serie de televisión, salgan demasiado decepcionados de la sala de cine cuando vean esta película. Si acaso habrán pasado un buen rato en el cine, con una película muy cuidada a nivel de producción y además entretenida. Con defectos, que los tiene y algunos son bastante remarcables, pero también con muchos aciertos y con una sensación que me ha dejado bastante peculiar. Creo que a sus fans les va a encantar. Y digo que es peculiar por eso mismo, porque yo no soy fan de la serie, sólo un televidente distraído.

Águila Roja, La Película, mezcla los elementos que han hecho popular a la serie con otros quizá algo olvidados, pero no por ello menos apreciables. Con un esfuerzo notable por homenajear a los clásicos de Alejandro Dumas (mosqueteros, reyes de Francia y cardenales incluidos en conspiraciones con cárceles perdidas y luchas imposibles) sin nunca perder el norte de lo que realmente le interesa a sus seguidores. Tratando de que todos los personajes tengan su momento de gloria, en una especie de película coral que, en este caso sí, no siempre acaba de funcionar.

Ese reparto coral es la mayor de sus deudas, porque acaba por no centrarse en lo que importa del relato y se preocupa por divagar buscando esos momentos mágicos de los personajes. No se puede satisfacer a todo el mundo, y muchas de esas historias quedan relegadas al olvido o resueltas deprisa y corriendo, como ocurre con la Marquesa y su hijo o con el personaje de Francis Lorenzo. Quizá sus seguidores sean los que más tengan de qué quejarse con la película.

A veces la historia se atropella y se acelera, con ese momento que (sin destripar la sorpresa a nadie) desmonta lo que los trailers y lo que nos habían contado, prometían con la película, resolviendo antes de tiempo una de las novedades más interesantes que planteaba el salto de la tele al cine. Sabe a poco y sabe a algo que sucede antes de tiempo, sin venir a cuento. Pese a que la escena en que sucede es una de las mejores escenas de acción de la película.

También al final la cosa se desmelena un poco con la batalla campal en el camino y con la aparición de un animal que ni pinta nada ni acaba de crear tensión. O cuando el ritmo decae seriamente a mitad de la cinta para darle vueltas a la conspiración palaciega. Pero es quizá lo de menos. La sensación que me ha dejado la película es la mar de positiva.

Y lo es porque me lo he pasado muy bien. Porque las escenas de acción están bien rodadas, coreografiadas y resueltas. Porque la intriga se mueve con bastante soltura y con la suficiente inteligencia como para no terminar de aburrir. Porque la química entre Janer y Klein es interesante y apetece ver al personaje de nuevo en la serie. Porque se nota el presupuesto (ojo a los ejércitos acampados, al rodaje en exteriores y a los muchos decorados). Porque, en definitiva, la película no tiene ningún complejo y sabe perfectamente que es cine de evasión, de entretenimiento, de escapismo puro y duro.

Y, lo que es entretener, entretiene. Hay cosas mejorables, por supuesto, y cosas que quizá deberían suavizarse, como el humor de Satur que a veces chirría. Pero no podemos, por ejemplo, pedirle rigor histórico a una película de aventuras. Ni pedir Gladiator con los presupuestos que tenemos aquí. Se puede y se debe disfrutar de Águila Roja porque para eso está. No le busquen tres pies al gato. Eso sí, si al final le hubiese echado agallas la nueva temporada se podía haber planteado de una forma más que suculenta. Pero son las ganas de contentar a todo el mundo. A lo mejor es eso. Quien no siga la serie, quizá no vaya a disfrutar la película.

O a lo mejor es que nos pasamos de exigentes.

Jesús Usero

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