Comedia divertida aunque se quede corta al final. Es el problema de muchas comedias pretendidamente gamberras, y es el problema de Una Noche fuera de control, superar lo visto anteriormente, ser gamberra de verdad y llevar el humor a límites no explorados anteriormente. En el caso de esta película es todavía más difícil, porque pese a las buenas maneras, la película continuamente recuerda a Resacón en Las Vegas, cruzada con Very Bad Things. La primera era gamberra y si forzaba los límites de lo políticamente correcto hasta lugares muchas veces insospechados, y la segunda era humor negro salvaje y ofensivo, con un final tan hilarante como deprimente. Aquí nos hacen reír, de verdad, pero no se terminan de arriesgar. No terminan de hacer algo realmente gamberro.

La historia es la de una mujer que se presenta al senado y que prepara su despedida de soltera en Florida, junto a sus amigas de la universidad. Un grupo que lleva tiempo sin estar todas juntas, pero que pretende pasar un fin de semana increíble junto a la amiga australiana de la protagonista, que se reúne allí con ellas. El problema será que la fiesta con el stripper se va de madre y éste acaba muerto… ¿Qué hacer para no acabar con sus huesos en prisión? ¿A qué les suena de algo? Pues eso. Aunque, eso sí, los responsables del tráiler se merecen un premio por no reventar la película y contar sólo hasta ese momento, la premisa inicial, dejando varias sorpresas argumentales para el espectador por el camino.

Muy buena película sobre la pérdida y la familia, con un brillante Matt Damon. Cameron Crowe regresa a las pantallas con una comedia con tintes de drama que mantiene el interés del espectador merced a su humor surrealista plagado de personajes a cada cual más bizarro, además de un sentimiento de “buenrrollismo” que a alguno sentará como una patada en el estómago, pero que de cuando en cuando y en raciones moderadas no viene nada mal. Sobre todo tal y como está el patio y con la que está cayendo, a veces no viene mal un poquito de simpatía entre el panorama cinematográfico, sobre todo si está servida con el sentido del humor y el buen gusto que acompañan a esta peculiar comedia.

Cameron Crowe se convirtió hace tiempo en el niño mimado de Hollywood por unos años. Tras el éxito de Jerry Maguire vino Casi Famosos, adorada por crítica y público, y más tarde otro taquillazo como Vanilla Sky, aunque vapuleado por la crítica. Aunque todo tiene un final y su última película en cines, Elizabethtown no sólo fue un fiasco de taquilla, sino que fue acogida tibiamente por la crítica. Recuerdo una película como Elizabethtown porque tiene mucho en común con las bases de Un Lugar para Soñar, su nueva película, estrenada seis años después de aquella, aunque con muchas cosas en común como he dicho antes. Ha sido un enorme respiro el que se ha tomado el director y guionista antes de volver a ponerse tras las cámaras con un largo de ficción. En muchos sentidos la espera ha merecido la pena.

La historia de Un Lugar para Soñar sigue la historia de un padre de dos hijos que ve su vida derrumbarse tras la muerte de su esposa. Una tragedia que poco a poco desmorona a su familia, sobre todo en la relación que tiene con su hijo mayor, un preadolescente con un gusto por lo sombrío y lo oscuro que asustaría a casi cualquier padre. La decisión que toma este padre es la de comprar una nueva casa y mudarse a un remoto rincón de California, lejos de la ciudad, donde empezar de nuevo. Lo curioso del lugar es que en realidad es un zoo, un negocio que compra con todos sus empleados y del que se hará cargo no con pocos problemas.

En esa historia extraña y singular sólo podían caber personajes extraños o singulares, tan extraños o singulares que parecen personas reales. Desde el hijo mayor aficionado a meterse en líos y a dibujar las cosas más macabras, a la encargada del zoo, que no tiene vida privada, o los cuidadores, del silente Robin al escocés MacCready. Eso sin dejar de lado a la hija pequeña, que parece la única madura de todos ellos, y el propio protagonista, un tipo en apariencia normal, pero carente de sentido común en muchas de sus decisiones.

La historia en parte es lo de menos, aunque Crowe sabe servirla con mucha elegancia y con mucha inteligencia. Lo importante son los personajes, ese grupo maravilloso de gente cada cual más dispar, que unidos funciona a la perfección. Sobre todo porque el reparto es una maravilla. Empezando por Matt Damon, un actor muchas veces subvalorado por la gente pero que hace fácil lo más difícil, interpretar a un tipo normal. Aquí ese padre de familia que decide dejarlo todo para, de forma algo inconsciente, comprar un zoo con la esperanza de empezar de nuevo y devolver algo de orden a su vida. Nada de histrionismos, ni salidas de tono. Como he dicho, brillante.

Claro que siempre suele estar muy bien acompañado en pantalla. Cuando no es un divertidísimo Thomas Haden Church como su hermano mayor, son Colin Ford y Maggie Elisabeth Jones como sus hijos. Su relación con el primero supone el núcleo dramático de la película, el verdadero tema de la misma, con ese hijo al que no entiende y que poco a poco tendrá que ir recuperando o perdiendo. Eso sin contar a Scarlett Johansson y la historia romántica, en la que lo que no se dice, las miradas, tienen mayor valor. Como la charla sobre sacrificar a un animal o la que tienen en el porche de la casa en la que ella sólo escucha… Esos momentos son los que hacen de la película una muy grata experiencia.

No son los únicos. Angus McFayden, John Michael Higgins o Elle Fanning son algunos de los nombres que completan y colorean el reparto, incluyendo a un Patrick Fugit recuperado para la causa por Crowe. Que además sigue empleando su conocimiento musical para dar vida a la película, y es lo suficientemente inteligente como para centrar la trama de la película en la relación de un padre y su hijo, y no en la trama romántica, algo que sobrecargaría la historia y la haría pecar de demasiado moñas. Algo que bordea con mucho saber hacer y en lo que casi nunca cae.

No es una película perfecta, y por desgracia se le va la mano con el metraje, haciendo que hacia el final la historia de este peculiar zoo se haga un pelín pesada hasta que llega el fin de la misma. Lo mismo le pasa con algunos momentos en exceso edulcorados que podrían haber sido mucho más sobrios. Pero está claro que el tema de la pérdida y la tristeza lo maneja mucho mejor que Elizabethtown, que también versaba sobre lo mismo. Esta película parece la versión madura y mucho más divertida de aquella. Porque siempre que algo se le va a ir de las manos, el humor salva la película con elegancia.

En definitiva una comedia muy divertida, en la que el humor funciona perfectamente, con las gotas justas de drama y siempre en el camino de los buenos sentimientos y la redención. Quien busque algo más ácido u oscuro, mejor que no entre en la sala o puede sufrir un empacho. Para los que necesiten algo de luz y calidez, es la película perfecta para ver estas navidades. No todo van a ser malas noticias, digo yo.

Jesús Usero

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